P&R: Guille Galván – Rolling Stone en Español

A Guille Galván se le conoce mayormente por ser el guitarrista y uno de los principales letristas de Vetusta Morla, sin embargo, a lo largo de los años de existencia de la banda ha firmado varias cosas con su nombre propio. Ha creado bandas sonoras de filmes —La Virgen roja (2024) y Madrid, Ext. (2025)— y también ha publicado sus poemarios Desconocernos (2020) y Retrovisores (2015), trabajos en los que ha dejado entrever otras facetas de sí mismo. Ahora, a su repertorio se suma su primer álbum en solitario, Nadie con ese nombre vive aquí, en donde explora los fragmentos que conforman la persona que ha sido y es ahora, teniendo como hilo conductor su voz y su guitarra.

Desde el estudio en el que nació este conjunto de canciones, Galván habló con ROLLING STONE en Español sobre el impulso que lo llevó a lanzarse como solista, los lugares en común que hay entre su música y su poesía, y sus reflexiones sobre el legado.

En el pasado ya habías sacado unos trabajos, pero eran de bandas sonoras que pertenecían a otros proyectos. ¿Qué tan diferente ha sido el proceso de salir a defender tus propias canciones?

Por primera vez me pongo delante de mi propio proyecto y lo defiendo con mi voz. Llevo más de 20 años componiendo, haciendo canciones, pero el cambio de hacerlas e interpretarlas desde la guitarra y que las cante otro a tener que ser yo quien las defienda, ha sido grande y también el proceso más apasionante del disco.

En 2022, dijiste que tenías varias cosas escritas que sabías que no iban para la Vetusta, pero que tal vez te faltaba el impulso para compartirlas. ¿Qué te llevó a sacarlas en un disco?

El tiempo va colocando las cosas en su sitio. Y a mí se me juntó también a nivel vital una situación de enfermedad de mi padre, de duelo previo y posterior a su despedida, que me hizo tener la necesidad de escribir desde un lugar del que no había escrito antes. Esas canciones solo tenían sentido para mí si las cantaba, porque tocaban cosas que tenía que decir con mi propia voz. En ese proceso también me di cuenta de que tenía que hacer un recorrido a la raíz, a donde había empezado todo. Me pareció que partir desde ahí me iba a servir un poco de linterna para hacer todo ese recorrido y, ya que iba a hacer un trabajo al margen de la banda, quería que fuera lo más diferente posible. No quería hacer un proyecto con muchos músicos, sino que quería partir de la intimidad más grande que pudiera tener.

“Creo que la poesía es un combate cara a cara entre el lector y el poeta”.

El disco se mueve mucho entre escalas de grises, entre que a veces las cosas pasan por algo y en otras no hay una razón detrás. También habla de que las acciones tienen consecuencias sin importar si se busca algo positivo, pues esto tendrá alguna repercusión en los demás. ¿Qué otras inquietudes personales quisiste abordar?

Tienes razón en la parte de afrontar la vida tal y como viene, con lo bueno y lo malo. El disco lo empecé a escribir en una situación de tristeza grande, y pensaba que las canciones me iban a llevar por ahí. Paradójicamente fue un proceso de ir construyendo el relato de una despedida, pero al mismo tiempo esa despedida tenía que ver con una celebración de la gente que tengo alrededor y a la que quiero agradecer por estar ahí. Es lo que nos queda al final, celebrar la vida con quienes están porque en cualquier momento todo eso puede cambiar. Y en esa celebración también hay una necesidad de quitarte capas que ya no te sirven, e ir como los jarrones japoneses que tienen sus piezas unidas por un líquido de oro y al final son más firmes. Yo creo que el trabajo del disco ha sido un poco desde ahí: hay muchos pedazos, pero con esos pedazos hay que reconstruir una identidad y tirar para adelante porque va a ser la identidad de lo que seremos. Todas las etapas están llenas de cosas que se van y cosas que vienen y de muertes y de “renaceres”. 

Para mí, más que grises, es un disco que todo el rato tiene un ejercicio de contención para no exaltar. Fíjate que es muy íntimo, pero intentando todo el rato que esté desprovisto de dramatismo, que las canciones te conecten casi con una mirada de espectador porque la vida es eso, al final. Lo bueno y lo malo viene junto, y no puedes esperar a que todo esté bien para configurarte a ti mismo.

Portada Nadie con ese nombre vive aquí

¿Cuál dirías que es la mayor diferencia entre el Guille que escribe para Vetusta y el Guille que escribió Nadie con ese nombre vive aquí?

Hay una cosa muy evidente y es que cuando escribo para Pucho [voz de Vetusta Morla] hay un universo compartido que yo sé que tiene que ver con nosotros, con el grupo, con lo que creo que él puede cantar sintiéndolo también. En este caso he tenido la posibilidad de acercarme a temas que a lo mejor no hubiera tratado en un disco de Vetusta, como por ejemplo el cantar a mis hijos, ese ejercicio de pensar en la paternidad no solo como lo que eres con respecto a tus hijos, sino lo que fuiste con respecto a tu padre. Creo que es un disco que tiene mucho que ver con el presente, con el pasado y con el futuro desde mi prisma, y a veces eso es difícil pensarlo en colectividad. En este disco hay más una intención de vis a vis, que me pasa un poco en la poesía. Yo creo que la poesía es un combate cara a cara entre el lector y el poeta, y he intentado que en el disco pese a ser canciones, hubiera esa línea directa entre la guitarra y la voz, y el oyente.

Ya que mencionas la poesía, ¿por qué decidiste sacar un disco y no un poemario?

Al principio iba a ser un poemario, pero empecé a hacer uno excesivamente triste, y pensaba que no me iba a ayudar nada en esta época de mi vida. Pensaba que necesitaba hacer algo que me ayudara, y al final fue convertirlo en canciones y darle un giro al tipo de cosas que estaba escribiendo. Ha sido muy bonito porque me ha conectado conmigo, pero también con mi familia de origen y mi familia actual. Ha sido una decisión de la que estoy muy orgulloso.

Mencionabas que querías que este disco volviera a los orígenes, que fueran solo la guitarra y tú. ¿Cómo fuiste encontrando tu estilo personal, tu voz?

Eso ha sido lo que más tiempo me ha llevado. Pensaba que lo más importante era encontrar una manera de cantar y una voz que fuera convincente, no en lo técnico, porque lo que buscaba era que fuera convincente en lo comunicativo. Y por eso decidí que todas las canciones se grabaran guitarra y voz al principio, porque era la única manera de no esconderme y de no empezar a sobreproducir las canciones para luego quedarme escondido detrás de la producción. Quería que la voz mandara desde el primer momento, independientemente de si me gustaba más mi voz o menos. Ese ha sido el punto de origen. Desde ahí, la mitad del disco ha ido creciendo con la ayuda de otros productores y músicos, y la otra mitad lo terminé en casa con mi piano.

“Es lo que nos queda al final, celebrar la vida con quienes están porque en cualquier momento todo eso puede cambiar”.

Hay canciones que tienen sonidos más digitales, más allá de la base de guitarra y voz, como ‘No me dejes quieto’, que la siento un poco distópica por sus sintetizadores. ¿Cómo decidiste añadir este tipo de detalles?

Quería ver hasta dónde aguantaba la propuesta de guitarra y voz, que es como más cantautor, más clásica, y ver cómo se conjugaba con la modernidad porque también quería hacer un disco que fuera de 2026. Entonces lo que hice fue una especie de equipo de producción y de músicos donde yo les decía, “Este disco es de una persona que está con una guitarra en el centro de una habitación cantando una canción a quien la escucha. No quiero que llenéis la habitación de músicos; quiero que decoréis la habitación. Sois directores de arte, como si fuera una película de esta canción”. Yo iba dándoles pautas, y otra era que lo tenían que hacer en su casa [porque] era un disco que iba de la intimidad de una casa a la de otra. 

No quería ir a un estudio, contratar músicos y ponernos a grabar porque me daba la sensación de que el disco iba a coger un músculo que no le venía bien. A veces tenemos el problema de querer hacer en un disco todos los discos posibles y normalmente cuando intentas que en un disco esté todo, consigues, como en la pintura cuando mezclas todos los colores, una mancha oscura.

Es interesante que a pesar de que es un álbum que nace de un lugar bastante personal se fue construyendo hacia un lugar más colectivo.

Sí. Es como la música misma. Nace en un lugar chiquitito en una habitación o en la cabeza y al final lo tienes que ir soltando, lo tienes que ir compartiendo. A veces da miedo compartirlo porque se aleja un poco de lo que tienes en la cabeza, pero otras veces el alejarse hace que crezca, como los niños cuando se van de casa. Es una línea bonita el ver como algo que ha nacido de un germen tan concreto se ha ido ramificando y ojalá se siga ramificando con la gente que lo escuche.

A nivel lírico hay referencias literarias y mitológicas, y también hay muchas metáforas. ¿Qué tanto te agrada o desagrada la literalidad?

Creo que es un disco bastante más literal o más directo de lo que han sido muchas de las canciones que he escrito para Vetusta Morla, donde hay un vuelo más metafórico. He intentado ser preciso, más que literal, en lo que quería contar porque tenía bastante claro lo que quería armar en cada canción. Entonces, es verdad que me he ido llevando a lugares más concretos.

En cuanto a las referencias, a mí me gustan siempre que aporten. Al final, quienes escuchamos música tenemos universos compartidos. Cuando es necesario y viene al caso, sí me gusta utilizarlas porque creo que expanden las canciones hacia otros lugares, las hace más colectivas y son como pequeñas puertas hacia lo compartido.

Me gusta la parte de ‘Huellas en el aire’ en la que dices, “No hay huellas en el aire, llegaste tarde 10mil millones de años” y al final se oye la voz de un niño. ¿Qué hay detrás de esta canción?

El niño soy yo de pequeño, con dos o tres años, y está sacada de una grabación familiar. En mi casa no había videocámara y cuando queríamos grabar cosas, poníamos la grabadora de audio. A raíz del fallecimiento de mi padre, estuve digitalizando esas cintas y volviéndolas a escuchar después de tantos años, y me parecía bonito que parte de mi origen musical formara parte del disco. Hay más cosas sacadas [de allí], como los grillos de ‘Hay un coche ardiendo’.

¿Es intencional que después siga ‘Túnel de la M-30’?

Sí, completamente. De hecho, era una manera de unir mi voz de niño con la canción que le dedico a mis hijos. Era como un túnel al mundo de la infancia que conseguí ver claro cuando metí esa transición entre esas dos canciones. ‘Túnel de la M-30’ es una canción que escribí en uno de esos momentos donde los niños empiezan a tener miedo de crecer y de hacerse mayores porque piensan que van a convertirse en otra cosa mucho más aburrida y fea como es la adultez. Me pareció que, en realidad, era de lo que estaba hablando el disco: ver de qué manera, aunque vayamos cambiando y convirtiéndonos en otras personas, todo lo que llevamos enseñado por las personas que nos han querido se queda dentro de nosotros para siempre y forma parte de nosotros allá donde vayamos. 

El disco cierra con ‘Canción muralla’, un tema que interpreto como una reflexión sobre el legado. Al ser un músico que lleva décadas con una agrupación, que también tiene cosas bajo su nombre, y que ahora presenta su debut en solitario, ¿a qué conclusiones has podido llegar respecto a dejar un legado?

Escribía en la nota de prensa de ‘En qué momento me dudé de ti’ que los médicos curan, los maestros enseñan, los arquitectos hacen casas, pero, ¿qué hacemos los músicos más allá de hacer música? Que en el fondo no sirve para tanto. Y a veces uno sueña con poder hacer algo que le sirva a los demás en un momento difícil y qué mejor que hacer una canción que te permita ser una muralla para lo malo, un refugio para cuando estés en un día complicado y que llegue a todos esos sitios donde como seres humanos no podemos llegar. Es como el único superpoder que nos queda a los músicos: hacer canciones que nos trasciendan y que les sirvan a otras personas.

¿Cuál es esa ‘Canción muralla’ para ti?

Para mí este disco ha sido una buena muralla y un buen lugar donde refugiarme. Más allá de lo que suceda con él, ya el haberlo transitado ha sido una muralla y un puente también. Al final, la muralla está para protegerse, pero luego hay que tender puentes. Así que todo en él para mí ha sido una muralla. Ahora los puentes les toca tenderlos a quien lo escuche.

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