Fredy Yate: “La vida me devolvió a mis raíces y eso fue lo mejor”
Cuando Fredy Yate viajó a España para ingresar a la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, estaba convencido de que su porvenir se encontraba al otro lado del Atlántico. Superó los exámenes teóricos y prácticos, pero no consiguió uno de los escasos cupos disponibles. Aquel rechazo lo arrojó a una profunda crisis emocional y, al mismo tiempo, alteró para siempre la dirección de su vida: decidió permanecer en Colombia y formarse como maestro en Arte Dramático en el Teatro Libre y la Universidad Central.
Poco después de graduarse, Yate se encontraba dentro de las minas de sal de Zipaquirá y Nemocón, acompañando a Antonio Banderas en el rodaje de Los 33. Más tarde interpretó a Carlos Lehder en American Made, junto a Tom Cruise; participó en Loving Pablo, protagonizada por Javier Bardem y Penélope Cruz, y viajó a Los Ángeles para encarnar a Chucho Castro en Griselda, la serie de Netflix encabezada por Sofía Vergara.
Su trayectoria también incluye producciones colombianas como La reina del flow, El capo y Yo no soy Mendoza. A ellas se suman Brothers Under Fire, cinta de acción protagonizada por Kiefer Sutherland, y La tía Maga, ópera prima de Luna Palacios en la que aborda el alcoholismo y las heridas heredadas dentro de una familia rural.
En esta conversación Yate recuerda los encuentros que transformó en clases de actuación, habla sobre el esfuerzo de conservar la humanidad de un personaje dentro de los ritmos vertiginosos de la televisión y reconstruye aquella derrota que, con los años, terminó pareciéndose extrañamente a una forma del destino.
Has participado en producciones internacionales, además de importantes series colombianas. ¿Cómo cambia tu construcción de un personaje cuando el proyecto responde a una lógica industrial global frente a una narrativa más local?
He tenido la oportunidad de trabajar tanto en producciones nacionales como internacionales. Cuando he coincidido con estrellas como Antonio Banderas, Tom Cruise y Javier Bardem, también he podido observarlos en su faceta de productores ejecutivos. Yo los considero maestros porque me permitieron conocer desde cerca la manera en que se lideran proyectos de semejante magnitud y comprender un poco mejor el panorama de esas grandes producciones.
Al mismo tiempo, trabajar en Colombia me ha enseñado a desenvolverme dentro de producciones más pequeñas, aunque aquí también se construyen universos muy grandes, narrativas interesantes y personajes extraordinarios. La reina del flow, por ejemplo, obtuvo un Emmy Internacional. Haber seguido trabajando en el país me ha permitido mantener los pies sobre la tierra.
Gracias a la Ley 1556, varias producciones de Hollywood comenzaron a rodarse en Colombia. Mi primera película fue Los 33. Tenía un personaje pequeño, pero en American Made conseguí mi primer papel de reparto en una producción de Hollywood al interpretar a Carlos Lehder.
Después continué transitando entre los proyectos nacionales y las películas internacionales rodadas en Colombia. Eso cambió en 2022, cuando Sofía Vergara me llevó por primera vez a Los Ángeles para trabajar durante seis meses en Griselda. Netflix gestionó mi visa O-1 y tuve un contrato de seis meses. Fue la primera vez que me contrataron para viajar directamente a Hollywood y rodar allí.
Ha sido un recorrido entre ambos mundos, pero también una oportunidad para comprender que en Colombia se realizan producciones espectaculares, ambiciosas y con narrativas muy valiosas.

Vienes de una sólida formación teatral. ¿Qué herramientas de ese entrenamiento continúas utilizando frente a la cámara, especialmente cuando el ritmo de rodaje no permite demasiada exploración?
El Teatro Libre me proporcionó herramientas para comprender los géneros, construir la psicología de los personajes y realizar un desglose profundo de cada uno. La televisión me ha costado porque trabaja a una velocidad enorme. En el teatro puedes dedicar tres o seis meses a construir un personaje; en televisión todo ocurre muy rápido.
Hace poco participé en Yo no soy Mendoza, una serie para Netflix, y llegamos a grabar diecisiete escenas diarias. Para mí fue muy exigente, sobre todo porque debía trabajar con el ritmo de la comedia. Además, era una tragicomedia: el personaje atravesaba situaciones dolorosas y serias, pero también vivía momentos muy graciosos. Debía navegar constantemente entre ambos tonos.
Aunque no exista demasiado tiempo para desarrollar al personaje, intento realizar un buen desglose y descubrir su conflicto y su arco dramático. Eso implica trasnochar y sacrificar los fines de semana. Cuando entro en una producción televisiva sé que tendré que dedicarle buena parte de mi tiempo personal.
También continúo estudiando. Hace poco tomé un taller de eneagrama con Victoria Hernández. Los actores nos encontramos en formación permanente. Las herramientas que más me han ayudado son la investigación profunda del personaje y la capacidad de reconocer el género de la historia para encontrar desde allí la manera de interpretarlo.
En series como La reina del flow o El capo, los personajes están fuertemente determinados por su contexto social. ¿Cómo evitas que ese contexto termine reduciéndolos a un estereotipo?
Siempre intento que mis personajes sean humanos. La televisión ha tendido a convertirlos en estereotipos. A veces lees un libreto y piensas: “Este personaje ya lo he visto muchas veces”. Son figuras que se repiten y se parecen demasiado entre sí.
Mi trabajo consiste en descubrir cómo humanizarlas. Debido a que en televisión no tenemos demasiado tiempo, trato de conectar al personaje con aspectos de mí mismo. Me pregunto qué podría dolerle, cómo se relaciona emocionalmente con los demás y qué existe detrás de aquello que muestra.
Por fortuna, actualmente los personajes están siendo escritos de una manera más humana que antes. Poco a poco han comenzado a salir de esos moldes y eso les permite conectarse de una forma más profunda con las audiencias.

Has trabajado con diferentes acentos y formas de hablar. ¿Cómo afecta el lenguaje —no solamente la pronunciación— la manera en que un actor piensa y reacciona dentro de un personaje?
Cuando debes utilizar un acento con el que no trabajas habitualmente, este puede consumir, al menos en mi caso, cerca de la mitad de la energía interpretativa. Por eso suelo trabajar con un coach.
Acabo de hacer una película con María Cecilia Botero y Yolanda Rayo titulada La tía Maga. La directora quería que mi personaje tuviera un acento difícil de ubicar: había nacido en los Llanos, pero después había crecido entre Madrid y Dinamarca. Además, su pareja procedía de otro lugar. Su manera de hablar debía recoger todas esas influencias sin quedar completamente marcada por ninguna.
Casi todos los actores de la producción utilizaron sus propios acentos, pero yo decidí asumir el reto de construir uno distinto. Le pedí ayuda a Michelle Gutiérrez. Ella grabó todas las frases del personaje y durante un mes las escuché una y otra vez hasta incorporarlas.
El problema fue que, cuando terminó el rodaje, recibí una audición para interpretar a un mexicano. He estudiado ese acento y normalmente puedo utilizarlo con facilidad, pero todavía tenía tan incorporado el llanero que mi personaje mexicano comenzó a sonar como si acabara de bajar de un caballo. Necesitaba limpiarme del acento anterior. Ese trabajo puede resultar una verdadera locura, pero también es un desafío muy interesante.
¿Qué puedes contarnos sobre La tía Maga y tu personaje dentro de la película?
Es la ópera prima de Luna Palacios y actualmente se encuentra en posproducción. La rodamos en enero en Madrid, Cundinamarca. Está protagonizada por María Cecilia Botero y Yolanda Rayo, y yo soy el coprotagonista. Es un drama con elementos de realismo mágico que aborda el alcoholismo y sus efectos sobre una familia.
La historia transcurre en el campo durante los años ochenta. Presenta a una familia en la que el padre abusa de sus hijas y alquila habitaciones dentro de la casa. Mi personaje es uno de los huéspedes y se enamora de una de las adolescentes. Cuando descubre el abuso, intenta sacarla de ese lugar, pero la manera en que se aproxima a ella también es problemática: le ofrece licor porque la joven padece alcoholismo.
La película construye una crítica muy fuerte. Con frecuencia hablamos de las drogas como una amenaza para las familias, pero olvidamos que el alcoholismo también ha destruido hogares en Colombia y en el mundo. El tema me interesó mucho porque está presente en mi propia historia familiar. De alguna manera, quise intentar sanar ciertas cosas a través de la película.

Hubo un momento en tu juventud en el que no conseguir un cupo para estudiar actuación en España te llevó a una profunda crisis emocional. Al contemplar ahora ese episodio, ¿qué comprendiste sobre ti y cómo transformó aquella caída tu manera de enfrentar la profesión y la vida?
Mi madre y mi padrastro vivían en España y yo quería estudiar interpretación textual en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Mi padre biológico nos abandonó cuando mi madre estaba embarazada y nunca lo conocí. Mi padrastro me adoptó y me dio el apellido Yate. Como tenía ciudadanía española, inició ese proceso para facilitar mi viaje y mis estudios.
Me obsesioné con ingresar. Trabajé en restaurantes para pagar el curso preparatorio y estudié durante todo un año. Los profesores reconocieron mi talento y me aseguraron que podría conseguirlo. Superé los exámenes teóricos, para los cuales debía conocer prácticamente toda la obra de autores como Federico García Lorca y Ramón María del Valle-Inclán. También aprobé las pruebas prácticas de actuación, canto y baile, además de la entrevista.
Sin embargo, superar las pruebas no garantizaba una plaza. Solo ofrecían veinticuatro cupos, doce de ellos para hombres, y las posibilidades para un extranjero eran mínimas. No fui admitido. Aquel fue el primer gran rechazo de mi carrera y no estaba preparado para recibirlo. Me provocó una crisis emocional muy profunda. Fue también mi bienvenida a una profesión hecha de innumerables rechazos.
En aquel momento no entendía que la vida estaba modificando mi camino. Para presentar las pruebas había tenido que castellanizar mi acento y adaptar mi voz. Con el tiempo comprendí que comenzar mi formación desde ese lugar habría significado alejarme de mis propias raíces.
Viajé de vacaciones a Colombia con mi madre y mi padrastro. Teníamos pasajes de regreso, pero decidí no tomar el vuelo. Me quedé, pensé detenidamente qué debía hacer y resolví estudiar en el Teatro Libre, que entonces tenía un convenio con la Universidad Central y ofrecía una de las mejores formaciones actorales del país. Allí obtuve mi título como maestro en Arte Dramático y pude formarme desde mis raíces colombianas. La vida me devolvió a ellas y eso fue lo mejor que podía ocurrirme.
Cuando me gradué, en 2013, Hollywood llegó a Colombia para rodar Los 33. Casi inmediatamente después de recibir mi título ya me encontraba en las minas de sal de Zipaquirá y Nemocón trabajando junto a Antonio Banderas. Permanecí un mes como parte del grupo de los 33 mineros y pude observar de cerca el trabajo de esos actores.
Después llegó Tom Cruise y conseguí en American Made mi primer papel de reparto en una producción de Hollywood. Más adelante participé junto a Javier Bardem y Penélope Cruz en Loving Pablo. Algunos compañeros consiguieron ingresar a la escuela en España años después, pero no vivieron las oportunidades que yo encontré aquí.
Siento que la vida me concedió una revancha. Si hubiera ingresado a la escuela de Madrid, tal vez sería profesor o estaría haciendo teatro allí, pero probablemente no habría construido la carrera que llevo hasta ahora. Todavía es un proceso y queda mucho por hacer, pero hoy comprendo que tenía que suceder de esta manera.

Además de La tía maga ¿Qué proyectos vienen para ti?
Acabamos de estrenar Brothers Under Fire, protagonizada por Kiefer Sutherland. Interpreto a Octavio; es un papel breve, pero en esta profesión es importante continuar trabajando y permanecer vigente.
También existe una nueva película en preparación para dentro de unos meses. Me ofrecieron un personaje y el proyecto cuenta con un presupuesto cercano al millón y medio de dólares. Sus productores están explorando posibles alianzas internacionales.
El año comenzó con La tía Maga y anteriormente estrené Yo no soy Mendoza, una comedia en la que interpreté al antagonista. Fue algo muy diferente a lo que había hecho y el público recibió muy bien al personaje.
Esta es una carrera de ascensos, descensos y silencios. Hay momentos en los que parece que no sucede nada. Uno quisiera que todo avanzara inmediatamente, pero debe aprender a conservar la calma, tener paciencia y continuar entrenando.
Después de Griselda, 42 Management & Production se puso en contacto conmigo para representarme internacionalmente. Sofía Vergara también continúa apoyando mi proceso migratorio y me entregó una carta de recomendación para solicitar una nueva visa. Están sucediendo cosas muy valiosas en mi carrera y debo aprender a poner la mirada sobre ellas, no solamente sobre las dificultades.
No me considero únicamente un actor de telenovelas colombianas. Soy un actor con proyección internacional y la vida me lo ha demostrado varias veces. Las producciones de Hollywood han venido a Colombia, he presentado mis audiciones y se han fijado en mi trabajo. Sofía Vergara confió en mí y me llevó a Los Ángeles. Todo eso ha ocurrido por alguna razón.



















