Christian Meier: “Los tiempos cambian, y esa también es una de las leyes de la vida”
Las reglas están hechas para romperse. O, al menos, para cuestionarse. Christian Meier lo ha hecho durante buena parte de su vida: cuando decidió dedicarse a la música pese a las expectativas familiares, cuando cambió los escenarios por los sets de televisión y, años después, cuando volvió a escribir canciones tras creer que ese capítulo había quedado atrás. Hoy, ‘Así Es La Ley’ reúne todas esas versiones de sí mismo en un álbum donde el conocerse a uno mismo pesa más que cualquier fórmula de la industria.
El disco se llama Así Es La Ley. ¿Cuál es la ley más absurda que has descubierto?
Mira, lo que he descubierto es que nada está escrito en piedra. Lo que pensabas que era de una manera, no siempre resulta ser así. Por ejemplo, en la industria de la música, la forma en que entendíamos el negocio hace algunos años hoy es completamente distinta, y eso se debe a que la tecnología ha cambiado absolutamente todo.
Si comparo mi primer álbum, que grabé cuando tenía 17 años como tecladista de una banda de rock, a finales de los años ochenta, la manera de promocionar la música era totalmente diferente. Si en ese momento me hubieras preguntado cómo se promocionaba un disco, te habría dicho que había que ir a la radio, hacer entrevistas y seguir el camino tradicional, porque así funcionaba la industria.
Hoy, casi cuarenta años después, la promoción es otra. Hacemos entrevistas por Zoom, tienes que abrir una cuenta de TikTok y adaptarte a herramientas que ni siquiera existían. Creo que eso es lo que más he aprendido: que nada permanece igual y que ninguna regla es definitiva.
Los tiempos cambian, y esa también es una de las leyes de la vida. Así Es La Ley habla precisamente de eso: de aceptar que las cosas son como son, pero también de entender que siempre existe la posibilidad de encontrar una forma distinta de hacerlas, de darle la vuelta a las normas.
Porque, como dice el dicho, hecha la ley, hecha la trampa. De eso también trata la vida: de aprender a transitarla sin asumir que todo está escrito para siempre.
La canción parece cuestionar ciertas reglas que aceptamos sin pensar. ¿Hay alguna regla que hayas dejado de obedecer para hacer este álbum o a lo largo de tu carrera?
Creo que esta es una carrera en la que constantemente te encuentras con barreras y con personas que te dicen: “No es posible”, “No puedes”, “Eso no se hace”.
Así comenzó mi historia. Soy el primero de mi familia que se dedicó a esto —aunque ahora mis hijos, de alguna manera, han heredado un poco el oficio—. Vengo de una familia muy tradicional, con normas sociales muy marcadas. Entonces, imagínate llegar a los 18 años y decir: “Adivinen qué, quiero ser rockero. Quiero ser actor”. Y, antes de todo eso, incluso quería ser artista plástico.
La respuesta era siempre la misma: “Consíguete un trabajo de verdad. Eso puede ser un hobby, pero necesitas una carrera seria”.
Ese fue el primer gran obstáculo que encontré siendo muy joven. Hoy miro hacia atrás y pienso que he tenido la fortuna de construir una vida haciendo exactamente lo que siempre soñé. He podido vivir de aquello que me apasiona, y eso me hace sentir profundamente afortunado.
En el camino también descubrí que muchas de las cosas que parecían inalcanzables terminaban ocurriendo. Cuando empecé a actuar pensaba: “Algún día me gustaría hacer una película”, o “algún día quisiera trabajar con grandes actores como Héctor Bonilla”. Y, de pronto, unos años después, estás compartiendo un set con ellos, conversando, trabajando juntos, y terminan convirtiéndose en tus amigos.
Lo mismo me ocurrió con la música. Crecí escuchando a Bruce Springsteen y, años después, mientras grababa un disco en Nueva York, el productor me dijo: “¿Quieres que venga Charlie Giordano, el tecladista de Bruce Springsteen? Él puede tocar el acordeón para esta canción”. Yo no podía creerlo. Al día siguiente estaba grabando en una canción mía.
Con este álbum volvió a pasar algo parecido al trabajar con músicos extraordinarios. Mi vida ha estado llena de momentos que parecían imposibles hasta que dejaron de serlo. Por eso creo que siempre existe una manera de darle la vuelta a las reglas, a las normas. Muchas veces los límites están más en lo que creemos que en la realidad.
Justo hace poco escuchaba una entrevista donde decían que “es un lujo poder vivir de lo que uno ama”. Me acordé mucho de eso mientras hablabas.
Totalmente. Antes de salir al escenario, cuando nos reunimos con la banda y nos abrazamos, siempre les digo lo mismo: agradezcamos que nos ganamos la vida haciendo algo que, incluso si no nos pagaran, probablemente seguiríamos haciendo.
Y, encima, nos pagan por ello. Eso nos convierte en personas muy afortunadas, porque muchas veces tocamos para gente que al día siguiente tiene que volver a un trabajo que no disfruta, o donde incluso recibe una mala remuneración.
Estoy convencido de que, si antes de un concierto nos dijeran: “Esta noche no les vamos a pagar”, el 99% de nosotros respondería: “No importa, hagámoslo igual”. Porque para esto nacimos.

En tu carrera has sido músico, actor, figura pública y, hace un momento, me contabas que incluso quisiste ser artista plástico. ¿Hay alguna versión de Christian Meier de la que hayas sentido la necesidad de despedirte?
Sí. Probablemente la despedida que más me dolió fue la de la música. Hubo un momento en el que la industria musical en Perú empezó a decaer y, al mismo tiempo, acababa de lanzar un álbum que se llamaba 11 Noches. Estábamos por comenzar la gira cuando uno de los integrantes de mi banda falleció en un accidente. Su ausencia dejó un vacío enorme, tanto en lo emocional como dentro del grupo. Encontramos un reemplazo, pero yo ya no sentía lo mismo. No estaba preparado para salir de gira; seguía atravesando el duelo. Además, dentro de la banda había tres hermanos y uno de ellos ya no estaba. Era imposible no sentir esa ruptura.
Creo que, de alguna manera, me refugié en la actuación para sobrellevar esa pérdida. Poco después comenzaron a llegar proyectos que tuvieron mucha repercusión internacional, como La Tormenta y El Zorro. Todo empezó a crecer muy rápido y ya no había forma de detener esa ola. También era un momento importante en mi vida personal. Tenía una familia, tres hijos y muchas responsabilidades, así que sentía que debía aprovechar esas oportunidades. Poco a poco, sin darme cuenta, la música fue quedando atrás. No encontraba el momento para retomarla. Recuerdo que, aproximadamente diez años después de haber dejado de hacer música, tuve una conversación conmigo mismo. Pensé: “Creo que ha llegado el momento de dejarla ir”. Sentía que había sido una etapa muy importante de mi vida, pero no veía cómo volver a ella. Más de una vez me despedí de la música en silencio. Si no hubiera aparecido la pandemia, probablemente nunca habría regresado. La pandemia detuvo el mundo. También detuvo mi carrera como actor y, de pronto, me encontré encerrado en casa sin poder hacer ninguna de las dos cosas: ni actuar ni salir a la calle. Fue entonces cuando ocurrió algo muy curioso. Durante ese tiempo muchas personas descubrieron talentos que no sabían que tenían: algunos aprendieron a cocinar, otros a tejer… En mi caso, el encierro hizo que aflorara aquello para lo que siempre había sido bueno. Volteé a ver el piano que tenía en mi oficina y empecé a escribir canciones. Una tras otra. Cuando terminó la pandemia, un amigo productor aquí en Los Ángeles me dijo: “¿Te has dado cuenta de que acabas de escribir un álbum completo?”. Entonces entendí que quería volver al estudio y grabarlo. Quería regresar a aquello que había formado parte de mi vida mucho antes de convertirme en actor. Yo empecé a hacer música a los 17 años y recién comencé a actuar a los 25. Así fue como regresé. Y, en gran parte, por eso el álbum anterior se llamó Vuelto a Casa. Porque eso fue exactamente lo que sentí: que estaba regresando a mi hogar. Así Es La Ley nace a partir de ese regreso.
Qué historia… Creo que la pandemia nos puso muchas cosas sobre la mesa. Yo, por ejemplo, descubrí que era pesima para la repostería.
[Ríe]. Yo igual. Soy malísimo para eso.
La canción Nací para olvidar la sentí como una reflexión sobre la importancia de conocer nuestras raíces; de que, cuando sabes quién eres y de dónde vienes, realmente puedes ser libre. ¿Cómo viviste la creación de esa canción?
Curiosamente, Nací para olvidar comenzó con una idea completamente distinta. Desde el principio imaginé que tuviera el ritmo de una polka norteña, casi como una marcha. Ya en el estudio fue transformándose hasta convertirse en lo que es hoy: una canción con un sonido country.
Quería escribir sobre alguien que vive en movimiento, que evita comprometerse y establecer relaciones porque cree que los recuerdos terminan pesando. Alguien que piensa que, mientras más ligera sea su mochila emocional, más rápido podrá avanzar y más lejos llegará.
Por eso la canción tiene ese impulso constante hacia adelante. Está escrita en un tono menor, lo que le da un matiz un poco más dramático, pero la idea era justamente esa: seguir caminando sin detenerse, sin enamorarse, sin crear vínculos. Sin embargo, mientras la escribía, empecé a preguntarme qué era realmente mejor: vivir sin recuerdos ni relaciones para evitar el dolor o llegar al final de la vida completamente solo.
Creo que, al final, son precisamente los recuerdos los que nos aterrizan. Son los que nos permiten entender de dónde venimos, por qué somos quienes somos, quiénes nos formaron, qué nos enseñó nuestra familia, nuestro país o nuestra gente.
Siempre necesitamos saber de dónde venimos. Por eso la canción dice: “Si no sé de dónde vengo, ¿cómo sé para dónde voy?”
La vida, al igual que una historia o una película, necesita un arco. Un personaje solo puede transformarse si sabemos cómo empezó su historia. De lo contrario, no hay manera de reconocer el cambio. Con las personas ocurre exactamente lo mismo. ¿Cómo voy a saber hacia dónde me dirijo si desconozco de dónde vengo?
Y ¿no sientes que decidir vivir sin recuerdos también es una forma de alejarse de uno mismo? Al final, si eliminas todo eso… ¿con qué te quedas? Es como quedarse vacío.
Exactamente. Eso es lo que plantea la canción. El personaje dice que quiere vivir sin recuerdos, sin arrepentimientos, sin pensar siquiera si ha hecho daño a alguien. Suena como una manera muy cómoda de vivir. Pero, en realidad, es una ilusión. Es esa idea de: “Si no me acuerdo, entonces no pasó”. Es la frase que suelen decir los borrachos, ¿no? “Si no me acuerdo, no pasó.” [Ríe]

Al escribir sobre los inicios es inevitable reencontrarse con la persona que uno fue. Pienso, por ejemplo, en Puerto de Palos. La sentí como una carta a un amigo; no como una despedida triste, sino como un recuerdo lleno de cariño por todo lo que vivieron juntos. ¿Qué sentiste al volver a esa etapa de tu vida?
Puerto de Palos fue escrita para Pedro Suárez-Vértiz.
Pedro era el cantante de la banda de rock con la que comencé mi carrera, Arena Hash. Después de que el grupo se separó, construyó una trayectoria extraordinaria y se convirtió en una de las figuras más importantes del rock peruano. Siempre fue un referente. Lamentablemente, una enfermedad degenerativa terminó con su vida hace un par de años. Desde entonces se le han hecho muchísimos homenajes, todos muy merecidos por la obra y el legado que dejó. Pero yo quería escribir sobre el Pedro que conocí cuando éramos adolescentes. Ese muchacho con el que un día nos reunimos y dijimos: “Hagamos una banda de rock. Vivamos de la música. Seamos como nuestros ídolos”.
La canción cuenta la historia de cómo nos conocimos y cómo nació la banda, pero está narrada desde su voz, no desde la mía. Es Pedro quien recuerda al “gordito del colegio”, cuando Arturo —que era el baterista— le propone formar una banda. También menciona a su hermano, porque él formó parte del grupo, y luego habla del “flaco”, que fui yo, el último en integrarme. Yo era realmente un flaco. A los 17 años parecía un lápiz. [Ríe]. Volver a escribir sobre esa época fue muy emotivo porque ambienté la historia en la casa donde ellos vivían de jóvenes, una casa ubicada en la calle Puerto de Palos. Esa casa fue muy importante para ellos, aunque más adelante la perdieron por problemas económicos. Fue una situación que obligó a Pedro a salir adelante muy joven para ayudar a su mamá y a sus hermanos. Regresar a esos recuerdos fue volver a nuestra adolescencia, a esa etapa en la que todo era posible y solo existía la ilusión de hacer música. Por eso, al final de la canción, él dice: “Si me queda tiempo, quiero darle un beso a mamá y volver con mis hermanos a Puerto de Palos.” También nombro a muchas de las personas que estaban ahí con nosotros: amigos del barrio, quienes nos ayudaron a formar la banda… Muchos de ellos tampoco están hoy. Cuando entré al estudio a grabarla tuve que detenerme un momento. La emoción me ganó. Sentí que estaba haciendo algo importante, que esa canción tenía un peso muy especial para mí. Fue mi manera de decirle cuánto lo extraño y cuánto lo quise.
Es un homenaje muy bonito. Me conmovió muchísimo.
Gracias. Y por eso el coro no está cantado de una forma tradicional. Quería que sonara como un himno, como esos cánticos que escuchas en un estadio de fútbol. No necesitaba una letra compleja; necesitaba algo mucho más primitivo, mucho más emocional. Sentía que eso era exactamente lo que la canción pedía.
Me llamaba mucho la atención que el álbum habla de honestidad y libertad y, al mismo tiempo, todos los videos fueron grabados en un solo plano secuencia. ¿Hay alguna relación entre esas dos decisiones?
Sí, fue completamente intencional. Desde el principio quería que el álbum tuviera un concepto muy orgánico. Si la idea era grabar una banda tocando en el estudio, no quería que sonara como un disco construido por partes, donde primero grabas el coro, luego una guitarra y después el resto. Quería que las canciones se interpretaran de principio a fin, como sucede cuando una banda realmente toca junta. Cuando empecé a pensar en los videos, me pregunté cómo podían dialogar con esa idea. Entonces surgió la posibilidad de grabarlos también en una sola toma. Sentí que complementaban perfectamente el concepto del álbum. Así como las canciones están interpretadas sin interrupciones, los videos también debían desarrollarse de principio a fin, sin cortes. Además, si quería contar una historia, me parecía que un plano secuencia tenía mucho más impacto que una edición tradicional. En realidad, los cinco videos forman una sola historia. Al seguir al protagonista sin perderlo de vista, el espectador acompaña todo su recorrido y termina viviendo ese viaje junto a él. Creo que esa continuidad genera una conexión mucho más fuerte.
Y justamente como director, ¿qué te dejó un proceso tan natural, pero al mismo tiempo tan exigente? Porque un plano secuencia parece fluir con mucha naturalidad, pero detrás hay una precisión enorme.
Exactamente. Como director fue una oportunidad para arriesgarme y para poner en práctica otra de las facetas a las que también me dedico. Pero, sobre todo, significó muchísimo trabajo de preparación. Al final, un plano secuencia termina siendo una coreografía. Todo tiene un momento exacto: dónde debo llegar, cuándo debo moverme, en qué punto de la canción tiene que ocurrir cada acción. Hay que ensayarlo una y otra vez hasta encontrar la métrica perfecta para que toda la historia entre dentro de esos tres o cuatro minutos que dura cada canción. Para mí también era una forma de darle una capa adicional al proyecto. Pensé: “Vamos a hacer un disco, vamos a hacer videos musicales… pero ¿por qué no intentar algo diferente?” Sentía que el álbum ya tenía una identidad muy particular por su sonido, por la forma en que fue grabado y por los músicos que participaron en él. Entonces me pregunté cómo podía ofrecerle al público una experiencia visual que también fuera especial. Quería que el fan sintiera que había un esfuerzo por proponer algo distinto, algo que valiera la pena descubrir.Y creo que lo conseguimos. Más allá de promocionar el álbum, estos videos me permitieron compartir otra parte de mi trabajo con la gente.
Un plano secuencia obliga al espectador a vivir el tiempo tal como ocurre, sin saltos ni atajos. ¿Crees que eso conecta con la etapa de vida que estás atravesando?
Sí, creo que sí. Hoy, con las redes sociales, muchas veces damos la impresión de tener una vida que no necesariamente corresponde a la realidad. Mucha gente piensa que la vida de los artistas o de las personas públicas es exactamente la que muestran sus redes, cuando en realidad todos filtramos lo que queremos enseñar y lo que preferimos guardar. Al mismo tiempo, también tenemos la posibilidad de mostrar nuestras fallas, nuestros errores o nuestras imperfecciones cuando así lo decidimos. En un plano secuencia ocurre algo muy interesante: no puedes controlar absolutamente todo lo que sucede dentro del cuadro. Y eso, para mí, también resulta atractivo. Durante tres o cuatro minutos convives con un escenario impredecible. Puede cambiar el clima, la luz, la temperatura… Ninguna toma fue exactamente igual a la otra. Probablemente lo único que permaneció idéntico en todas fue la música. Incluso yo reaccionaba de manera distinta según lo que estaba ocurriendo en ese momento. Cada toma terminaba siendo única. Creo que mostrar esos tres o cuatro minutos de una acción continua es una manera muy honesta de decir: “Aquí estoy”. De demostrar que puedo convivir con lo inesperado, sin restricciones y sin necesidad de controlar cada detalle.

Una de las frases que más me llamó la atención del álbum es: “En el mundo de los ciegos, siempre el tuerto es rey”. Da la impresión de que habla de personas que se benefician de la desinformación o de las ventajas que tienen sobre otros. ¿Crees que esa sigue siendo una de las reglas no escritas de nuestra sociedad?
Sí, claro, aunque para mí esa frase tiene más que ver con la supervivencia. Así Es La Ley habla de cómo, incluso en nuestros momentos más vulnerables o más difíciles, somos capaces de salir adelante. Habla de la posibilidad de resistir, de mantenernos firmes y, finalmente, de ganar la batalla. Por eso siempre pienso en la última frase de la canción, cuando dice: “En el mundo de los muertos, si agonizo, soy el rey.”
Para mí, esa línea resume el verdadero sentido de la canción. Habla de la fuerza que encontramos cuando sentimos que ya no nos queda nada. De confiar en que, si seguimos luchando, podemos salir mejor librados de lo que imaginábamos. Muchas veces creemos que ya agotamos todas nuestras herramientas para seguir adelante, pero no siempre es así. Si encontramos fuerzas para continuar, solemos descubrir que éramos mucho más capaces de lo que pensábamos. También hay algo importante: a veces, desde nuestros propios privilegios, olvidamos que existen personas que atraviesan situaciones mucho más difíciles que las nuestras. Uno puede sentirse roto en mil pedazos y, aun así, descubrir que alguien más está enfrentando una realidad todavía más dura.
Esa también es una ley de la vida. Por eso creo que Así Es La Ley termina invitándonos a decidir desde qué lugar queremos mirar las cosas.
Es el ejemplo del vaso con agua hasta la mitad. Hay quienes lo ven medio vacío y hay quienes lo ven medio lleno. Y, muchas veces, el simple hecho de elegir verlo medio lleno ya te pone un paso adelante.












