Viaje a las estrellas: 60 años imaginando el futuro

El espacio. La frontera final. El 8 de septiembre de 1966, y gracias a la comediante Lucille Ball, NBC emitió el primer episodio de Star Trek y puso en marcha una misión que, en teoría, debía durar cinco años. La USS Enterprise recorrería la galaxia buscando nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones, y llegaría audazmente donde ningún ser humano había llegado antes. 60 años después, aquella misión continúa. Han cambiado las tripulaciones, los capitanes, los formatos y hasta las maneras de imaginar el futuro, pero la Enterprise sigue allí, navegando como uno de los símbolos más reconocibles de la cultura popular.

Quizá ahí se encuentre una primera respuesta a la pregunta que acompaña cualquier aniversario de esta magnitud: ¿Por qué Star Trek sigue funcionando? Porque nunca ha tratado realmente sobre el futuro. Ha utilizado el futuro para hablar del presente.

Gene Roddenberry imaginó una nave que podía desplazarse a velocidades superiores a la luz, pero su invención más radical no fue tecnológica. Fue social. En plena Guerra Fría, mientras Estados Unidos y la Unión Soviética calculaban su capacidad para destruirse mutuamente, el puente de la Enterprise reunía a un capitán estadounidense, un oficial científico extraterrestre, una mujer negra responsable de comunicaciones, un navegante ruso y un timonel de ascendencia japonesa. La aventura espacial escondía una provocación: quizá la humanidad no estuviera condenada a repetir sus guerras y prejuicios.

Star Trek: Strange New Worlds demuestra que el legado de Gene Roddenberry sigue vivo cuando el optimismo deja de ser mera nostalgia y vuelve a convertirse en una elección frente al presente.

La Federación Unida de Planetas jamás fue perfecta, pero representaba la posibilidad de que nuestra especie sobreviviera a su adolescencia violenta. En Viaje a las estrellas, el progreso científico solo adquiere sentido cuando viene acompañado de una evolución ética. Los motores warp pueden llevarnos hasta las estrellas, pero no pueden decidir qué clase de personas seremos cuando lleguemos allí.

Mundos nuevos y extraños

Para Akiva Goldsman, co creador y showrunner de Star Trek: Strange New Worlds, aquello que debe preservarse de Roddenberry no es una colección de reglas narrativas, sino “la búsqueda diversa, igualitaria, socialmente responsable y comunitaria del bien común”. También existe, añade, “la capacidad y la obligación de defender ese ideal, de luchar por él”. El canon puede cambiar; los personajes pueden adquirir dimensiones que la televisión de los 60 no podía concederles; incluso ciertas reglas que alguna vez parecieron intocables pueden romperse. Lo que no debería desaparecer es esa convicción fundamental.

El problema consiste en que el optimismo puede convertirse fácilmente en decoración. Seis décadas después de Roddenberry, una serie que prometiera simplemente que todo estará bien correría el riesgo de parecer ingenua. Strange New Worlds entiende esa dificultad y convierte la esperanza en conflicto.

“La esperanza que no se ha ganado es ingenua”, sostiene Goldsman. Para él, si una historia quiere conducir al espectador hacia el optimismo, primero debe reconocer que, en el mundo actual, la esperanza es una elección. El protagonista —y con él, la audiencia— necesita contemplar la posibilidad de abandonarla para poder escogerla.

Henry Alonso Myers, también showrunner de la serie, encuentra allí uno de los poderes esenciales de la ciencia ficción: imaginar que el presente no constituye el último capítulo. “Existe un futuro mejor para nosotros”, afirma, y las historias pueden permitirnos verlo. Considerar que ya hemos llegado al final, especialmente cuando el mundo parece atravesar uno de sus períodos más sombríos, significa renunciar a la posibilidad de transformarlo.

Ese optimismo ganado es probablemente el puente más sólido entre la serie de 1966 y Strange New Worlds. La nueva producción no intenta reproducir la inocencia de otra época. Sus personajes conocen la guerra, el duelo, el racismo, el prejuicio, la soledad y el miedo. La utopía no consiste en fingir que esos conflictos desaparecieron, sino en mostrar personas que deciden no permitir que tengan la última palabra.

Cortesía de Paramount+

El capitán de la Enterprise revela su secreto

Christopher Pike encarna literalmente esa idea. El capitán interpretado por Anson Mount conoce el terrible accidente que le espera en el futuro. Sabe que quedará gravemente herido y perderá la capacidad de comunicarse de manera convencional. También sabe que intentar escapar de ese destino pondría en peligro a los cadetes a quienes está destinado a salvar. Su heroísmo, por tanto, no depende de derrotar a la muerte, sino de continuar viviendo después de haberla visto.

“No recuerdo otro papel en el que el personaje conozca su tercer acto”, explica Mount. Para Pike, asumir que “el viaje será también el destino” significa permanecer en el presente. Saber cómo terminará su historia no disminuye el valor de sus decisiones: las vuelve más valerosas.

Pike actualiza además otro elemento esencial de Star Trek: la idea del liderazgo. No gobierna la Enterprise como un héroe solitario que posee todas las respuestas. Cocina para sus oficiales, los reúne alrededor de una mesa y convierte el mando en un ejercicio colectivo. Mount recuerda que desde el comienzo entendió que el “superpoder” del personaje consistía en transformar el puente “en un cerebro más grande”. Cuando Pike agota sus ideas puede admitirlo ante su tripulación y pedir una solución mejor. La autoridad deja entonces de consistir en fingir omnisciencia y comienza a construirse mediante la confianza. “La Enterprise siempre ha sido eso: una comunidad antes que una máquina”.

Cortesía de Paramount+

Las mujeres de la Enterprise

Rebecca Romijn encuentra allí el corazón de la franquicia. Para la actriz que interpreta a Una Chin-Riley, la Número Uno, Star Trek consiste en reunir personas procedentes de lugares diferentes y conseguir que colaboren. Esa idea, asegura, adquiere todavía más importancia durante épocas de división. “Le ofrecemos a las generaciones más jóvenes una versión optimista del futuro”, explica. No uno que reciba lo desconocido con miedo y agresividad, sino con curiosidad y voluntad de establecer conexiones.

La propia Una demuestra que Viaje a las estrellas también puede revisar críticamente la utopía que propone. El personaje, nacido en el piloto original de 1965 e interpretado entonces por Majel Barrett, pasó décadas reducido a una promesa. Strange New Worlds le concedió finalmente un nombre, una historia y un conflicto. Una es de origen ilirio y pertenece a una comunidad que utiliza modificaciones genéticas, prohibidas por la Federación. Para ingresar en la Flota Estelar tuvo que esconder su naturaleza.

El episodio ‘Ad Astra per Aspera’ convierte su juicio en una pregunta difícil para una sociedad que se considera tolerante: ¿Qué ocurre cuando el prejuicio aprende a hablar el lenguaje de la ley? Romijn no duda sobre el significado de la historia: “Creo que trata sobre el prejuicio”. Una representa a quienes han sido apartados por ser diferentes y obligados a ocultar su identidad para pertenecer. No es casual que una franquicia de 60 años encuentre parte de su renovación regresando a personajes que originalmente no tuvieron espacio suficiente para existir.

Christine Chapel es otro ejemplo. En la serie clásica, el personaje de Majel Barrett quedó asociado principalmente con su amor no correspondido por Spock. Jess Bush interpreta ahora a una Chapel brillante, ambiciosa, divertida y capaz de correr hacia el peligro. Su relación con Spock continúa siendo importante, pero ya no agota su identidad. Bush considera fundamental esa reconstrucción y señala que los guionistas fueron conscientes de todo aquello que Barrett no había podido desarrollar. “Strange New Worlds no borra el pasado, conversa con sus limitaciones”.

Algo semejante ocurre con Nyota Uhura. La presencia de Nichelle Nichols en el puente de la Enterprise fue revolucionaria no solo por el célebre beso interracial con Kirk, sino por algo quizá más importante. Cada semana, millones de espectadores veían a una mujer negra trabajando como oficial competente en el futuro. Celia Rose Gooding hereda esa historia y transforma la habilidad lingüística de Uhura en una filosofía del encuentro.

“La comunicación es aquello que nos vincula y nos une”, dice Gooding. Su Uhura aprende idiomas no para exhibir conocimiento, sino para acercarse a otras culturas. Hablar la lengua de alguien significa intentar comprender la manera en que piensa. La traducción se convierte así en empatía.

Jess Bush llega a una conclusión semejante: buena parte del dolor y el conflicto nacen de los malos entendidos, de modo que la comunicación constituye una herramienta para hacer posibles la empatía y la comprensión. En una franquicia famosa por sus batallas espaciales, quizá una de sus ideas más radicales siga siendo que hablar con el otro puede resultar más heroico que destruirlo.

Cortesía de Paramount+

Erica Ortegas ocupa literalmente el lugar desde donde la Enterprise avanza hacia ese otro. El personaje interpretado por Melissa Navia posee además una curiosa conexión con los orígenes de Star Trek. Entre los primeros tripulantes concebidos por Roddenberry figuraba José Ortegas, un navegante suramericano que nunca llegó realmente a la pantalla. Casi seis décadas después, el apellido regresó convertido en una piloto nacida en Barranquilla, Colombia.

“Yo vuelo la nave”, suele decir Ortegas, pero Navia entiende que la navegación es también una responsabilidad filosófica. Pilotar significa conducir físicamente a la tripulación hacia aquello que desconoce, conservar la calma cuando todos pueden morir y continuar avanzando, aunque exista miedo. Para ella, navegación, ciencia y comunicación son inseparables.

Cortesía de Paramount+

Un viaje ético y moral

Ese principio atraviesa toda la Enterprise. Joseph M’Benga, interpretado por Babs Olusanmokun, representa una contradicción que Star Trek ha examinado desde sus orígenes: ¿Cómo defender una sociedad pacífica cuando el universo obliga algunas veces a utilizar la violencia?

M’Benga es médico y veterano de guerra. Sus manos saben salvar vidas y también saben quitarlas. Olusanmokun define esa tensión como “la dualidad del ser humano”. Después de conocer los horrores del conflicto contra los Klingon, el personaje intenta mantenerse conectado con su primera misión: sanar. En ocasiones apenas conserva una luz de optimismo, pero decide protegerla. La paz, sugiere su historia, no pertenece necesariamente a quienes nunca han conocido la violencia; puede ser también la elección de quienes la conocen demasiado bien.

Montgomery Scott ofrece otra puerta hacia una preocupación especialmente contemporánea: Nuestra relación con la tecnología. Scotty siempre ha sido el hombre que consigue que las máquinas hagan lo imposible, pero nunca porque las máquinas sustituyan su inteligencia. Martin Quinn, primer actor escocés que interpreta al personaje en pantalla, reconoce inevitablemente la resonancia del ingeniero en tiempos de inteligencia artificial. Su esperanza es que el futuro de Viaje a las estrellas represente una relación en la que la tecnología continúe siendo “una extensión de nosotros mismos” y no aquello que tome nuestro lugar.

Pelia, la longeva ingeniera interpretada por Carol Kane, completa esa reflexión desde otro ángulo. Ha vivido durante siglos, pero la experiencia no ha eliminado su curiosidad. Para Kane, esa longevidad obliga al personaje a preguntarse continuamente qué importa, cuándo importa y dónde todavía existe esperanza. Pelia se acerca además a la ingeniería como una artista; “Los manuales contienen respuestas conocidas, pero explorar exige encontrar soluciones que todavía no han sido escritas”, dice.

La lógica y la emoción van de la mano

Spock ha encarnado durante 60 años una variante diferente de la misma tensión entre conocimiento y humanidad. Leonard Nimoy convirtió al vulcano en el corazón secreto de la serie original: un hombre que parecía gobernado por la lógica mientras libraba una batalla permanente entre la educación de Vulcano y la humanidad heredada de su madre.

Ethan Peck interpreta al Spock anterior a esa aparente serenidad. Todavía ama, siente celos, se equivoca y experimenta emociones que no sabe cómo integrar. Peck considera que su recorrido consiste en descubrir la utilidad de aquello que inicialmente le produce vergüenza: su lado humano. No cree, sin embargo, que Spock llegue a sentirse completamente perteneciente a ninguno de sus mundos. Su familia termina siendo la tripulación.

James T. Kirk también necesita ser liberado de seis décadas de mitología. William Shatner creó un personaje cuya imagen terminó simplificada por imitaciones y parodias: el capitán impulsivo, seductor y dispuesto a romper las reglas. Paul Wesley interpreta al hombre antes de la leyenda y reconoce que inicialmente el peso del personaje se convirtió en ruido: ¿debía imitar a Shatner o alejarse por completo?

La respuesta apareció cuando dejó de interpretar el futuro y comenzó a observar el presente del personaje. “Nadie posee una sabiduría innata”, dice Wesley. Los líderes atraviesan buenos y malos momentos, fracasan y solo después adquieren aquello que llamamos experiencia. La precuela permite mostrar precisamente los errores que algún día producirán al capitán que el público cree conocer.

La’An Noonien-Singh enfrenta el problema contrario: no carga con un futuro famoso, sino con un pasado infame. Es descendiente de Khan Noonien Singh y ha pasado su vida temiendo que los demás descubran en ella los rasgos de su antepasado. Además, sobrevivió a la muerte de su familia a manos de los Gorn. Christina Chong entiende que buena parte del valor de La’An nace precisamente del miedo: después de perder a su familia biológica, la Enterprise es la única que le queda. Protegerla la obliga a ser valiente.

Su historia formula otra de las preguntas persistentes de Star Trek: ¿estamos determinados por aquello que heredamos? La’An teme que la sangre de Khan decida quién será, pero su recorrido consiste en aceptar que la historia puede moldearla sin condenarla. Como tantos personajes de Strange New Worlds, debe aprender que la identidad no es simplemente aquello que recibimos, sino aquello que elegimos hacer con ello.

Ahí reside quizá la razón más profunda por la que esta serie funciona como actualización de una franquicia sexagenaria. Strange New Worlds conoce el destino de muchos de sus personajes, pero se interesa por el territorio que existe antes de que ese destino se convierta en historia. Sabemos quién será Kirk. Sabemos quién será Spock. Sabemos qué ocurrirá con Pike. Sin embargo, ellos no viven sus vidas como entradas de una enciclopedia galáctica.

Myers lo resume de una manera sencilla: todos sabemos que, a largo plazo, moriremos, pero la vida sucede entre este momento y aquel. El verdadero territorio dramático está compuesto por los días durante los cuales todavía podemos sorprendernos.

Por eso reducir la longevidad de Viaje a las estrellas a mera nostalgia sería confundir el síntoma con la causa. La nostalgia puede conseguir que una audiencia regrese; difícilmente puede sostener durante 60 años una conversación cultural. La franquicia permanece porque su universo admite una pregunta nueva cada vez que cambia el presente.

En 1966 resultaba audaz imaginar que estadounidenses, rusos, japoneses y extraterrestres podrían compartir un puente. En 2026, la pregunta ya no puede formularse exactamente de la misma manera. Strange New Worlds debe preguntarse qué significa pertenecer, qué ocurre cuando las instituciones progresistas conservan prejuicios, cómo utilizaremos tecnologías capaces de desplazarnos, cómo conviviremos con identidades complejas, qué clase de líderes necesitamos y si todavía podemos defender el optimismo sin cerrar los ojos ante la realidad.

Quizá por eso la Enterprise continúa siendo la imagen definitiva de Star Trek. No por sus motores, sus torpedos de fotones ni su capacidad de atravesar el cosmos, sino por el puente. Allí ninguna disciplina basta por sí sola. El capitán necesita al científico; el médico, al ingeniero; la piloto, la experta en comunicación. Y todos necesitan que alguien sea capaz de decir “no sé” antes de que otro encuentre la respuesta. Sesenta años después, aquella idea puede parecer más fantástica que cualquier teletransportador.

Las conversaciones con Goldsman, Myers y los actores de Strange New Worlds dibujan una misma conclusión desde lugares diferentes. M’Benga conserva su vocación de sanar después de conocer la guerra. La’An se niega a permitir que Khan determine su identidad. Una deja de esconderse. Spock descubre que su humanidad no es un defecto. Kirk aprende que la sabiduría requiere equivocaciones. Uhura convierte el lenguaje en empatía. Ortegas conduce la nave hacia aquello que todavía no comprende. Chapel reclama una existencia más amplia que sus afectos. Scotty insiste en que la tecnología permanezca al servicio de las personas. Pelia defiende la curiosidad. Pike convierte la autoridad en confianza.

El verdadero motor warp de la Enterprise podría no ser la antimateria, sino esa convicción obstinada de que personas radicalmente diferentes pueden sentarse alrededor de una misma mesa, confiar unas en otras y buscar juntas una salida cuando nadie posee todas las respuestas. Viaje a las estrellas ha sobrevivido 60 años no porque haya predicho correctamente el futuro. Ha sobrevivido porque se negó a considerarlo inevitable.

El 8 de septiembre de 1966 comenzó imaginando un mañana en el que la humanidad habría conseguido superar algunas de sus peores pulsiones. Sesenta años después todavía no hemos llegado a ese lugar. Tal vez por eso seguimos necesitando la Enterprise. No solo como una profecía de aquello que seremos, sino como un recordatorio de aquello que todavía podríamos elegir ser.

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