Irvine Welsh: “El futuro está en alejarnos de las pantallas”
Irvine Welsh se convirtió en una celebridad del mundo literario cuando, en 1993, publicó Trainspotting. Tanto la novela como su consiguiente adaptación al cine revistieron el interés de documentar la decadencia hedonista de la generación X: allí donde el libro capturaba el fracaso británico de la transición hacia los ochenta (fracaso que, ya sabemos, desembocó en el thatcherismo), la película prefirió transportarse a los noventa y diluir el nacionalismo escocés en favor de un sentimiento más Cool Britannia, con el surrealismo ocupando un lugar más preponderante.
Pero lo que persiste en ambas obras, en cualquier caso, es el sentimiento antidrogas que se desprende del testimonio de Welsh, quien sufrió en carne propia los embates de la adicción y vivió para contarlo. De modo que hoy, a tres décadas de la adaptación de Danny Boyle, el autor está rodeado por un aura de respetabilidad. Tanto es así que cuando Rolling Stone Argentina se encontró con él para una entrevista exclusiva, fue en el lobby del Hotel Presidential, en Varsovia, para compartir un discreto brunch.
Altísimo, de porte elegante y una elocuencia prodigiosa, Welsh se apersonó en Polonia como invitado estrella del festival Millennium Docs Against Gravity. Allí tuvo la oportunidad de presentar Reality Is Not Enough, el retrato biográfico que le dedicó su amigo documentalista Paul Sng. Lo más interesante de la película es la manera en que intercala el archivo personal más esperable con registros de Welsh en pleno viaje psiconauta. Estos dos ejes se anexan mediante interludios en los que figuras como Stephen Graham, Ruth Negga y Nick Cave leen pasajes selectos de su obra.
Un vistazo al presente bastaría para afirmar que este rapto de interés renovado en Welsh (que no solo se constata en el documental, sino también en un musical del West End próximo a estrenarse) se configuraría inevitable. Tras más de una década de estancamiento económico, un sistema político incapaz de ofrecer respuestas convincentes y una renovada discusión sobre la identidad británica y el lugar que ocupa Escocia dentro del Reino Unido, Trainspotting vuelve a dialogar con un presente que se le parece demasiado (hasta la recuperación del fútbol escocés pareciera acompañar ese clima, aunque Welsh hoy prefiera seguir las ligas inferiores: “Si querés ver todo lo horrendo de nuestra sociedad, mirá el fútbol en el nivel más alto; es la mierda neoliberal más horrible que existe”).
No es frecuente un documental biográfico que intente capturar la experiencia subjetiva de un viaje de DMT. Eso es precisamente lo que hace Reality Is Not Enough. ¿Cómo fue el proceso junto a tu director, Paul Sng?
Este era un tipo específico de DMT. El estándar se siente como una suerte de antesala entre la vida y la muerte, un acercamiento a la experiencia post mortem. En cambio, esta variante, que se llama 5-MeO y se administra en condiciones de laboratorio, produce un efecto diferente que se asemeja más a un estado prenatal. Son sensaciones muy diferentes. Me pareció que la idea de regresar al útero funcionaba como un dispositivo eficiente para enmarcar una biografía. Personalmente, siempre tuve cierta resistencia a lo biográfico; implica demasiada exposición y no sé hasta qué punto soy capaz de examinar mis aspectos más incómodos con un desconocido. Pero Paul es un viejo amigo. Él me propuso hacer la película y le dije que sí porque me gusta su cine. Me acompañó durante dieciocho meses, y filmamos bastante en The Biscuit Factory, en Leith. Ahí construimos ese entorno de proyecciones sobre las paredes con imágenes de distintas épocas de mi vida. Tiene algo muy onírico, casi alucinatorio.
¿Cambió tu vínculo con la fe a partir de ese regreso a lo prenatal? No sé si te considerás religioso, pero siento que un tema central en Trainspotting es la búsqueda de salvación en la que están todos esos personajes. Su deseo de poder creer en algo.
Ya no se puede creer realmente en nada. Nuestras comunidades y nuestra vida laboral fueron destruidas por la tecnología, el mercado y el capitalismo tardío, así que ya no podemos creer en esas cosas. Hay que buscar un sistema de creencias nuevo que se apoye en lo humano, es decir, en la expresión de nuestra singularidad y en la conexión con los demás. Yo era un ateo convencido antes de probar DMT, y ahora soy escéptico respecto del monoteísmo. Estoy muy seguro de que esto, acá, es apenas una parte muy pequeña de nuestra existencia. Qué es el resto, no lo sé, pero tener la certeza de que existe algo más me hizo entender que la vida es un regalo y merece ser disfrutada de verdad.
¿Creés que este presente corroído genera una sensación de decadencia comparable a la de la época de Thatcher? Y, en esa línea, ¿te interesaría escribir algún capítulo nuevo de la saga Trainspotting ambientado en la Escocia post-Brexit?
Sí, aunque creo que sería un poco aburrido, porque la gente ya no sale tanto. Sería un libro sobre salud mental, básicamente. Yo pasé muchísimo tiempo en Gran Bretaña y en Estados Unidos, y lo que vi fue un imperio que se desmoronaba a largo plazo. Toda la perversión y corrupción de las élites salió a la luz, y se siente endémica y consustancial a este sistema. Si te fijás en cualquier gran ciudad universitaria de Occidente, vas a descubrir que una gran parte de los estudiantes son chinos. China está invirtiendo para que su población esté educada. Gran Bretaña solía tener una de las clases trabajadoras más educadas: gracias al Partido Laborista, los sindicatos y la Workers’ Educational Association, teníamos becas completas para que la gente fuera a la universidad y tuviera las matrículas pagadas. Ahora somos una tribu derrotada que toma Stella y consume cocaína mientras mira Sky Sports con una gorra de béisbol. Cuando un pueblo pierde a su clase trabajadora activista, pierde la posibilidad de un cambio social significativo. Y eso también ocurre porque ya no queda ningún lugar aspiracional para esa clase trabajadora. La clase media (que se aferra como puede a los pocos activos que todavía no le sacaron) está dejando de existir. El abismo que la separa de la burguesía es cada vez mayor. Resulta cada vez más evidente que la sociedad se está desintegrando. Fuimos colonizados por nuestro propio capitalismo; destruidos y arrasados hasta el suelo. Estamos corriendo hacia un precipicio.
¿No hay margen de posibilidad para la emergencia de un movimiento independentista en Escocia y Gales? ¿Cómo impacta el ascenso de Reform UK en el resto del Reino Unido?
Espero que sí. Si observás a la gente tal como se comporta con su familias y sus comunidades, ves que son igualitarios y que tienen un sentido cívico. Son esencialmente buenos. Pero cuando empezás a meter países en el asunto, comienzan a ponerse más conservadores y fascistas. Pasan a hablar en términos de lo “nuestro” y lo “tuyo”, sin darse cuenta de que están actuando un guion escrito por otros y venerando países que, en realidad, están dominados por corporaciones. Ahí se vuelve todo incluso más fascista. Aparecen estos tipos que nacieron en cuna de oro y no trabajaron un puto día (nenes de fideicomiso que viven de ingresos pasivos y del interés compuesto) a decirle al resto del mundo que deberían morirse de hambre hasta extinguirse. Es la sociedad más distópica posible.
¿Cómo puede sostenerse una democracia saludable en condiciones así? A veces cuesta creer que un partido que defendiera los intereses del 99% de la población pudiera contar con los think tanks o el dinero necesarios para traccionar una campaña competitiva.
Cualquiera que proponga una reforma impositiva que alcance a los multimillonarios o que quiera recuperar los activos robados y devolverlos a la comunidad, va a ser completamente demonizado por el aparato propagandístico. Todo fue subsumido por una lógica corporativa. No solo la política. Ya no hay espacios autónomos de exhibición para la cultura. Se suponía que internet iba a liberarnos, pero lo único que hace es reducirnos, por medio de algoritmos, a una versión más desteñida de nosotros mismos. La gente ya no sale a la calle, entonces sus peores aspectos se conectan con los peores aspectos de los demás a través de las redes sociales. El celular es lo peor que nos pasó. Los propios multimillonarios prohíben que sus hijos los usen. La gente de Silicon Valley sabe que es cáncer cerebral que reparte golpecitos de dopamina. Tenemos que volver a salir, reencontrarnos comunitariamente, y rediseñar la tecnología para que esté a nuestro servicio. No al servicio de la industria de la extracción.
¿Eso es lo que te da esperanza?
Creo que sí. Tengo un sello discográfico desde hace cinco años, Jack Said What, con Steve Mac, Carl Loben y Rob Miller, y sacamos música dance. Publicamos a músicos jóvenes muy talentosos; productores que hubiesen sido superestrellas hace quince años, o incluso diez. Pero es más difícil captar el zeitgeist con la economía de la atención de hoy. Cuando era chico, salían doscientos singles en Gran Bretaña cada semana, así que tenías una posibilidad de una en dos de estar en el Top 100, y de una en cuatro de entrar en el Top 50. Eso último te llevaba a Top of the Pops, y si ibas más de una vez, básicamente te convertías en estrella. Ahora es un mercado global en el que todo se publica de manera online, y salen trescientas mil canciones todos los días. La IA probablemente lo volvió unas diez veces más difícil. Entonces, ¿cómo se puede conseguir atención en un contexto así? Tenemos que volver a nuestras comunidades, organizar conciertos y raves, y tocar nuestra propia música ahí. El año pasado fui al recital de Oasis y pensé: hay una sensación colectiva muy palpable en el hecho de que tres generaciones estén encontrándose en un mismo concierto. Un clima buenísimo. Me hizo ver que necesitamos salir de nuevo y alejarnos de las pantallas. Creo que ese es el futuro.

Hablando de música, ¿qué inspiró las canciones del musical de Trainspotting?
Es un juego para mí. Soy yo jugando y encontrando cosas. A veces uno está impulsado por una idea que arde dentro suyo, y a veces por la desesperación. Estaba en una encerrona con una canción, pero pensé en “New Rose” de The Damned, y fue a raíz de eso que pudimos terminar un tema que se llama “Choose Life”. Conseguí que Bobby Gillespie de Primal Scream venga al estudio a cantarlo. Lo terminamos literalmente hoy. Te muestro la edición radial; la extendida va a incluir a la multitud diciendo: “Hear me, hear me, hear me”. Debemos haber escrito veinte canciones con Stephen McGuinness.
¿Y cómo es tu proceso literario? ¿Hay alguna técnica o principio que persista, independientemente del proyecto?
Generalmente me enfrento a la página en blanco. Lo que tiendo a hacer cuando no tengo nada sobre lo que escribir, o cuando apenas tengo una idea difusa, es sentarme y redactar 20.000 palabras sin pensar. Cuando el contador me informa que llegué a las 20.000, ahí me detengo. Entonces imprimo el borrador, me lo llevo a la cafetería, y reviso todo con mi resaltador. No sé con qué me voy a encontrar, porque fue un proceso inconsciente. Ahí es cuando aparecen las preguntas: ¿Qué está pasando? ¿Quiénes son los personajes que están emergiendo? ¿A quién pertenece esta voz, y qué dice? ¿Se comienza a delinear una línea argumental? ¿De qué tema se trata? Después vienen los “qué pasaría sí”. ¿Qué pasaría si hiciera esto o aquello? ¿Qué sigue? Con estas notas me voy e intento encarar el primer borrador.
¿Se te ocurre algún ejemplo específico de algo que haya puesto en marcha todo lo demás?
En el caso de Trainspotting, fue la experiencia de cruzar Estados Unidos en un colectivo Greyhound mientras me recuperaba de mi adicción a la heroína. Estaba leyendo el diario que había escrito en el último año, y lo primero que pensé fue que era una mierda. ¿Por qué me estaba presentando de una manera tan engrandecedora? Si era un yonqui tirado en un colchón mirando las paredes. ¿Por qué era tan arrogante y altivo? Mucho de lo que estaba escrito en esas páginas tenía que ver con salir a conseguir droga, conocer personas variadas y entablar conversaciones. Me di cuenta de que todo eso en realidad venía de mí mismo; que eran aspectos distintos de lo que fui y sentí, a veces hasta fugazmente, pero estirados hasta el punto de constituir caracterizaciones arquetípicas. En realidad, estaba creando personajes a partir de mí mismo y de mis observaciones. Supongo que esa fue mi primera comprensión de que podía escribir ficción.
Tu escritura nunca es panfletaria en su ideología, aunque haya nociones claras de lo que está bien y lo que está mal.
Nadie tiene ganas de escuchar un sermón. La gente ya los padece todos los días. Lo que hago es tratar las ideas estableciendo oposiciones entre los personajes. Y los personajes pueden tener ideas objetables: racistas, sexistas, misantrópicas, siempre y cuando se muestre las consecuencias de sostener ideas así. Básicamente, la consecuencia es que terminan teniendo una vida de mierda. No podés andar por ahí cargando esa toxicidad y pretender tener una buena vida.
¿Qué lectura hacés del ascenso global de los populismos de extrema derecha? Yo pensé que el caso argentino se explicaba por la inflación; pero Chile venía de un gobierno socialista sin una crisis inflacionaria comparable, y aun así se impuso un dirigente proveniente de una familia muy vinculada al pinochetismo.
Creo que hay dos cuestiones. La primera es una especie de anarquismo fantasma. La gente centrista fue radicalizada por el neoliberalismo. Sabe que la extrema derecha es incompetente y va a succionarle todo con su mentalidad de saqueo, pero a la vez cree que esos idiotas son los más propicios a tirar el auto por el precipicio. Canalizan su rabia en una opción que promete romperlo todo. El problema es que esa opción también está capturada por los mismos intereses económicos que produjeron la destrucción, entonces se desprende la otra cosa, que es cuándo nos vamos a dar cuenta de que los únicos que tienen dinero hoy son los multimillonarios. Y se robaron todo. Entonces hay que preguntarle a los acólitos de la extrema derecha: ¿de dónde va a salir la plata para hacer todo lo que quieren hacer? Y no van a saber cómo responder porque no creen en cobrar impuestos a los multimillonarios (que, a su vez, están acomodados por la gracia de esta gente). Siempre pasa así. Pasó en la Alemania nazi. Ni los mismos ricos se ven beneficiados por esa evasión de impuestos. Los ves y son un montón de pedófilos sin alma. Vaya manera de vivir. Fueron tan empobrecidos por la riqueza como la gente de barrios carenciados por la pobreza. Y tienen la arrogancia y la hibris de no darse cuenta. Creen que controlan al sistema, y este los controla tanto como controla a los que están en el eslabón más bajo. Incluso si se juntaran y dijeran: “Vamos a encontrar una forma de cambiar esto y devolver lo robado”, tampoco pueden hacerlo porque no hay manera de desmantelar el mecanismo que está montado.
¿Creés que ese ascenso de la derecha populista representa un retroceso importante en la consideración que se tiene por la gente que lucha contra la adicción?
Todo el mundo está luchando contra la adicción. [señala al celular] Es el golpe de dopamina que estamos buscando. Las drogas callejeras son la parte más pequeña del asunto. Gracias a la Big Pharma, la gran industria farmacéutica, quizás lleguemos a vivir hasta los cien años. Lo que no nos van a decir es que durante la mitad de esa vida, vamos a sentirnos pésimo y estar medicados para siquiera ponernos de pie.



















