Momoko Seto y El gran viaje: Ciencia es ficción
Antes de llegar al largometraje, Momoko Seto llevaba años observando mundos que existen frente a nosotros pero que rara vez percibimos. Formada inicialmente en artes plásticas y posteriormente en Le Fresnoy, en Francia, la cineasta japonesa desarrolló una serie de cortometrajes experimentales alrededor de planetas, organismos, hongos y transformaciones naturales, utilizando macrofotografía y time-lapse para alterar nuestra percepción del tiempo, el tamaño y la escala. Su formación se encuentra, por ello, más cerca de las artes visuales, la fotografía científica y el cine experimental que de las convenciones tradicionales de la animación.
Esa trayectoria desemboca en Planètes, conocida internacionalmente como Dandelion’s Odyssey y estrenada en español como El gran viaje, una película sin diálogos protagonizada por cuatro semillas de diente de león que, después de una catástrofe, son expulsadas de su entorno y emprenden la búsqueda de un nuevo lugar donde germinar. Seto convierte organismos sin ojos, boca ni extremidades en personajes capaces de generar identificación sin transformarlos en pequeñas imitaciones de seres humanos.
La directora reconoce como parte de su herencia artística el trabajo de Jean Painlevé, quien convirtió la observación científica de la naturaleza en una forma de cine fantástico, así como las fotografías botánicas de Karl Blossfeldt y la obra del artista francés Michel Blazy. Sin embargo, Planètes no se limita a observar la naturaleza. Su travesía vegetal contiene también una reflexión sobre migración y desplazamiento que Seto relaciona con su propia experiencia como japonesa residente en Francia: abandonar un lugar es solamente el comienzo; la verdadera pregunta es qué nos lleva finalmente a decidir que otro sitio puede convertirse en nuestro hogar.
Su aproximación combina biología, astrofísica, antropología y pensamiento ecológico. Para imaginar sus planetas trabajó incluso con astrofísicos sobre la composición de las atmósferas y la manera en que estas modificarían el color del cielo y del suelo. A esas referencias científicas añadió las ideas de Bruno Latour y de la antropóloga Anna Tsing para cuestionar una visión de la naturaleza organizada alrededor de la supremacía humana. El resultado es una película que elimina precisamente al ser humano para obligarnos a contemplar el mundo desde otra forma de vida.
Una de las primeras películas animadas que recuerdo haber visto cuando era niño fue Flowers and Trees, el cortometraje de Disney ganador del Óscar. Sin embargo, no recuerdo otra película de animación protagonizada por una flor y mucho menos por cuatro semillas de diente de león. ¿Tuvo algún antecedente que inspirara este viaje o sintió que estaba explorando un territorio prácticamente desconocido dentro de la animación?
Cuando empecé a escribir este proyecto no partí de preguntarme qué conocía sobre la historia de la animación o quiénes habían sido mis predecesores. Esas preguntas no estaban realmente en el centro del proceso.
Desde que estudiaba en Le Fresnoy, en Francia, venía haciendo cortometrajes sobre planetas utilizando macrofotografía y time-lapse, explorando cómo contar historias de ciencia ficción mediante hongos y otros organismos. Hice cuatro cortometrajes dentro de esa investigación sobre el tiempo, el tamaño y la escala.
Por eso inicialmente llegué más desde el arte contemporáneo que desde el cine. Estudié artes plásticas durante siete años y mi herencia está más relacionada con artistas como Jean Painlevé en Francia, con esa relación entre ciencia y cine; Michel Blazy, que puede fotografiar una naranja cubierta de moho y convertirla en un objeto artístico; o Karl Blossfeldt, el fotógrafo alemán cuyas imágenes de plantas hacen que parezcan estructuras arquitectónicas. Vengo más de las artes visuales, la fotografía y el cine experimental.
Mi desafío consistía en preguntarme por qué nunca había visto una película con una planta como personaje principal y cómo podía construir una ficción interesante alrededor de ellas. Las plantas son probablemente los seres vivos más invisibles para nosotros. La gente puede preocuparse por elefantes que nunca ha visto, pero no se preocupa por la planta que tiene justo al lado.
Me interesan las minorías, aquello que no vemos o que hemos olvidado, y también los artistas que intentan dar voz a esas formas de vida. Entonces me pregunté: ¿cómo puedo contar una historia de ficción interesante protagonizada por plantas?
La película consigue que nos preocupemos profundamente por cuatro semillas diminutas que no tienen ojos, boca ni extremidades. ¿Cuál fue el mayor desafío para crear empatía sin utilizar las herramientas habituales del antropomorfismo?
Intentamos reducir el antropomorfismo todo lo posible. En una película tradicional de Disney, por ejemplo, un árbol puede tener un rostro, las ramas funcionan como brazos y las hojas parecen cabello. Termina pareciéndose a un ser humano.
Para mí, esa es una manera tradicional de observar la naturaleza: necesitamos superponer nuestra propia imagen sobre las cosas, sobre un árbol, un gato o cualquier otra forma de vida, para poder sentir empatía por ellas. Pero eso responde también a una construcción occidental de nuestra relación con la naturaleza.
Desde mi perspectiva japonesa, no necesitamos ponerles ojos y boca ni hacer que hablen nuestro mismo idioma para poder comprenderlas. Quise situar la capacidad de comunicación y comprensión del espectador un poco más allá de esa necesidad. Creo que las personas somos suficientemente sensibles como para establecer esa conexión sin convertir a las plantas en seres humanos.
Aunque Planètes nunca expresa explícitamente estas ideas, resulta difícil no interpretar el viaje de las semillas como una metáfora de la migración, el desplazamiento y la búsqueda de un hogar. ¿Hasta qué punto fue consciente de esa dimensión mientras escribía la película?
Completamente. Es el subtexto de la película. La migración es un tema muy cercano a mí porque soy japonesa, vivo en Francia y he viajado por diferentes países, como muchas otras personas. Es algo que también ha estado presente en mis trabajos anteriores.
Lo que llegué a comprender es que la migración no consiste únicamente en el viaje. También consiste en el momento en que decidimos dejar nuestras maletas en algún lugar y decir: “De acuerdo, este es mi sitio”. Me interesa mucho preguntarme cuál es la razón que nos hace quedarnos. Puede ser el amor, el trabajo, la amistad o, actualmente, incluso el clima.
Cuando estaba escribiendo la película con mi coguionista, Alain Layrac, él siempre me decía: “Tú también eres la semilla. Entonces, ¿adónde vas?”.
Hay varias escenas que quería mostrar precisamente por eso. Una es el momento en que una de las semillas se encuentra en esa especie de isla, frente a la inmensidad del océano, sin saber hacia dónde ir. Otra ocurre cuando están en medio del universo, rodeadas por la oscuridad y completamente perdidas.
Es una sensación que yo misma he experimentado algunas veces. Llegas a Francia o a un país que no conoces y, cuando terminas tus estudios, no sabes hacia dónde ir. Existe esa sensación de inmensidad mientras tú eres algo diminuto que podría desaparecer en cualquier momento.
Me interesa mucho esa relación entre las escalas, enfrentar algo muy pequeño con algo enorme. Ese contraste es fundamental para mí.

Precisamente hablando de contrastes, Planètes combina una considerable precisión científica con una gran libertad poética. ¿Cómo consiguió crear un universo que resulta al mismo tiempo verosímil y completamente imaginario?
Acumulé muchísima información. No solamente datos biológicos. También trabajé con astrofísicos para pensar los paisajes de los exoplanetas y entender, por ejemplo, cómo los componentes de una atmósfera pueden modificar el color del cielo o del suelo. Me gusta mucho trabajar con científicos durante ese proceso de investigación.
Pero las ciencias sociales fueron igualmente importantes. Me interesaron el pensamiento ecológico de Bruno Latour y el trabajo de la antropóloga estadounidense Anna Tsing, particularmente las preguntas sobre qué significa hablar hoy de ecología sin hacerlo desde una posición de supremacía humana frente a la naturaleza, buscando en cambio una relación más simbiótica y horizontal.
Al excluir al ser humano de la película, inmediatamente podemos dirigir nuestra atención hacia otro punto de vista. Para mí era importante dejar de concentrarnos en una perspectiva exclusivamente antropocéntrica.
Por eso el proyecto se alimentó no solamente de información científica y biológica, sino también de perspectivas filosóficas, antropológicas y sociológicas. Quería preguntarme qué resulta relevante discutir hoy y cómo podemos mostrar lo viviente mediante nuevas herramientas que ni siquiera teníamos hace diez años.
La ciencia encuentra constantemente nuevas herramientas para observar la naturaleza. Yo quería utilizarlas para ofrecer al público imágenes de cosas que nunca había visto y, a partir de ellas, intentar contar una nueva historia sobre nuestra manera contemporánea de comprender el mundo.

Finalmente, ¿cree que la ausencia de diálogos nos acerca a la experiencia de estos organismos o fue también una manera de invitarnos a escuchar la naturaleza de otra forma?
En cierta manera, usted ya respondió la pregunta.
Personalmente tengo una relación complicada con el lenguaje. Crecí en Japón y después fui a una escuela francesa, así que durante mucho tiempo tuve enormes dificultades para hablar correctamente incluso un solo idioma. Creo que esa experiencia también explica por qué terminé acercándome a las artes visuales. Confío mucho más en un lenguaje que pueda existir más allá de las palabras.
A veces, para expresar una emoción es mejor no decir nada y confiar simplemente en un gesto, una expresión, el ritmo, la música o cualquiera de las posibilidades que ofrece el cine. Esos momentos pueden llegar a nosotros con más fuerza que ponerle una palabra a aquello que estamos viendo.
Creo profundamente en esa posibilidad. Y además está lo que usted acaba de señalar: esta es una película sobre dientes de león. ¿Por qué tendrían que hablar en un idioma humano?
Esa es precisamente una de las decisiones creativas que más me impresionaron de la película. Es un camino más difícil, pero creo que consigue algo que muchas películas fantasean con alcanzar. Y también quería agradecerle porque esta entrevista me hizo recordar las maravillosas películas de Jean Painlevé. “Ciencia es ficción” era su frase.
Sí. Ciencia es ficción. Absolutamente.



















