Orión XL presenta Ictus: ¿el mejor disco en la historia del rap argentino?

Foucault, Bakunin, Byung-Chul Han, Indio Solari… Una charla con Orión XL puede derivar en nombres e ideas poco habituales, cuando no inauditos en la escena del rap argentino. Y lo mismo ocurre con sus letras, algo que lo convierte en un caso atípico, pero más aún en un artista disruptivo, sorprendente y recomendadísimo.   

Orión –Santiago Freiría, alias Chino, 39 años– es oriundo del barrio Meridiano V, en La Plata. Tiene pinta de pugilista, pero modos afables y un largo recorrido en el rap, desde principios del milenio, aunque recién en 2016 publicó su disco debut. El brillante Kaos & armonía coronaba entonces su credenciales under con tracks como “Delirante” y “Cuarto mono”, líricas cargadas de una erudición callejera producto de una combinación exótica: cultura hip-hop, militancia social, lecturas, sensibilidad, skills y la poesía abrasiva que solo se desprende del asfalto en un barrio ríspido. 

Ahora, Orión vuelve con un muy esperado segundo álbum, otra vez junto a su productor y socio creativo habitual, My T [Mauro Verdi]: Ictus, una obra tan densa que necesita desglosarse en tres actos. “Sentía que tenía que tirar bastante carne al asador, hablando en criollo”, le dice Orión a Rolling Stone tras el lapso de una década. “Por eso lo hicimos como tres capítulos. El síntoma, que viene a anunciar los cambios en el clima social. La terapia, que es la conversión de eso en algo positivo, decir: ‘Bueno, ¿cómo voy a metabolizar todo esto en algo productivo, lindo, que me permita salir adelante?’. Y El duelo, donde entendemos a la música como una herramienta para salir a flote después de todas las calamidades que nos atraviesan como sociedad”.

Orión XL acaba de lanzar su segundo álbum, Ictus. Foto: Adán Jones

¿Suena a demasiado? Escuchen el disco, porque supera incluso esa descripción con su inagotable viaje lírico por imágenes, citas, namechecks (¡Agustín Tosco!) guiños literarios e invitados como Jesse Pungaz, Alika, Saje, músicos de Los Cafres y del colectivo Afromama.  

No, esta producción no podría haberse cocinado rápido. Tampoco ayudaron el Covid ni otras circunstancias personales: “El disco tiene una cuota de misticismo. Arranqué a trabajar en algo que sabía que se llamaría Ictus y de repente se paraliza la sociedad por la pandemia. Y después muere mi viejo de un ACV, que es un ictus, justamente. No soy muy de lo esotérico, pero creo en la sincronicidad de [Carl] Jung: la realidad a veces se alinea”.  

Ictus es una obra pesada, monumental, sin paralelo en el rap argentino. De hecho, respecto de la escena local, el Chino asume: “Siempre me voy a sentir un poco outsider porque vengo de una lógica y de una crianza un poquito diferentes. Estoy más atravesado por el folclore, por la música nacional; me siento más cerca del rock que del rap en ese sentido. Vengo de La Plata, que tiene una impronta indie fuerte, donde tampoco deja de sentirse la huella de un Indio, de La Renga. Cuando me subí a rapear, ya venía escribiendo casi en décimas, por haberme criado con esa impronta campera, pero cruzado con la generación MTV, por la que de repente conocí el rap, que me dio una matriz de contención”. 

Foto: Adán Jones

“La Plata es una ciudad universitaria y tiene una mística que no se ve en otras ciudades -dice Orión-. De repente te encontrás tomando una birra en una fiesta gratuita con pibe que estudia filosofía y tenés una charla de las más interesantes de tu vida… La calle platense me educó mucho por ese lado. Siendo niño y tratando de escapar un poco de los quilombos del hogar, me tocó también juntarme con gente que vivía literalmente en la calle, que limpiaba vidrios, escapada del instituto de menores, e incluso esa gente también tenía algún librito bajo el brazo”. 

Orión empezó a escuchar rap en serio a través de discos llegados de España, como los compilados de la revista Hip Hop Nation. A los 17 años, conoció a My T, que tenía unos 20 y fue uno de los pioneros del hip-hop platense, con el sello Raptores Records. Las influencias de El Roockie y José Larralde se fundían para comenzar a forjar un estilo único, superador de las partes. “Me permito cantar como lo hace el reggae panameño, pero por el otro lado soy rapero y a la vez mantengo esa esencia de campo, la argentinidad, el folclore del trabajador”.  

El freestyle competitivo de las batallas, tan populares, no fue lo suyo. “Hoy el rap está muy dividido entre músicos e improvisadores. Los freestylers rara vez escuchan un disco de rap, son gente que por ahí, en el cotidiano, no escucha rap. Yo me asumo más músico que improvisador. Puedo improvisar en una fiesta, pero el flujo de conciencia no es una disciplina a la que quiera adherir porque me gusta pensar bien lo que voy a decirte, si después voy a repetirlo diez años en todos los escenarios”.  

“El rap tiene eso de combativo y yo también le tiro; le tiro a las cosas que no me gustan del rapero [“El que busque la verdad merecerá el castigo de hallarla/ dice un aforismo, uno mismo le da la espalda./ Aunque no salgas de la mazmorra en tu gorra y te tragues la llave, donde hay señales las casualidades, ¡no caben!”, rima certero en “Delirante”]. Trato de reírme de la pose desde adentro con una crítica constructiva. Entiendo la pasión, la milito, la fogoneo y la aplaudo. Aunque me pasa lo mismo que con el fútbol: no puedo dejar de alegrarme cuando mis vecinos tienen una excusa, entre tanto quilombo, para sonreír. Pero cuando veo toda esa potencialidad revolucionaria mal invertida en trivialidades y no en cosas como la Ley de Tierras… ¿Cómo puede ser que no canalicemos esa energía en algo que nos determine un futuro mejor?”.  

Orión insiste en que no se siente cómodo con las batallas, aunque entienda el código: “No deja de hacerle un juego contraproducente a los barrios, toda vez que enfrentamos negro contra negro, pobre contra pobre, que nos discriminamos mutuamente… Entiendo la cuota deportiva y comprendo que el morbo garpa, pero no estoy en esa película. Igual, nadie me aísla, gente de ese rubro incluso me respeta mucho porque se criaron con mi música. Mal que mal, vengo de la generación anterior. Pero no dejo de sentirme foráneo”.

El Chino recuerda que el hip-hop es un movimiento “que se genera justamente entre pandillas cansadas de matarse entre ellas, hasta que dicen: ‘Che, vamos a identificar al enemigo porque matando al vecino de tu primo no resolvimos nada’. Al final, el problema era contra el segregacionismo policial y estatal, y no contra el vecino”. Esa es la columna vertebral de mi historia como rapero”. 

Otro punto que lo aparta del ambiente puramente musical es su historial militante. “Milité en varias organizaciones de base, pero me pasó eso de ser el que pedía un pizarroncito para alfabetizar chicos, porque mi intención era enseñarles a rimar, y cuando iba al barrio me encontraba pibes que no sabían escribir. Y de repente me dijeron que no había un mango y después resulta que había plata para no sé qué abogado. Me encontré con esas contradicciones y también con la situación de poner el pecho en manifestaciones y recibir palazos de la policía por cuatro o cinco que decidían el futuro de la organización y se disputaban el poder”.  

De ahí que opte por el horizontalismo. “Hay gente con mayor vocación de liderazgo, pero no por eso tiene mayor derecho a imponerse. He estado en movimientos territoriales donde terminaron peleados porque uno quería ser más famoso que el otro. He visto militancias universitarias cagándose a trompadas por la bandera de la FULP [Federación Universitaria de La Plata]. No sean boludos, ¡son tus compañeros! Está bien, el trapo representa lo que representa, pero al final vos querés un puesto de poder y el otro te lo está peleando. La enseñanza más linda que me ha dejado la vida militante es que militar es la solidaridad. Me lo dijo un viejo que militó en el monte tucumano fusil en mano contra el ejército y que organizó un grupo en el que estuve. Y el tipo se murió incluso ayunando en cárceles. Pasó 10, 15 años en cárceles durante la dictadura y en democracia también. Siempre con un principio de austeridad”, dice Orión, que se asume como “trabajador de la cultura”, más que artista. 

Mientras la industria presiona para que generes “contenido” permanentemente, te tomaste diez años para el  nuevo disco…  

Las plataformas son gratuitas, pero, si querés escalar, tenés que empezar a pagar suscripciones; de gratuito tienen solo el login. Sos vos el que trabaja gratis para alguien que lo vende. En un momento me vi desbordado por eso de tener que hacer contenido para que la gente no te olvide, y por un momento fue: “¿Quién te va a olvidar de qué?”. Cuando validamos esta idea de que si no estás sistemáticamente produciendo, desaparecés, le das entidad a ese monstruo. Entonces, dijimos: “Che, no, tomémosnos el tiempo para hacer lo que tengamos que hacer, hagámoslo como sabemos y después tratemos de hacer todo el ruido posible, pero no nos subamos a una que no tiene un carajo que ver con nosotros. Tengo la suerte y el privilegio de poder ponerlo en duda, pero hay pibes que nacieron con eso [la lógica de las redes sociales] y que lo asumen como un axioma”. 

Volvemos a lo mismo: las principales beneficiarias son, al final, esas grandes corporaciones que sostienen la mentira de la hiperproducción. Byung-Chul Han , que hoy está bastante en boga, ya hace años hablaba de esto, retomando el concepto de la hipervigilancia digital, la lógica del panóptico de Bentham, que aplicaba Foucault. Bueno, hoy el panóptico es, como bien dice Han, el mismo circuito de control. En consecuencia, trato de alejarme de las redes, como dice el disco de La Renga, ¿viste? Porque entiendo que la red te puede servir para trepar o puede ser una trampa mortal. Está en vos si usás la soga para subir o para ahorcarte… 

Foto: Adán Jones

Diste talleres de rap, ¿cómo fue esa experiencia? 

Tuve una época de tallerista, fue una propuesta que elaboramos bastante. En su momento también nos invitaron de distintas agrupaciones políticas, pero me cuesta mucho sentirme una herramienta de acumulación de poder por parte de gente que no entiendo muy bien para dónde quiere ir. En consecuencia, me llamé a la reflexión y me dije que mi militancia es estrictamente lo que sale de mi boca y mis acciones. Me parece que es algo que puedo hacer independiente mucho mejor que subordinándome a un circuito. 

¿Todavía descubrís cosas nuevas dentro del rap que te entusiasman? 

Me está costando, ¿sabés? De repente me volví un poco más exquisito con esa búsqueda. Pero también confieso no estar consumiendo mucho rap porque cuando estoy en clave creativa, siento que me puede contaminar o me puede salpicar de algo que por ahí puedo inconscientemente bajar. Y no quiero copiar a nadie. 

Decías que el folclore te había formado. ¿Qué artistas, por ejemplo? 

Larralde, Cafrune, los latinoamericanos de la famosa Nueva Trova, Mercedes Sosa, Víctor Jara, Víctor Heredia… 

¿Facundo Cabral?  

Cabral es un único, un tipo grosso, que tenía lucidez para las cosas de la vida. Para mí fue un gran referente. No comulgo tanto con su parte religiosa, pero a veces me veo escuchando entrevistas del tipo y digo “tal cual” cada tres palabras”. Vengo un poco de toda esa escuela. Por otro lado, también he consumido, no sé, Héctor Lavoe, por decirte algo, que no tiene un carajo que ver con la filosofía ni la política. Pero con todas esas pequeñas aristas termino haciendo un paquete que se llama Orión.  

Adán Jones

¿Cómo te llevás con los reconocimientos de la “industria”? 

Tengo amigos, colegas, que se desviven por estar en los premios Gardel. Y yo analizo de dónde vienen los premios Gardel, quiénes lo organizan y con qué objetivo, y digo: “¿Para qué?”. Me representa más que me escriba cualquier NN diciéndome: “Gracias por haberme tirado esta frase”, antes que me den un pedazo de fierro. No le quiero agradar a la industria cerrada, sino al consumidor final, al chico de barrio, la gente de a pie, que son los que al final del día me van a poner en valor. Hay una frase, creo que es del Pato Fontanet, que dice que lo que cuenta es lo que se siente en la calle y no en los inventos de la industria. 

Cualquiera que escuche un tema tuyo, entiende rápidamente que la lectura es algo central. 

Es que también me paro a hacer un juego, a proponer una dialéctica. Hay cosas que uso como referencia que, si no las entendés, por ahí seguís de largo o por ahí hasta te chocan. Para mucha gente esa cosa intelectualoide es chocante, desagradable, pero el que sabe bien recibirlo, por ahí va, lo busca y termina aprendiendo algo. Más allá de todo lo que pueda llegar a representar la música, la satisfacción más linda es cuando me dicen: “Gracias a vos aprendí más que en la escuela”. Yo tampoco soy un licenciado en Filosofía y Letras, pero sí me pasa que retomo esto del Indio, de La Renga, de tantos otros (más del rock que del rap). Todo eso hace a un saber popular. A mí me llegó desde ese lugar, y por eso también lo replico. 

¿Y qué qué lecturas fueron importantes para para vos? 

A mí me atravesó muy fuerte el existencialismo, Sartre, Camus. Por un lado de la filosofía, por el otro de la política. He leído bastante de autores de izquierda, bueno, Marx, y he leído anarquistas, Bakunin, he leído un poco de todo también de teorías si querés asociada con la derecha como como Friedman y como tantos otros. Me parece que cualquiera que tenga hambre de saber y de conocimiento va agarrando un poquito de cada cosa y va haciendo un balance. Me he visto en épocas más adolescentes más radicalizado, más militante de ideas concretas y también he encontrado en ellas las contradicciones propias de la época. Creo que quien milita el horizontalalismo difícilmente lo encuentre en esos nichos, sino más bien en la calle. Es cierto que no todo es para todos y que muchas veces hay liderazgos, atributos que uno tiene más fácil que el otro. No sé, mi hermano es mucho mejor a la hora de administrar y yo soy más creativo, así que en ese sentido creo mucho en la sinergia, que entre todos esos colores se puede hacer una pintura. Al final del día creo que, como dice un grande, las contradicciones son síntomas de inteligencia. Es un síntoma de inteligencia poner en duda tus propias creencias.

¿No hay un riesgo en sobreintelectualizar la música?

Trato de no caer en una lógica muy universitaria, que me aleje del oyente promedio. No dejo ser un pibe de barrio. Me ha pasado de sentir que les estoy complicando más la vida a mis compañeros de lo que se las estoy facilitando, entonces trato de lograr un sano equilibrio. No me quiero poner muy abstracto porque me debo a la base, al barrio, a la gente que me rodea. Para mí una letra bien lograda es una letra que, si mi abuela la ve impresa, la pueda celebrar como si fuera de cualquier otro. 

Ahora que decís esto de que si tu abuela la viera impresa, ¿alguna idea para que esas letras estén justamente impresas, se puedan leer? 
Durante la pandemia inicié un libro que eventualmente terminaré. Se llama Ontología diletante, y es como un estudio del ser los que diletamos, de los que no sabemos mucho, sino un poquitito de todo y mucho de nada, con narraciones, poesías y aforismos. Esto del soporte escrito tiene cierto gustito que me agrada, así que seguramente va a salir más adelante. Me hacía falta porque rapear te pone en la cabeza el chip de conectar sílabas y de estar jugando con palabras que sean estructural y fonéticamente, y cuando te querés acordar es un laberinto, un mejunje donde muchas veces estás resignando el contenido en función de una cuestión estética.

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