Lucho Pellegrini, el baterista que llevó la tabla de lavar al corazón del swing en Buenos Aires

Para entender el universo musical de Lucho Pellegrini —baterista, referente del swing local y fabricante pionero de tablas de lavar en la Argentina— hay que trazar una línea temporal que va en reversa. Antes de enamorarse del jazz tradicional, el recorrido rítmico de Lucho empezó, como el de muchos pibes de su generación, en el grunge y el punk. “Yo escuchaba mucho a Dave Grohl tocando la batería en Nirvana”, explica. “Como Grohl nombraba entre sus referentes a John Bonham, me puse a quién era el referente del batero de Led Zeppelin, y así llegué a Buddy Rich. De Buddy Rich salté a Gene Krupa, y de Krupa seguí yendo cada vez más atrás en el tiempo, hasta desembocar en las orquestas de Duke Ellington, Count Basie y Louis Armstrong. Fue un salto hacia atrás buscando la raíz”.

Hoy, a sus 35 años, Pellegrini no solo capitanea proyectos referentes de la escena porteña como Hot Shooters y su New Orleans Party, sino que se convirtió en el gran divulgador local de la washboard (la tabla de lavar adaptada como instrumento de percusión) al frente de su propia marca: Cincinnati.

Les Luthiers no fue el primer conjunto de instrumentos informales de la historia. A comienzos del siglo XX, proliferaron en ciudades del sur de Estados Unidos como Louisville y Memphis las “Jug Bands” (también conocidas como “Washboards Bands”), grupos de afrodescendientes que combinaban instrumentos convencionales (guitarra, banjo, mandolina, armónica) con instrumentos caseros o fabricados con objetos cotidianos. Utilizada originalmente para almacenar bebidas alcohólicas como el whisky o la melaza, la la garrafa -o jarra de cerámica o vidrio- “jug”, era el corazón de ese sonido. El músico hacía vibrar sus labios contra la boquilla con una técnica similar a la tuba o el trombón y actuaba como la línea de bajo de la banda.

El kazoo (o un peine envuelto en papel de celofán) hacía las veces de la trompeta o la corneta, y el ritmo, claro, estaba en las tablas de lavar metálicas que, tocadas con dedales, recreaban el sonido de la batería. 

En la Argentina, la tabla de lavar fue adoptado por los bateristas de agrupaciones como la Antigua Jazz Band, la Fénix Jazz Band, la Creole Jazz Band y la Caoba Jazz Band. Era común que en las presentaciones, antes de incorporar el instrumento, dijeran que no les había alcanzado para comprar el lavarropas automático.

El vínculo de Pellegrini con la tabla de lavar se remonta a un recuerdo de su infancia: a los 10 años, vio a un artista callejero en Villa Gesell haciendo un unipersonal de “hombre orquesta” con una tabla. Sin embargo, el reencuentro formal con el instrumento fue en 2014, cuando lo invitaron a tocar con La Familia de Ukuleles.

“Ellos tenían una tabla y me la prestaron”, explica. “Desde el primer momento me enamoré del instrumento por lo accesible que era y lo fácil que resultaba sacarle y ponerle accesorios. Le trasladé todo lo que sabía de percusión.” 

Lucho Pellegrini, estilo vintage y en composé.

Para la presentación del disco de la banda en el Teatro Margarita Xirgu, en 2015, Pellegrini quería su propia washboard, pero en Argentina solo se conseguían modelos integramente de madera, sin la chapa metalica acanalada tradicional. “Llamé a mi primo, que es baterista e ingeniero, y le dije: ‘Necesito ponerle metal a esta madera, ¿me ayudás?’. Así hicimos la primera tabla. Nos quedamos dándole vueltas a la idea porque sabíamos que había un montón de gente buscando el instrumento y nadie lo fabricaba acá. Así nació Cincinnati entre fines de 2015 y principios de 2016. Ni en pedo nos imaginábamos que se iba a convertir en un emprendimiento de diez años”, reconoce.

Lo que empezó como la respuesta artesanal a una necesidad artesanal terminó expandiéndose de forma insospechada. La tabla de lavar rompió los márgenes del jazz tradicional para colarse en el pop, el folklore y el rock de autor.

“Para nosotros la washboard es como el ukulele de la percusión”, argumenta. “Así como podés tocar cualquier estilo con un ukulele y no solo música hawaiana, la tabla se adapta a todo. Silvina Moreno fue una de las primeras en engancharse y usarla en el pop; le gustó tanto que hasta le regaló una a Ed Sheeran por su cumpleaños. También la han usado cantautores, proyectos de bolero y hasta de reggaetón. Y a nivel internacional, nos llegaron fotos e historias increíbles: hoy tienen tablas Cincinnati músicos de la talla de Gustavo Santaolalla, Adán Jodorowsky, Mon Laferte, Fantastic Negrito y hasta Gregg Bissonette, el baterista de Ringo Starr”.

Ed Sheeran y la cantante argentina Silvina Moreno posan con una washboard.

El año pasado Cincinnati Washboards llegó a Broadway. “En Pirates! The Penzanc usaban 24 tablas en escena”, se enorgullece Lucho. “Fueron nominados a los premios Tony e hicieron el show con las washboards en la ceremonia de los premios”.

La puerta de entrada al swing

Aunque se crió en un hogar donde la música siempre estuvo presente —su madre es pianista y profesora— y sus primeros palillos los movió a los 11 años tocando temas de los Ramones, Flema y 2 Minutos con sus primos, el flechazo definitivo con el jazz ocurrió a los 17, mientras cursaba percusión en el Conservatorio Manuel de Falla.

“Lo primero que escuché de jazz tocando la batería fue el disco Kind of Blue (1959) de Miles Davis. Me voló la cabeza. En esa época me estaba comprando mis primeros CDs y conseguí un compilado de Louis Armstrong. Ahí entró todo el swing por un tubo; me enamoré del estilo. Miles fue la puerta de entrada, pero Armstrong fue la gran influencia por la que me dejé llevar”, rememora.

Tras terminar el colegio, Lucho pasó al SADEM [Sindicato Argentino de Músicos] para estudiar la carrera de música popular, donde empezó a armar sus primeros ensambles de jazz y swing con compañeros de cursada.

Actualmente, Pellegrini mantiene una agenda hiperactiva. Lidera la New Orleans Party (un sexteto enfocado en el swing, el rhythm & blues de corte sureño y clásicos de Fats Domino), integra Waller Moods junto al pianista Manuel Fraga, y continúa girando con Hot Shooters, cuarteto vocal con el que ya editó cuatro discos y realizó giras por México y Europa.

Durante todo 2024, Pellegrini asumió el rol de productor artístico —junto a Mariel Gastiarán— de las Swing City Sessions, un ambicioso proyecto independiente que buscó registrar el pulso vivo del jazz en Buenos Aires. “Grabamos 17 discos en total, todos en vivo en Swing City y producidos junto a Amadeo Álvarez en las mezclas. Fue un proyecto hermoso porque le dimos la oportunidad de grabar con gran calidad de sonido a un montón de bandas de la escena de jazz y swing porteña que por temas económicos no podían acceder a un estudio”, explica.

Ese registro, con producción ejecutiva de Daniel Daich, con edición digital del sello RGS, funcionó como una radiografía de una comunidad en plena expansión. Para Lucho, el fenómeno del swing en Buenos Aires no es una moda pasajera, sino un proceso de más de dos décadas apuntalado por la cultura del baile, que empezó como una réplica de la movida del neo-swing en la costa Oeste de los Estados Unidos, a fines de los 90: “Hay una renovación generacional constante. A mí me encanta ver a pibes jóvenes tocando y bailando esta música, porque hace cien años era justamente la música que tocaban y bailaban los jóvenes. Aunque sea música centenaria, está ayornada a la época y mantiene una energía impresionante”.

Lucho inscribe su nombre en un linaje que incluye a nombres importantísimos para el jazz de Nueva Orleans y el swing en Argentina. Un listado caprichoso e incompleto que incluye a Rolando Vismara, Rodolfo Yoia, Carlos Caiati, Cachi Carrizo, Ricardo Esain, Juan Pablo Scenna, Eduardo Manentti y próceres como Lalo Scenna, Enrique Varela, Marito Cosentino, José Medina y Yimo Riportella, entre muchísimos otros.

Como un hilván (no tan) invisible, hay un componente que atraviesa todas sus facetas: la pedagogía y la divulgación histórica.”En todos los shows nos gusta hablar de la historia detrás del ritmo”, explica. “La washboard, por ejemplo, tiene un origen profundamente ligado a los afrodescendientes esclavizados en el sur de Estados Unidos, a quienes no les permitían tener instrumentos y empezaron a hacer música con objetos cotidianos, lo que hoy llamamos cotidianófonos. Explicar eso genera primero sorpresa y después mucha alegría”.

Esa labor difusora lo llevó también a dar clases a distancia a alumnos en Estados Unidos, Europa y China. A la hora de definir su lugar en la música, Pellegrini es claro: “Me encanta ser parte de la tradición del jazz tradicional argentino y hacerla crecer, pero no desde un lugar museístico. No lo pienso como ‘tocar la música tal como fue hace cien años’, sino cómo tomar esas canciones y darles nuestra propia impronta actual”.

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