El documental de Fito Páez llega a Netflix: retrato íntimo y con malicia del genio con mal genio

“Lo que me embola de los documentales, en general, es que les falta malicia”, dice Fito Páez. Eso es lo primero que escuchamos apenas comienza Fito Páez: el mundo cabe en una canción, el flamante documental dirigido por Matías Gueilburt, que ya está disponible en Netflix. Se justifica Fito: “El personaje retratado siempre es visto como una especie de adalid de la bondad y las buenas costumbres. Y eso me embola terriblemente”.

A modo de pedido, o de manifiesto, le dice Páez al director, con quien tiene una amistad de larga data, desde el cuarto de baño: “Necesito que pasen cosas más reales, que se vean cosas que no sean caretas, ¿entendés?”. Y mientras se escucha el ruido del chorrito, recalca, con una mano apoyada en la pared y una mirada cómplice a la cámara, el pedido inicial: “Malicia, ¿entendés?”.

Lo que sigue es un derrotero lleno de flashbacks, con la grabación de Novela, la ambiciosa ópera rock que Fito había empezado a escribir en 1988 inspirada en Quadrophenia (1973), el clásico de The Who. No se retrata el proceso creativo, sino la grabación en los míticos estudios londinenses Abbey Road. En el mismo espacio en el que Los Beatles grabaron algunas de sus obras maestras, allí está Fito concretando su viejo proyecto. Y entre viajes en Uber y escenas de alcoba, el relato se entrelaza con los recuerdos de infancia y las historias por detrás de las canciones. Por ejemplo, el conmovedor relato sobre “Parte del aire” (del indispensable La la la, 1986, en una gloriosa yunta con Luis Alberto Spinetta), en el que imagina el reencuentro de sus padres en el más allá.

El registro más íntimo y crudo es el que muestra la internación de Fito en una clínica madrileña después del accidente doméstico que sufrió luego del festejo por el décimo aniversario con su pareja, la actriz Eugenia Kolodziej. (Alerta spoiler: durante el rodaje del documental, anuncian su ruptura). Las escenas de dolor son desgarradoras, y Fito confiesa allí que, con once costillas fracturadas, había llegado al final de sus días.

Fito y la complicidad con su hijo Martín. (NETFLIX).

La mirada de Gueilburt, a pesar de la amistad que comparten desde hace un cuarto de siglo, no es piadosa. Es un retrato completo, que incluye virtudes y defectos, obsesiones y temores, de un genio con mal genio. Se puede observar, en las pruebas antes del regreso a los escenarios luego del accidente, y antes del inicio de la gira 4030, el grado de rigor que maneja Páez en los ensayos. La rigurosidad y los tonos, nada amables, con los que se dirige a los músicos de su banda. En algunos casos, amigos cercanos.

También se develan sus espacios privados. Podemos observar la tapa de bookazine que le dedicamos en Rolling Stone enmarcada en formato XL. Y el muñequito de Charly García saltando desde el noveno piso, colgado de una lámpara de techo, entre muchos otros detalles a descubrir.

Fito y Margarita, en una prueba de sonido antes de un concierto. (NETFLIX).

Como si fuera una gran sesión de terapia, Fito se muestra caprichoso y consentido. Padre demandante con su hija Margarita, le reprocha con humor sus abandonos (pos) adolescentes vía WhatsApp (versión real sin exagerar de esos sketches que suele subir Sebastián Wainraich a su cuenta de Instagram). La complicidad con su hijo Martín, compañero y compinche, que lo cuida y, también, lo bardea. Y el dolor profundo por la pérdida precoz de su madre y de su padre, sumado al asesinato de sus tías —marcas indelebles en su personalidad y sus costumbres—, componen algunos de los mundos que caben en mucho más que una canción. Es un retrato de la absoluta humanidad de uno de los artistas más talentosos y ambiciosos que ha dado este pedazo de tierra que llamamos Argentina.

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