Artistas que debes conocer: Muñeca Rusa

Hay una cosa que conviene tener clara antes de escuchar a Muñeca Rusa: la banda originaria de Gijón, Asturias, no parece interesada en escribir canciones para complacer a nadie. Y, curiosamente, ese termina siendo el punto final de nuestra conversación. En un momento en el que gran parte de la industria musical parece adorar las apariencias, agradar y cumplir para sobrevivir en el intenso mundo de las redes sociales, el grupo decidió hacer completamente lo opuesto: debutar con un álbum pensado para escucharse completo, en calma, de principio a fin.

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Año soviético no es un LP que busque dar respuestas. Más bien, es todo lo contrario. Es un retrato –y cuestionamiento– de una generación, y también sociedad, que convive con la ansiedad, la frustración, el desencanto y un toque de decadencia. Quizá sea por eso que sorprenda el hecho de que, después de un recorrido marcado por la crítica y el sarcasmo, el álbum termine con una de las canciones más íntimas que ha escrito la banda. ‘El día que vi llover’ cierra el disco desde un lugar completamente distinto. “Es probablemente nuestra forma más vulnerable de hacer canciones”, explica Andrey Fomchenko, vocalista y principal compositor del grupo. “Durante todo el disco hay mucha crítica social y una mirada muy generacional, muchas veces desde el humor, pero aquí dejamos que los sentimientos respiren”.

La elección no fue casual. Mientras la mayoría de las canciones retratan una sociedad acelerada, obsesionada con la productividad y las apariencias, el cierre invita justamente a detenerse. “Tiene algo muy del norte”, continúa. “Una sensación fría, lluviosa, de esas que parecen calarte hasta los huesos. Pero también termina con una coda muy esperanzadora. Después de la lluvia también sale el sol. Para nosotros era una forma de dejar una puerta abierta a todo lo que viene después”.

Verónica Gutiérrez coincide en que era el desenlace natural para un disco construido sobre contrastes. “Es una de las canciones con mayor carga emocional del álbum. Después de pasar por tantos momentos de rabia, ironía o crítica, nos parecía bonito terminar desde un lugar mucho más nostálgico”. Ese tipo de contrastes son los que se experimentan en Año soviético. Aunque el disco habla constantemente del desencanto, nunca pierde el sentido del humor. “Hay que reírse de las desgracias”, dice Andrey entre risas. “Es la mejor forma de afrontarlas”.

Lejos de construir un discurso pesimista, Muñeca Rusa parece más interesada en plantear preguntas que en ofrecer soluciones. Canciones como ‘El club de los hipócritas’, ‘SHOCK’ o ‘MASIVO’ cuestionan una generación atrapada entre la necesidad de pertenecer y el miedo permanente a no ser suficiente. Eso sí, evitando cualquier tono moralista. “No somos una banda panfletaria ni pretendemos escribir un programa electoral”, aclara Andrey. “Simplemente escribimos desde el lugar en el que vivimos”.

Ese compromiso con la honestidad terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en el verdadero concepto del disco. A lo largo de la conversación surge una idea de manera recurrente: la vulnerabilidad. Porque escribir y abrir su universo también implica aceptar cierta incomodidad. “Si una canción te hace dudar antes de publicarla, probablemente significa que vas por el buen camino”, reflexiona Andrey. “Crear tiene que incomodar un poco. Si incluso a ti mismo te provoca esa sensación de pensar ‘igual nos estamos pasando’, seguramente también despertará algo en quien la escuche”. Hace una pausa antes de rematar la idea que, quizá, resume mejor la filosofía de Muñeca Rusa: “Una canción tiene que hacerte sentir algo, aunque sea rechazo”.

La decisión de publicar un álbum completo nunca estuvo en duda. Aunque durante meses fueron liberando sencillos, Muñeca Rusa siempre supo que esas canciones terminarían formando parte de una obra mucho más grande. “Somos bastante románticos”, reconoce Andrey. “Hoy todo parece girar alrededor de los proyectos en solitario y de las canciones pensadas para funcionar por separado. Nosotros seguimos creyendo en la banda y en el disco como una experiencia completa”.

Y, aunque Muñeca Rusa no suele escribir canciones sobre el amor, sí es el amor por la música el que guía su forma de crear y entender el oficio. Los integrantes defienden la idea de detenerse a escuchar un disco con calma, recorrerlo, comprenderlo y vivirlo de principio a fin, sin prisas. “Es verdad que publicamos muchos sencillos porque es la manera más realista de mantener vivo un proyecto y hacer que las canciones lleguen a la gente”, explica. “Pero el objetivo siempre fue hacer un LP. Nos gusta pensar en el recorrido completo, en cómo una canción conversa con la siguiente y en el universo que se construye entre todas”.

Ana-María Constantin

Ese cuidado se percibe desde los primeros segundos del disco. La introducción funciona como una puerta de entrada al universo de Año soviético. Para la banda, era importante que el oyente entendiera desde el inicio el lugar desde el que estaban hablando. “Siempre vimos la introducción y ‘El club de los hipócritas’ como una misma pieza”, explica Andrey. “Es una carta de presentación. No resume todo el disco porque hay muchos temas distintos, pero sí sitúa al oyente dentro de la realidad que queríamos retratar”.

Sin embargo, y aunque el inicio del disco parece un tanto pesimista, Muñeca Rusa no cae en ese discurso. La ironía aparece una y otra vez como una herramienta para sobrevivir. “Las canciones más directas son precisamente las que abordamos con más humor”, dice el vocalista. “Al final hay que reírse de las desgracias. Es la mejor forma de enfrentarlas”.

La conversación deriva, casi de forma inevitable, hacia la manera en que hoy consumimos música. Todos coinciden en que el acceso ilimitado a millones de canciones ha cambiado nuestra relación con los discos. “Es una contradicción”, reflexiona Andrey. “Por un lado es maravilloso tener tanta música al alcance de la mano. Pero, precisamente por eso, muchas veces dejamos de dedicarle el tiempo y el cariño que merece una escucha de verdad”.

Recuerda cuando, siendo niño, compraba un CD y pasaba semanas enteras escuchándolo. No había prisa por pasar a la siguiente novedad. El disco se convertía en un pequeño universo que se iba revelando poco a poco. “Lo escuchabas una y otra vez hasta descubrir todos los detalles. Hoy esa forma de escuchar se está perdiendo, a no ser que hagas el esfuerzo consciente de parar”.

El batería Samuel Pocero coincide con su compañero. Para él, esa reivindicación también forma parte de la identidad de la banda: “Nos gusta pensar que todavía existe ese momento de llegar a casa, poner un disco y dedicarle una hora entera. Hoy recibimos tanta información que casi tenemos que pelear para que la gente vuelva a escuchar un álbum completo, de principio a fin”.

Esa defensa del formato físico nace del mismo lugar. Año soviético fue editado en CD y vinilo porque, para ellos, un disco no termina de existir hasta que puede sostenerse entre las manos. “Hay algo muy especial en eso”, dice Andrey. “Escuchamos muchísimos álbumes y seguimos creyendo que esa es nuestra forma favorita de consumir música”.

Paradójicamente, esa forma casi artesanal de concebir la música convive con letras que retratan un presente dominado por la inmediatez. Canciones como ‘El club de los hipócritas’, ‘Qué pasaría’ o ‘Vivir esperando’ cuestionan a una generación que vive pendiente del siguiente paso, como si la felicidad estuviera siempre un poco más adelante.

“‘Vivir esperando’ nace un poco de esa idea”, explica Andrey. “Muchas personas pasan la vida esperando a que ocurra algo que cambie todo. Nosotros preferimos pensar que eres tú quien tiene que dar los pasos. Las cosas pueden salir bien o mal, pero mientras tanto no puedes olvidarte de vivir el presente”.

Es una idea que aparece varias veces durante la conversación: el proceso importa tanto como el resultado. Quizá por eso la banda insiste en no obsesionarse con las cifras, las reproducciones o las expectativas. “Entendimos que es imposible gustarle a todo el mundo”, reconoce Andrey. “Siempre habrá quien conecte con lo que haces y quien no. Así que pensamos: si eso va a pasar de todas formas, ¿por qué no decir exactamente lo que queremos decir?”.

La reflexión desemboca, casi sin darse cuenta, en uno de los momentos más sinceros de la charla. Hablan de autocensura, de ese instante en el que una canción parece demasiado incómoda para publicarse. Y lejos de verlo como algo que se deba cambiar o que pueda ser preocupante, Muñeca Rusa lo interpreta como una buena señal. “Si una canción te hace dudar, probablemente significa que vas por el buen camino”, dice Andrey. “Crear tiene que ser un poco incómodo. Si incluso a ti mismo te provoca cierta inquietud, es muy probable que también provoque algo en quien la escuche”. Hace una pausa y sonríe. “Lo peor que le puede pasar a una canción es no generar absolutamente nada”.

Ana-María Constantin

Si Año soviético habla de una generación que vive entre el ruido y la incertidumbre, también está construido sobre referencias culturales que amplían ese universo. Algunas aparecen de forma evidente, como el fragmento de Trainspotting que abre paso a ‘Vivir esperando’. Para la banda, no se trata únicamente de un guiño cinéfilo, sino de un recurso narrativo que ayuda a situar emocionalmente al oyente. “Los personajes de Trainspotting viven marcados por el desencanto, la frustración y una cierta miseria social”, explica Andrey. “Ese universo conectaba muy bien con lo que queríamos contar. Al final, escribir canciones también consiste en construir imágenes, y ese fragmento ayudaba a crear ese ambiente un poco hostil que necesitaba la canción”. Aunque reconoce que las circunstancias son distintas a las de la novela de Irvine Welsh o la película de Danny Boyle, cree que muchas de aquellas emociones siguen siendo sorprendentemente actuales. “Ese sentimiento de desencanto continúa existiendo. Han pasado varias décadas, pero sigue siendo muy fácil reconocerse en él”.

La referencia también dialoga con el célebre monólogo de “Choose life, convertido en uno de los momentos más recordados del cine contemporáneo. Para Muñeca Rusa, esa idea funciona casi como el reverso de ‘Vivir esperando’. “No te pases la vida esperando a que las cosas ocurran. Elige una vida. Toma decisiones”, resume Andrey. “Tampoco somos una banda panfletaria ni pretendemos decirle a nadie cómo vivir, pero sí creo que nuestras canciones dejan bastante claro desde dónde miramos el mundo”.

Esa honestidad también explica por qué el grupo nunca ha tenido demasiado interés en suavizar sus letras para resultar más accesible. “Vivimos en una época en la que parece que todo tiene que gustarle a todo el mundo”, reflexiona. “Y cuando intentas agradar a todos, acabas haciendo canciones que no provocan absolutamente nada”. Hace una pausa antes de resumir, casi sin proponérselo, la filosofía de Muñeca Rusa: “Una canción tiene que hacerte sentir algo, aunque sea rechazo”.

Detrás de ese compromiso con las canciones también hay una educación musical ligada al formato que tanto defienden. Cuando les pregunto qué disco les hizo querer dedicarse a la música, la respuesta no llega de inmediato. Hablan entre ellos, dudan y se ríen antes de empezar a construir una lista que explica buena parte del ADN de Muñeca Rusa.

Andrey recuerda dos álbumes que marcaron su infancia. El primero fue el directo de Radio Futura, un disco que sonaba constantemente en el coche junto a su padre y que, años después, sigue considerando uno de los mejores álbumes en vivo grabados en España. “Lo tengo en vinilo completamente gastado de tanto escucharlo”, cuenta. “Recuerdo que de pequeño me impresionaba muchísimo esa energía. Era una sensación muy física, como si las guitarras te pasaran por encima.”

El otro llegó poco después: Nevermind, de Nirvana. “Fue de los primeros discos que compré con mi propio dinero. Lo escuché tantísimas veces que ya ni debe sonar. Ahí pensé por primera vez: ‘Yo quiero tener una banda’.”

La teclista Verónica Gutiérrez encuentra ese mismo punto de inflexión en OK Computer, de Radiohead, un álbum que despertó su interés por los sintetizadores y por otra forma de entender el rock. Samuel, en cambio, creció viendo a su padre sobre los escenarios, una experiencia que convirtió la música en algo cotidiano desde la infancia. Si tuviera que elegir dos discos, se queda con Meteora, de Linkin Park, y By the Way, de Red Hot Chili Peppers.

Las influencias, sin embargo, no terminan ahí. Los tres hablan con orgullo de la escena asturiana y de grupos como Australian Blonde, Manta Ray o Ilegales, nombres que consideran fundamentales para entender la identidad musical de Gijón. Del otro lado del Atlántico aparecen también Soda Stereo, Caifanes, Dillom o Ca7riel & Paco Amoroso, artistas que siguen formando parte de sus escuchas habituales y que demuestran que el mapa sonoro de la banda es mucho más amplio de lo que sugieren las etiquetas.

Ana-María Constantin

Esa mezcla de referencias termina encontrando sentido sobre el escenario, el lugar donde Muñeca Rusa siente que las canciones completan su recorrido. Después de meses organizando ensayos entre Asturias y Madrid, encajando calendarios imposibles y aprovechando cada fin de semana para seguir construyendo el proyecto, el directo aparece como la recompensa a todo ese esfuerzo.

“Queremos que la gente venga a vernos y salga con ganas de repetir”, explica Samuel. “Le damos muchísima importancia a los conciertos. Estamos preparando los próximos shows para que sean muy potentes y para que quien esté delante sienta que nosotros nos lo estamos pasando igual de bien.”

Para Andrey, esa experiencia también es una forma de reivindicar el significado de una banda en un momento en el que la tecnología ocupa cada vez más espacio sobre los escenarios. “Somos cinco personas haciendo música para otras personas”, dice con convicción. “Todo lo que suena lo estamos interpretando nosotros. No hay trampa ni cartón. Da igual que haya cinco personas delante o quinientas. Lo importante es que exista esa conexión”.

Quizá esa sea, también, la mejor forma de entender Año soviético. El álbum es la carta de presentación de cinco músicos que todavía creen en reunirse para tocar, discutir canciones, escuchar discos completos y construir algo que solo tiene sentido cuando ocurre entre varias personas.

Muñeca Rusa prefiere mostrarse sin tapujos: inquietos, desafiantes, pero, sobre todo, honestos. Sus canciones buscan incomodar, emocionar o incluso provocar rechazo, pero nunca dejar indiferente a quien las escucha. Y, quizá, esa sea la propuesta más revolucionaria de todas.

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