Julieta Laso presenta ‘Fabriquera’: “Cuando Melingo me invitó a cantar, no nos soltamos más”
Julieta Laso tenía 16 años cuando escuchó el disco que, acaso sin saberlo, iba a cambiarle la vida. Hasta ese momento, su universo musical se dividía entre el folclore que le llegaba por herencia de sus padres (Mercedes Sosa, Violeta Parra) y el rock nacional: Los Redondos, Divididos, Bersuit Vergarabat y Los Fabulosos Cadillacs. Ah, y una precoz fascinación, desde los doce años, por las canciones de Tita Merello. Pero fue en cuarto año de la escuela secundaria que una compañera le mostró Tangos bajos, el disco de 1998 con el cuál Daniel Melingo no sólo reinventaba su carrera, sino que plantaba bandera en el mundo del tango.
“Desde ese momento, nunca paré de escucharlo”, dice, ahora, Julieta, en un bar coqueto de Villa Crespo. “Estoy segura de que había cosas de las que no tenía idea de lo que hablaba, pero no sé, fue algo que me entró. Y bueno, las cosas de la vida que después te recompensan”, dice con tristeza en sus ojos. O, en términos de Manu Chao, algo de “malegría”.
La inesperada muerte de Daniel Melingo, el 30 de junio pasado, es un golpe que Laso no termina de asimilar. No sólo por la partida de uno de sus referentes seminales. En los últimos dos años, habían establecido un vínculo profundo, que derivó con Melingo produciendo su último disco, el flamante Fabriquera. El álbum, disponible en todas las plataformas desde el 10 de septiembre, será presentado en vivo el 23 de octubre a las 20 hs. en el Teatro Margarita Xirgu, Chacabuco 875, CABA. “Él me marcó muchísimo en la adolescencia, mucho antes de pensar que iba a cantar. Años más tarde, desde el primer momento en que me metí con el tango pensé: ‘Mi sueño es colaborar con el maestro’. Sentía también que había algo en mi voz o en mi color que podía funcionar. Y diez años más tarde, cuando yo ya había pasado por la Orquesta Típica Fernández Fierro y todo eso, me llama para invitarme a cantar en su concierto. Fue un sueño hecho realidad”.
Fue en un concierto en Café Berlín, coqueto escenario de Villa Devoto, y Julieta cantó dos canciones, “El tango del vampiro” y “Este cuore”. La conexión fue inmediata. A partir de ahí se generó una relación muy hermosa, dice Julieta. “Para mí, él era mi maestro, y me empezó a invitar a casi todos los conciertos que hacía. De hecho, también me invitó a algunas giras, fuimos juntos a Montevideo, y a partir de ahí no nos soltamos más. Un día le dije que me encantaría hacer un disco producido por él, y enseguida le gustó la idea. Se puso a trabajar muy fuertemente; es un hombre muy minucioso y muy exigente para el trabajo, muy manija. Así fue que empezamos a grabar un disco, y lo estuvimos grabando durante dos años. ¡Nunca hice tantas tomas para una canción!”.
El repertorio ofrece piezas inéditas, temas del propio Melingo, obras de los poetas cayengues Julián Centeya, de Evaristo Carriego, de María Celeste Torre y del cantautor español Patxi Andión. La banda está integrada por Javier Casalla en violín; Camilo Ferrero en bandoneón; Patricio Cotella en contrabajo; Agustín Della Croce en chelo; Muhammad Habbibi en trombones; Melingo en guitarra y tzouras, y con invitados como Vicentico y el legendario guitarrista Kubero Díaz, pionero del rock argentino.
Para una intérprete, tal el caso de Laso, la piedra fundamental de un álbum suele estar en la elección del repertorio. “Daniel me pidió que marcara los temas que a mí más me gustaría cantar”, cuenta Julieta. “Y era una lista interminable, así que grabamos más de los que quedaron en el disco. Dejamos afuera algunos, porque quisimos seleccionar lo mejor, y lo elegimos un poco entre los dos. Yo tiré la primera idea de los temas que sentía que me interpelaban más, y, en el hacer, la fuimos puliendo. Llegamos a cerrar todo el disco e, incluso, definimos la fecha de estreno. Estábamos esperando que terminara el Mundial para definir el lanzamiento. Estuvo hasta en el último detalle de todo: dónde se iba a hacer, de quién iba a ser la puesta. También está en el videoclip de ‘Corazón y hueso’, dirigido por María Alché. Por suerte, pudo verlo y estaba muy emocionado, le parecía bellísimo. Decidimos todo juntos, eso me da mucha tranquilidad. Eso también devino en una relación de mucho cariño, de mucho respeto, de mucha admiración y de bastante intimidad, de charlas hermosas. Es como que recién ahora empiezan a decantar tantas cosas que me dejó”.
En tiempos de lanzamientos vertiginosos, dos años parece demasiado tiempo para hacer un disco. Melingo hacía una especie de apología de ese proceso. “Me decía todo el tiempo que había sido un disco pintado al óleo”, evoca Laso. Y explica algunos de los aspectos más importantes del rol del productor. “Él me habló mucho. Para él lo importante era poner el protagonismo en la voz, y tratar de escapar de estos vicios que tiene el género: de tanto grito, de que todo suene tan fuerte. Así que empezamos a enfocar el laburo ahí: pocos instrumentos, arreglos muy pensados, con mucho peso, y la voz en el lugar protagónico. Buscando lugares diferentes, sutilezas. Hay muchas canciones del disco que cuando las escucho no me reconozco en mi forma de cantar anterior, así que eso es algo que le agradezco infinitamente. Siento que de alguna manera él me cambió la forma de cantar, o por lo menos me indicó un camino por el que estoy yendo”. .
– ¿Hablaban mucho de la interpretación?
– Mucho. Él hacía mucho foco en el protagonismo de la voz, en confiar en ese instrumento muy fuertemente y buscarle matices, lugares, sutilezas en las que no me había detenido mucho. Hay dos o tres canciones del disco que están hechas con una tranquilidad y una dulzura que yo no tenía, y para que llegáramos a ese resultado él me coacheó fuertemente: parábamos, grabábamos de nuevo, y me marcaba pequeños detalles del fraseo, de la intensidad, de dónde cantar; cosas de mucho detalle que por ahí a mí se me escapan. Él me decía que eso también tiene mucho que ver con un vicio del folclore y del tango. Yo he cantado mucho en las plazas; empecé cantando en Plaza Dorrego con un sonido horroroso y teniendo que tratar de que los turistas escuchen, entonces tenía que gritar. Obviamente todo mi recorrido fue cambiando, pero faltaba este trabajo en el que realmente hiciera un cambio profundo. Sin exagerar, creo que hice 40 tomas de cada canción.
– ¿Cómo te marcó el haber cantado en la calle?
– Era un poco duro, pero también una cosa de mucha alegría. Yo ya había cantado en escenarios grandes, pero así como la calle te genera vicios o cosas que no están buenas, también te da herramientas y estrategias para captar la atención, cosas que todavía hoy utilizo. No son los momentos más alegres del trabajo, pero te forman.
Cuando habla de Melingo, Julieta lo menciona como “El maestro”. Le brillan los ojos, se le cierra la gola, se escapa una lágrima. “Él era un hombre muy sabio, muy espiritual en su forma de ver la música y el arte. Se notaba que me quería cuidar, que me quería pasar algunas cosas que a él le habían servido. Sobre todo en ver la música y el arte de una forma espiritual, de no caer en las trampas en las que caemos muchas veces. Cosas que tenían que ver con su propio recorrido. Era un chabón que hablaba como si fuera un filósofo. Hubiese querido compartir muchos más años con él, pero tengo que agradecer infinitamente el haberme cruzado con una persona así. Fue un privilegio”, asegura. “Un hombre culto, que sabía mucho de música. Todo el tiempo que lo escuchaba hablar quería grabarlo; muchas cosas las grabé, otras no. Siempre me acuerdo de una conversación que tuvimos de tres horas antes de empezar a grabar el disco, y decía: “¿Cómo no lo grabé?”, porque era un maestro”.
Más allá de cualquier aspecto técnico, el aporte de Melingo trasciende la carrera de Laso, transformándose en un referente vital, espiritual, casi místico. “Mucho de lo que aprendí en estos años va a ir decantándose con el paso del tiempo y de este duelo”, asegura. “Mi trabajo como cantante empezó 16 o 17 años antes. Yo nunca pensé que iba a ser cantante porque mi infancia fue por la actuación; cantaba, pero como algo más. Empecé a cantar porque los músicos me apoyaron mucho; me dieron mucha fuerza porque yo no creía en mí. Toda mi vida me había interesado mucho el folclore latinoamericano, quería ser percusionista, me fui a Colombia a estudiar percusión afrocolombiana. Estando allá, tratando de tocar el alegre y cantar, una colombiana me dijo: “Pero vos tenés que cantar tango”. Esa noche le canté un tango. Y pasaron años hasta que asumí ese desafío. Si no hubiese sido con esa llave, con el tango, yo no creo que me hubiera animado nunca a cantar; descubrí algo que estaba muy adentro mío y que no tenía tan visto”.
Hay que prestar especial atención a la interpretación que Laso hace de “Este cuore”, la composición de Melingo sobre unas líneas del poeta lunfardo Julián Centeya que publicó originalmente en Santa Milonga (2004). La interpretación, justamente, es clave en una cantora como Laso, que se formó como actriz y recién a los 20 años empezó a cantar.

“Esa es una de las herramientas de las que más me agarro”, explica. “Nunca sentí que tuviera una voz tan privilegiada; el caminito que pude ir armando tiene mucho que ver con la interpretación y con la transmisión. Siento que a veces no me da el aire o no me da la cabeza, pero genero una conexión con las personas, unas ganas de transmitir, y eso es lo que me permitió armar el oficio que hoy tengo. Lo fui trabajando con mi maestra Beatriz Muñoz, pero lo que estaba ahí de poderoso era esa capacidad de conectarse con el otro, que me la dio mucho el teatro”.
Nunca abandonó la actuación del todo. En 2021, por ejemplo, protagonizó Terminal Norte, un corto dirigido por su pareja, Lucrecia Martel, en la provincia de Salta. Y también obtuvo el premio Trinidad Guevara como Revelación Femenina por su participación en Ojo de Pombero, la obra escrita y dirigida por Toto Castiñeiras. Entre sus proyectos esporádicos se destaca un espectáculo junto a la escritora, performer y cantora cordobesa Camila Sosa Villalda: “Aúllan a Horacio Guarany“, se llama el particular homenaje conjunto al autor de “Si se calla el cantor”.
Desde esa temprana fascinación por Tita Merello cuando todavía era una niña, hay un patrón de conducta en la obra de esta artista que, confiesa, muchas veces se imaginó viviendo en un tiempo pretérito, en la edad de oro del tango y los boleros en aquella Buenos Aires del siglo pasado. No es casual, tampoco, que su círculo afectivo sea con personas bastante más grandes: ni el que construyó con Daniel Melingo en los últimos dos años, ni que su pareja, Lucrecia Martel, sea bastante más grande que ella. “Es algo que estuvo siempre en mi vida”, argumenta. “De chica siempre me relacioné con gente más grande; iba al colegio pero ya tenía mi grupo de teatro y salía con ellos todos los fines de semana. Valoro mucho la experiencia, soy más de ponerme en el lugar de discípula. Siempre me gusta tener a alguien referente fuerte cerca, lo necesito, y me han hecho crecer mucho. Otra persona muy importante en mi vida musical y artística es Macha Asenjo [líder de los grupos chilenos Chico Trujillo y El Bloque Depresivo, y productor de Pata de perra, el disco anterior de Laso, editado en 2023], también más grande que yo y con mucha más experiencia. Ese disco tuvo otra historia muy dura porque lo hicimos con Macha y con un músico increíble y legendario de Chile, Pajarito Araya, que falleció apenas lo habíamos editado. Hizo todos los arreglos y grabó muchos instrumentos, así que fue una gran despedida”.
Con Melingo compartió otra experiencia trascendental y profunda. Conocieron a María Elena Lamadrid, nonagenaria actriz y cantante, referente matriarcal de la cultura afro en la Argentina. “Cuando me encontré con un maestro así, decidí no desperdiciar ni un minuto: lo acompañé en todo el proceso de grabación del documental sobre Tangos bajos que estaba haciendo. A todos lados que podía ir, le pedía y él me llevaba. Ese fue un día muy especial; porque yo no conocía a Lamadrid, ni conocía su disco Afroargentina. Son esas cosas que decís: “Canto tango hace 15 años, no puede ser que no conozca esto ni que me lo haya nombrado ninguno de mis compañeros tangueros”. Esa información me llegaba de Dani, que era un investigador, un filósofo, un músico. Fue maravilloso ese día; cuando terminó, Daniel estaba muy feliz. Habíamos logrado entrar en comunidad con ese grupo de gente, cantamos, cantó él, cantó ella, tocaron los tambores, y después nos abrazamos y nos pusimos a llorar de la emoción. Le agradecí para siempre que me haya llevado ahí. Ella habló poco al principio, no quería cantar porque hacía mucho frío, pero el maestro le empezó a hablar de Alberto Castillo. Ahí ella se soltó, contó que bailaba en la comparsa con Castillo, y el maestro —que era fanático de Castillo— se volvió loco. Toda esa investigación que hizo Dani para el documental va hacia la raíz afro en el tango, algo que es obvio pero que está negado como tantas cosas en la historia de nuestro país”.
Salvo el tema de Patxi Andión, “Toda la mar detrás”, todo el repertorio del álbum es de Daniel Melingo. Aunque Fabriquera no fue concebido como un homenaje, esa idea sobrevoló tácitamente todo el proyecto. “Yo lo sentí así, aunque no lo hablamos claramente”, reconoce Julieta. “Todo el tiempo sentí que eso era lo que estaba pasando, y me daba cuenta de lo hermoso que era formar parte de ese encuentro. Siento que él de alguna manera se estaba despidiendo y dejando su legado: la película, el disco que está por salir, muchas cosas que dejó porque estaba muy manija y trabajaba sin parar. Los últimos días, hasta un día antes de partir, era hablar de trabajo: “Nos vemos acá, vamos allá, este es el arreglo para el Coliseo”. Siento que él estaba dejando su legado. Y sí, el disco es su obra porque son sus temas, porque él graba el clarinete, la guitarra, los efectos, las voces, los coros, está metido en todo el disco. Hay temas inéditos con letras de poetas lunfardos como Carlos de la Púa y Julián Centeya, autores que conocía de nombre pero que ahora me puse a leer y son una maravilla. Como un lujo extra, aparece Kubero Díaz, grabando un solo hermoso. El resto son letras de María Celeste Torre, su pareja; es increíble lo que escribe, soy muy admiradora suya. Hay un tema con el que cerraba el disco que Celeste lo escribió y le dijo al maestro: “Esta la imaginé para ella, me parece que puede andar”, y cuando el maestro la trajo me volví loca”.


















