La crítica musical en la era de la desconfianza [OPINIÓN]

Hace unas semanas, James Blake publicó en sus historias de Instagram una crítica contra la industria musical. Habló de métricas infladas, algoritmos e inteligencia artificial,  no sin antes arremeter en contra del periodismo musical actual. 

“No puedes confiar en una reseña porque los blogs y las revistas dejaron de generar dinero, así que ahora las disqueras les pagan a los periodistas… no puedes confiar en una sección de comentarios… en las cifras de YouTube… en los números de streaming… Ni siquiera puedes confiar en que una canción haya sido hecha por seres humanos”, escribió el músico británico.

El comentario fue compartido por artistas y discutido por periodistas musicales que le pidieron pruebas de una acusación tan fuerte, sobre todo porque golpea directamente la credibilidad de un oficio que ya vive en condiciones frágiles desde hace unos años. En ese contexto, Anthony Fantano, crítico musical estadounidense y creador de contenido musical, nos guste o no, se ha convertido en una de las figuras más visibles de la crítica actual. 

Fantano volvió a estar en el centro de la conversación después de entrevistar recientemente a Olivia Rodrigo. La aparición generó críticas hacia la artista por darle espacio a un comentarista señalado por reseñas negativas a varias artistas femeninas. El debate creció más cuando resurgió su reseña de The Great Impersonator, el álbum que Halsey lanzó en 2024 y al que Fantano calificó con un 1 sobre 10.

Esa reseña volvió a circular en redes después de la entrevista con Rodrigo, con fans de Halsey señalando que el disco había sido escrito desde experiencias personales muy duras, entre ellas sus complicados problemas de salud.

Cortesía.

The Great Impersonator no fue un disco cualquiera dentro de la carrera de Halsey. Fue un álbum  que nació de la enfermedad, la mortalidad y la sensación de que el cuerpo puede fallar en cualquier momento. La artista reveló que desde 2022 había lidiado con lupus y un raro trastorno linfoproliferativo de células T.

En su reseña, Fantano dijo que el álbum tenía “uno de los peores casos de síndrome de protagonista” que había escuchado en un disco pop de 2024, criticó la ejecución musical del concepto y terminó dándole un 1/10. Halsey reaccionó casi dos años después con mucha vehemencia. Según ella, el problema no era simplemente que a Fantano no le gustara su música, sino que sus comentarios habían validado el miedo de muchas mujeres enfermas a no contar con credibilidad o a ser vistas como personas que buscan atención cuando hablan de su dolor.

Sin embargo, la crítica musical debe poder decir que un disco no funciona, incluso cuando nace de una experiencia dolorosa. La biografía no puede blindar una obra contra análisis. Una canción puede hablar sobre el cáncer, el duelo, la depresión, la violencia o la pérdida, y como críticos no estamos obligados a conmovernos, pero sí a entender lo que estamos reseñando. 

En una época dominada por el contenido y la viralidad, la crítica más visible no siempre es la mejor argumentada, sino la más estridente y fácil de compartir. Una calificación bajísima genera más conversación que el análisis. El golpe seco funciona mejor para el algoritmo que una lectura paciente del disco. 

Eso no quiere decir que Fantano no sea un crítico influyente, ni que sus opiniones no tengan valor; quiere decir que, cuando la crítica se vuelve contenido de redes hecho para generar visualizaciones, corre el riesgo de dejar de escuchar aquello que supuestamente está evaluando.

Cuando Bill Callahan lanzó My Days of 58, un disco en el que también habló de enfermedad, mortalidad y de un diagnóstico de cáncer que, según contó a Pitchfork, lo ayudó a escribir nuevas canciones, la crítica recibió eso como parte de una obra madura y reveladora. The Needle Drop, canal de Fantano, lo elogió. 

Algunos artistas parecen esperar que la crítica exista solo cuando confirma su narrativa. Quieren reseñas, entrevistas, portadas, rankings, perfiles y validación cultural, pero rechazan la posibilidad de que alguien diga que el disco no está a la altura de su intención. Eso también empobrece la conversación. La crítica no es publicidad. No está para servirle al artista, a la disquera ni al fandom. Está para escuchar, contextualizar, interpretar, cuestionar y, cuando hace falta, incomodar.

Antes, un editor de un medio relevante —o medianamente relevante— tenía mucho más peso dentro de la industria musical. Una reseña, una portada, una entrevista o una lista podía influir en la forma en que se escuchaba un disco, o decidía la banda que estaba de moda ese mes. Hoy ese poder está repartido entre algoritmos, creadores, playlists, comunidades de fans, plataformas y métricas poco transparentes.

Actualmente, los medios están obligados a producir contenidos desafiantes e inteligentes, pero pierden sentido cuando se convierten en agencias de relaciones públicas. Deben ser voz, no eco. También es cierto que vivir del periodismo musical es cada vez más difícil. Hace dos décadas una revista podía publicar decenas de reseñas en un solo número, escritas por muchos periodistas distintos. Hoy, al menos en América Latina, casi ningún medio puede pagar equipos de ese tamaño. La crisis económica de los medios afecta la supervivencia económica de sus colaboradores, limita recursos, tiempo y capacidad de cobertura justo cuando la producción musical se volvió inabarcable.

Cortesía.

También resulta problemática la relación entre periodistas, artistas, mánagers, agencias y disqueras. Los medios dependen muchas veces del acceso: entrevistas, escuchas anticipadas, sesiones, fotos, viajes de prensa y comunicación directa con equipos. Sería ingenuo pensar que eso no influye en el ecosistema. Muchos periodistas no quieren enemistarse con las disqueras porque esas mismas disqueras facilitan el acceso a los artistas que cubren. Pero de ahí a decir, como hizo Blake, que los periodistas “ahora” reciben dinero de las disqueras para hablar bien de su música, hay una distancia enorme.

El trabajo en periodismo musical está lleno de presiones, insistencia, favores implícitos, relaciones que conviene cuidar, campañas de promoción disfrazadas de relevancia cultural, artistas que se molestan cuando no reciben cobertura, y equipos que esperan más de lo razonable. Esa tensión existe, negarla sería absurdo. Pero la respuesta no puede ser destruir la confianza en todo el periodismo musical con una acusación generalizada.

La crítica musical necesita formación, y no necesariamente musical. No basta con tener una cámara, una plataforma, una opinión fuerte o una frase polémica. Reseñar música implica conocer historia, escenas, géneros, contextos sociales, decisiones de producción, letras, mercado, tecnología, performance, imagen y discurso. También implica saber distinguir entre el gusto personal y el análisis. 

La crítica también implica responsabilidad. Una reseña dura puede ser necesaria. Una reseña negativa puede ser útil. A veces hace falta desmontar un consenso artificial construido por campañas de marketing. A veces hay que decir que el disco de una superestrella es mediocre, aunque todo el aparato de la industria quiera venderlo como el acontecimiento más impactante de la cultura en los últimos años.  

Si un crítico puede decir que un álbum es ridículo, un artista puede responder que esa lectura le pareció torpe, insensible o misógina, y empujar a sus fans a reaccionar de mil maneras. Pero la crítica tampoco es intocable. Vivimos un momento de saturación absoluta. Cada viernes aparecen mil y un lanzamientos, nacen tres géneros y se publican 800 colaboraciones; esto viene acompañado de métricas infladas y recomendaciones hechas por un algoritmo. Justamente por eso la crítica musical sensata hoy importa más, no menos, porque ofrece criterio, memoria, sensibilidad y contexto. La crítica musical no está muerta. Está debilitada, precarizada, fragmentada y muchas veces confundida con relaciones públicas. Pero sigue siendo necesaria. 

En tiempos donde ya no sabemos si confiar en una reseña, en números de streaming, en una sección de comentarios o incluso en si una canción fue hecha por seres humanos, la respuesta no debería ser abandonar la crítica. La respuesta debería ser exigir (e incentivar) una mejor, menos interesada por la viralidad o las relaciones públicas, y más preocupada por el argumento. 

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