José Restrepo de Les digo “almas”: “El artista debe mantener un cierto grado de rebeldía”
José Restrepo viene construyendo personajes atravesados por distintas formas de fractura. En Enemigo en el espejo, de Julián Camilo Sánchez, interpretó a Camilo, un guitarrista que pierde la música, la pareja y el respaldo familiar y busca refugio en un culto religioso mientras se enfrenta a la bulimia. En Selva, de Esteban Hoyos García y Juan Miguel Gelacio, fue Julián, un hombre desgastado después de cinco años trabajando en un call center que, tras una llamada inesperada, comienza a recorrer Bogotá como si necesitara encontrar una salida a una vida convertida en rutina.
Ahora, en Les digo “almas”, Restrepo vuelve a interpretar a un personaje enfrentado a una ruptura, aunque esta vez el conflicto abandona el territorio íntimo para entrar directamente en el de la ley, el poder y la responsabilidad individual. Daniel pertenece a una institución que debería protegerlo y termina perseguido por aquello que representaba. Ese desplazamiento convierte su historia en una pregunta moral: ¿qué sucede cuando obedecer la ley deja de coincidir con hacer lo correcto?
Restrepo nos habla de esa transformación, de la impotencia de descubrir que las instituciones pueden convertirse en una amenaza y de un personaje cuyo miedo termina sustituido por algo más peligroso: la sensación de no tener nada que perder. La conversación desemboca además en una reflexión sobre la obediencia y La banalidad del mal, de Hannah Arendt, para plantear hasta qué punto una persona con buenas intenciones puede terminar convertida en instrumento de quienes ejercen el poder.
Daniel pertenece a una institución que debería representar la ley, pero termina cruzando una frontera que lo convierte en un perseguido. ¿Cómo construiste ese tránsito sin justificar todas sus decisiones por las circunstancias? ¿En qué momento debe asumir su propia responsabilidad?
Creo que la respuesta está en entender que, para mí —y creo que para gran parte de las personas—, qué está bien y qué está mal no necesariamente es sinónimo de qué es legal y qué no lo es. Muchas veces, a lo largo de la historia, cosas que eran legales no necesariamente eran correctas, y viceversa.
Esa fue la línea de pensamiento que encontré para construir esa transición. Por más claras que tengamos las leyes, existen momentos en la vida en los que nuestra propia conciencia puede decirnos que romper la ley o actuar por fuera del marco legal es lo correcto. Creo que eso es lo que sucede con Daniel: su conciencia, poco a poco, lo va alejando de la ley.
¿Cómo cambia la psicología de alguien cuando deja de sentirse protegido por la autoridad que representa y empieza a verla como una amenaza?
Creo que es una especie de epifanía. Hay países donde las instituciones funcionan muy bien y generan mayor seguridad, pero muchas veces la realidad de un país como Colombia es que las instituciones o las personas que, en teoría, deberían darnos confianza y tranquilidad pueden ser precisamente aquellas que sentimos que están en contra nuestra.
Para Daniel eso produce, sobre todo, impotencia. Esa palabra está en el centro de la construcción del personaje. Es la sensación de que debería haber gente para curarnos y no nos cura; gente para administrarnos y nos roba; gente que debería protegernos y no nos protege. Lo que queda es una enorme sensación de impotencia.
La historia transcurre bajo una presión constante y cada decisión puede resultar crucial. ¿Cómo trabajaste el miedo de Daniel para que no fuera solamente adrenalina o tensión física, sino que también revelara quién es?
Daniel llega a un punto en el que ya no actúa tanto desde el miedo como desde la desesperación. Creo que el miedo aparece cuando uno todavía tiene algo que perder. Cuando el personaje siente que ya no tiene nada que perder, lo que queda es tratar de agarrarse de algo y encontrar cómo detener ese camino que parece completamente destructivo.
Su miedo, de alguna manera, ya se hizo realidad al comienzo de la historia, aunque nosotros solamente lo entendemos casi al final. A partir de ahí vive en un estado de desesperanza en el que incluso la muerte podría convertirse en un descanso. Eso puede hacerlo parecer más osado o más valiente, entre comillas, pero precisamente porque siente que no tiene nada que perder. Y eso no necesariamente es algo bueno.

La película también habla del abuso de poder y del machismo. ¿Hubo comportamientos o formas de ejercer la masculinidad que decidiste incorporar a Daniel como alguien que forma parte de esa estructura?
La historia sí habla mucho del machismo y de cómo se puede abusar del poder, aunque creo que esas preguntas recaen especialmente sobre Rafa y Ana. En el caso de Daniel, me interesaba más aquello en lo que puede convertirse una persona cuando no tiene claro qué está haciendo.
Uno puede tener las mejores intenciones y la mejor visión posible de sí mismo y, aun así, terminar convertido en el idiota útil de personas que sí tienen malas intenciones. Creo que Daniel y varios personajes de la película terminan siendo utilizados precisamente porque no tienen completamente claros sus principios o su filosofía de vida.
Cuando uno no tiene eso claro, por mejores que sean sus intenciones, puede terminar ayudando o siendo cómplice del mal sin que esa haya sido nunca su intención.
Eso conecta con Hannah Arendt y su reflexión sobre cómo la obediencia puede convertir a una persona en instrumento del mal. Después de interpretar a Daniel, ¿te quedó alguna reflexión sobre la obediencia? ¿Hay situaciones en las que desobedecer a una institución puede convertirse en la decisión más ética?
Completamente. Desde hace mucho tiempo pienso que los actores y los artistas en general deberían mantener siempre un pie en la disidencia, no creer demasiado en la academia, las instituciones o la autoridad. Creo que el artista debe mantener cierto grado de rebeldía.
Lo que planteas me parece muy importante. La banalidad del mal habla precisamente de cómo una persona puede convertirse, sin tener esa intención, en una herramienta del mal. Uno quizá nunca imaginaría por iniciativa propia torturar a alguien o hacerle cosas terribles. Pero si esa orden viene de un superior, puede resultar más fácil pensar: “Bueno, esto es lo que debo hacer”. Si creo que la institución a la que represento busca el bien, ¿por qué voy a dudar de la orden que recibo?
Por eso es importante no asumir que lo legal y lo correcto son sinónimos permanentes. A veces, lamentablemente, incluso pueden ser opuestos. Por eso es bueno mantener el pensamiento escéptico con las personas que están en el poder. Es la forma menos ingenua de vivir en esta sociedad.



















