Die Toten Hosen: “Nuestra historia habría sido difícil si no nos hubiera pasado lo de Argentina”
Faltan apenas unas horas para que Die Toten Hosen suba al escenario en Bremen, Alemania, en medio de la gira europea con la que está presentando su nuevo álbum de estudio, Trink aus, wir müssen gehen!
–según aseguraron, el último de su carrera discográfica–, y Andreas Frege, más conocido como Campino, el cantante de la banda de punk-rock formada en 1982 en Düsseldorf, su ciudad natal, atiende por videollamada a Rolling Stone desde uno de los camarines de Bürgerweide, una arena inmensa con capacidad para 35.000 personas. Las entradas, como en casi todas las fechas del tour, están agotadas.
El grupo alemán, que completan Andreas Von Holst (Kuddel) en guitarra y coros, Michael Breitkopf (Breiti) en guitarra y coros, Andreas Meurer (Andi) en bajo y coros y Stephen George Ritchie (Vom) en batería (exceptuando a este último, todos miembros fundadores), hará su última gira por Argentina en octubre, con paradas en Tandil (5/10), Rosario (7/10) y un cierre a lo grande en el Movistar Arena (10/10), treinta y cuatro años después de aquella madrugada en Halley (templo de la música pesada durante finales de los ochenta y principios de los noventa en Buenos Aires), donde debutaron ante un público que tardó horas en llegar, pero que después no los dejó bajar del escenario. Desde aquella primera vez hasta lo que será la despedida en la capital argentina, habrán superado los 50 shows en 16 visitas a esta parte recóndita del planeta.
“Sin agrandar las cosas, la historia de Die Toten Hosen habría sido difícil si no nos hubiera pasado lo de Argentina”, reflexiona Campino, que, para quien dude de sus palabras, lleva un tatuaje de Carlos Gardel en el brazo derecho. “Amo el tango y la música tradicional argentina. Gardel es una figura histórica enorme. Quería imprimir un rastro en mi cuerpo para dar las gracias por todas las increíbles aventuras que vivimos en su país”, explicó en una entrevista anterior con Rolling Stone en 2022. En esta nueva comunicación con la revista, el rostro se le vuelve a iluminar con cada recuerdo.
Viajemos en el tiempo a 1992, a esa primera vez en Buenos Aires. ¿Recordás cuál fue tu impresión del país entonces?
Fue muy especial desde el primer segundo porque, para ser sincero, no tenía ninguna expectativa. Dije: “Bueno, voy si están los pasajes”. Todo lo que sabía era lo de la ‘Mano de Dios’, Diego Maradona y todo eso, y desde mi punto de vista no me caía muy bien. Así que fui con una actitud de “OK, vamos”, pero sin esperar nada. Cuando aterrizó el avión y mostramos los pasaportes a las autoridades locales, nos dijeron: “¡Oh, sí, Toten Hosen, los estábamos esperando!”. Y yo me quedé como: “¿Qué? ¿Qué está pasando en este país?”. Fueron realmente muy amables. Nos llevaron al hotel y el promotor local nos dijo: “Pueden descansar un poco en la habitación y a la tarde hay una conferencia de prensa”. Pensamos: “Qué bocón, conferencia de prensa… con suerte habrá un tipo queriendo hacernos preguntas”. Me fui a dormir y me despertó una llamada: “Estamos todos abajo, vení. La conferencia ya empezó”. Bajé corriendo y había entre 25 y 30 periodistas. Había un gran entusiasmo en la sala. Fue como aterrizar en un planeta diferente. Las preguntas eran profundas e interesantes, nada superficiales. Hablaban de política y me enganchó de inmediato.
En esa misma conferencia, un chico me dijo: “Trabajo en una tienda a dos minutos de acá, quiero que vengas a verla”. Salimos y la caminata no duró dos minutos; a los 10 minutos me puse nervioso y le pregunté a dónde íbamos. Después de quince minutos terminamos en un local que vendía camperas de cuero. Me dijo: “Quiero que elijas una de estas camperas de regalo”. Me conmovió mucho que no me dejara ir sin llevarme una campera que seguro era cara. Quedé en shock, de buena manera, por lo amigable que era la gente. Al día siguiente fue el show en Halley. Nos dijeron de ir a la prueba de sonido a las 8 de la noche y no había nadie. A las 10 alguien abrió la puerta y probamos sonido sin que nadie estuviera esperando afuera. A medianoche seguía vacío y estábamos decepcionados; pensamos que hacer 8.000 millas para tocar para nadie era… duro. A las 2 de la mañana habría 30 personas. Estábamos enojados y el tipo nos dijo: “No importa, vayan a jugar al pool al lado y vuelvan en una hora”. Subimos al escenario a las 4 de la mañana y el lugar estaba repleto, fue absolutamente salvaje. Tocamos dos horas y después unos chicos y chicas nos llevaron a un boliche hasta las 6 a.m. Volvimos al hotel a las 11 de la mañana del día siguiente. Ahí entendí lo de “la ciudad que nunca duerme”. Fue fantástico, insisto, como estar en otro planeta. Esos primeros viajes a la Argentina son historia. No podés retroceder en el tiempo, pero estamos muy felices de haber sido testigos y parte de esa locura y de esa valentía.
Solés hablar de la Argentina como tu “segunda patria”. ¿Cuándo empezaste a sentirla de esa manera?
Honestamente, el flechazo estuvo desde el primer momento. Cuando volvimos a Alemania, nos preguntábamos si la gente nos olvidaría o qué pensarían. Estábamos muy nerviosos de regresar por segunda vez y ver si el fuego y la pasión seguían ahí. Teníamos miedo de que dijeran: “Uh, no, otra vez Die Toten Hosen, traigan a otro”. Pero la reacción fue distinta: era más bien un “no nos olviden, sigan viniendo”. Se hizo cada vez más profundo. Queríamos ir siempre. Creo que hicimos como 15 o 16 viajes a Argentina. Incluso fuimos sabiendo que tendríamos que pagar de nuestro bolsillo y no ganaríamos dinero. Sabíamos que todos tenían problemas en la Argentina y sentimos que en ese momento era especialmente importante ir a mostrar solidaridad y amistad.
¿Qué cosas argentinas incorporaste a tu vida personal?
El amor por la honestidad y lo directo. En Europa es difícil, siempre tenés que hacerte el interesante antes de que alguien arranque una conversación. En la Argentina, alguien que nunca te habló en su vida te puede decir: “Qué buena remera tenés puesta”, o decirte que es una mierda, pero al menos es directo, y eso nos encanta. También les robaría la forma en que celebran a las bandas, el rock y el baile. Cuando veo tocar a buenas bandas en Sudamérica como los Rolling Stones, AC/DC o Social Distortion, me duele, porque sé lo buena que es una noche con esas bandas en Buenos Aires en comparación con verlas acá en la fría Berlín o Düsseldorf. Y digo frío por el clima, pero también por la forma de ser. Les robaría inmediatamente eso de cantar los solos de guitarra. Y la capacidad de vivir el momento, de no quedarse demasiado en el pasado ni preocuparse tanto por el futuro. Eso es algo grandioso que intento mantener presente en mi vida.
¿Hay algún ritual no musical que tienen que hacer sí o sí cada vez que aterrizan en la Argentina?
Es un poco trillado, pero tengo que ir a comer un buen choripán en un puestito de la calle [en San Telmo]. Siempre íbamos con un amigo llamado Manfredo, que fue nuestro jefe de seguridad y también de Robbie Williams y Lou Reed. Él se casó en Buenos Aires y nosotros fuimos sus únicos testigos de boda. Lamentablemente, murió de cáncer hace un tiempo y su esposa llevó parte de sus cenizas al cementerio de la Recoleta. Eso muestra cuánto amaba este lugar. Disfrutaba la carne y la parrilla, así que básicamente íbamos todos los días a probar restaurantes. Era una competencia constante por quién conocía el mejor lugar para comer carne, ensalada y tomar buen vino tinto. También buscar un buen lugar de ceviche. Ir a comer, tomar vino, un bar de tango independiente es un must absoluto para mí. Pasear por Recoleta, por el cementerio, andar por San Telmo. Más allá del cliché, hay muchas cosas buenas en esos pasajes y calles cortadas. Y si llevamos amigos, tienen que ir a ver un partido a la cancha de Boca. Pero principalmente es pasar tiempo con la gente, salir a bailar con ellos.
En Buenos Aires escribiste “Pushed Again”. ¿Recordás cómo fue el proceso de composición de esa canción?
Me acuerdo de que la tocamos por primera vez en Argentina. Yo tenía unas letras escritas en un bloc de notas. Recuerdo que las testeamos en la prueba de sonido y en el concierto algunos fans nos dijeron que les recordaba a otra melodía, así que cambiamos el estribillo. La versión final la encontramos después. La primera vez que la tocamos era musicalmente un poco diferente a lo que grabamos más tarde. Si no recuerdo mal, fue en nuestra visita de 1996.
La comunicación con Rolling Stone ocurre el 13 de agosto y las efemérides marcan un hito ineludible para el grupo: se cumplen cinco años de la muerte de Pil Chalar, el líder de Los Violadores que en 1992 insistió para traer a la banda alemana a Buenos Aires por primera vez. La fecha, por supuesto, pesa.
La última vez que tocaron en Argentina, en 2022, dijiste que era muy diferente venir por primera vez sin la presencia de Pil. ¿Cómo lo recordás y qué tan presente sigue estando en tu relación con la Argentina?
Bueno… siempre estará en nuestra memoria. Si pensamos en la Argentina y por qué fuimos allá, todo tiene que ver con él. Estamos muy felices de tener esos recuerdos. Nos encontraremos con algunos de los que siguen acá y recordaremos a los que ya se fueron. En algún momento, todos tenemos que dejar este lugar, y a él le tocó irse primero, pero estoy seguro de que nos volveremos a encontrar del otro lado. Cuando hagamos nuestro último show en la Argentina, va a ser un momento muy especial para nosotros. No es algo que nos ponga alegres ni una celebración divertida, pero por supuesto pensamos en cómo empezó todo.
¿Creés que la relación de Die Toten Hosen con este país habría sido completamente diferente sin Pil Trafa?
Para empezar, tal vez nunca se habría dado. Él fue quien le preguntó a un amigo que nos conocía [Michael Reiche] y que se había mudado a Buenos Aires si veía posible traernos. Estoy bastante seguro de que ese chico no nos lo habría pedido si Pil no hubiera insistido y presionado. Así que sí, habría sido diferente. Además, fue increíble ver que del otro lado del mundo teníamos almas gemelas. Es fantástico que dos bandas que no se conocían escribieran sobre el mismo tema, como La naranja mecánica, Alex y las drugos [los argentinos, en “1, 2, ultraviolento”; los alemanes, en “Hier kommt Alex”]—, sin tener la menor idea de la existencia del otro. El espíritu era el mismo. Entendimos enseguida que éramos almas gemelas. Teníamos el mismo tipo de humor y las mismas expectativas en el movimiento punk. Pil y Los Violadores lo demostraron desde el principio. Con la gente a cargo del gobierno en la Argentina de esos días, no era nada fácil ser punk en Buenos Aires. No eran unos posers, lo decían en serio y eran reales. Nos dimos cuenta al instante y por eso se ganaron nuestro respeto.
Además de las grandes citas, como el día que telonearon a los Ramones en River ante 60.000 personas en 1996, o la vez que llenaron el Luna Park con Los Violadores en 2003, o cuando grabaron un DVD en vivo en el Estadio Malvinas Argentinas en 2015, Die Toten Hosen tiene una larga tradición de shows no convencionales en este país que rompen el formato tradicional de recital. En 2003 hicieron su primer “Wohnzimmerkonzert” o “concierto del living”, tocando en la casa de un fan ganador de un concurso en Martínez ante apenas medio centenar de invitados. En 2009 organizaron el “Show Mágico y Misterioso”, un recital gratuito y sorpresa montado sobre un andamio en plena calle Rodríguez Peña, a metros de la galería Bond Street, anunciado unas horas antes y que convocó a miles de fans espontáneamente. En 2015 repitieron la fórmula callejera con un show totalmente improvisado en la esquina de Balcarce y México, en San Telmo, uno de los barrios favoritos del cantante en todo el mundo, tocando a plena luz del día frente a la cortina cerrada de un boliche nocturno. En 2017, durante otro “Show del Living” en una casa de zona norte, Campino y Andi, el bajista de la banda, terminaron trepados a la reja del frente para tocarles a los fans que se habían quedado afuera sin poder entrar. Todos estos sucesos, grabados a fuego en la memoria de los integrantes de DTH y de la comunidad punk local, forjaron una relación con Argentina difícil de igualar por otro grupo extranjero.
Si pudieras volver a una sola noche de toda esta historia en el país, ¿elegirías River Plate con los Ramones, el show callejero en la Bond Street, el recital en el living de un fan o esa madrugada de 1992 en Halley?
Es casi imposible elegir una. Te puedo dar un top 10 y todas son buenas. Obviamente, estuvo la noche final de los Ramones en River. El día después tocamos en un club muy chiquito [Dr. Jekyll] y terminó subiendo Iggy Pop al escenario. Fue una noche brillante porque estábamos aliviados de haber terminado el trabajo duro en River y nos sentimos entre familia. Todos se volvieron locos, salté del balcón pensando que nada podía pasarme y a la mañana siguiente me desperté con el brazo cortado, con la carne colgando, y tuve que ir al hospital a que me cosieran antes de volar a Chile, porque esa noche teníamos que tocar allá. De hecho, cuando aterrizamos, tuve que hacer una segunda consulta médica.
También el show en el local de tatuajes [Bond Street] en la avenida Santa Fe. O la noche en el club La Rosa [en 1997], donde todo el barrio estaba cerrado, la policía vino con carros hidrantes y hubo una batalla campal en la calle. Tuvimos que coimear a la policía. Salieron noticias en todo el mundo diciendo que 47 personas fueron presas esa noche. Sentíamos que era algo importante y nos encantó. Los asados privados donde nos invitaron, el show acústico en el medio de la calle en San Telmo… Es imposible elegir. Sin agrandar las cosas, la historia de Die Toten Hosen habría sido difícil si no nos hubiera pasado lo de Argentina. Es un capítulo enorme. De los 20 mejores shows de nuestra vida, fácilmente siete u ocho fueron en la Argentina.

Están llamando a esta próxima gira una “despedida” de la Argentina. ¿Eso significa que Die Toten Hosen nunca más volverá a tocar en el país?
Sí, va a ser nuestro último show. Lo hacemos porque no queremos desvanecernos de una forma penosa. Queremos ser recordados como una banda que iba a toda velocidad y a fondo hasta el final. Creemos que todavía podemos entregar eso en este momento. Venimos de tocar en el Rebellion Punk Festival en Blackpool con Cockney Rejects, Cock Sparrer y Chron Gen y estuvo increíble. Estoy seguro de que podemos entregar una vez más lo que la gente espera de nosotros en Buenos Aires, pero no quiero arriesgarme a arruinarlo todo justo al final. Tuvimos muchos años buenos y queremos mantenerlos en la memoria. Es hora de que otras bandas den un paso al frente con la misma pasión. Es justo decir que estuvo genial. Seguiré teniendo amigos de por vida en la Argentina y estoy seguro de que volveré como un viajero normal, como un turista, pero con la banda no me lo puedo imaginar.
También dijeron que Trink aus, wir müssen gehen!, el disco que acaban de editar, será el último de la banda. ¿Siguen pensando lo mismo?
Sí. Siempre dijimos que este último disco grabado de forma normal, digamos, sería el final. Si surge una idea loca o un concepto especial, podríamos sumarnos, o si un director de cine nos pide música para una película, lo pensaríamos, pero un álbum tradicional como los que escribimos durante años, que es como un diario de nuestra vida… esa historia está terminada. Dijimos lo que teníamos que decir. Nuestra era terminó. No saldremos de gira tan seguido como antes. Seguro tocaremos algunos shows en 2027. Teníamos planeada una gira acústica que se suspendió por la pandemia y nunca se concretó; me gustaría darle una oportunidad a eso algún día, pero no hay planes fijos más allá del verano de 2027.
Editado en mayo de este año y cargado de mensajes que remiten al final de este largo camino, Trink aus, wir müssen gehen! (en español, se podría traducir como ‘¡Terminate el trago, tenemos que irnos!’) cuenta con 16 canciones nuevas, entre ellas “Hier sind die Hosen” (“Acá están los Hosen”, junto a Farin Urlaub, cantante de otro grupo punk alemán, Die Ärzte), “Wir waren nie weg” (“Nunca nos fuimos), “Die Show muss weitergehen” (“El show debe continuar”), “Nur nach vorn” (“Solo hacia adelante”) y la que le da título al disco.
Como complemento, aparece Alles muss raus!, un segundo álbum con 25 versiones de temas ajenos que trazan un mapa de influencias, amistades y complicidades de los Hosen: clásicos del punk y el post-punk, canciones alemanas, temas de bandas británicas y colaboraciones con sus propios autores e intérpretes. Entre los invitados están New Model Army, Einstürzende Neubauten, Alphaville, Vice Squad, The Stranglers, Skids, Broilers, Feine Sahne Fischfilet y The Outcasts, además de artistas como Vicky Leandros y Wolf Biermann. Los dos discos funcionan como las dos caras de un mismo cierre. Uno con canciones propias, otro con las canciones que los acompañaron durante décadas.
Ese mismo espíritu de celebración y despedida tendrá su epicentro porteño entre el jueves 1° y el domingo 11 de octubre en Strummer Bar. Durante once días consecutivos, el lado B del recinto de Palermo se transformará en una pop up store oficial cargada de merchandising exclusivo de la banda, mientras que el lado A, donde se encuentra el escenario principal, alojará la «Temporada Hosen», una grilla ininterrumpida de shows gratuitos de música ligada al universo y a la historia del grupo alemán.
Hablemos un poco de política. En Alemania, la extrema derecha está creciendo rápidamente. Como un punk que siempre luchó contra el racismo, ¿qué tan preocupado estás por tu país?
Tenemos que tomarlo muy en serio. No solo en Alemania, se ve lo mismo en el Reino Unido, Francia, Italia o Polonia. Hay mucho discurso de odio y los partidos extremos son superiores en las redes sociales. Las fake news, el ruido y el escándalo saben cómo agrupar su poder, y cualquiera que intente ser calmo y con los pies en la tierra no tiene oportunidad contra todo ese ruido. La pregunta es cuánta gente del mainstream queda atrapada en estas ideas enfermas. Es preocupante. En la antigua Alemania Oriental, la extrema derecha es la primera opción en este momento, algo impensable hace cinco años. Los partidos tradicionales parecen no tener idea de cómo combatir estos movimientos. La gente se cansó de la política y responsabiliza a sus gobiernos por crisis mundiales, como la guerra entre Rusia y Ucrania o las acciones de Trump, que hacen subir los precios del petróleo y la energía. El canciller [Friedrich Merz] no puede hacer nada al respecto, pero lo culpan a él. Tenemos que encontrar la manera de aclararle a la gente qué problemas puede resolver un gobierno y cuáles son temas globales que solo se resuelven entre todos, como el cambio climático.
Durante el último Mundial de Fútbol, se habló de una campaña o un sentimiento “anti-Argentina” en las redes sociales y medios internacionales. ¿Lo notaste?
Hoy en día, si hay una oportunidad de atacar a alguien, las cosas explotan. Especialmente en el fútbol. El fútbol no está hecho para ser discutido desde la calma ni la objetividad. Todo el mundo se pone sentimental, siente que su país es acosado por los demás y que los árbitros están en su contra. Pero gracias a Dios es solo fútbol, no importa. El año que viene o en el próximo torneo el “malo” será otro. Es algo bueno para dejar correr las emociones sin que pase nada grave. Con [Luis] Suárez o Mike Tyson pasó lo mismo: eran los chicos malos y años después la gente dice que no hubo mejor jugador o boxeador. Con [Lionel] Messi y esta generación pasará lo mismo, es cuestión de tiempo. Mientras sea solo deporte, hay que superarlo.

Sos un amante del fútbol y sos hincha del Liverpool. Con todo este dinero desmedido y las grandes corporaciones involucrándose en el negocio, ¿creés que todavía queda algo de romance en el juego?
Si querés seguir siendo hincha del fútbol, no te metas mucho en la trastienda, porque ahí no hay nada romántico desde hace décadas. Hubo mafia y sobornos desde el día uno. Pero el romanticismo sigue existiendo. En Liverpool, por ejemplo, a solo cien metros del estadio están los pubs donde se reúne la gente que no puede comprar una entrada. La cerveza cuesta lo mismo que hace quince años y ellos sienten como propio al equipo que está en la cancha. Ahí es donde se vive esa esencia romántica. Lo mismo ocurre con Boca. Cuando juegan, no hace falta ir al estadio, en las calles de los alrededores se percibe claramente que la gente cree en su equipo, y eso es algo totalmente auténtico.
Incluso si tomamos como ejemplo este Mundial tan controvertido, con una FIFA llena de idiotas de pies a cabeza, aun así te encontrás con países como Cabo Verde o el Congo. Y en esos países, la gente se reúne en las plazas principales de los pueblos para ver los partidos en pantalla gigante y pasarla bien. Creo que la idea… bueno, Infantino es un completo imbécil, pero incluso un imbécil así a veces tiene una buena idea. Y me parece fantástica la idea de incluir más equipos en el torneo, porque debería ser una fiesta el Mundial. Al final, no importa quién gane. Lo principal es unirnos, disfrutar de los partidos inaugurales, vivir la emoción de la fase eliminatoria y ver cómo todos se alegran cuando un favorito cae derrotado ante un equipo menor.
Los mejores tienen que aprender a convivir con el hecho de ser odiados por los demás. Así que, Argentina, asúmanlo: los odian porque son buenos. Si fueran una mierda, nadie los odiaría. Así que llévenlo con orgullo, como una medalla en el pecho. Además, por otro lado, fue divertido ver a los países pequeños. Esos son realmente los momentos que te hacen saltar las lágrimas. También estuvo el partido entre Inglaterra y Francia [por el tercer y cuarto puesto]. Ambos equipos quedaron eliminados, ya no había nada en juego y estaban muy decepcionados. Aun así, jugaron un partido bárbaro, hubo una deportividad increíble y todos se abrazaron al final. Así debería ser el fútbol. En esos instantes, sí, hay romanticismo, y eso es algo que defiendo.
Claro que hay otros momentos, como cuando Trump intenta colarse en la foto de los campeones del mundo o cosas así; eso está de más. Pero podés elegir con qué parte del fútbol te quedás y cuál no te gusta. A mí no me gusta el odio en el fútbol. No me gustan las peleas. Creo personalmente que deberían castigarse con dureza. Castigos ejemplares, tanto en la tribuna como en el campo de juego. Porque si jugás sos un ejemplo para la gente de la tribuna. Si te comportás como un imbécil en el terreno de juego, ¿cómo podés esperar que el público sea mejor? Nosotros tuvimos que aprenderlo a las malas en Inglaterra, cuando había tanto odio en los años 80. Por eso se hicieron cambios en los estadios y se instalaron asientos. Y así lograron erradicar el odio. Pelearon una batalla enorme contra la violencia y finalmente la ganaron. Ahora las familias pueden ir a los partidos sin miedo, y eso es algo realmente lindo de ver.

Volvamos a la música. Si pudieras agregar un capítulo final a la historia de Die Toten Hosen en la Argentina antes de esta despedida, ¿cuál sería?
Si tuviera que elegir algo que ya hicimos, sería repetir el show callejero en la avenida Santa Fe, donde apareció todo el mundo y fue una fiesta increíble. Y si pudiera agregar un capítulo totalmente nuevo, me encantaría la idea de hacer un Warped Tour en Sudamérica: diez bandas girando juntas en micros, sin anunciar quién toca primero o último, viajando durante tres semanas por toda la Argentina y durmiendo en carpas. Esa sería mi elección.
Cuando suene el último acorde en esta gira en la Argentina y se apaguen las luces, ¿qué esperás que sienta la gente al salir del lugar?
Espero que todos lloremos por buenas razones. Espero que digamos: “Es triste, pero es lo correcto”. Que guardemos ese momento en el corazón y nadie nos lo pueda quitar. Solo podría arruinarse si los decepcionamos volviendo años después siendo una mierda. Luchamos y rezamos para que sea un gran último show y nadie pueda destruir esa última impresión. En lo personal, cuando se apaguen las luces, me voy a enojar muchísimo y me voy a emborrachar por completo esa noche… lo sé desde ahora. Y al día siguiente me despertaré y durante tres días iré a cada restaurante que conozco a comer la mejor carne con ensalada y vino tinto.



















