El show de Rosalía en Buenos Aires: divinidad y redención después de la tormenta

“El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Ovación. En su partido despedida en la Bombonera, en noviembre de 2001, Maradona miraba a los hinchas y hablaba, mientras se abrazaba a sí mismo en un gesto de compunción.

Veinticinco años después, la pelota volvería a ser el centro de una tormenta argentina. Pero esta vez, la protagonista no era una leyenda del fútbol buscando redención, sino una cantante catalana que llegaba a Buenos Aires bajo fuego: acusada de “insultar” al país en redes sociales.

El contexto

Rosalía, en su primera fecha del capítulo argentino del LUX Tour 2026, aparece en el escenario dentro de una caja blanca que se abre, cual cajita musical pero más fría, quirúrgica, como de una muñeca enviada por Amazon, vestida con un tutú blanco y zapatos de ballet, con los ojos rojos (los tiene así la mayor parte del show).

La tensión es visible, la pregunta que flota en el aire es cómo reaccionarán la artista y el público luego de más de una semana de locura en redes sociales, donde los usuarios argentinos la “cancelaron” luego de que reposteara en TikTok un video de Mia Khalifa que tildaba a los argentinos de “perlas” (término despectivo utilizado en España para nombrar a alguien en quien no se puede confiar, una persona tramposa, problemática). 

Este video salía un día después de que Argentina perdiera el mundial de fútbol 2026 frente a España, en medio de una ola de acusaciones de que el equipo argentino estaba beneficiado por la FIFA y de forma más general, una acusación de que Argentina es un país “racista y sionista”: imposible de sintetizar con todos sus matices en esta crónica de un show. 

Foto: Vicky Dragonetti

Así las cosas, muchos usuarios en redes pedían la cabeza de Rosalía y que el público no fuera a sus conciertos en Buenos Aires. Algunos amagaron con pedir la devolución de las entradas. Ella pidió disculpas en TikTok: “no leí lo que compartí”. Periodistas de espectáculos, cuando la cantante catalana ya estaba en Argentina, insistieron, con malicia, en que nadie la esperaba en la puerta del hotel y que en realidad ella no quería salir porque “tenía miedo”. Horas después aparecieron videos y fotos de Rosalía caminando por la ciudad, yendo a cafecitos y restaurantes de moda. 

De todos modos, había algo latente: la posibilidad de una expresión de repudio. Muchas personas en esa semana de la locura “en contra de Argentina” instaban a abuchear a la artista en el show ya que pedir la devolución de la compra de la entrada pasado cierto tiempo era imposible.

Foto: Vicky Dragonetti

Los actos

Volvemos a la caja estilo Amazon. Reza en uno de los vértices “fragile”. Rosalía rompe las paredes que la encierran y se convierte en bailarina de ballet. Hay una luna por detrás y escaleras, la escenografía es minimalista. Abre el acto I con el comienzo del álbum Lux: “Sexo, violencia y llantas”. “Quién pudiera vivir entre los dos, primero amaré el mundo y luego amaré a Dios”. El delirio místico que esconde Lux se hace carne, suena oscura y movilizante la Heritage Orchestra, banda británica que la acompaña en esta gira, y que está ubicada en el centro del campo, a varios metros del escenario, formando una cruz cristiana vista de perspectiva cenital. 

Sigue con la luminosa “Reliquia”, una enumeración de ciudades que la marcaron en la vida, con un verso dedicado a la ciudad que está visitando: “En PR nació el coraje, pero el cielo nació en Buenos Aires”. Como si hubieran contenido toda la angustia hasta ese momento, el público grita el verso, dejan los pulmones, casi como si dijera: “Te perdonamos porque escribiste esta barra para nosotros”. El miedo por los supuestos abucheos se disipa. 

El show sigue con “Porcelana” y “Divinize”, y luego viene el momento en que Rosalía pide perdón. Casi 4 minutos de pedido de disculpas, explicando que compartió ese video sin intención de ofender y recordó que en 2019, a comienzos de su carrera, en el tour de ‘El mal querer’, quedó anonadada con el público por como cantó las canciones, el apoyo que recibió. “Nunca lo olvidaré… Cómo yo podría tener un sentimiento negativo o algo por el estilo hacia un lugar como este. En verdad, es el lugar que me ha erguido a donde estoy hoy. Así que obviamente, creo que ya lo sabéis los que estáis aquí, no tengo más que agradecimiento por este lugar y por este público, que es el mejor público que hay en la tierra”. Caso cerrado. 

Paso siguiente, se despacha con la emocionante, operística, “Mio Cristo Piange Diamante” y en este momento del show, ella rodeada de una capa blanca que la convierte en una divinidad, como una virgen pop, muestra las cartas que está jugando. A diferencia de Motomami(2022), que se concentraba en desarmar al reggaetón en un ejercicio casi académico de encontrar otras facetas de la latinidad hasta enrarecer lo que naturalmente está hecho para la alegría y el baile, en Lux, se enfoca en el canto, en demostrar su destreza vocal, y ofrece letras dedicadas a la divinidad, a su encuentro con lo sagrado. 

Algo duro vivió, se nota. Se compunge fácilmente, llora de a momentos, las canciones rememoran desamores y angustias existenciales. Pareciera que Dios la hace sentir diminuta, terrenal, frágil como la muñeca; pero se recompone. Puede pasar de llorarle a Dios, a cantar “Berghain”, con un corto vestido negro de satén y unos cuernos de cabra loca, con una versión remixada y que el Movistar Arena estalle en éxtasis, porque la gente también quería bailar. El acto 2 ha comenzado y se baila. Vuelve a Motomami, unas versiones ligeramente diferentes de “Saoko”, un guiño al público, “La fama”, “La combi Versace”, y cierra el segmento con “De madrugá”, canción que dio vueltas el universo de Rosalía durante años hasta que vio su edición en Lux. 

El tercer acto arranca con una fuerte vuelta al pasado con “El Redentor”, flamenco dedicado a la Pasión de Cristo, porque nunca se alejó de Dios, siempre lo tuvo en sus canciones, desde el primer álbum Los Ángeles (2017). Continúa con un poquito de referencia pop, porque siempre se puede ser más pop, con unas estrofas de “Can’t Take My Eyes Off You” de Frankie Valli y viene el momento viral de ‘La Perla”. El juego de los bailarines, diseñado por el coreógrafo Dimitris Papaioannou, que también fue director de la puesta en escena de la gira y de ceremonia de los JJOO de Atenas en 2004, los muestra vestidos de negro rodeando a Rosalía, con guantes blancos que generan formas y movimientos inspirados en figuras como la Venus de Milo, Rita Hayworth en la película Gilda (1946), la virgen de Lourdes y la de Guadalupe.

Foto: Vicky Dragonetti

Siguiendo con lo viral, el confesionario. Momento prescindible del show. Se entiende que puede funcionar como un respiro de tanta parsimonia, aunque el show no es solemne, Rosalía se ríe de sí misma en sus canciones, pero parece que se necesita un descanso de la música para mostrar a una celebrity y generar un engagement con el público (¿o las redes?). Algo que puede verse en otros shows masivos como La Casita en el show de Bad Bunny o el momento del arresto de Juno en el show de Sabrina Carpenter. En este caso, Ángela Torres confiesa que un ex no la hacía parte de su vida (no la invitaba a ver con ella a Cindy Cats, una pena) y Rosalía se indigna, lo llama pelotudo. Ningún pecado que redimir, ya lo decía Shakira: “siempre supe que es mejor cuando hay que hablar de dos empezar por uno mismo”.

Por suerte vuelve a la música, canta para una fan “Alfonsina y el mar”, canción popularizada por Mercedes Sosa, que ya había hecho en 2022 en el tour de Motomami en Buenos Aires. Y ahí viene lo mejor, “Sauvignon Blanc”, la balada que nombra marcas y una cierta esperanza en el futuro (al fin): “Ya no quiero perlas ni caviar/Tu amor será mi capital”. Cierra con “La yugular”, canción que va in crescendo, conmovedora, con muñecas rusas de versos: “Un país cabe en una astilla/ Una astilla ocupa la galaxia entera/La galaxia entera cabe en una gota de saliva/ Una gota de saliva ocupa la 5a avenida/ La 5a avenida cabe en un piercing”. 

El cuarto acto ocurre en el centro del campo, en medio del público, cerca de la orquesta. Tocan “Dios es un stalker”, “La Rumba del Perdón’ y vuelve a ‘Motomami” con la rara “CUUUUuuuuuute” en la que también resuena el tema divino, (“Aquí el mejor artista es Dios”). Cierra el momento una canción inédita, “El atardecer”, estrenada recién en los shows de julio, un pop electrónico más liviano que las últimas canciones de la artista. 

En las últimas horas en redes apareció un video de Rosalía cantando en Chile “DESPECHÁ” en donde parecía que le faltaba un poco el aire. En el quinto acto en Buenos Aires hace esta canción y, claro, está bailando y cantando en un registro alto que, además, no tiene un respiro, pero no desafina nunca. Tampoco parece quedarse sin aire esta vez. Queda pensar en la exigencia para los artistas pop, ya que Rosalía demuestra que puede cantar ópera y bailar coreos sin romperse; qué más se les puede pedir. 

Así como en el Motomami Tour Rosalía revolucionó el mundo de las presentaciones en vivo, inspirando a muchos artistas pop que utilizaron las técnicas de dirección de video (la perseguían iPhones mientras estaba sola o con los bailarines en un escenario sin nada más), con ese aire minimalista en consonancia con el disco que era un despojo de sonidos, la propuesta de LUX es salir de la intimidad para encontrarse con algo superior a todos, una apuesta teatral en donde la voz entrega todo de sí, con sonidos estridentes y menos pose. 

Continúa el show con los hits “BIZCOCHITO” y “DESPECHÁ”, vuelve la fiesta al escenario. Luego la hermosa “Focu ‘ranni” de LUX, una oda a la autonomía: “No seré tu mitad/ Nunca de tu propiedad/ Seré mía/ Y de mi libertad”. Y el cierre con “Magnolias” tiene al público levantando carteles con una de las frases más potentes que dan cuenta del espíritu del disco: “Promete que me protegerás/ A mí y a mi nombre en mi ausencia/ Yo que vengo de las estrellas/ Hoy me convierto en polvo/ Pa’ volver con ellas”. Rosalía salta al vacío y desaparece.

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