Moria Casán: “Soy la primera punk”
¡Luces! ¡Cámaras! ¡Glitter! ¡Fucsia! Un fucsia atronador y galáctico explota desde la pantalla de led enorme del Estudio C, en la planta central de El Trece. Afuera, Constitución soporta un frío siberiano, una misteriosa Buenos Aires que se congela. Pero adentro de esta caja de zapatos catódica el invierno es un concepto abstracto. Los cables reptan por el piso como culebras de goma y el cartel de “Aire” es un faro bizarro. En el centro de este palacio romano de paneles naranjas, cortinas opacas y pisos grises –tan lustrados que devuelven el reflejo de las cámaras como un espejo distorsionado– se planta ella. La bestia pop. Moria Casán no camina la televisión: la coloniza.
Va ataviada con un ambo de sastrería a rayas celestes y blancas. Un homenaje textil e insumiso a la Selección Argentina, que un par de días antes sufrió hasta el último suspiro para ganarle 3 a 2 a Cabo Verde en el Mundial. Las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, los tacos aguja kilométricos clavados en el centro del set, uñas pintadas de un rojo shocking que parece sangre fresca y ese flequillo geométrico que Galo –su asistente a sol y sombra, un tipo de amabilidad extrema que madruga con ella desde las seis de la mañana en Parque Leloir– le acomoda obsesivamente entre corte y corte.
A su alrededor orbitan siete panelistas en estado de trance matutino. El gran mantra del programa es un juego ecuménico: “Estamos en La mañana con…”, arranca ella; “… ¡Moria!”, responden a coro los satélites de la mesa. El tema del día es el barro espeso del escándalo judicial del exintendente Martín Insaurralde y la modelo Jésica Cirio, con sus verdosos millones de dólares en estricto negro flotando en un yate por el Mediterráneo. Mientras los panelistas se trenzan en un griterío que califica la causa judicial de “circo”, Moria, impasible, juega con una réplica en miniatura de sí misma –una muñequita de tela que descansa pegadita a su taza de té– y lanza un dardo venenoso con su lengua karateca: “¿Tiene tobillera la acusada?”. En la pantalla partida, la movilera Mercedes Ninci grita un “¡No, no, no, no!” desaforado desde los pasillos de Tribunales, desarmando la hipótesis del arresto domiciliario.
El delirio de la grilla no se detiene. Moria pasa sin respirar de la corrupción política al chivo comercial, bendiciendo marcas con la misma mística con la que habitaba las tablas del teatro de revista. Tira la publicidad de jarabe para la tos, salta a unos sahumerios espirituales y remata con un impermeabilizante de goma para tapar goteras en los techos. El surrealismo sigue cuando suena la música de una joyería que promete pagar hasta 420 mil pesos el gramo de oro, “el mejor precio internacional”, justo antes de que la conductora mude el cuerpo hacia un mostrador psicodélico forrado de azulejos multicolores. Junto a la cocinera del programa, arranca el “ritual de las bananas”. Suena de fondo el clásico ochentoso de Los Pericos, mientras Moria manipula frutas y budines de chocolate. “Exageran la culpa”, decreta sobre la neurosis argentina de la dieta.
Poco antes de que den las once, la cortina musical baja y la farsa diaria se interrumpe. El decorado, finalmente, se calla la boca. Los siete panelistas se dispersan como fantasmas, los técnicos arrastran las cámaras y el estudio queda hundido en una tregua silenciosa, rota solo por el parpadeo de los monitores que se apagan. Pero Moria no se mueve. Se queda sentada en el mismo lugar de la batalla, frente a la mesa del set, estirando las piernas. Pide un vasito de Coca-Cola. Entonces recibe a Rolling Stone en un tête-à-tête sin cámaras, donde la diva se saca la máscara de la televisión y se pone los anteojos de observadora absoluta. El próximo 14 de agosto –apenas dos días antes de que la Casán sople 80 velitas de vida–, Netflix estrenará a nivel mundial Moria, la serie de ocho capítulos donde su hija Sofía Gala, Griselda Siciliani y Cecilia Roth jugarán a ser sus avatares en distintos momentos de su vida. Pero en esta mesa vacía, mientras el gas de la gaseosa burbujea en el frío de Constitución, queda claro que la ficción siempre corre atrás.
Moria Casán no corrió jamás detrás de nadie para contar su vida. La industria fue la que siempre tuvo que esperar a que decidiera abrir las puertas de su historia. En el primer capítulo de la producción de About Entertainment, la diva aparece en la pantalla consagrada como una titiritera mística, la encargada exclusiva de mover los hilos de su propia mitología. “Es muy fuerte”, suelta frente a la mesa desierta del estudio. Agrega que la noche anterior, en un aquelarre íntimo y analógico, se había encerrado con Sofía y unos amigos a ver los primeros tres capítulos de la biopic. Ver a su propia hija interpretarla en la pantalla es la paradoja definitiva: la titiritera original sentada en la penumbra, observando cómo otros dedos intentan mover a sus fantasmas.
“Es una cosa diferente. Todo muy loco. Qué bueno que la haya podido hacer mi hija. Está brutal. Y cuando hace el amor con Castiglione [NdR: Mario, exesposo de Moria y padre de Sofía], y queda embarazada de ella… Qué fuerte nuestra vida. ‘Qué bueno que nos haya tocado esto’, le decía ayer a Sofía. Porque somos elegidas. ¿Viste que es muy conmovedor? Todo, todo. La serie es dura, es romántica y tiene poesía. Y también tiene humor. Mucho humor. No tiene careteo hétero. Es muy, muy queer, es muy, muy gay. Es muy… Es muy verdad”.
¿Qué pasa cuando se te acerca una productora a ofrecerte contar tu vida en una serie, cuando es una historia que el público ya devoró mil veces?
Esto ya me lo venían ofreciendo hace como dos años y yo decía: “De ninguna manera quiero hacer una serie sobre mi vida”. No quería porque me conocen tanto y lo he dicho tanto. Siempre digo que mi vida fue un set; un estudio televisivo ha sido el gran living de mi casa, porque yo conté mi historia primero a la gráfica, a los periodistas de todo el país, pero también después en la televisión. Ya me habían ofrecido antes hacer una película. Y como venían todos los días como atrasados, no atrasados, no sé, no podían llegar a mí, de alguna manera estaba frenado. Entonces, o el cine o la serie… y me quedo con la serie, porque pensé que podía extender más en capítulos un poco lo que era mi vida ya conocida.
Me contaron que tuviste mucho ida y vuelta con el director y guionista Javier Van de Couter. ¿Participaste del guion?
Sí que participé. Primero estuve hablando días y días enteros, contándole cosas de mi vida. Cosas que la gente de pronto sabe un poco, pero no sabe tanto. Los hechos inusuales como entrar al teatro después de salir de la facultad, sin pensar; eso ya solamente da para una película. Cómo una chica va a entrar así al teatro de revista…Todavía no me lo creo yo. Una piba que estudiaba… ¡Imaginate vos! Iba a ser abogada…

Esa metamorfosis brutal a finales de los años sesenta, el salto sin red desde las aulas de la Facultad de Derecho de la UBA al conchero y las plumas, le dan cuerpo a un tratado de sociología pop. El filósofo Jacques Derrida definía al “monstruo” como esa fuerza mutante que no se puede encasillar porque rompe las normas, asustando y fascinando en dosis parejas. “Monstruo” tiene raíces en el latín monere, que significa “advertir” o “avisar”: en la antigüedad se creía que estas criaturas eran advertencias divinas que venían a anunciar una grieta en el orden de las cosas. Moria es la mostra definitiva de la cultura argentina: inabarcable para el cursus biográfico tradicional. Desarmar su origen exige romper la cronología y saltar a una noche de 1968, al escenario del Teatro El Nacional, donde Ana María Casanova quemó los códigos civiles, se calzó un traje de Chaplin y debutó en la revista de Carlos A. Petit. El mito nacía rompiendo la ley.
De alguna manera el teatro de revista te salvó de ser una gris abogada.
No, no, no. Me salvó mi padre. Y mi madre. Él era militar, músico de la banda del Colegio Militar, y teníamos abono en el Colón. Era un melómano perdido, estábamos todo el tiempo escuchando música. Yo nací en el Hospital Militar Central, en Las Cañitas. Pero de ahí nos fuimos a la provincia, a José Ingenieros, la casa de mis padres en San Roque 283. Fui al principio un poco a las monjas cerca de casa, en un kinder, pero después toda la primaria la hice en la Escuela N° 12 de la calle Cortina, en Devoto. Y el secundario lo hice en el Liceo 12 de Caballito, en José María Moreno y Formosa. Así que toda mi vida estuve afuera del barrio, en Capital. Salíamos todo el tiempo: al Colón, a todos lados.
El mito de la piba de barrio que de golpe se sube a las puntas sin haber tomado una sola clase de danza. En un club de Ciudadela, ¿no?
En el club Unión Argentina de Ciudadela. Yo estudiaba piano: teoría, solfeo y armonía; y mi papá no quería que estudiara baile, pero mi madre y mi tía me llevaban escondidas. Ahí me gané mi primer segundo premio. Yo no estudiaba danza, pero me hacían el famoso tutú de tul y, al no saber bailar, me inventaba los pasos mirando ballet en la tele. Escuchaba el Danubio azul y me inventaba coreografías frente al espejo. Un día voy al club y se le rompe el disco a mi mamá. Entonces una amiga, Susana Fabián, que creo que todavía vive enfrente de la casa de mi tía, me presta el suyo. Y ahí viene mi primera astucia: cómo me planto y cómo me elevo. No quería media punta, le pedí: “Dame las zapatillas de punta”. Ella, que sí iba a aprender baile, me las prestó. Mi madre y mi tía se fueron a la confitería del club para no ver cómo me caía, porque no me podían frenar. Y no solamente no me caí, sino que hice todo el tiempo en punta. Cada tanto daba una vuelta para saludar porque no sabía cuándo terminaba el tema, porque no era el mío. Era como si estuviera titiriteada por el universo mágico. Ahí me empecé a elevar y dije: “Acá hay algo”. Sentí que me resignificaba. ¿Eso qué hace? Que me gane una copa. Con ese premio mi papá me empezó a mandar a danza y a partir del año siguiente me gané el primero siempre. Pero mirá cómo empiezo: una gran seguridad en lo que yo decretaba, mis eventos los producía yo. Ahí aprendí metafísica. Eso es metafísica pura.

a mí misma” (Neflix/ Machado Cicala).
Hay una formación muy autogestiva en esa trastienda, casi garajera. Pensando en términos más de rock, es la misma ética de las bandas que arman su propia historia desde abajo antes de llegar a primera.
¡Las bandas de garaje! ¿Sabés cuándo empecé a dar clases de danza yo? De muy chica, en el garaje de mi casa para ganarme mis primeros morlacos. ¡Yo soy rockstar, rockstar soy yo! [Moria suelta una carcajada seca, un rayo que no cesa y sacude la quietud del estudio]. Era muy fanática de la música también, me compraba discos. Los de Giorgio Moroder, toda esa primera electrónica, eurodisco. No me gustaba nada en español, nada, nada. Música italiana, porque amo a Mina, pero no pusimos temas de ella en la serie, y me gusta el cine de Sorrentino. Paolo Sorrentino, el de La grande bellezza, es uno de mis directores predilectos.
La serie tiene por momentos esa estética muy de Sorrentino: una mezcla hermosa de exceso, brillo y decadencia.
Es muy Sorrentino, claro. Yo amo a Paolo Sorrentino. ¿Viste Parthenope? Me fui al cine a las dos de la tarde cuando se estrenó, éramos tres. Extraordinaria. Soy fan de él a un nivel que no te explico.
La serie arranca a finales de los sesenta, en plena dictadura de Onganía. Elegís un quiebre absoluto: rompés con la facultad y te ponés un nombre que tu madre te quiso dar, pero el registro civil de la época no la dejó.
Elijo Moria Casanova. Después, la gente del teatro me lo cortó a Casán porque en los programas horizontales el apellido entero no entraba. Moria Elizabeth era el nombre que mi vieja me quiso poner al nacer y no la dejaron los pacatos de ese momento; la obligaron a ponerme Ana María. ¡Pero mirá lo que es el destino! Yo no sabía que Moria es el nombre del monte bíblico más sagrado de Jerusalén. Cuando estuve allá lo entendí: mi nombre ya estaba marcado por el universo. Por eso el comienzo de la serie es tal cual: bajé las escaleras de la facultad, fui al teatro y debuté ese mismo día. Es absolutamente así.
Ese debut tiene una mística muy cinematográfica. Diste mal un examen de Economía Política, miraste el reloj de la biblioteca y saliste corriendo.
¡Total! Un amigo de la facultad era conocido de Petit. El domingo anterior habíamos ido a ver la revista Cuando la abuelita no era hippie, con Zulma Faiad, Adolfo Stray y gran elenco. Petit me vio en un palco y me dijo: “Qué hermosa mujer, usted está ideal para el teatro, muy mona, se nos va una vedette. La espero el martes a las 19 horas”. El lunes me agarró la marea del “iré, no iré”. El martes di el examen mal, me quedé estudiando en la biblioteca y a las seis y media de la tarde encaré sola. Me crucé Figueroa Alcorta, divina, me tomé un taxi y llegué a El Nacional. Petit me dijo: “Empieza mal porque llega tarde, vaya a cambiarse”. Yo no tenía nada. Una chica me prestó una malla. Arrancaba vestida de Carlitos Chaplin. Me tuve que ir a comprar volando una maquinita de afeitar para depilarme la pussy porque no estaba preparada. El único ardor que tuve por el debut. Salí a escena vestida de Chaplin con bombín y galera, y me cambié tres veces arriba del escenario. Pasé del traje de Chaplin a la bikini y las plumas, mujer-hombre. Ahí empezó mi vida.
Me dijiste recién: “Encaré sola”. Esa independencia radical para tirarte de cabeza a la aventura, de self-made woman, es la clave de toda tu construcción.
¡Siempre sola! No quería a nadie que me sacara un milímetro de determinación. Cualquiera que te acompañe, si no tiene tu mismo registro de rapidez mental, te distrae; y esa era mi energía focalizada para lo que a mí me interesaba. Yo sabía que esa aventura era mi vida. Debuté y no paré más. Al poco tiempo pasé a la televisión con [Juan] Verdaguer e hice en este canal un desnudo total, en bolas, en pleno gobierno militar. Era un momento supercareta y cerrado, pero al mismo tiempo de vanguardia. Santiago Bal me tenía agarrada, me soltaba la falda y yo quedaba desnuda de espalda frente a la cámara. Mirá lo que hacíamos. Después hablaban de la censura, pero nosotros nos desnudábamos igual en la cara de los milicos. Una cosa rarísima.
A una semana del encuentro con Moria, Buenos Aires sigue sitiada por la escarcha. Del otro lado de la pantalla de Meet, aparece Javier Van de Couter. El director atiende con los ojos cansados, pero con la lucidez intacta para desarmar el juguete rabioso que tuvo entre manos.
“Cuando Mercedes Reincke y Erika Halvorsen me trajeron la propuesta, lo primero que sentí fue abrumación –confiesa Javier sobre la génesis del proyecto–. ¿Cómo abordás en una ficción a un ícono popular de este tamaño? Mi primera decisión fue ir a buscarla. Viajé a Mar del Plata con un equipo mínimo; ella estaba haciendo Brujas y paraba en el Hermitage. La filmé caminando por esos escalones medio palaciegos y me tiró un chiste: ‘Javier, nunca me filmaron de tan lejos’. En esas charlas empecé a deducir una lógica ‘casanesca’, una filosofía Casán para ver el mundo. Eso me ayudó a desarmar la cronología lineal. La serie no es una biopic que arranca con la infancia; la infancia aparece recién pasada la mitad, cuando es necesaria para explicar sus secretos, su dolor y su humor. Estructuré la serie no por fechas, sino por estados de un personaje cuántico”.
Para Van de Couter, el verosímil de la historia no se apoyó en el maquillaje o la caracterización, sino en un ejercicio de aproximación emocional a cargo de una trinidad arriesgada: Sofía Gala, Griselda Siciliani y Cecilia Roth. “Trabajamos la energía que une a las tres actrices. Siento que las tres están adoptadas por nuestra comunidad, vibran en una sintonía queer que es la misma de Moria. Esa margenialidad, que ella dice. Moria es un ícono de nuestra comunidad porque fuimos a misa con Moria. Nos dio herramientas y discursos cuando nadie más lo hacía: defendiendo a las trabajadoras sexuales, el matrimonio igualitario o la identidad de género, mucho antes de que existieran las leyes”.

Cuando llegó el momento del veredicto, el rito de pasaje consistió en encerrarse en una sala de cine a maratonear los ocho capítulos de la serie, codo a codo con la titiritera original: “Fue una experiencia que no me voy a olvidar en la vida. Verla de principio a fin al lado de ella. Por momentos se mataba de risa de su propia audacia y, por otros, se emocionaba muchísimo con el terreno vincular, con esa historia de madre e hija que es el corazón de la serie. Moria es de un profesionalismo prusiano: si le decís a las ocho, a las ocho menos cinco está ahí lista para laburar. Al final, nos miró conmovida y nos dio la bendición”.
Javier cierra la entrevista con una definición que dialoga con los marcos teóricos de la vanguardia: “Con Moria y las actrices decíamos que la serie muestra cómo se construye una mostra. Una suerte de Queen Kong de la cultura argentina. Hay un libro hermoso de Charlie Fox, Este joven monstruo, que habla justamente de eso: el monstruo como el ser que viene a romper el orden establecido para avisarnos algo. Eso es ella”.
En la bio-serie de Moria, la historia política del país no se escribe en los despachos oficiales ni en las marchas de Plaza de Mayo: se filtra de forma lateral, desobediente, por los ojos de las cerraduras de los camarines teatrales y de la tele. La política de los cuerpos en las trincheras de la noche, sobre el escenario y con la piel como documento de identidad.
En esa reconstrucción de los años setenta –con una Sofía Gala que conmueve al encarnar a esa primera Moria fundacional, la Ana María Casanova que mutaba en la vedette que desafiaba a los hombres que la explotaban y a los censores de la dictadura a fuerza de plumas, descaro y laburo sin respiro–, la coyuntura histórica no entra de manera panfletaria. Tampoco lo hace al retratar la tórrida primavera democrática del alfonsinismo, o el sube y baja de la década infame de pizza, champán y cocaína del menemato. Griselda Siciliani brilla al capturar a la Casán de los 90: esa fiera televisiva que inventó los tribunales mediáticos y la patria chimentera acostando a la fauna del poder y el show en A la cama con Moria, mientras en paralelo rompía todas las taquillas teatrales con Brujas, cerrando definitivamente su era de plumas para graduarse de actriz total. Todo ese derrotero, incluida la supervivencia post boom y crac de 2001, hasta llegar a las galas del escándalo y el cotillón del Bailando por un sueño de Marcelo Tinelli durante el primer kirchnerismo, es el retrato de una bohemia que, mientras el país se desangraba y ensayaba sus peores dramas, Moria plantaba una bandera de disidencia lúdica, transformando el destape y la camaradería en un refugio de resistencia. Para La One, dinamitar el orden conservador o sobrevivir a los naufragios argentinos nunca dependió de una afiliación partidaria: le alcanzó con plantarse como el Obelisco con tetas de la cultura popular y masiva.
En la serie, la política se mueve un poco por los bordes, pero tus cruces con la noche de la contracultura y las disidencias sexuales muestran una faceta muy política desde el cuerpo.
Siempre con la margenialidad, porque yo sentía que eran los descartados. ¿Qué es esa falta de compasión y de respeto? Las minorías en este país, olvidadas y sin derechos, son maravillosas, son sensibles y geniales. Mis “putis amigos”, los máximos de mi vida; ellos han sido mi familia. En los setenta, a mis bailarines los tenía que ir a sacar todas las noches de la comisaría, mi amor. Yo nunca dramaticé porque tengo un gran humor, pero la desdramatización de la vida la hice a través del colectivo. El teatro de revista es lo más grande que hay. Y siempre estuve con la vanguardia. En los ochenta, el artista plástico Edgardo Giménez me hizo un body painting espectacular. También me iba a ver Federico Peralta Ramos, que era familia y me bautizó “La Mucha”. En la noche yo era la mina más marginal dentro del medio comercial. En teatro hice Las tres viejas de [Alejandro] Jodorowsky; Una visita inoportuna de Copi, que hacía de enfermera mambeada, en el Konex; también Julio César de Shakespeare, dragqueeneada.
En este ecosistema del espectáculo donde el cuerpo lo es todo, hablás mucho de “superar el físico”. ¿Sentís que para vos la edad directamente no existe?
No existe. Pero existe porque tengo el calendario y voy a cumplir 80 años dentro de un mes, pero es lo único que yo no elegí, entonces no lo tengo. Estoy espléndida, con salud, nunca falté al teatro por enfermedad; en 60 años de carrera nadie me conoció enferma. En cambio, hubo muchas mujeres en la revista que no pudieron superar su físico. Pobrecitas, se quedaron desgastadas, muy dolidas. El físico tiene un límite y no pudieron crecer porque se entregaron a cosas que las voltearon. No pudieron superar su juventud, la vida las pudo.
En ese ambiente donde tantas compañeras se quedaron en el camino, ¿cómo fue tu relación con las drogas? Tuviste siempre un vínculo cero careta.
Algo social y nada más. Yo no me permito humillar ante la droga. Jamás llamé a un dealer, jamás lo necesité. Si yo necesitara de algo externo para sentirme bien, me sentiría profundamente humillada. Yo necesito de mí misma. Para conectar conmigo, puedo tomar una copita de champagne y la dejo; un pasecito, y lo dejo; me fumo un cañito, y lo dejo. Pero nunca me quedo atrapada. He recorrido un largo camino, baby, de eso se trata la vida.

Naciste en el 46, el año en que asumió el primer peronismo, y tu infancia transcurrió en esa Argentina de masas. ¿De ahí viene esa conexión indestructible con lo popular y tu mística cinéfila?
Yo no te podría decir ahora que soy peronista, tengo peronistas y radicales en la familia, aunque Galmarini [Fernando, su actual pareja, exsecretario de Deportes del gobierno de Menem] siempre me dice: “Vos tenés el gen peroncho por cómo sos con la gente”. Mi infancia fue muy feliz y me hice cinéfila porque en esa época nos veíamos 20 películas semanales. Los martes íbamos al cine de barrio a ver tres continuadas; los viernes en el centro mi padre nos esperaba frente al Obelisco y veíamos comedias americanas o a Chaplin en Candilejas, también Ben Hur y Sansón y Dalila. El sábado, de vuelta. Ahí me devoraba el cine nacional de la época: Tita Merello, Lolita Torres, Niní Marshall, Laura Hidalgo. Esas mujeres hermosas y esas historias formaron mis ojos.
¿Leés mucho, Moria?
Sí, muchísimo. Pero ahora estoy muy metida con la Kabbalah. Me lleva un tiempo enorme y no puedo leer otra cosa. Leo sobre cienciología, leo de todo, pero los sábados a la mañana me los reservo para estudiar física cuántica. Dos horas clavadas, me siento y estudio. Sigo a un rabino maravilloso por internet, tomo clases presenciales y virtuales, pero el estudio del Zohar –el Libro del Esplendor– te exige una dedicación absoluta. Son tres tomos de 500 páginas cada uno, escritos en arameo y en español. Hay que meterse ahí.
Es un laberinto complejo, te tiene que limar la cabeza…
A mí la Kabbalah me dio las herramientas para confirmar que yo ya era cabalística desde que nací. Toda mi autogestión, el decretar las cosas y hacer que existan en mi vida, viene de ahí. En mi universo no hay pérdida; cuando pensás que algo se pierde, en realidad hay una sublimación constante de todo lo vivido. Es maravilloso. Cuando empecé con [el programa] Incorrectas en América, la gente de la comunidad de Kabbalah se me acercó, me dijeron que tenía todas las características de una líder y me regalaron el Zohar. Mi vida no la podría haber guionado otra persona: es pura magia, estoy titiriteada por el universo.
Te traigo al presente: hace unas semanas estuviste en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en pleno corazón del conflicto estudiantil, con los pibes resistiendo el desfinanciamiento del Gobierno a la educación pública. Te recibieron chicos de 14 o 15 años que conocen todas tus frases de memoria y te usan como bandera en las tomas. ¿Qué te pasó ahí adentro?
Claro, me invitó la nieta de Jorge Marrale, que es mi coequiper en la obra de teatro que hago en el Metropolitan: Cuestión de género, una comedia francesa sobre la vida de una trans. Entonces fui y me metieron en el salón máximo: estaba reventado de chicos con banderas, pancartas con mis dixit y gritando. Mi nieta Helenita, que ya tiene 17 años, va al Pellegrini. Ese día se me vinieron encima los chicos a decirme: “Moria, te amamos”. Yo venía de trabajar, entré y me gritaban “Moria, Moria” como locos. Agarré el micrófono y les dije: “Hola, chicos, recién vengo de trabajar, encantada de saludarlos. Pero antes que nada quiero que sepan una cosa: se los quiere mucho”. Se quedaron mudos. Nunca vi nada igual. Me dio una ternura que me emocioné. Los pibes mudos, no hablaron más.
Es muy fuerte que los chicos se queden mudos cuando alguien les dice simplemente que se los quiere. Es que nadie les dice eso. El mundo les pide cosas todo el tiempo. Yo no les pido nada.
Moria lleva unos aros dorados y asimétricos: de un lado se lee QUIÉNES, del otro, SON. Obra de Dolce & Gabbana, traídos desde Milán por un amigo de la Casán. La alta costura y la lengua karateca se abrazan.
Esa capacidad para adornar el habla popular y transformarla en un accesorio de lujo –o caja de herramientas de uso cotidiano– convierte a Moria en algo más que una máquina de tirar títulos para los portales de chimentos. William Burroughs decía que el lenguaje es un virus que infecta y coloniza los cerebros de los huéspedes; La One opera como un vector de contagio en la cultura argentina. Su lengua karateca no es solo velocidad mental; es una fábrica de cut-ups pop que destrozan la sintaxis y se meten en el inconsciente colectivo.
“¿Quiénes son?”, dicen tus aros. Es casi literatura interactiva. Vos creaste un idioma pop total. ¿Sos consciente?
Totalmente. Eso me lo puso la prensa al principio, pero la realidad es que creé un lenguaje propio por pura impronta y repentización. Aunque, si te soy sincera, siempre lo tuve adentro. Por eso digo que mis primeros psicólogos fueron los cronistas de la gráfica en los setenta, y después los televisivos, porque frente a ellos descargaba todo lo que me pasaba por la cabeza. Hoy estoy en una etapa de mi vida donde esas frases ya son como una Biblia para la gente. Una Biblia pop.
En la serie hay una escena tremenda del pasado donde aparecés charlando con Susana Giménez sobre qué quieren para el futuro. Ella te dice: “Yo, millonaria”. Y vos, clavándole la mirada, le respondés: “Yo quiero ser inmortal”. Con este diccionario popular que inventaste, esa eternidad ya es un hecho.
Es como una forma de trascendencia. El lenguaje me hace eterna. Fijate que hoy todo el mundo usa mis frases: “Si querés llorar, llorá”, “el decorado se calla la boca”. Las usan los chicos en las escuelas y los políticos en el Congreso. Ya no me pertenecen, son de la gente. Soy una bestia pop que les regaló un idioma.
Pensando en esa capacidad tuya para colonizar lenguajes, la serie viaja a un episodio rupturista que encarna Cecilia Roth: tu paso por la cárcel en Paraguay. Es realismo mágico cuando cantan “My Way” en guaraní.
¿Viste qué lindo ese capítulo? Sí, sí, sí. Un capítulo más en mi vida. No era una cárcel para mí, era un monasterio. Yo la pasé tan bien ahí porque me lavaban el pelo, me hacían masajitos las chicas… Había como una juguetería, porque había mamás que tenían que maternar a sus hijos. Fueron nueve días. Obviamente que no lo esperaba, pero la pasé bien porque, como no había hecho nada, nunca en mi vida me victimicé, ni lloré, ni me sentí triste, lo juro por mis nietos y mi hija.

La seña de Galo desde las sombras del estudio rompe el hechizo. El tiempo se agota. La diva debe descansar; mañana le espera una sesión de fotos y una maratón interminable de entrevistas rumbo al gran estreno.
Ese linaje psicomágico que se arma en la serie, con Sofía encarnándote, conecta con el presente. Ella lidera Fea, su banda post-punk, y al principio de la serie vos decís que eras punk. Es una continuidad de tu historia.
Sin dudas. Igual, ella es más rock, más música. Sofía es una melómana perdida, de las que se van a Londres a comprar vinilos y se queda en casa de amigos, hasta trabajó en una disquería del centro y le pagaban con discos. Yo amo Fea, la fui a ver a la casa de Fito [Páez] cuando se presentaron y me mató. Amo que ella necesite mandar toda esa creatividad a la garganta. Ella ama a Lou Reed, a John Lydon, a Lennon, a todos los actores americanos. Sofía es una intelectual gloriosa. ¿Y sabés qué? Yo soy otra intelectual. Somos intelectuales en otro packaging.
Intelectuales de la calle…
¡Calle, cordón, vereda, patio de adelante y patio de atrás! Por eso, cuando John Lydon, el padre del punk, vino con PIL y teloneó Fea, murió por ellos y los agasajó diciendo que era la mejor banda. Ayer terminaron de grabar su primer disco, en el estudio de Leroy, el hijo de Sergio Rotman. La serie la vi con ellos, llorando y riendo. Un Italpark. Yo ya era punk antes de entrar al teatro de revista. Soy la primera punk.
Y la última. Moria se despide con un guiño de pestañas y enfila hacia el camarín. God save the queen.


















