Carolina Kopelioff: Crecer sin despedirse de Nina
Durante casi una década, los seguidores de Soy Luna se negaron a aceptar que la historia había terminado. Conservaron sus canciones, volvieron a recorrer sus episodios y siguieron escribiéndoles a sus protagonistas como si la serie estuviera descansando entre temporadas y no hubiera concluido. La cuarta entrega, según Carolina Kopelioff, existe gracias a esa fidelidad: Una insistencia afectiva capaz de convencer a la industria de que ciertos universos no desaparecen cuando se apagan las cámaras.
Kopelioff vuelve a interpretar a Nina Simonetti, la joven inteligente y tímida que encontró en la escritura una manera de expresar aquello que no se atrevía a decir abiertamente. El personaje fue una de las primeras grandes oportunidades de la actriz y terminó acompañando la infancia de millones de espectadores. Ese reconocimiento, sin embargo, también tuvo un reverso: después de abandonar Disney, Kopelioff debió demostrar que su trabajo podía existir más allá de Nina y que la identidad profesional de una actriz no tiene por qué quedar congelada dentro del papel que la hizo conocida.
La nueva temporada tendrá doce episodios, una estructura mucho más cercana a las series contemporáneas que a las extensas producciones juveniles de sus primeras entregas. Dentro de la ficción han transcurrido cuatro años. Nina conserva aquello que la definía, pero ahora trabaja, ha adquirido experiencia y debe ocupar un mundo que también cambió mientras ella crecía. El regreso no pretende reemplazar la esencia de los personajes por una madurez impostada: busca observar qué queda de ellos cuando la adolescencia ha terminado.
La trayectoria reciente de Kopelioff permite dimensionar esa transformación. Mientras se preparaba para regresar a la luminosidad de Soy Luna, la actriz protagonizó Cautiva, una historia sobre una joven sometida durante catorce años al encierro, la tortura y la privación. Durante el rodaje también interpretó a Nina en La gaviota, de Antón Chéjov, en el Teatro San Martín. Las jornadas la obligaban a pasar de la violencia física y psíquica de la serie a la exigencia de una función teatral, una experiencia que puso a prueba su cuerpo, su voz y su capacidad para sostener dos universos dramáticos cada día.
A ese recorrido se suman Catedrales, adaptación de la novela de Claudia Piñeiro, En el barro para Netflix y una nueva temporada de Máxima para HBO Max. Son trabajos que confirman que Kopelioff no intenta borrar a Nina, sino ampliar el territorio que comenzó a recorrer gracias a ella.
En esta conversación, la actriz argentina reflexiona sobre la gratitud y el peso de un personaje generacional, los cambios del regreso de Soy Luna, la fortaleza que descubrió durante Cautiva y la madurez necesaria para interpretar aquello que una versión más joven de sí misma todavía no habría podido comprender.
Durante años, miles de personas te identificaron como Nina Simonetti. ¿Hubo algún momento en el que esa asociación dejó de ser una ventaja y comenzó a convertirse en una carga?
Creo que hubo distintos momentos. Ahora puedo observar desde otro lugar, especialmente porque vuelve Soy Luna con una cuarta temporada. Siempre ha existido un agradecimiento enorme hacia Disney por haberme dado una de mis primeras oportunidades. Tuve la fortuna de comenzar dentro de una compañía que funciona como una verdadera escuela y de participar en un proyecto con un alcance mundial impresionante.
Trabajé durante cuatro años en la serie y entiendo que el público me asocie con Nina. También me sucede como espectadora: hay actores a quienes relaciono inmediatamente con los personajes que marcaron mi infancia. En ese sentido, lo comprendo y lo agradezco.
Cuando terminó aquella etapa, sí apareció el deseo de emprender otra búsqueda, interpretar otro tipo de personajes y participar en proyectos diferentes. La gente de la industria todavía me relacionaba mucho con Nina y con esa clase de papel. Entonces fue necesario volver a tomar clases, presentarme a audiciones y trabajar para que comenzaran a conocerme de otra manera.
Hubo un momento en el que pensaba: “¿Cuándo van a verme de otra forma?”. Ese proceso puede sentirse pesado, pero requiere mucho trabajo personal y tiempo. Ahora me encanta que las niñas me reconozcan en la calle y me llamen Nina. Significa que el personaje dejó algo en sus vidas. Ha sido una mezcla de ambas cosas: una enorme gratitud y, durante cierto periodo, el deseo de que pudieran verme más allá de ese personaje.

Actualmente, Disney ha estado recuperando varias historias que marcaron a generaciones anteriores. ¿Qué transformaciones encontraremos en esta cuarta temporada de Soy Luna?
Las temporadas anteriores tenían muchísimos episodios. Las dos primeras 80 por entrega y la tercera 60. Esta vez serán 12, así que el tratamiento se acerca mucho más al de las series que vemos actualmente y se aleja de la estructura de una telenovela juvenil o de una tira diaria.
Dentro de la ficción han pasado cuatro años. En la realidad transcurrió más tiempo, por supuesto, pero la historia retoma a los personajes cuatro años después. Para mí, lo más hermoso es que esta temporada se hizo gracias a los seguidores. Llevan diez años apoyándonos. No hay un solo día en el que no reciba algún mensaje relacionado con Soy Luna en mis redes sociales. Creo sinceramente que ellos consiguieron que esto sucediera. Sin ese apoyo, el regreso no habría sido posible.
La serie conserva la esencia de sus personajes. Nina sigue siendo la misma Nina, aunque ahora es mayor, está trabajando, hace aquello que le gusta y ha evolucionado. Sin embargo, sigue siendo reconocible. Eso es lo que más me gusta: la historia no perdió aquello que la definía y creo que es precisamente lo que esperan los seguidores.
También hay personajes nuevos que aportan otro aire y permiten abrir diferentes espacios dentro del universo de Soy Luna. No puedo adelantar demasiado, pero existe una combinación entre aquello que el público recuerda y los nuevos caminos que puede tomar la historia.

Quisiera hablar de Cautiva. ¿Qué descubriste sobre ti durante ese trabajo que quizá no habrías descubierto interpretando otro personaje?
Descubrí una fortaleza física y psíquica muy grande. Cautiva cuenta una historia de tortura, sacrificio y horror. Como actriz, entrar en el cuerpo de un personaje y habitar ese mundo representa un desafío enorme.
Además, mientras filmaba la serie también estaba interpretando a Nina en La gaviota, de Chéjov, en el Teatro San Martín. Filmaba durante todo el día y luego me iba al teatro a hacer la función. Fueron meses muy exigentes; creo que nunca había estado tan cansada. Sin embargo, ese agotamiento también terminó ayudando al personaje.
Tenía miedo de que mi cuerpo y mi voz no pudieran resistir. En las escenas de tortura y horror utilizaba la voz de una manera muy intensa. En esos momentos no siempre puedes controlar los gritos o aquello que ocurre físicamente, y después debía llegar al teatro y sostener una función completa. Fue una prueba enorme, pero lo conseguí. De alguna manera, yo también sobreviví a esa experiencia.
El personaje atraviesa catorce años de vida. Tuve que estudiar cuidadosamente cómo transcurría el tiempo y cómo podía representar su crecimiento. Entre los 18 y los 32 años una persona cambia muchísimo: pasa de la adolescencia a la adultez. Pero crecer dentro de un encierro es muy diferente a hacerlo en una ciudad, acompañado por otras personas y participando de una vida cotidiana.
El desafío era mostrar cómo alguien se transforma después de tantos años de cautiverio y tortura, cómo cambia su cuerpo y qué sucede dentro de su mente. Realicé un trabajo de estudio muy grande, aunque también tuve el respaldo de un equipo extraordinario. Creo que el resultado es una gran serie.

¿La Carolina Kopelioff de 2016 habría podido interpretar a la protagonista de Cautiva?
No, para nada. A veces el tiempo te permite comprender que determinados personajes que querías interpretar cuando eras más joven todavía necesitaban algo que no habías vivido o aprendido.
Ahora tengo 29 años, pero todavía interpreto personajes de 18. El año pasado, por ejemplo, filmé Catedrales, una serie que se estrenará en Amazon. Mi personaje tiene 18 años y atraviesa acontecimientos que transforman su vida hasta conducirla hacia una situación terrible. Puedo aparentar menos edad, pero ahora cuento con una madurez actoral y personal que me permite transitar todo lo que le sucede.
Para interpretar ciertos personajes necesitas haber atravesado experiencias en tu vida y en tu carrera. Debes continuar formándote y crecer como artista. Quizá habría podido intentar hacer Cautiva en 2016, pero creo que el resultado es mucho más interesante ahora.
El regreso de Soy Luna coincide con trabajos mucho más oscuros como Cautiva y Catedrales. ¿Fue una decisión consciente buscar personajes que te exigieran explorar otros territorios?
Creo que Cautiva y Catedrales tienen mucho que ver conmigo y con mi búsqueda personal. Por supuesto, también depende de los proyectos que llegan, pero existe una elección.
Cuando hice la audición para Soy Luna, no soñaba necesariamente con trabajar en Disney. Yo venía del teatro, había estudiado mucho y también tenía una formación cinematográfica. Recuerdo que afronté aquel casting como un juego: si quedaba, sería maravilloso, y si no, mi vida también tenía otras posibilidades. A veces uno llega más liviano a determinados lugares y las cosas suceden. Quedar en la serie fue una sorpresa enorme y terminó siendo lo mejor que podía haberme pasado.
Siempre me interesaron otras clases de producciones, especialmente el cine y determinadas series. Soy Luna fue un regalo gigantesco, llenó mi corazón, me formó como artista y también me ayudó a elegir aquello que ahora deseo hacer.
Cautiva y Catedrales están muy relacionadas con las historias que disfruto como espectadora, las películas y series que me interesan y las actuaciones que admiro. Cuando leí Cautiva, encontré uno de esos personajes que ofrecen una enorme cantidad de posibilidades. Podía investigar, jugar y entrar en un universo tan desconocido como el de un convento de monjas de clausura. Ese tipo de mundos también me atrae como espectadora. Por eso siento que estos proyectos representan aquello que quiero hacer.
Después de haber trabajado en teatro, televisión y cine, ¿encuentras diferencias fundamentales entre la actuación para cada medio?
No creo que sean tan diferentes, aunque existen registros y tratamientos distintos. El teatro exige una presencia particular: la función comienza y continúa sin que nadie pueda detenerla. Para mí representa el mayor desafío.
Creo que todo actor debería pasar por el teatro porque allí se encuentra el origen del oficio. Es un lugar de descubrimiento, crecimiento, ensayo y laboratorio. También permite trabajar profundamente con el cuerpo.
En el cine y las series, la experiencia depende mucho del director, de las posibilidades que ofrece el proyecto y de lo que puede suceder inesperadamente durante el rodaje. Algunas veces llegas y haces una escena de una manera más automatizada porque también es un trabajo y eso forma parte del oficio. Pero hay directores que prefieren investigar durante el rodaje. Entonces vuelves a casa pensando: “Creí que iba a hacer la escena de una forma y terminó saliendo de otra”. Esas sorpresas me encantan.
Yo intento entregarme por completo en todos los medios. Evidentemente, la cámara es una presencia más dentro de la escena, de la misma manera en que el público lo es en el teatro. En el cine se puede trabajar desde un lugar más pequeño y no necesitas proyectar la voz porque tienes un micrófono cerca. Existen esas diferencias técnicas, pero la presencia y el trabajo actoral nacen del mismo lugar.
Además del regreso de Soy Luna, Cautiva, Catedrales y tu trabajo en teatro. ¿Qué otros proyectos puedes adelantarnos?
Este año también se estrenó En el barro. Además, habrá otra temporada de Máxima. Por ahora, esos son los proyectos que puedo mencionar. Espero que lleguen muchas cosas más. Creo que así será.



















