Diego Céspedes: “La ternura también puede ser una forma de resistencia frente al miedo”

Antes de ganar el premio Un Certain Regard en el Festival de Cannes, La misteriosa mirada del flamenco ya era una de las óperas primas más comentadas del año. Diego Céspedes construye una historia situada en el desierto chileno de los años ochenta, donde una comunidad trans vive marcada por un rumor: una misteriosa enfermedad se transmitiría a través de la mirada. Pero, lejos de realizar una reconstrucción histórica sobre el VIH o una denuncia convencional de la discriminación, el director convierte ese miedo colectivo en una fábula profundamente humana sobre la necesidad de pertenecer, de amar y de crear una familia cuando el mundo decide expulsarte.

Con una mezcla de realismo mágico, humor, western, melodrama y poesía, Céspedes evita las respuestas fáciles para hablar de un presente donde los discursos de odio vuelven a ocupar espacios que parecían superados. En conversación con Rolling Stone en Español, el realizador reflexiona sobre la mirada como acto de reconocimiento, la inocencia de la infancia, la importancia del humor como herramienta de supervivencia y la responsabilidad del cine frente a los tiempos que vivimos.

Cortesía de MUBI

La película habla del sida, pero nunca lo nombra directamente. ¿Qué te interesaba trabajar desde el mito y el rumor antes que desde la explicación histórica?

Creo que el problema actual del mundo no es una enfermedad ni un momento histórico en particular. Lo que realmente me interesa es cómo los seres humanos sobrevivimos a los tiempos oscuros. Ese es el verdadero corazón de la película.

El sida es parte del contexto, pero no el centro del relato. Lo hermoso para mí era mostrar cómo un grupo de personas, rechazadas por todas partes, decide irse al medio del desierto para construir su propia familia. Una familia elegida, donde pueden protegerse, sufrir juntos, reírse y creer los unos en los otros.

Por eso la película evita decir la palabra “sida” sin negarla. Esa decisión la lleva hacia un lugar mucho más humano y también hace que dialogue con el presente, aunque esté ambientada en los años ochenta. Al final habla de algo que nunca deja de ser actual: la necesidad de amor, de afecto y de ternura que tenemos todos.

Cortesía de MUBI

¿Qué significa para ti esa mirada que aparece en el título?

Tiene mucho que ver con lo anterior. Creo que mirarse a los ojos es una de las acciones más básicas entre dos seres humanos y, paradójicamente, una de las que menos hacemos hoy.

Vivimos hiperconectados, sobreestimulados, rodeados de información, pero cada vez nos cuesta más detenernos y mirar realmente a otra persona. Cuando uno mira a alguien a los ojos puede descubrir muchísimo.

En la película hay una niña que pierde a quien era su hermano mayor, su madre o como ella quisiera nombrarlo. Después de esa pérdida empieza a preguntarse quién era realmente esa persona, qué significaba esa mirada de amor que recibía de ella. Para mí la película propone justamente eso: volver a mirar el alma de los seres humanos a través de los ojos. Y, en este caso, esos ojos pertenecían a Flamenco.

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¿Qué te permitía contar una niña sobre este mundo que no habría podido contar un adulto?

Los niños todavía no están completamente contaminados por el mundo adulto. A algunos les toca perder esa inocencia muy temprano, pero aún conservan una capacidad extraordinaria para recibir el afecto, la bondad o incluso la violencia sin los prejuicios que vamos acumulando después.

Una niña no se pregunta qué tiene alguien entre las piernas. Esas ideas aparecen más adelante, cuando el mundo empieza a imponer categorías y prejuicios. Ella solamente se pregunta si esa persona le da amor o no.

Esa es la pregunta de la película. ¿Era peligrosa esa mirada? ¿Podía hacer daño el amor de quien te quería? La inocencia infantil era la mejor manera de acercarme a esas preguntas.

El desierto tiene una presencia muy poderosa en la película. ¿Qué encontraste en ese paisaje que no habrías encontrado en otro lugar?

Encontré el abandono. Los lugares abandonados generan una especie de microclima donde las personas terminan comportándose de maneras muy particulares. Empiezan a aparecer los bandos, los enfrentamientos y también formas muy específicas de comunidad.

El desierto me permitía aislar una pequeña parte de la humanidad para observarla con más claridad. Era como decir: “Vamos a estudiar este miedo, esta necesidad de inventar mentiras para no enfrentar ciertas verdades”.

Ese aislamiento convierte al desierto en una metáfora. No habla solamente de ese lugar; habla de todos los pequeños mundos que seguimos construyendo alrededor del miedo.

Cortesía de MUBI

Pensando precisamente en ese miedo, ¿te interesaba mostrar cómo una comunidad puede convertirlo en una forma de violencia colectiva?

Más que la violencia, me interesaba la supervivencia colectiva. Creo que la violencia empieza a deshacerse cuando las personas vuelven a mirarse a los ojos, y eso ocurre literalmente dentro de la película. Lo que me interesaba era recordar que los seres humanos no estamos hechos para la guerra, aunque muchas veces terminemos creyéndolo.

Vivimos en un sistema que nos hace pensar que el conflicto permanente es natural, pero yo no creo eso. Lo verdaderamente humano es encontrar un lugar en el mundo, construir comunidad y sobrevivir junto a otros.

Al final esta película habla de un grupo de personas que decide quererse hasta el final, incluso en medio de la adversidad. Para mí esa es la parte más hermosa de la historia.

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El flamenco es una figura profundamente trágica, pero también muy simbólica. ¿Qué representa para ti el flamenco, no el personaje, sino el ave dentro de la historia?

Siempre he sentido que el flamenco tiene algo profundamente ligado a la diversidad. Hay una elegancia en ese animal, en su cuello largo, en sus piernas, en la manera como ocupa el espacio, que culturalmente siempre ha estado asociada con algo diferente, con una sensibilidad distinta.

Me parecía hermoso tomar esa imagen de elegancia y ponerla al lado de la vulnerabilidad del personaje. Porque la elegancia también puede ser frágil. Hay algo profundamente vulnerable en quienes siguen siendo bellos a pesar de todo lo que han tenido que soportar.

Centrar una película alrededor de esa idea me parecía digno de ser contado.

La película tiene muchísimo humor, incluso en sus momentos más dolorosos. ¿Por qué era importante conservarlo?

Porque el humor ha sido, históricamente, una herramienta de supervivencia para las comunidades travestis y maricas en todas partes del mundo.

Sin humor no somos nada. Si uno no aprende a reírse de sus desgracias, termina viviendo esas desgracias con un peso mucho mayor. El humor permite decir: “Bueno, tampoco es tan terrible… igual nos vamos a morir”. Esa posibilidad de reírse en medio del desastre es profundamente liberadora.

Además, disfruto muchísimo escribiendo humor. Me gusta escucharlo, vivirlo, compartirlo. No podría hacer una película que no tuviera ese espacio para la risa, porque incluso en los momentos más difíciles la vida sigue encontrando maneras de hacernos reír.

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En la película encontré ecos del realismo mágico de Gabriel García Márquez, pero también de Fellini y del spaghetti western. ¿Qué referentes estuvieron presentes durante la construcción de la historia?

La verdad es que nunca trabajo pensando en copiar o seguir conscientemente a otros directores. Siempre me hacen esa pregunta y entiendo por qué aparecen esas asociaciones. Yo mismo puedo reconocer algunas influencias del spaghetti western, por ejemplo. Pero nunca escribí diciendo: “Voy a hacer una escena como tal director”.

Me hice cinéfilo relativamente tarde. Lo que ocurrió fue que empecé a absorber todo aquello que me emocionaba del cine y, con el tiempo, todas esas emociones terminaron mezclándose hasta convertirse en esta película.

Entonces entiendo que la gente encuentre referencias. Me parece maravilloso que ocurra. Pero no son referencias que estuvieran anotadas desde el comienzo del proceso.

¿Hay algún cineasta que ocupe un lugar especial para ti?

Siempre respondo lo mismo: Lucrecia Martel. Para mí es la mejor cineasta latinoamericana viva. Cambió profundamente la forma de hacer cine en nuestro continente. Rompió las reglas tradicionales de la narración y consiguió construir una atmósfera que pertenece completamente a Latinoamérica.

No importa si eres argentino, chileno, peruano, colombiano o brasileño. Cuando ves sus películas reconoces algo muy nuestro, algo profundamente latinoamericano.

La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza me parecen tres películas esenciales. Y además siempre disfruto escucharla hablar. Es una mujer extremadamente inteligente, muy consciente del mundo que estamos viviendo y de la responsabilidad que tiene el cine frente a ese mundo. Para mí sigue siendo una referencia enorme. 

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En los últimos años parecía que la sociedad estaba avanzando hacia una relación más abierta con la diversidad. Sin embargo, hoy vemos un resurgimiento de los discursos de odio, especialmente contra la comunidad trans. ¿A qué crees que se debe ese retroceso?

Creo que tiene una relación muy directa con el crecimiento de los gobiernos de ultraderecha y con todas las estructuras de poder que permiten que esos discursos prosperen. Estamos viviendo una oleada de extrema derecha en distintos lugares del mundo. En Argentina el discurso gira alrededor de la economía; en Chile fue la delincuencia; en otros países aparecen otros argumentos, pero todos terminan apelando a lo mismo: al miedo. 

El miedo es una herramienta política muy eficaz. Una sociedad asustada es mucho más fácil de manipular, y por eso esos discursos necesitan fabricar enemigos constantemente.

Frente a eso, creo que nuestra responsabilidad es seguir contando nuestras historias y recordar que seguimos siendo seres humanos igual de valiosos que cualquier otro. Tenemos que volver a preguntarnos qué significa realmente ser humano. Para mí la ternura, la comunidad y el afecto siguen siendo valores profundamente humanos, y precisamente por eso es tan importante defenderlos.

También tenemos que construir un discurso distinto. La ultraderecha tiene un relato muy claro, aunque esté construido sobre mentiras y sobre el miedo. Nosotros necesitamos construir un discurso igualmente sólido, pero basado en la inclusión, en la conciencia y en la posibilidad de imaginar un mundo donde todas las personas tengan un lugar. Eso puede hacerse desde muchos espacios: desde el arte, desde las calles, desde la política, desde la conversación cotidiana.

Nadie le pide a una película que sea un panfleto, pero sí que sea honesta con el tiempo en el que fue creada. Las obras que permanecen son aquellas que logran contar su época, cualquiera que sea el lenguaje que elijan para hacerlo.

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Para terminar, ¿ya estás pensando en nuevos proyectos después de La misteriosa mirada del flamenco?

Sí. Acabo de terminar un cortometraje que, si todo sale bien, debería estrenarse el próximo año. Y ya estoy trabajando en mi segundo largometraje.

Es una película un poco más grande que La misteriosa mirada del flamenco, pero mantiene los mismos principios éticos y emocionales que guiaron esta primera historia. Al final, más allá del tamaño de una producción, lo importante es seguir haciendo películas desde el corazón.

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