Beéle: “¡No joda! Que la gente te conozca tal y como eres”

La costa Caribe colombiana siempre se ha movido al ritmo del oleaje, que lleva consigo cumbias, mapalés, champetas y muchos otros géneros que, frente al mar, despliegan una energía placentera que desemboca en baile y alegría. Esa esencia se siente plasmada en la música de aquella región; es música para vivir de borondo —un paseo, una vuelta sin un destino o propósito específico—, que ha encontrado en Beéle a un representante capaz de llevar esa energía por todo el mundo con los sonidos del mainstream.

Partiendo de ritmos urbanos, Brandon de Jesús López Orozco ha encontrado su propio camino al entrelazarlos con el dancehall y el afrobeat. Esa fórmula ha convertido a su álbum debut en uno de los lanzamientos más exitosos de la industria en los últimos años y lo ha llevado a colaborar con artistas de la talla de Marc Anthony, Shakira y el británico Ed Sheeran. Borondo es un disco para escuchar sin pensar demasiado, para dejarse llevar y contagiarse de la alegría caribeña que transmite.

Desde pequeño, en el barrio popular Simón Bolívar de Barranquilla, Brandon (más conocido como Beéle) creció rodeado de una cultura que muchas veces no es plenamente reconocida. Es una cultura que no habita los teatros, pero representa buena parte de la idiosincrasia de un pueblo; la manera en que nos relacionamos con los vecinos, ya sea en las fiestas de las tiendas del barrio o en los partidos de fútbol y béisbol que se juegan en las calles.

“Nací en un barrio popular de Barranquilla, rodeado de cultura y de vainas que hoy son las que me caracterizan como artista y como ser humano: la alegría y la emoción con las que siempre me levanto, siempre con la mejor actitud”, expresa. Y es precisamente esa niñez la que hoy lo ayuda a definirse como persona: “Soy una persona de barrio que anda con sus vales [vales significa amigos en la jerga del Caribe colombiano], que disfruta una buena comida de su abuela, que ama las bullas del día a día y las canciones que suenan en cada barrio. Esa alegría es la que nos caracteriza a las personas del Caribe”.

A esa niñez no solo le debe la esencia característica del barranquillero, sino también ese sueño de vivir sin límites. Porque ni la industria misma ha logrado ponerle frenos al alcance global que ha conseguido con su música. “Mi mayor superpoder se lo debo a mi niñez: pensar que nada en esta vida es imposible”, dice al recordar lo más valioso de sus primeros años en el barrio, esos que hoy moldean al artista que es y todo lo que refleja. “En la costa, la lucha por los sueños es un camino que se disfruta. Recuerdo la fuerza de voluntad de mi familia por salir adelante, siempre con una sonrisa en el rostro. Esos recuerdos de cuando era niño son los que hoy, aunque ya he cumplido varios sueños, me siguen recordando quién soy y de dónde vengo”.

Fotógrafia: Rubott @ruboott
Dirección creativa: Saumeth @saumeth

Sin pena y con orgullo, como él mismo lo dice, terminó el colegio “arrastrado” —con la nota mínima, pero suficiente—, porque desde muy pequeño tenía claro que su camino era la música, y más de una vez se quedó dormido en clase. “Yo ya andaba de gira, jodiendo y escribiendo canciones. Era un pelado muy impaciente con lo que me gustaba; siempre estaba creando y disfrutando de la vida”, reconoce. También recuerda una de las historias que marcaron su relación con la música y terminaron por cambiar su destino: “Mi primer sueño fue ser beisbolista. Cuando viví en Venezuela, ese era mi gran sueño. Pero un día, en lugar de ir al entrenamiento, decidí dejar el bate de lado y agarrar una guitarra olvidada que estaba en la casa. Me metí en ese rollo y nunca más salí de ahí”.


“La industria es como si en medio del cielo hubiera un infierno, y eso es importante asimilarlo. […] Mucha gente termina dejando de ser persona por ser artista. Uno debe entender que, dentro de la industria, más que compartir sueños, muchas veces se comparten frustraciones que terminan afectando la salud mental, el corazón y la manera de ver la vida”.


Como les ocurre a muchos artistas, la clase de español fue una de las mayores fortalezas de Brandon. A través de cuentos y poesías, conseguía sus mejores calificaciones, convirtiendo su creatividad en su principal herramienta académica. “Nunca supe cuándo escribí mi primera canción, porque yo agarraba la guitarra y me ponía a crear poemas y a declamarlos. Era mi manera de refugiarme y sentirme bien todo el tiempo. Y así fue con el canto; simplemente buscaba la forma de interpretar lo que escribía. Jamás pensé si cantaba bien o mal; lo importante era el vacile y la diversión. Empecé en la música con el corazón y con lo que naciera de la felicidad. Mi mayor motivación siempre ha sido la alegría que surge de crear desde el corazón”.

Mientras todavía cursaba el bachillerato, las puertas de la gran industria musical se abrieron de par en par para el barranquillero y su propuesta urbana con esencia caribeña. La canción ‘Loco’ fue el primer gran abrebocas de una nueva manera de entender y disfrutar la música urbana. “El día que salió ‘Loco’ fui al colegio a pedirles a los profesores que fueran un poco más flexibles con mis estudios. Les conté que iba a salir esa canción y que, cuando había subido el preview unos días antes, a la gente le había gustado mucho. Obviamente, los profes no me creyeron [risas]. Al mediodía, cuando salía la jornada de la mañana y llegaba la de la tarde, el colegio estaba lleno de pelados. Los profes pusieron la cuenta regresiva de YouTube y sonó la canción por los parlantes. Todos empezaron a rodearme; yo me subí a una mesa y recuerdo pensar, “la gente ya se sabe esta vaina”. Ahí jodimos con todos los estudiantes. En ese momento, les quedó claro a los profes que lo mío era la música y, de cierta manera, ahí empezó este borondo”.

Fotógrafia: Rubott @ruboott
Dirección creativa: Saumeth @saumeth

Desde el enorme recibimiento que tuvo ‘Loco’ hasta el lanzamiento de su álbum debut, transcurrieron casi seis años. Para Beéle, ese tiempo fue necesario porque la vida lo estaba preparando para llegar a la cima. “Ante cualquier adversidad durante esos años, sabía lo valioso que era disfrutarme todo el proceso. Nunca tuve prisa por lanzar un disco y, cuando Borondo llegó a mi vida, ya tenía tanta información valiosa acumulada, que básicamente fue plasmar, de diferentes maneras, mi forma de disfrutar la vida. Por eso Borondo como título; en mis procesos siempre ha estado salir a dar una vuelta sin pensar, vacilar con las panas. Ahí es donde uno muestra su personalidad. ¡No joda! Que la gente te conozca tal y como eres”.

Lanzado hace poco más de un año, y tras superar las expectativas en todos los sentidos, Beéle no cree que su primer disco haya envejecido en lo más mínimo. “Es un disco que cada vez que suena se siente como la primera vez. Todavía siento que fue ayer su lanzamiento. Es un disco que no nació pensando demasiado en un concepto, ni en esas vainas. Yo simplemente hago la misma mondá, algo que disfrute mucho. Eso era lo que quería presentar con mi primer álbum; quién soy y cómo es mi borondo”.

También se sincera sobre su proceso creativo, porque ese cuento de las musas que aparecen de la nada no le convence. “Yo no busco, ni estoy pensando en musas. Cuando una canción llega a mí es como una explosión en la cara que me carcome. Es una conexión con la vida, con Dios y con el universo; un disfrute que fluye con la vida misma. Borondo es esa misma sensación que producen las primeras veces”.

Y aunque Borondo se mantiene atemporal, Brandon sí reflexiona sobre el paso del tiempo: “Donde más se siente el tiempo es en los padres. Con los años, se vuelven más pechichones, más cariñosos y amorosos. Eso es más o menos lo que me pasa con Borondo: cada día le cojo más amor y lo recuerdo con un cariño inmenso”.

También recuerda cómo el álbum lo ha acompañado en distintas etapas de su vida desde su lanzamiento. “No es solo el carácter adictivo del disco, también es la paz que transmite. Hay cosas que, desde que empiezan, uno sabe cómo van a terminar. Te puedo decir, con toda la tranquilidad del mundo, que hay cosas que no puedo explicar, porque ni yo mismo las entiendo del todo, pero este disco fue una vaina de Dios, una vaina del destino”.


“Yo llegué a pesar 134 kilos, pero hubo un momento en el que ya no me aguantaba esa vaina. Te juro que jamás pensé qué opinaba la gente de mi peso o que, por ser artista, tenía que estar flaquito. Jamás. Yo era un osito cariñosito y me lo disfrutaba, pero por salud necesitaba bajar de peso”.


Al preguntarle por su canción favorita o aquella de la que se siente más orgulloso, Beéle reconoce que es imposible escoger una sola. Cada tema tuvo un proceso diferente y, dependiendo del momento que esté viviendo, sus favoritas van cambiando. “La última canción que entró al disco fue ‘Si te pillara’. La escribí tres años antes de que saliera el álbum y durante mucho tiempo fue mi favorita. Después, cuando salió el disco, me fui enamorando de otras como ‘Quédate’, ‘Frente al mar’ y ‘I miss you’. Esas tres las hice faltando apenas tres días para el estreno. Y hoy, un año después, mi favorita es ‘Quédate’. La defiendo a capa y espada porque, cuando la estaba haciendo, ni siquiera la quería escuchar; me daba muy duro todo lo que decía. Ahora la puedo escuchar mil veces y siempre se me eriza la piel porque me recuerda todo lo que sentí alrededor de esa canción. Me revive la pasión y las ganas de seguir componiendo de esa manera todos los días”.

Durante la producción de ese primer álbum comenzaron a llegar las colaboraciones, pero hubo una que terminó marcando la diferencia. No solo confirmó que la música de Beéle estaba destinada a trascender fronteras, sino que evidenció que su propuesta iba mucho más allá de la del típico artista urbano en busca de fama. La voz que se sumó fue la de uno de los grandes referentes de la salsa en las últimas décadas: Marc Anthony.

“Marc es como un padrino musical y trabajar a su lado ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Solo tengo respeto y cariño hacia él”, afirma. También destaca la sabiduría del salsero y la manera en que la música se convierte en un idioma que va mucho más allá de cantar o compartir un estudio de grabación. “La música también conecta cuando compartes un cigarrillo o una cerveza. Esa parte humana es muy especial. Es muy bonito estar al lado de un artista al que terminas admirando más por su humanidad que por su trayectoria”.

Esa humanidad que encontró en el salsero no es algo que aparezca todos los días, mucho menos dentro de una industria tan competitiva y, en ocasiones, tan desagradecida como la musical, donde por la mañana puedes estar en la cima, rodeado de cientos de personas, y por la noche sentirte en el fondo, sin nadie alrededor.

Fotógrafia: Rubott @ruboott
Dirección creativa: Saumeth @saumeth

“Yo no tengo muchos amigos en la industria. Esto es un sistema, y yo lo entendí a tiempo, antes de volverme tan famoso”, reflexiona. Y añade: “Entenderlo temprano te ayuda a conservar tu esencia y a construir una coraza gruesa frente a las malas energías. La industria es como si en medio del cielo hubiera un infierno, y eso es importante asimilarlo. Hay que aprender a verla de manera distinta a la música, porque mucha gente termina dejando de ser persona por ser artista. Uno debe entender que, dentro de la industria, más que compartir sueños, muchas veces se comparten frustraciones que terminan afectando la salud mental, el corazón, y la manera de ver la vida”.

Beéle también considera que la industria puede terminar contaminando a los artistas, y asegura que ese es uno de los aspectos de los que más procura cuidarse. Lo hace vacilándose la vida, con una sonrisa por delante, pero sin bajar la guardia. “Juntos, pero no revueltos”, dice.

Es una reflexión que invita a detenerse y pensar en una industria de la que todos consumimos sus resultados, pero que pocas veces analizamos con detenimiento. ¿Por qué las grandes estrellas sienten la necesidad de protegerse de ella? ¿Qué tipo de presiones recaen sobre quienes están en la cima? Si artistas como Beéle describen la industria musical como un entorno tóxico, quizá sea momento de replantear algunas de sus dinámicas. Al final, detrás del escenario y de los millones de reproducciones, hay personas que enfrentan las mismas emociones y vulnerabilidades que cualquiera.

“Más allá de la música, a la gente le gusta conectar con el personaje, y yo no sirvo para ser un personaje”, dice al hablar de la transformación física que ha vivido durante los últimos años. Para él, ese proceso nunca estuvo motivado por las expectativas del público o de la industria, sino por una decisión personal relacionada con su bienestar. “Yo llegué a pesar 134 kilos, pero hubo un momento en el que ya no me aguantaba esa vaina. Te juro que jamás pensé qué opinaba la gente de mi peso o que, por ser artista, tenía que estar flaquito. Jamás. Yo era un osito cariñosito y me lo disfrutaba, pero por salud necesitaba bajar de peso”.


“No hay nada más bacano que entender que un problema deja de ser problema cuando no tiene solución. Si la cosa se puede arreglar en cinco minutos, bien; y si no, ¿para qué mortificarse? Hay gente que solo viene a joder, y yo no puedo competir con eso”.


Por eso, insiste en que el verdadero objetivo nunca debe ser cumplir con un estándar de belleza, sino cuidar de uno mismo. “Lo importante es tener la voluntad de cuidarse. Hoy en día, las apariencias terminan sobrepasándolo todo y les hacen mucho daño a las personas, tanto en su manera de pensar como en su relación con la alimentación”.

Y claro, como dice él, disfruta el hecho de estar delgado y que las caderas se le vean mejor a la hora de bailar, pero es humano, y en su borondo siempre hay cupo para la buena comida: “Después de los conciertos en Bogotá, y antes de esta gira que voy a empezar por Europa, yo le dije a todo el mundo que me iba a dedicar a comer, me fascina comer, y mala vida no me voy a dar [risas]”. 

Después de conseguir cinco sold out consecutivos en el Coca-Cola Music Hall de Puerto Rico, el siguiente reto parecía igual o más ambicioso: ocho fechas en el Movistar Arena de Bogotá. Un logro de semejante magnitud que, incluso para él, parecía un sueño algo difícil de asimilar. “Yo estaba en Puerto Rico, emocionado por las cinco fechas en la isla, cuando me dijeron que se había vendido la primera del Movistar Arena. Para mí, eso ya era un suceso. Después llegó la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta… y terminamos haciendo ocho. Fue una cosa de locos. Esos conciertos los disfrutamos como Dios manda”.

Tras el éxito de Borondo, el segundo álbum de Beéle se convirtió en uno de los lanzamientos más esperados de su carrera y, al mismo tiempo, en uno de los más inesperados. En lugar de un trabajo en solitario, presentó un disco colaborativo junto al puertorriqueño Ozuna.

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“El encuentro con Ozuna fue algo tan genuino y musical que todo empezó a surgir de manera muy natural. Hicimos una canción, después dos más, y así nació Sthendal, un disco que yo definiría como un big bang. Me atrevería a decir que todo lo que rodeó este álbum ha sido de lo más genuino que he vivido como artista. Salieron esos niños interiores que llevábamos dentro. Siento que este disco fue la antítesis de una industria en la que todos quieren ser alguien, mientras que nosotros solo queríamos disfrutar”.

Haber nacido en la misma ciudad llevó a Beéle a compartir estudio con la artista colombiana más global: Shakira. Lo que comenzó como una colaboración terminó convirtiéndose en una conexión creativa tan natural que ambos llegaron a contemplar la posibilidad de grabar un álbum juntos, siendo ella la única artista con la que el autor de Borondo se imagina emprendiendo un proyecto de ese calibre.

“La química fue increíble trabajando a su lado. Te cuento que tenemos más canciones y hasta hemos pensado en hacer un disco completo, pero Shaki, tú sabes, es una persona muy ocupada y todo tiene su proceso. Nos fue muy bien trabajando juntos y, si algún día hiciera un álbum colaborativo, sin duda sería con Shakira. Ella es una gran artista y, sobre todo, una gran persona. Es la única con quien pensaría hacerlo”.

También recuerda con cariño el primer encuentro con la barranquillera: “Cuando conocí a Shakira le dije, ‘Yo te conozco por mi mamá, porque ella me ponía toda tu música’. Yo, la verdad, me sabía una que otra canción, no era su mayor fan, pero sí la admiraba como la admiramos todos en Barranquilla. Conectamos de una manera muy franca, muy jocosa, mucho más allá de hacer música. Siento que nos conocimos como personas, vacilando. Esa es la verdadera genialidad de trabajar con otro artista: más que lo musical, poder compartir como personas y no como personajes, hablar de la vida, de los sentimientos y de cualquier cosa”.


“Muchas veces lo que construyo con las manos lo he desbaratado con los pies, pero eso también hace parte del aprendizaje, y me permito aceptarlo para seguir avanzando. Las cagadas pertenecen al pasado y no tienen fuerza sobre mi presente”.


“Hay gente a la que le gusta es joder”. Durante los últimos años, además del crecimiento exponencial de su carrera, Brandon también ha estado rodeado de distintas controversias relacionadas con su vida personal que, para bien o para mal, han aumentado su exposición pública. “Como no pueden ver a un pobre acomodado, yo tengo que saber manejar esa vaina. Como te decía antes, en esta industria hay mucha frustración, y eso puede entorpecer el camino de uno o el de alguien más”, afirma. Sin embargo, asegura que nunca ha sentido la necesidad de responder desde la confrontación. “Mi mejor manera de defenderme siempre ha sido mi forma de ser. Hay vainas que no se pueden ocultar: la actitud y los ojos. La mirada no miente. Así es como yo me defiendo: siendo yo mismo en cada situación y sin dejar que tanta habladuría perturbe mi calma”.

Su filosofía frente a la crítica es sencilla: “No hay nada más bacano que entender que un problema deja de ser problema cuando no tiene solución. Si la cosa se puede arreglar en cinco minutos, bien; y si no, ¿para qué mortificarse? Hay gente que solo viene a joder y yo no puedo competir con eso. Lo que se ve no se pregunta, y no hay nada más bonito que callar bocas desde la pasión, la realidad y la conexión humana. A mucha gente le pintan La rosa de Guadalupe y se quedan viendo el capítulo entero”.

Pero incluso en los momentos donde más se habla de él, encuentra un motivo para crear. “Que tanta gente hable de mí me ha servido para desahogarme en la música de una manera jocosa. Si el que nada debe, nada teme, ¿cómo no voy a escribir cul’e vainas tan bacanas? Dentro de tanto problema en el que me han querido meter, de tanto verguero, si todo eso fuera verdad, no tendría este corazón creativo para expresar lo que siento desde el amor. Hay gente que puede hacerlo porque crea un personaje, pero, como te he venido diciendo, yo soy yo en mi vacile”.

En una Colombia profundamente polarizada, el fútbol y la música siguen siendo dos de los pocos lenguajes capaces de reunir al país alrededor de una misma emoción. Ahí, precisamente, parece estar uno de los mayores propósitos de Beéle, aunque él mismo reconoce que no tiene una respuesta definitiva sobre el verdadero sentido de su trabajo. “Hermanito, solo Dios sabe. Yo me la estoy viviendo. Un abrazo, un saludo… siento que el verdadero propósito siempre está en las pequeñas cosas que no tienen precio: la tranquilidad y la felicidad”.

Con el paso de los años, también ha entendido que una persona necesita mucho más que su oficio para sentirse plena, incluso cuando ese oficio es su mayor pasión. “Es importante conocerse como persona y descubrir nuevas pasiones, saber qué capacidades tiene uno como ser humano. La música me reconforta y me ayuda a agradecerle a Dios por los dones que me dio. No te podría decir cuál es el gran objetivo de mi música, pero he vivido tantas altas y bajas que ella es lo único que siempre ha estado ahí. Como dice mi mamá: ‘No me des lo mucho porque la cago, pero tampoco lo poquito porque me pierdo’. Entonces yo siempre busco lo justo”.

Fotógrafia: Rubott @ruboott
Dirección creativa: Saumeth @saumeth

Como uno de los artistas colombianos más influyentes del momento, tampoco quiso dejar pasar la oportunidad de hablarles a quienes sueñan con seguir un camino parecido: “Siempre hay que creer en uno mismo, pero también cuestionarse. Lo más bacano es dedicar la vida a algo que realmente lo haga feliz a uno”.

Y cuando mira por el retrovisor, más que arrepentimientos, encuentra lecciones. “Claro que hay cosas que pude haber hecho mejor, pero desde los 16 años, cuando empezó este borondo, no he tenido mucho tiempo para detenerme a procesar todo lo que me ha pasado. En mi proceso, me he permitido fallar porque soy humano y no un personaje. Muchas veces lo que construyo con las manos lo he desbaratado con los pies, pero eso también hace parte del aprendizaje, y me permito aceptarlo para seguir avanzando. Las cagadas pertenecen al pasado, y no tienen fuerza sobre mi presente”.

Su reflexión final resume una filosofía con la que ha decidido caminar por la vida: “Uno es bendecido para bendecir. No me arrepiento de nada porque todo deja un aprendizaje. Obviamente, uno no quiere seguir equivocándose, por eso el camino siempre es seguir aprendiendo”.

¿Cómo imagina el futuro? La respuesta llega sin dudar: “Seguir disfrutando y pensando que el amor está por ahí”. Para Brandon, el mañana solo puede construirse desde el presente. “El futuro se construye viviendo el presente con mucha pasión, siempre con Dios por delante, descubriendo nuevas pasiones y entendiendo para qué soy bueno. Quiero seguir dando amor y crear momentos inolvidables para el mundo”.

Y ¿cuáles son esas nuevas pasiones? “Ahora soy surfista profesional [risas] y también estoy perfeccionando mis artes culinarias. La gastronomía me apasiona muchísimo; evidentemente fui un buen gordito. También me gusta dibujar garabatos, y siento que eso hace explotar mi creatividad desde las pequeñas cosas”.

Hay mucho más detrás del borondo por el que transita Beéle de lo que alcanza a percibirse a simple vista. Hay certezas y también dudas, pero, sobre todo, una forma de entender la vida desde la autenticidad, la calma y la alegría. Quizá ese sea el verdadero secreto de Brandon de Jesús López Orozco: haber convertido el disfrute en una filosofía y el borondo en una manera de habitar el mundo. Porque, al final, no siempre hace falta preocuparse tanto en busca de la felicidad.


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