Adriana Lucía: el orgullo de ser pueblerinos
Llevar con orgullo nuestro canto. Durante las últimas décadas, el amor por nuestras músicas y cantos ha crecido de manera sustancial. Artistas como Carlos Vives, Adriana Lucía y Fonseca han entrelazado los sonidos del folclor con elementos más modernos y han logrado resaltar la música colombiana alrededor del mundo.
Pero, ¿qué tanto reconocimiento les damos a los lugares donde nacen esos sonidos del folclor que nos representan globalmente? ¿Por qué seguimos mirando de forma peyorativa a las personas que nacen y crecen en los pueblos? Justamente, en respuesta a esas y otras preguntas similares, es que Adriana Lucía lanza ‘Pueblerina’, una canción que exalta el amor por el pueblo y todo lo que representa para nosotros. Porque la raíz que nos hace colombianos no está en las grandes ciudades: está en las periferias, en esos lugares en los que, como dice Iván Benavides: “Tengo la posibilidad de mirar el mundo con asombro, de descubrir la belleza en las periferias. Estoy convencido de que las grandes innovaciones no vienen de las ciudades ni de las academias, sino de los márgenes”.
Acabas de lanzar ‘Pueblerina’ hace poco. ¿De dónde nació esta canción?
Llevo varios años con esta idea sobre lo que significa ser de pueblo. En Bogotá, donde confluyen personas de todas partes, es inevitable escuchar términos como “provinciano”, “pueblerino” o expresiones como “regrésese para su pueblo”. Pero, pese a todo eso, yo amo a Bogotá y siempre me he preguntado por qué hay gente que ve el hecho de regresar al pueblo, o ser de pueblo, como algo malo. La próxima vez que alguien me diga: “Regrésese a su pueblo”, le voy a responder que eso me encantaría [risas].
Esa percepción de la palabra “pueblerino” como algo negativo me ha venido taladrando durante los últimos años. Entonces empecé, durante los conciertos, con un discurso que decía: “Esta canción va dedicada a todos los pueblerinos del mundo”, y la gente se ponía feliz. Había una gran aceptación, no solo en los pueblos, sino también en las ciudades. Ahí empecé a pensar cómo convertir ese discurso en una canción.
La canción se llama ‘Pueblerina’, pero algo curioso es que en ningún momento digo esa palabra. Es la historia de una pueblerina que tiene una pareja, y lo que más me gusta es cuando ella le dice a él: “Ya voy a mitad de camino acordándome de ti / De cuando tú me decías: tú no eres de por aquí / Decías que eso te gustaba y ahora me vas a decir / Que no vaya pa’ mi pueblo, pues me voy contigo o sin ti”. Esa parte me gusta mucho porque todo el mundo empieza diciendo: “Ay, tan lindo como hablas”, “qué chévere tener un pueblo para pasear”, y después dicen: “Qué pereza irse para ese pueblo”. Por eso, esa parte de la canción me encanta.
Tengo un gran orgullo por ser pueblerina. Yo, como mujer Caribe que soy, y ahora que mi región está tan de moda, quisiera recordar cómo a Lucho Bermúdez al inicio le decían que su música era “para negritos”, o cómo a Totó la Momposina, tras su muerte, todo el mundo le mostró admiración, pero antes le decían que lo que hacía era “bulla”. Entonces siempre me he preguntado cómo hacer entender a la gente que Colombia es un país de regiones, pero que tenemos muchísimas similitudes y no deberíamos centrarnos tanto en las diferencias. Me he dado cuenta de que los campesinos y los pueblerinos de todas las regiones nos parecemos mucho: tenemos los mismos códigos, confiamos en la palabra, en las encomiendas, en pasear por el pueblo.
Yo tengo la percepción de que las periferias y los pueblos son los que, en realidad, tienen esa raíz que nos hace colombianos.
Totalmente. Me encanta eso que dices, es la primera vez que un periodista me lo plantea así.
Hay cosas evidentes que vienen del campo: la fruta, las verduras… pero para la gente no es tan evidente que la poesía y el folclor también brota del campo. Los fundamentos —no solo en Colombia, sino en el mundo entero— vienen del campo. El blues, el soul e incluso el rock & roll tienen un origen profundamente campesino, profundamente pueblerino. Y ahí hay algo curioso: nosotros, para creernos chéveres, necesitamos que alguien más venga a decirnos que lo somos.
Yo me veo reflejada en Bad Bunny. Ambos hacemos parte de ese gran Caribe, y los campesinos de él seguramente son iguales a los míos. Y ese campesino también se parece al antioqueño, porque aunque Antioquia se considere un departamento montañoso, con el carriel como símbolo, ellos también tienen Caribe: cantan bullerengue y tienen una comunidad afro muy poderosa. Pero esa parte muchas veces es invisibilizada por los mismos antioqueños. Y lo digo porque, al final, somos mucho más parecidos todos los pueblerinos de lo que uno se imagina.
Bogotá, esta ciudad tan inhóspita, donde parece que cada quien tuviera que salvarse como pueda, hace que los pueblerinos amemos más a nuestros pueblos. Porque muchas veces el pueblerino no ama realmente a su pueblo hasta que se va. Bogotá despierta lo que yo llamo “la teoría de la yuca”: cuando yo vivía en mi pueblo no me gustaba para nada la yuca, pero cuando empecé a vivir en Bogotá, empecé a extrañar hasta la yuca.
El video de la canción es hermoso porque yo fui a este pueblo —Nariño o Nariño Gallinazo, cerca de Lorica— a entregar ayudas durante una inundación. Y todavía conservaba una arquitectura y una esencia muy de pueblo, porque con el paso de los años muchos pueblos han ido perdiendo identidad. En ese momento me parecía inmoral hablar de grabar un videoclip en medio de la inundación, pero les dije que cuando bajara la marea regresaríamos para hacerlo allá.
Cuando llegamos a grabar, nadie se lo esperaba. Y yo no quería que la gente apareciera posando, como pasa a veces cuando los creadores de contenido entregan mercados y convierten todo en espectáculo. Al final logramos un video hermoso, lleno de simbolismos: las gallinas, el pavo, las casas, los techos, la bicicleta… y que la gente se vistiera como normalmente lo hace. Quitamos muchos clichés y mostramos la realidad.
Algo muy bonito fue que, en el video de expectativa, cuando le preguntábamos a la gente “¿quién eres?”, respondían: “soy hijo de la señora que vendía carimañolas”, o cosas por el estilo. Y eso demuestra cómo la identidad de cada persona está profundamente ligada a su familia y cómo cada familia le aporta algo a la comunidad. Recorrimos varios pueblos durante la grabación del videoclip.
¿Qué nos puedes contar de este nuevo proyecto que inicia con ‘Pueblerina’?
Más que una canción, es el hilo conductor de todo lo que viene. Es la piedra angular de esto que estamos construyendo: reivindicar el orgullo de ser de pueblo.
Es una canción que combina afrobeat con cumbia y que tiene un elemento muy especial: la flauta de millo, un instrumento hecho con las cañas que brotan del campo y que, para mí, se entrelaza perfectamente con esta canción moderna, en la que experimentamos mucho con los beats y con la búsqueda de que sonara tanto a cumbia como a afrobeat. Porque el afrobeat ha estado presente desde siempre en el Caribe y en las Antillas, pero el simple hecho de compartir territorio no significa necesariamente que conecte con la cumbia. Entonces fue un experimento muy bonito poder entrelazar estas dos músicas.
Lo que viene es preservar la esencia sin negarme a los tiempos de ahora. Parte de mi misión en la vida es conectar generaciones y conectar al campo con la ciudad. ‘Pueblerina’ es la puerta de entrada a un universo que apenas comienza.
Acaba de morir Totó la Momposina. Cuando hablamos de tu último disco también hablamos de lo que significó para ti cantar ‘La candela’. ¿Cuál crees que es el gran legado que dejó y qué nos puedes contar de ella?
Fue hermoso haber podido rendirle homenaje en vida, haber grabado ‘La candela’ y, mucho antes, ‘La piragua’. He cantado junto a los tambores de Totó en Mompox y compartí tarima con ella en su último concierto.
Totó la Momposina es la gran matriarca, la gran arquitecta de nuestra identidad colombiana; una mujer profundamente valiente. Ella hizo popular la música del pueblo, la música del agua que viene del río. Fue una de las grandes responsables de construir esa identidad colombiana desde la música, y además cantó boleros, baladas… era una genia.
Cuando yo nací, ella ya estaba grabando un disco en Inglaterra. Hizo siempre lo que quiso y fue una fuerza noble y rockanrolera sobre el escenario. Es totalmente irremplazable y nos dejó un compromiso enorme: mantener vivo ese legado de identidad colombiana, entender cómo sonamos, reconocer los golpes de tambora, la cumbia, el bullerengue, los bailes cantados… una maestra en todo el sentido de la palabra.
Hablando de eso, ¿cómo ves el futuro del folclor?
Soy una persona positiva y creo mucho en las nuevas generaciones. Y, hablando de eso, odio la expresión “generación de cristal”, entre otras cosas porque tengo un hijo.
Veo a muchos jóvenes realmente interesados en aprender sobre el folclor, en investigarlo y entenderlo. También veo que es un camino difícil y que no es tan romántico como a veces parece. Los medios tradicionales suelen mirar el folclor desde la apreciación, pero no siento que exista un verdadero trabajo de continuidad. En cambio, sí veo a muchos medios independientes haciendo cosas muy valiosas con nuestras músicas. Los medios tienen que dejar de mirar el folclor desde una perspectiva contemplativa y paternalista, y empezar a involucrarse realmente con la cultura.
La música es un elemento cambiante y, aunque hay muchas personas haciendo música desde lo estrictamente tradicional —lo cual me parece fantástico—, también hay pelados a los que les encanta fusionar y están haciendo cosas muy interesantes. Pero siempre partiendo del conocimiento y del respeto por las raíces.
En un mundo cada vez más homogéneo, saber quiénes somos y cómo sonamos también se convierte en una forma de ser disruptivos.















