El regreso de los reyes: en el backstage de la gira Fifty Something de Rush
En su largo camino para volver a ser Rush [la banda que se presenta en Buenos Aires el próximo 15 de enero], Geddy Lee y Alex Lifeson superaron la muerte, la enfermedad, la edad, las dudas personales y —en el caso de uno de ellos— un hábito de consumo de marihuana que se remontaba a 1966. Lo que no previeron fue la niebla.
A principios de junio, la banda estaba a punto de ofrecer su primer concierto en 11 años, dando inicio a la gira Fifty Something. Aquel domingo a la noche, entre bastidores en el Kia Forum de Los Ángeles, Lee se sentía tenso; Lifeson, no tanto. “Sorprendentemente, no estaba tan nervioso”, comenta el guitarrista. Al llegar la hora del show, las pantallas que rodeaban el escenario comenzaron a elevarse, revelando dos siluetas familiares —ambas con guitarras de doble mástil— envueltas en densas nubes de humo. Lifeson apoyó el pie en el pedal de volumen, listo para liberar las notas crecientes que dan inicio a “Xanadu”, el tema de 1977.
Mientras el humo se arremolinaba, sentía el peso de casi seis kilos de su guitarra sobre la columna, pero no lograba ver ni un solo traste. Por un instante, al menos, esa sensación de “no estar tan nervioso” dio paso a un pánico casi total. A pocos metros, Lee miró de reojo un pequeño espejo diseñado para permitirle ver a la baterista Anika Nilles. Entre la bruma, había perdido la visibilidad. “Nos estábamos ahogando en la niebla”, dice Lee, riendo ante lo absurdo de la situación, digna de Spinal Tap.

Casi cegados pero impertérritos, arrancaron con la canción. En los primeros instantes de su primer concierto con Rush, Nilles se lanzó a toda velocidad por la larga sucesión de redobles enfáticos que marcan la introducción de “Xanadu”. Al cabo de un minuto, golpeaba con fuerza el acompañamiento —cargado de toms— de un riff sinuoso. “No la cagues con este redoble”, recuerda haberse dicho justo cuando su mano izquierda perdió el agarre: “Vi el palillo volar por arriba de los toms“. Falló un solo golpe de batería —lo suficiente para provocar una mirada de preocupación en Lee— antes de seguir tocando con una sola mano. En esa misma fracción de segundo, logró atrapar el palillo rebelde en el aire, darlo vuelta y continuar. “Son cosas que pasan”, comenta, sin inmutarse. “Se te cae el palillo. Como baterista, estás acostumbrada”. (“Es una profesional”, añade Lee. “Estuvo a la altura de las circunstancias en la noche del debut”).
A sus 43 años, Nilles —nacida en Aschaffenburg, Alemania— es tres décadas más joven que sus nuevos compañeros de banda. Cuando nació, Rush estaba a punto de grabar su décimo álbum, Grace Under Pressure. Aunque ha sufrido miedo escénico en el pasado, en la noche más decisiva de su carrera se mostró lo bastante relajada como para sonreír justo después de recuperar el palillo. Ayudó el hecho de haber meditado durante 45 minutos antes del concierto, como parte de una “rutina de calma”. “En cada parte de la canción”, explica, “tenía que guiarme un poco a mí misma —especialmente en el primer concierto— para no dejar que la mente se me fuera”. Intentaba no pensar en la magnitud de la situación. “Todo eso ayudaba a no darle demasiadas vueltas a lo importante que es ese puesto y al papel que desempeño en el escenario. Vivir el momento, estar presente, mantener la concentración”.
El puesto que ella ocupa pertenecerá, por supuesto, siempre a Neil Peart, quien falleció de cáncer cerebral en 2020. Aquella noche en Los Ángeles fue el primer concierto de Rush sin él desde su debut, el 14 de agosto de 1974. Peart era un virtuoso único, uno de los mejores bateristas que ha conocido el rock; sus partes, de una complejidad descomunal, eran tan intrínsecas al sonido de Rush que la idea de reemplazarlo pareció durante mucho tiempo inconcebible. También era el letrista de la banda, aportando al mayor power trio de Canadá su ambición intelectual y su alma poética, tras algunas entrañables incursiones en la ciencia ficción y la fantasía durante sus inicios. “Solo somos inmortales”, canta Lee en “Dreamline” (1991), “por un tiempo limitado”.
Sin embargo, para esta gira estaba decidido a demostrar lo contrario. El líder, bajista y exigente director de Rush no solo estaba resucitando una banda que había desaparecido, sino que albergaba ambiciones desmesuradas —casi masoquistas— para su nueva encarnación. “Así soy yo”, dice Lee. “Estoy loco”. Los músicos —entre los que ahora se incluía el tecladista Loren Gold— tendrían que aprenderse más de 40 canciones, muchas de ellas cargadas con más giros musicales que los álbumes completos de otras bandas. Se prepararon cuatro repertorios alternos, cada uno repleto del material más complejo de un catálogo famoso por su dificultad de ejecución; la primera cara completa de 2112 era solo el comienzo. La presencia de Gold al menos libró a Lee de tener que tocar los pedales de bajo con los pies durante las partes de teclado, aunque él sigue encargándose de algunos de los riffs de sintetizador más característicos.
“¿Por qué lo hacés? Es una prueba”, dice Lee, que cumplió 73 años en julio. “¡Es como aullarle a la luna! Es decir: ‘Ya tengo esta edad. ¿Todavía soy capaz de hacerlo?’. Esos momentos de duda… por supuesto que todos los tenemos. Anika también los tiene, y ella es mucho más joven que nosotros, al parecer. Es parte de ser humano. Siempre dudás de si podrás exigirte al máximo”.

Para Lifeson, esa lucha fue real y visceral. “Durante el último mes de ensayos”, cuenta, “hubo momentos en los que me sentaba al borde de la cama a las dos de la mañana y pensaba: ‘¿Tomé la decisión correcta? ¿Podré hacerlo? ¿Podré tocar? ¿Estoy a la altura?’. Recién el domingo, cuando dimos el concierto, todo pareció canalizarse y fluir. En ese instante pensé: ‘Sí, todo esto ha valido la pena. Acá es donde realmente soy feliz’. Esta semana estoy cansado, pero estoy realmente, sinceramente feliz”.
Lee quería volver a los escenarios desde el momento en que la banda se despidió en agosto de 2015, pero confirmar la gira implicaba meses de trabajo arduo y serio. Su hija, Kyla, comentó que apenas vio una sonrisa auténtica en él durante un año y medio. “En mi trayectoria como músico, no creo haber ensayado nunca tanto, ni individualmente ni como banda”, afirma Lee. “Por supuesto, era necesario, ya que se trataba de una tarea monumental… En el último mes y medio, creo que llegamos a tocar el show 24 veces en 27 días. Hacía mucho tiempo que no pisábamos un escenario, y pusimos todo nuestro corazón y alma en dar forma al concierto y perfeccionar nuestras partes. Y cuando se levanta el telón, nunca sabés qué versión tuya va a aparecer”.
Dejando de lado los nervios del estreno, el primer concierto resultó ser un triunfo; el público acogió a Nilles de inmediato, e incluso con gratitud. Para la tercera o cuarta noche, cualquier nerviosismo residual había desaparecido. Lifeson recorría el escenario intentando hacer reír a la nueva baterista. “Estamos mucho más sueltos que antes”, dice Lee. “Más bromistas”.
En más de una ocasión, Lee no pudo evitar saltar en el aire mientras tocaba con fuerza, por ejemplo, los riffs de “Red Barchetta” o el clímax de “La Villa Strangiato”. ¿Alguien le sugirió que, para un septuagenario con meses de conciertos por delante en todo el mundo —incluidas dos etapas de la gira por Canadá, su tierra natal—, despegar los pies del suelo tal vez no fuera la mejor idea? “Sí”, responde Lee con una sonrisa pícara. “Mi entrenador. Mi mujer. Mi hija”.

Hace apenas dos años, Lifeson me aseguró que tenía la decisión tomada. “No hay ninguna posibilidad de que busquemos baterista y volvamos a salir de gira como el renacimiento de Rush o algo por el estilo”, declaró en mayo de 2024. Él y Lee acababan de empezar a tocar temas de Rush en privado de nuevo, pero Lifeson insistía en que lo hacían solo por diversión. Estaba grabando con una banda llamada Envy of None, pero, por lo demás, parecía un hombre en paz con su semiretiro. “Realmente sentiría que estaríamos cometiendo una injusticia con nuestros fans y que eso sería simplemente una forma de ganar plata”. Unos meses más tarde, en otra entrevista, fue aún más allá y calificó la gira R40 como un momento culminante: “Supongo que prefiero que se me recuerde por ese legado antes que volver como la mejor banda tributo a Rush”.
En septiembre de 2022, durante dos conciertos en homenaje al fallecido baterista de Foo Fighters, Taylor Hawkins, Lee y Lifeson actuaron juntos por primera vez desde la muerte de Peart, acompañados por una rotación de distintos bateristas. Anteriormente, habían dejado claro que Rush había llegado a su fin: “Eso se acabó, ¿verdad? Ya terminó”, me dijo Lee a finales de 2020. Sin embargo, tras volver a sentir sus canciones en los dedos, ya no estaban tan seguros; además, influyó que Paul McCartney los animara a volver a las giras en el backstage, tras el primer concierto en el estadio de Wembley. Poco después, Lifeson se mostró entusiasmado con la idea por un momento, pero luego pareció cambiar de opinión. Lee insistió, aunque, con el tiempo, empezó a encontrar cada vez más desconcertantes los comentarios que Lifeson hacía en las entrevistas. “Al es muy dado a decir una cosa a la cara y otra muy distinta en público”, comenta ahora Lee. “Te quedás pensando: ‘Vaya, qué interesante’”.
Lifeson se encoge de hombros. «Sí, es verdad que suelo hacer eso». Están sentados uno al lado del otro en el estudio del sótano —tenue y oscuro— del hotel Sunset Marquis, en West Hollywood, el mismo donde solían alojarse en los años setenta.

Lee siente un cariño inmenso por su mejor amigo, pero hubo un aspecto de los comentarios públicos de Lifeson que le resultó intolerable. “Sé cómo se siente y cómo se ha sentido durante mucho tiempo”, dice Lee. “Ante todo, somos amigos. Pero… cuando oí aquello sobre el homenaje, pensé: ‘¡Son tus canciones, cabrón!’. ¡No somos una banda tributo! Esas canciones nos pertenecen tanto a nosotros como cuando estaba Neil. Forman parte de nosotros. Son parte de tu alma. Son parte de tu corazón. Y, cuando volvimos a tocarlas juntos, fue algo que se despertó en él”.
Lifeson cree que intentaba enviar mensajes a través de la prensa que no se atrevía a decirle a Lee a la cara. “Quizás intentaba dar una señal”, comenta. “Quería crear una especie de muro que no tuviera que saltar, diciendo: ‘Ah, no, no quiero estar en una banda tributo a Rush’, bla, bla, bla”.
Como me contó Lifeson en 2024, su reticencia era tanto física como emocional. Tras dos operaciones fallidas, sufrió parálisis estomacal —gastroparesia—, lo que le provocaba náuseas constantes. También padecía artritis en las manos, aunque la medicación mantenía el problema bastante controlado. Además, le aterraba la idea de salir de gira. “Una habitación de hotel puede parecer una cárcel”, dice. “Puede ser un lugar solitario. No sabía si realmente quería hacer eso”.
Empezó a cambiar de opinión el año pasado, durante una estancia en VivaMayr, una prestigiosa clínica de bienestar situada junto a un lago en la campiña austriaca; allí, el personal diseña programas nutricionales personalizados y bajos en calorías, te masajea el estómago a diario y te enseña a masticar el pan cuarenta veces. Lee decidió acompañarlo “para darle apoyo moral” y terminó disfrutando de la experiencia, a pesar de la prohibición de consumir alcohol y cafeína. Lifeson perdió unos 13,6 kilos a lo largo de dos visitas y aprendió a tratar sus problemas digestivos. “Realmente me pusieron en el buen camino”, afirma.
Durante la estancia, ambos montaron un estudio en la habitación de Lifeson con equipos traídos de casa e instrumentos conseguidos en un negocio local. Cada día, tras los tratamientos, se ponían a hacer música. “Empezamos a meternos de lleno”, cuenta Lee. “Y cuando combinás esa sensación con el hecho de que él se sentía bien, creo que eso fue lo que le convenció de que tal vez debíamos plantearnos la idea”.
Lee acababa de terminar su tercer libro y empezaba a sentir inquietud. “No me gusta estar sin proyectos. No soy feliz si no tengo algo que me mantenga ocupado”, asegura. “Pensé: ‘Muy bien. Es hora de escribir letras. Es hora de poner los dedos en forma’”. Durante un tiempo, supuso que tal vez estaba trabajando en su primer álbum solista desde el año 2000, o quizás en su primera gira. Algunas de las letras que escribía le parecían demasiado personales para Rush; por no mencionar que no había cantado sus propias letras con la banda desde el primer álbum, antes de que Peart se uniera al grupo. “Pero antes de llegar a ese punto —dice—, surgió la chispa”.

Lifeson tuvo que admitirlo. “Cuando nos sentamos a hablar, no se trataba de formar una banda tributo a Rush”, comenta. “Se trataba de ser Rush. En una de sus mejores versiones. Y eso era algo completamente distinto”.
A Lifeson le quedaba un cambio de vida más. Empezó a fumar marihuana a los 13 años y, aunque tuvo periodos de abstinencia, el faso había sido un compañero bastante constante durante las últimas dos décadas. “En el estudio, la disfrutaba”, dice. “Notaba que despertaba una creatividad diferente a la del mundo sobrio”. Cuatro meses antes de que comenzara la gira, a los 72 años, lo dejó.
Cuando se colocaba por la noche y agarraba la guitarra —siguiendo su ritual habitual—, “no tocaba tan bien. Empecé a tener sensaciones negativas sobre mi confianza y sobre lo que nos esperaba. Estábamos a mitad del proceso. Era demasiado tarde para bajarse de aquel barco que surcaba el mar a toda velocidad. Pensé: “Esto está interfiriendo en cómo debería funcionar mi cerebro y en el tipo de concentración y disciplina que, de repente, realmente quería tener en mi vida”.
Emprendió una campaña radical para deshacerse del THC. “Me levanté, fui al baño, agarré todos mis frasquitos de hierba y las pipas, y los tiré a una bolsa de basura”, cuenta. “Luego fui a la cocina, recogí todas las pipas y lo tiré todo a la basura. Después fui al estudio, vi un recipiente con cigarrillos de marihuana ya armados y pensé: “Vaya, estos me encantan. Quizás debería quedármelos”. Pero enseguida me dije: “Al, esa no es la idea”. Así que también los tiré. Fui a todos los rinconcitos donde guardaba mis reservas. Terminé con una bolsa de basura llena de pipas, bongs y hierba, hierba, hierba, hierba. Todos mis amigos me decían: “¿Por qué lo tiraste? Deberías haberme llamado. Habría estado encantado de quedármelo”.
Inicialmente planeaba abstenerse durante una semana, y luego un mes. “El THC suele permanecer en el organismo unos 30 días”, comenta. “Llegué al mes y pensé: ‘Dios mío, tal vez debería intentarlo durante dos años, toda la gira’”. No se arrepiente en absoluto. “El otro día estaba en el escenario y pensaba: ‘Gracias a Dios que ya no fumo’, porque tengo la mente mucho más despejada. Ya no postergo las cosas como antes. Mi memoria ha mejorado muchísimo. Son todas esas cosas que te dicen sobre el cannabis; yo nunca me las creí”. También ha dejado prácticamente de beber. “Ha sido una experiencia realmente positiva. No me lo esperaba, y de hecho esperaba que no fuera así”.
La atención de Lifeson por los detalles puede rivalizar fácilmente con la de su compañero de banda. Para esta gira, decidió prescindir de los amplificadores de guitarra en favor de la emulación digital, configurando los sonidos para que coincidieran exactamente con los amplificadores y efectos de estudio utilizados en cada canción. “Tiene una configuración de pedales y sonidos increíblemente compleja”, dice Lee, “simplemente porque quiere que cada momento de la canción sea fiel al momento original”.
Lifeson estuvo ajustando esos sonidos durante todos los ensayos, y a Lee no siempre le hacían gracia los retrasos de 30 minutos que eso provocaba. Incluso con la gira ya en marcha, sigue retocando esos ajustes preestablecidos. “Siempre hay algo que quiero mejorar un poco”, dice Lifeson. “Y me gusta. Eso es lo que me motiva. Así funciona mi cerebro”.
Lee se ríe. “Es un guitarrista de pura cepa. Hay una vieja broma de estudio sobre un guitarrista buscando un sonido. El productor dice: ‘¡Es eso! ¡Perfecto!’. Y el guitarrista responde: ‘Ok, voy a cambiarlo’”.

“¿Cómo reemplazás a alguien que es insustituible?”. Esa, en palabras de Lee, era la pregunta que flotaba en el ambiente.
En el otoño de 2022, John “Skully” McIntosh, técnico de bajo de Lee desde hacía mucho tiempo, salió de gira con Jeff Beck. Beck había reclutado a una nueva baterista con un gran número de seguidores en internet, Anika Nilles, y Skully se fijó inmediatamente en ella. Se puso en contacto con Lee —que acababa de actuar en los conciertos homenaje a Hawkins— para sugerirle que colaborara con ella.
Lee la buscó en YouTube. En los vídeos de la gira con Beck, Nilles —que tocaba con lentes de sol— mostraba un groove al estilo de John Bonham, ejecutando con soltura el material más complejo de Beck y los hi-hats frenéticos de “Stratus” (de Billy Cobham), mientras desplegaba una sucesión de redobles demoledores. En los clips de temas propios como “Alter Ego”, su forma de tocar es más abiertamente técnica, con partes que cambian constantemente y un notable sentido de melodía percusiva, todo ello mientras juega con polirritmias y compases inusuales. Incluso existe un vídeo didáctico en el que enseña a otros bateristas a pensar en quintillos.
Lee, que sabe un par de cosas sobre la excelencia en la batería y los compases complejos, quedó impresionado. “Pensé: ‘Dios mío, es buenísima’”, comenta Lee. “Es muy interesante. Tiene un gran carisma, un carisma personal y un estilo propio”. Guardó el nombre en su memoria, pero, según cuenta, se lo mantuvo en reserva durante tres años.
Una vez que Lifeson se sumó plenamente al proyecto, el guitarrista sugirió “otros músicos en los que quizás había pensado y que podrían encajar para el trabajo”, recuerda Lee. Sin embargo, le pidió a Lifeson que echara un vistazo a Nilles. “Entiendo qué es lo que te gusta de ella”, dijo Lifeson. “Es realmente buena”. Skully hizo la llamada, la presentación por Zoom salió bien y Lee le lanzó la invitación: “¿Te gustaría venir a Toronto para improvisar y tocar un poco?”.
A pesar de la maestría de Nilles, Lee y Lifeson no terminaron de convencerse del todo hasta el quinto día de aquella audición informal. Ella era tan conocida en su ámbito que ya había aparecido en la tapa de Modern Drummer en 2017, pero la gira con Beck había sido su único trabajo de gran repercusión en el circuito comercial. Beck nunca le dijo a Nilles qué tocar ni cómo hacerlo, lo que la dejó con ideas preconcebidas poco adecuadas para Rush. “No estaba segura de si debía preparar hasta el último detalle”, comenta, “o si bastaba con dominar las partes principales y permitirme cierta libertad aquí y allá”.

En aquellos primeros días, al principio no lograba captar la esencia de “Tom Sawyer” —aunque sí dominaba los redobles— y, en “Subdivisions”, tendía a añadir complejidad extra a las partes de Peart, que ya de por sí eran muy elaboradas. “Muchas notas de adorno innecesarias”, comenta Lee. “Creo que no entendía del todo cuál era su cometido”. Una vez que comprendió hasta qué punto Peart —quien se definía a sí mismo como un “baterista de composición”— integraba sus partes orgánicamente en la música, “empezó a escuchar las canciones de una manera muy distinta”, añade Lee.
Lograrlo supuso dejar atrás rápidamente algunas de las habilidades que tanto le había costado perfeccionar. Su elegante forma de tocar “esas semicorcheas furtivas” en el charleston —uno de los elementos distintivos de “Tom Sawyer”— simplemente no sonaba bien. Para conseguir ese sonido tan robótico e imponente de Peart, tenía que golpear con más fuerza, imprimiendo el mismo impacto en cada nota y utilizando el antebrazo en lugar de la muñeca. En viejas entrevistas, hablaba de usar la técnica para compensar lo que ella consideraba una mayor fuerza física de los bateristas hombres. Para Rush, decidió simplemente ganar fuerza, algo que se percibe en cada golpe de redoblante. “Tengo que tocar tirando más fuerza muscular”, afirma Nilles, quien lleva meses levantando pesas entre ensayo y ensayo.
Su batería también fue creciendo, y quedó fascinada por el sonido contundente de Peart en los primeros discos de Rush. “¡Me encanta ser baterista de rock!”, le dijo a la banda al poco tiempo de empezar. El proceso exigió un nivel de inmersión casi asombroso. “Ahora llevo un poco de Neil dentro”, comenta. “Lo que más aprendí por mi cuenta fue la faceta compositiva. En eso era realmente brillante. Construye y construye la parte de batería hasta un punto en el que piensas: ‘¿Pero qué demonios está pasando?’”.
“Hay momentos en los que me siento muy orgulloso de ella”, dice Lee. “Porque, para hacer este trabajo —seamos sinceros—, tenés que sacrificar un poco de vos misma. Intentás ser fiel al arreglo de otro baterista… y eso supone un sacrificio”.
Para Nilles, la cuestión es sencilla. “No tengo ego, así que toco lo que se requiere”, afirma. Aun así, no busca una réplica exacta de las partes de Peart, sino que se permite introducir algunos matices propios. “Al mismo tiempo, soy música, con mi propio carácter y estilo, y eso se filtra inevitablemente, aunque no quiera”.
Mientras intentaban integrar a Nilles, Lee y Lifeson cobraron conciencia de lo peculiar y hermético que podía resultar su enfoque musical. “A veces Anika me escribía preguntando: ‘¿En qué compás va este arreglo?’. Y yo respondía: ‘Joder, ni idea’”, cuenta Lee. “Me di cuenta de que nosotros ejecutábamos pasajes musicales extraños en compases irregulares sin necesidad de contar, porque simplemente íbamos uniendo frases… Conocíamos tan bien los matices de las partes del otro que nos guiábamos por señales en nuestra forma de tocar. Pero ella aún no tenía esa familiaridad; le era imposible captar esas señales en aquel momento. Ahora creo que sí puede”.

Nilles creció rodeada de bateristas y empezó a tocar a los seis años. Sus padres reconocían su talento, pero temían la inestabilidad de la vida de músico. Por ello, pasó cinco años estudiando trabajo social y trabajó con niños en una escuela infantil. Seguía tocando por las noches y los fines de semana, pero sentía la llamada de otra vida. Empezó de nuevo a los 26 años al matricularse en la Popakademie Baden-Württemberg de Mannheim, donde estaba convencida de que llevaba desventaja frente a sus compañeros más jóvenes. “Me sentía vieja y pensaba que era un desastre”, comentó en una ocasión. Pronto los superó, gracias a la misma ética de trabajo y humildad que más tarde le valdrían el puesto más desafiante del rock. Los vídeos de sus interpretaciones se hicieron virales, y su éxito en YouTube acabó llamando la atención de Beck. “Nunca imaginé que llegaría a ocurrir algo tan grande”, confiesa. “Me habría conformado con una gira convencional por Alemania”.
Tras la muerte de Peart, más de un baterista se postuló activamente ante Rush, algo que a Lee le pareció ofensivo. Nilles nunca codició el puesto ni siquiera imaginó ocuparlo; de hecho, no conocía muy bien la música de la banda antes de su audición. Para los fans, todo esto parecen ser puntos a su favor. Resulta difícil imaginar a los exigentes y obsesivos seguidores de Rush vitoreando con tanto entusiasmo a un músico de sesión o a un baterista superestrella tomado de otra banda. “Es maravilloso ver cómo el público la acepta de verdad”, comenta Lifeson. “Y cómo la apoyan. Realmente quieren que triunfe”.
Antes del primer concierto, recibió noticias de la viuda de Peart, Carrie Nuttall. “Recibí un mensaje muy agradable de su parte, un mensaje realmente encantador”, cuenta Nilles. “Fue muy grato saber que ella está a favor y entusiasmada con toda esta aventura”.
Una vez superados los conciertos iniciales, Nilles se permite por fin asimilar el impacto de todo lo vivido. “Me siento llena de energía”, afirma. “Y aliviada”. Pero eso ya se notaba en la amplia sonrisa que mostraba tras bordar los redobles de batería de “Tom Sawyer”. Al pedirle que recuerde qué pensaba en esos momentos, suelta una carcajada: “¡Lo conseguí!”.

Antes de reconstruir la banda, Lee tuvo que hacer lo propio consigo mismo. “Estuve diez años sin tocar el bajo con la intensidad habitual de un profesional”, explica. “Creía que estaba en forma porque bajaba al estudio, tocaba uno de mis innumerables bajos y pensaba: ‘¡Qué bien suena esto!’. Uno cree que está en forma, pero no es así. Eso no es estar en forma para tocar ni para salir de gira. La verdadera forma llega cuando acumulas capa tras capa de callos y sientes que los dedos te arden por la noche. Así es como te pones en forma. Por eso, antes de que Al aceptara hacer cualquier gira, yo ya había decidido preparar mis dedos para recuperar el ritmo”.
Su otra tarea era más intimidante y personal. ¿Cómo lograba Geddy Lee alcanzar tonos tan agudos? No tenía ni idea, pero finalmente iba a tener que averiguarlo. En los años setenta, Lee cantaba emitiendo un chillido capaz de derretir altavoces, el cual desataba sin preparación previa ni técnica consciente; de algún modo, hacía todo bien (o mal, según ciertos críticos cascarrabias) guiándose puramente por el instinto. A partir de los ochenta, moderó el uso de notas agudas, aunque llegó a alcanzar registros capaces de romper cristales en la estrofa final de “Freewill”. Con el paso de los años, le resultó cada vez más difícil acceder a aquel antiguo alarido estridente, especialmente en el siglo actual. Lo asumió como algo natural del envejecimiento y simplemente se esforzó al máximo, bajando ocasionalmente la tonalidad de las canciones para facilitarse la tarea.
Esta vez, tras más de cinco décadas de carrera profesional, Lee decidió tomar sus primeras clases de canto. Comenzó a reunirse por Zoom con un veterano entrenador vocal, Mitch Seekins, quien trabaja de forma remota desde la pequeña localidad de Ilderton, en Ontario. Seekins, seguidor de Rush desde hace mucho tiempo, supo de inmediato que a Lee le faltaba mucho para estar listo. “Fue impactante”, comenta Seekins. “Es decir, estaba en pésima forma vocal. Los músculos ya no respondían en el registro más agudo”.
Sin embargo, el entrenador tenía noticias muy positivas para su cliente: “Podía percibir que la capacidad estaba ahí; simplemente, él aún no lograba ejecutarlo. No estaba seguro de si alguna vez podría volver a hacer lo que hacía cuando era mucho más joven… Pero no había ningún deterioro real, ni siquiera a causa de la edad”. Las notas agudas carecerían inevitablemente de parte de la potencia desenfrenada de antaño, pero seguían estando a su alcance. El verdadero desafío consistía en convencer a Lee de que era capaz de lograrlo. “La parte más difícil de la recuperación es el aspecto psicológico”, afirma Seekins, cuyas técnicas pueden recordar a las de Yoda. “Porque todo ocurre en el subconsciente: si te has convencido de que no puedes hacer algo, pues… ¿adivina qué? No puedes”.
Lee, que ya entrenaba cuatro veces por semana, empezó a entenderlo. “No es diferente a ir al gimnasio y ganar fuerza”, dice. “Tienes que fortalecer este músculo, y en eso he trabajado: en analizar con precisión forense cómo la voz produce sonido y aplicar ese conocimiento”. Aun así, añade: “Me ponía nervioso intentar cantar algunas de esas canciones”.
Pronto quedó claro que lo estaba logrando. “Nos mirábamos pensando: ‘Madre mía’”, comenta Dale Heslip, colaborador habitual de Rush, quien dirigió el vídeo de apertura de la gira y diseñó el escenario. “Era como si hubiera hecho retroceder el tiempo”.
A medida que Lee ganaba confianza, surgían nuevas posibilidades, como reincorporar al repertorio el tema que daba título al álbum A Farewell to Kings (1977), una canción que llevaban mucho tiempo sin tocar. Sigue siendo el tema más difícil de la gira tanto para Lee como para Lifeson. La ambición juvenil les dejó como legado compases que cambian de forma impredecible, una intimidante introducción con guitarra de cuerdas de nailon, cambios musicales inusuales durante el solo de guitarra y una larga lista de otras complejidades. “Empiezas la estrofa y tengo que cantar en esa maldita estratosfera”, dice Lee. “Recuperar una canción de hace tanto tiempo conlleva mucha inseguridad… A esta edad, la gente espera que seas una versión desmejorada de ti mismo, y eso es algo que no acepto”.
Tenían la opción de bajar la tonalidad —como hacen con 2112 y Anthem, argumentando que así suenan más contundentes—. “Es en parte una excusa y en parte la verdad”, admite Lee. Sin embargo, analizaron a fondo Freewill y decidieron mantenerla tal cual. “De ninguna manera interpretaría esa canción si no pudiera llegar a las notas de esa tercera estrofa”, afirma Lee. “Que es, en realidad, la parte más aguda que canto en toda la noche”.
De alguna manera, noche tras noche, logra llegar hasta ahí arriba. “Los gatos”, dice Lee, “están maullando”.

Todavía hay momentos en el escenario en los que Lee mira atrás y se sorprende al ver a una alegre rubia en la batería. “Sigo esperando ver el rostro intenso de Neil”, comenta. En realidad, Peart sigue siendo una parte fundamental del show. Los momentos más intensos de cada noche son “Time Stand Still” y “Bravado”, ambos presentados como homenajes, con su rostro en las pantallas y su voz sonando previamente, reflexionando sobre su enfoque intransigente de la vida y el arte. “Si se conquista el sueño”, canta Lee en esta última canción, “aunque todo se pierda / pagaremos el precio, pero no contaremos el costo”. El solo de Lifeson que sigue es un homenaje en sí mismo. “Tiene que ser delicado, en cierto modo”, dice el guitarrista. “Y emotivo. Y tiene que tener ese crescendo. Tiene que llevar a un lugar positivo”.
Incluso sin esas referencias explícitas, la presencia de Peart habría sido inevitable. Como él mismo me recalcó en 2015, la larga trayectoria de Rush se debió por completo al profundo nivel de colaboración del trío; cada miembro era esencial para el triángulo que formaban. “Ya sabés cómo funcionan las dinámicas de los grupos cuando uno solo escribe todas las canciones y acapara toda la atención”, decía Peart mientras tomaba whisky en el garaje que le servía de refugio para escribir. “En nuestro caso, por supuesto, es el cantante quien lo hace, pero yo estoy ahí, tocando, viendo cómo todos cantan mis letras junto a Geddy, ¿sabés? La participación conjunta en lo que hacemos, así como la recompensa y el aprecio compartidos, son enormes, porque las bandas no suelen sobrevivir. The Police, Talking Heads… Cuando alguien es la banda en todos los sentidos cuantificables, realmente no puede perdurar”.
Si Rush hubiera salido de gira poco después del fallecimiento de Peart, habría sido más complicado incluir algunos de los momentos más ligeros del espectáculo: desde el vídeo cómico de apertura hasta la tradición de ver a Cartman, de South Park, marcando el ritmo de inicio de “Tom Sawyer” al frente de “Lil’ Rush”. «Hay que reconocer la ausencia», dice Allan Weinrib, director creativo de la gira y hermano de Lee. «Pero, a fin de cuentas, se trata de Ged y Al volviendo a la carretera, ¿sabes? Una vez que decides salir de gira, decides que te vas a divertir de nuevo».
“No queríamos que fuera algo fúnebre”, dice Lee, que admite que todavía se emociona hasta el punto de que se le hace un nudo en la garganta durante alguna que otra canción. “Porque queríamos que todos lo recordaran con alegría y celebraran a la persona increíble —jodidamente increíble— que fue… Pero todavía lo estoy asimilando. Cuando tengo que cantar sus letras, me siento muy cerca suyo. Es imposible no sentirse así, a menos que estés algo muerto por dentro. A veces, incluso al hablar del tema, no puedo evitar emocionarme. Es duro. Hay una parte de él que nunca… Ese duelo nunca terminará por completo”.

Nuttall y Olivia, la hija de Peart, asistieron a los dos primeros conciertos en Los Ángeles. “Es muy duro para ellas”, comenta Lee. “Todavía están viviendo un duelo intenso. Sentarse a ver un show en el que volvemos a tocar… eso es difícil. Comprendo perfectamente lo duro que resulta”.
Incluso el cartel de la gira, creado por Hugh Syme —diseñador habitual de las tapas de los discos de Rush—, hace un guiño a la situación. Muestra dos pájaros pequeños posados en un cable y un tercero alejándose en pleno vuelo. Curiosamente, cuenta Lee: “Hace poco tuve un incidente con un pájaro”.
La mañana siguiente al primer concierto, Lee entró en la sala de estar de la casa donde se alojaba y encontró un pájaro en el suelo, mirándolo fijamente. Jura que era idéntico al pájaro del cartel. El animal revoloteó alrededor de su cama, aterrizó, se giró para mirarlo de nuevo y salió por la ventana. “Fue rarísimo”, dice Lee, quien no pudo evitar interpretarlo como una visita de Peart. “No soy muy dado a creer en cosas esotéricas o extrañas, pero aquello fue especial”. Cogió el teléfono para enviarle un mensaje a Lifeson y, justo cuando pulsaba el botón de enviar, apareció de nuevo el pájaro asomando la cabeza por una puerta abierta. Lo observó una última vez antes de marcharse volando definitivamente.
Dada la gran cantidad de textos que escribió Peart, cabe suponer que podría haber suficientes letras inéditas como para servir de base a nuevas canciones de Rush. Sin embargo, Lee se muestra cauteloso —y quizá algo incómodo— cuando saco el tema. “No me lo he planteado en absoluto”, afirma. “Es una buena pregunta”. En cuanto a música nueva en general, “siempre hay una chispa”, dice Lee. “Pero no puedo permitirme adelantar acontecimientos. Cuando formamos esta banda, fue con el propósito de esta gira. Y después de la gira, supongo que podremos reevaluar la situación y ver qué tenemos y qué queremos hacer. Realmente no puedo darte una respuesta mejor que esa”.
Se ven muchísimas lágrimas en las plateas durante la gira Fifty Something. Mientras los fans lloran la pérdida de Peart, también se sienten profundamente conmovidos por la improbable —y demasiado efímera— inversión de la entropía que protagoniza su banda. El siglo XX y sus músicos se van desvaneciendo poco a poco, pero Rush regresó. “Es una gira milagrosa”, afirma Weinrib.
Los miembros de la banda no quieren pecar de grandilocuentes, pero entienden lo que sucede. “Lo siento en el escenario”, dice Lifeson. “Y lo percibo en el público. Es hermoso ver a todos tan alegres, porque no vivimos tiempos precisamente felices, y esto supone una especie de vía de escape. Miro a nuestra público y veo a familias enteras reunidas como en un gran pícnic; hay saludos, risas y lágrimas. Es un momento precioso”.
Lee asiente. “La gente responde a esta gira porque necesita lo que pasa acá”, comenta. “Y tal vez no haya suficiente de eso en el mundo actual”. O quizá la explicación sea más sencilla: “Somos una banda de rock. No quedamos muchas”. Sonríe. “Somos una banda de rock peculiar, pero seguimos ahí. Dándolo todo”.
Esta nota de tapa de Rolling Stone Canadá se realizó en colaboración con Rolling Stone USA.



















