Adiós, Indio: “Ojalá nos encontremos en un planeta más amable”
El autor de esta columna escribió en 1978 la primera nota sobre Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota para la revista Expreso Imaginario y entrevistó numerosas veces al Indio Solari para distintos medios, incluida la revista Rolling Stone.
La vida no te prepara para estas cosas. Uno no sabe cómo asumirlas, qué hacer, de qué manera reaccionar, con quién hablar. Especialmente en un mundo que, además de ser cada vez más ancho y –especialmente- más ajeno, tiene cada vez menos señales de aquel que conocimos. Y más aún, cuando vamos perdiendo la poca gente que nos ayudaba a transitarlo.
Esa fue la sensación al enterarme de la desaparición física de Carlos Indio Solari. Soledad, desprotección, orfandad. Primero, en lo personal, al perder a un amigo tan querido como admirado. Pero, también, por el hecho de que con él se va una de las personas más lúcidas y extraordinarias (en todos los sentidos de la palabra), de aquello que llamamos cultura rock. Ya había sido lo suficientemente difícil, en su momento, concebir un mundo sin los Redondos, cuya separación significó un antes y un después en lo personal. Pero, ahora, este adiós es definitivo. Y arreglate.
Justamente, la cultura rock fue lo que nos unió desde un principio, desde aquellos lejanos días de 1978 cuando nos conocimos. El historial ricotero me adjudica la autoría de las primeras notas sobre los Redondos, y en la primera de todas, reseñando para Expreso Imaginario el ahora histórico “Lozanazo” de La Plata, el primer recital “oficial” bajo ese nombre (si bien el debut había sido en Salta), fue eso precisamente lo que me llamó la atención. La combinación de música de rock and roll con un montaje que evidenciaba, tanto en la puesta en escena como en los condimentos extramusicales y en el tenor de sus letras (que “despliegan un delirante surrealismo a la criolla”, para autocitarme), que esta gente conocía mucho de cultura rock.
Estaba claro que estos tipos, y particularmente los que se convertirían en la dupla compositiva, el Indio y Skay, se habían sumergido en la psicodelia, la beat generation, el surrealismo, el teatro callejero, el humor satírico de Frank Zappa, y otra delicias de esa cultura que, tanto desde las páginas del Expreso como desde las canciones de los Redondos, propiciábamos como una forma de ver el mundo, de abrirnos paso en medio de “esta vieja cultura frita”, para utilizar sus palabras.
Por eso, para lo que fue la primera nota propiamente dicha a los Redondos (las dos anteriores habían sido reseñas de recitales, la citada del Lozano y su debut en capital, en el Centro de Artes y Música), pensé que por fin íbamos a poder dejar plasmado en el papel todo el bagaje en común, los conocimientos y experiencias que habíamos compartido durante todas las charlas, que ya a esa altura eran unas cuantas, que habíamos tenido previamente con el Indio, Skay y Poli, y convertirla en una master class de cultura rock.
Sin embargo, me sorprendieron con un gesto más rupturista, radical y de vanguardia que cualquier charla que pudiéramos haber tenido. Darme un escrito (obviamente redactado por el Indio) con tintes novelescos donde un supuesto periodista rastreaba al misterioso Patricio Rey, quien finalmente le concedía una entrevista. Era un gesto más radical y pertinente a la cultura rock que cualquier entrevista que yo me imaginara (de esas ya tendríamos muchas con el correr de los años) y pasó a la historia como la única oportunidad en que “habló” Patricio Rey. Ya desde el comienzo, ellos demostraban estar un paso adelante.
Esa conciencia visionaria, esa capacidad para interpretar su tiempo con las herramientas del arte, para imaginar caminos que nos elevaran más allá de la mediocridad cotidiana, para identificar la belleza en los lugares más insospechados y amplificarla en tiempo de rock, continuó a lo largo de toda la carrera de los Redondos, y luego de la separación, en su trayectoria como solista.
Desde aquel encuentro inicial hasta la separación de la banda a fines de 2001 tuve el privilegio de seguir cada uno de sus pasos, de conocer a los Redondos desde adentro y presenciar recitales, composición, grabación, camarines, viajes, proyectos, y compartir con admiración el talento y el compromiso que implicaba llevar adelante esa visión. El arte y la vida eran uno solo, una ocupación de 24 horas al día. Creciendo disco a disco, con una obsesión de hacer de cada canción y cada álbum una obra de arte, y que fuera diferente, significativa, trascendente.
En el caso de los Redondos, hacer diez álbumes de estudio que fueron ejemplares (más otros cinco del Indio como solista), sin concesiones, siguiendo los dictados de su creatividad y su propio nivel de exigencia, independientemente de las expectativas del público y la industria. Y siempre con esa visión para estar un paso adelante, para producir obras que latieran con el pulso de su tiempo y fueran a la vez atemporales.

Una constante a lo largo de todos esos años, diría que casi un rito de nuestra relación, es que cada vez que salía un nuevo disco, yo lo llamaba, riguroso teléfono de línea mediante, para felicitarlo y decirle qué me había parecido, lo cual por supuesto era siempre altamente elogioso (no era para menos, con semejantes discazos). Su respuesta siempre era algo así como “si le gusta a los amigos ya me quedo tranquilo, para eso lo hacemos”. Era una manera entrañable de hacerme saber su cercanía afectiva, y a la vez, que valoraba mi opinión al punto de que era una de las motivaciones para su trabajo. Por eso mismo, nunca dejaba de llamarlo.
Lo más notable es que hayan desarrollado esa obra en medio de una realidad cada vez más encrespada y adversa, aprendiendo a fuerza de prueba y error las maneras de eludir las trampas que les tendían enemigos cada vez más poderosos, al ser su convocatoria constantemente creciente, y por lo tanto, mayor la amenaza que representaban. Increíble que un grupo de músicos, artistas e intelectuales platenses sin estructura y sin ninguna relación con las instituciones del sistema ni los poderes del estado, se hayan convertido en una fuerza capaz de desafiar al establishment solo con su propia existencia.
Por eso decía que su separación fue para mí un antes y un después, luego de 23 años de compartir esa loca aventura creativa y existencial. La brújula que marcaba el norte ya no existía, y era un sueño más del que despertábamos cada vez más aislados, tratando de navegar entre la niebla.
En el siglo XXI, el Indio siguió aunando su talento y extraordinaria capacidad de trabajo, produciendo un nuevo catálogo de canciones igualmente esenciales, con poesías que se resignifican una y otra vez, a la luz de hechos que revelan nuevos significados cuando la canción los alcanza, y cuando el público -eterno protagonista de esta historia- las recorta y las destaca.
Me ha pasado más de una vez caer en la cuenta del significado de un verso -o mejor dicho, uno de los tantos posibles- al verlo escrito en una pancarta, un titular, una remera, una pintada, un mural, o convertido en un cántico. Indio poseía ese poder único, un dominio magistral y absolutamente atípico de la palabra, que contradice la idea de que el todo es mayor que la suma de sus partes. En el caso de Solari, de sus letras se desprenden múltiples fragmentos que brillan por sí mismos como meteoritos incandescentes.
Además, formó otra gran banda, Los Fundamentalistas Del Aire Acondicionado, que seguirá adelante difundiendo su legado, dejó montones de canciones que se seguirán escuchando -y cantando- a través de los años y las generaciones, mostró a los artistas que la posibilidad de producirse independientemente no sólo era factible sino, en muchos casos, necesaria; tuvo montones de gestos solidarios que el público desconoce, estuvo siempre del lado de los más desprotegidos, no vaciló en apoyar públicamente las causas en las que creía, y dejó una marca profunda en la cultura argentina.
Pero todo ese análisis es para otro momento. Estos fueron solo algunos recuerdos y reflexiones sobre una de las personas más brillantes, singulares y talentosas que tuve la suerte de conocer. Lo más gracioso de mi amistad con Solari es que él, un ser absolutamente fuera de lo común, me decía que el raro era yo. Tal es así que me llamaba, en el intercambio de mails que cruzábamos cada tanto, “mi marciano favorito”. Ahora, a este marciano le cabe la extremadamente odiosa y nunca imaginada tarea de despedirlo. Entonces, ojalá nos encontremos en un planeta más amable. En lo que se refiere a éste, lo hiciste un poco mejor con tu vida.

















