1986: el estallido secreto del post-punk argentino
Hubo un tiempo que fue denso y oscuro de verdad. El retorno a la vida democrática, en Argentina, tuvo varias bandas de sonido, pero fueron el post-punk y sus derivados los que mejor ambientaron la segunda mitad de los 80 desde los sótanos porteños. Una historia secreta, o en todo caso mal leída por su fugacidad y sus pocos discos vendidos. La recuperación del estado de derecho necesitaba estribillos esperanzadores y el rock aportó los himnos para la celebración. Pero, luego, un banco de niebla se adueñó del clima de época. Existencialismo necesario para liberar años de silencio y tramar deseos inconfesables mientras la primavera alfonsinista ofrecía matices de sinfonía inconclusa. Nunca antes, en el rock argentino, surgieron y se desintegraron tantas bandas con la misma rapidez, como entre 1985 y 1988. La mayoría de los nombres se enrolaba en la escuela moderna: del post-punk básico a la academia gótica pasando por el tecno romántico. Pero como es imposible hablar de una escena consolidada (mucho menos de un movimiento), mejor hablar de una serie de nombres como planetas únicos.
Fricción, La Sobrecarga, Los Encargados, El Corte, Los Pillos, Corrosivos, Mimilocos, Casanovas, Don Cornelio y La Zona, Control, Uno X Uno, La Forma, Todos Tus Muertos y Clap, entre otros, forman una escuadra destinada al fracaso porque el medio de acción no permitía otro horizonte. Casi ninguno pasó del segundo disco, algunos ni llegaron a superar una tirada módica de casetes artesanales. Noches largas, peinados inflados, sustancias varias, borcegos comprados en Flores, gabardinas con solapas hasta las orejas y un ruido de fondo parido desde las entrañas como El grito de Munch.
Algo de todo eso descubrieron los vecinos de Caballito cuando The Cure tocó en Ferro durante dos noches caóticas en marzo de 1987. “Se produce un disturbio a gran escala, con autos policiales destruidos, varios perros asesinados y un vendedor de panchos muerto de un paro cardíaco. En la mitad del set hay varios uniformados con fuego en su cuerpo, con la mayoría de sus camaradas refugiándose bajo el escenario de la incesante y despiadada lluvia de monedas, piedras, butacas y vasos… Abajo, el campo no tiene nada que envidiarle al centro de Beirut”. Así describió Robert Smith en su diario de viaje el fatídico paso de la banda británica por Buenos Aires. El compositor de “A Forest” sintió que su vida corría peligro.
Sin embargo, el año decisivo de la armada iconoclasta fue 1986, una temporada con estupendos discos debuts y una urgencia expresiva que pocos escucharon en tiempo.
“Tuve la suerte de pertenecer a ese movimiento en el que no éramos más de cien personas. Había proyectos de músicos (la mayoría sin saber tocar), artistas de todo tipo, de teatro, de la performance y de distintas expresiones. Disquerías de culto, bares, sótanos, centros culturales y todo lugar dispuesto a abrir sus puertas para ayudarnos a canalizar y expresar la necesidad de cambio y diversión que teníamos en ese momento”, dice a Rolling Stone Flavio Casanova, voz y guitarra de Los Casanovas, a cuarenta años de la edición del disco debut homónimo de la legendaria banda de psychobilly.
Las influencias sin dudas vinieron de lo que había pasado unos años antes en Gran Bretaña y Estados Unidos. “El punk, la new wave, el after-punk, géneros como el ska, el rockabilly, el reggae, el tecno-pop, el beat, todo esto en contraposición a la evidente crisis y aburrimiento en el rock de nuestro país del segundo lustro en los 70, que se había aburguesado, se había convertido en algo muy profesional y distante porque ya no representaba el clima urbano ni la marginalidad de la época. Este periodo fue fundamental porque se creó una escena independiente por fuera de la industria, se renovaron el sonido y la actitud. Se conectaron el arte y la contracultura para generar nuevos aires”.

Look rocker, actitud punk y una confianza ciega a la hora de imponer un revival del rockabilly que escondía un poder escénico arrollador convirtieron a Casanovas en una rara avis en el período renacentista de nuestro rock. The Cramps, The Jesus & Mary Chain, Sisters of Mercy y Bauhaus formaban el arco de influencia de esta banda, que regresó el año pasado y promete celebrar el aniversario redondo de su álbum debut. “Estoy en condiciones de afirmar que en 1986 se produjo el estallido, el punto de eclosión de ese movimiento con bases muy sólidas desde lo contracultural, rebeldía con causa, el ‘hacelo vos mismo’, ganas de renovar, de modificar lo cómodo y establecido”.
La primavera democrática duró poco, tan solo dos años en los que la euforia y la ilusión no alcanzaron a sostener un plan económico que, para los primeros meses de 1986, mostraba un deterioro progresivo. El humor social cambió, ni siquiera la obtención de la Copa del Mundo por la Selección Argentina de fútbol en México pudo aplacar un creciente malestar social. El lanzamiento del Plan Austral, aplicado por el gobierno de Raúl Alfonsín en junio de 1985, frenó la inflación por unos meses sobre la base del congelamiento de precios y salarios. La nueva moneda, el austral, auguraba un cambio de rumbo que no tardó en derrumbarse y marcó el principio del fin de un período iniciado el 10 de diciembre de 1983 con el retorno de la democracia luego de siete años de horror.

Un poco antes de la instalación de ese efecto general, la escena artística emergente acusó recibo en forma de tedio existencial y ajetreo de cambio. El rock reflejó la densidad del aire, en especial los grupos más nuevos, que reaccionaron con pesimismo para describir un tiempo incierto y en donde todavía la policía practicaba viejos métodos violentos de represión urbana. En la superficie, la mecha post-punk que encendió Joy Division llegó al país a través de los discos de The Cure, Siouxsie & the Banshees y Echo & the Bunnymen, pero en la vida subterránea, parte de esa melancolía ruidosa tenía a Sumo como primera referencia y a Luca Prodan como el vocero existencial que vivió en tiempo y forma la transformación del punk hacia búsquedas experimentales que incluían atmósferas psicodélicas, dub y música electrónica.
La cartografía del circuito incorporó nuevos espacios a los lugares conocidos como La Esquina del Sol, Zero Bar y el Stud Free Pub. Algo de la memoria del Bar Einstein se mudó a San Telmo cuando en marzo de 1986 abrió sus puertas el Centro Parakultural, en la calle Venezuela. A pocas calles de ahí, en Estados Unidos al 1200, ya hacía poco menos de un año Omar Chabán y Katja Alemann habían inaugurado Cemento, que junto a Paladium, de la calle Reconquista, formaban el triángulo perfecto de una movida cultural que ya daba muestras claras de crecimiento. Espacios más amplios, sobre todo Paladium y Cemento, la inclusión de la disco como instancia cercana a la órbita del rock y la idea del centro multidisciplinario como el Parakultural modificaron los hábitos nocturnos de las nuevas tribus porteñas y otros tantos que viajaban desde el conurbano bonaerense para llegar al bajo y luego cruzar por las callecitas de San Telmo para terminar o empezar en Cemento.
Mientras Soda Stereo, Miguel Mateos-Zas y Virus iniciaban la avanzada del rock argentino en plena expansión latinoamericana, un ruido menos amable imponía otro tipo de atención. Desde las primeras audiencias en abril de 1985 y hasta el 9 de diciembre de ese año, fecha en que se conoció el veredicto del Juicio a las Juntas Militares, las audiencias soltaron los fantasmas de la peor etapa vivida por los argentinos. Las declaraciones testimoniales se difundieron diariamente a través de resúmenes televisivos y radiales, destacando la “Síntesis del Juicio” emitida por Argentina Televisora Color (ATC), lo que le permitió a la ciudadanía conocer el horror del plan sistemático de tortura. Jorge Rafael Videla y Emilio Massera fueron condenados a reclusión perpetua por crímenes de lesa humanidad; Roberto Viola, a 17 años de cárcel; Armando Lambruschini fue condenado a ocho; y Orlando Agosti, a cuatro. El resto de los acusados fueron absueltos. La mayoría de los integrantes de la generación 86 del nuevo rock argentino vivió los años dictatoriales como estudiantes de escuela secundaria y conoció de primera mano el sistema represivo que definía a las juntas militares que gobernaron el país entre 1976 y 1983. “Milité en el PC en la época de la dictadura, cuando militar era otra cosa. Porque afiliarse a la Federación Juvenil Comunista en el ’81 era un hecho casi suicida, como fumar porro en esa época. La militancia en la Fede estuvo muy buena en el sentido de que pudimos hacer pintadas organizadas en la calle y porque había una cosa de unión. Pero, por otro lado, me di cuenta de que el PC no me interesaba como figura internacional”, dijo Palo Pandolfo a la revista Los Inrockuptibles en 2013 sobre su militancia siendo aún adolescente y mucho antes de formar Don Cornelio y La Zona, su banda de los 80.
En 1984, Soda Stereo empezaba a crecer en las radios y ya se percibía el horizonte expansivo. Casi a la sombra del trío nacía un grupo de corte post-punk con afinación en Joy Division, The Cure y Human League, algo así como una superbanda integrada por músicos que aún no lo sabían: Richard Coleman, Gustavo Cerati, Christian Basso y Fernando Samalea crean Fricción y graban un primer disco tremendo en sonido y volumen, moderno y menos encantador que los primeros discos de Soda: Consumación o consumo fue lanzado en 1986 luego de lidiar con varias discográficas y con Gustavo Cerati en la producción artística.
Coleman se convierte en el chico mimado de la escena porteña: participa en el debut solista de Fabiana Cantilo y en Vida cruel de Andrés Calamaro, y es convocado para integrar –junto a Samalea, Basso, Daniel Melingo y Calamaro– Las Ligas, la banda de notables que acompañaba a Charly García durante la agitada temporada 86. “Yo era un demente total, un papelón, pero para tocar llegaba íntegro y era un ídolo, y la pasaba bárbaro y tenía un sonido del carajo. Tocaba los temas y era genial lo que sucedía arriba del escenario. Lo que pasa es que, hasta llegar al escenario, había que viajar, había que comer o no comer, descansar o no descansar. Pero fue muy importante el aprendizaje ese. Fue como una facultad muy rápida, la facultad del músico”, le dijo el guitarrista a Rolling Stone en 2013.
Los cruces entre músicos novatos y otros con más nombre y experiencia renovaron la escena. También fue un banco de prueba para incorporar nuevas herramientas ante la necesidad imperiosa de mejorar el audio de las producciones discográficas. Claudio Fernández, baterista y uno de los fundadores de Don Cornelio y La Zona, experimentó esa dinámica de intercambios y auxilios mutuos.
“En 1986, en el concierto que hicimos con Don Cornelio en Gracias Nena, nos vienen a ver Los Redondos, a los que contactamos panfleteando en un concierto de Charly García en el Luna Park. A los grandes eventos tratábamos de ir y panfletear. En el aviso que pusimos en el suplemento Sí! de Clarín decía: ‘Don Cornelio transando con el establishment, psicodelia romántica muy cerca del arpa’. Parece que Enrique Symns [director de Cerdos & Peces] vino al concierto con Poli y Skay, y que habían leído esa declaración de principios, ese texto loco, y decidieron venir a vernos. Era el debut de Federico [Ghazarossian] en el bajo, fue un concierto increíble. Gracias Nena tenía un escenario alto, lindo, ahí vimos varias veces a Los Encargados, Casanovas. Yo tocaba con un set hibrido con la batería acústica y con la copia de la batería electrónica Simmons que se hacía en Argentina, la Drum X. Tuve el tercer modelo. Las hacía un muchacho de zona norte. Al terminar el show, nuestro manager, Gustavo Mosquera, que también laburaba con Memphis La Blusera, me dice: ‘Hay una gente de Los Redondos que quiere hablar contigo porque están interesados en el sonido de la batería esta’. Quedamos en vernos y Skay vino a la sala de ensayo, que es la actual casa donde vivo (jamás me mudé de este lugar). Tenía una Ford Falcon rural bordó. Hablamos un poco y me dijo que me querían convocar para hacer unas canciones con ese sonido. Ensayamos en Soler y Paraguay, en la casa de Poli y Skay, que en la terraza tenía una pieza acustizada bastante grande, y ahí empezó esa situación. Los Redondos tenían ese nombre, pero no eran lo que son hoy; si bien eran una banda enorme, no eran la megabanda que serían y son actualmente. Me acuerdo que yo lo llevaba al Indio hasta la estación Floresta y desde se iba para el oeste. Era una cosa muy tranqui. Se decidió en qué temas iba a participar. Yo nunca los había escuchado, lo primero que escuché fue en vivo y en un ensayo tocado por ellos. Tuve esa satisfacción. El asunto es que realmente no tomé la dimensión que eso tenía en ese momento. Pero sí que Don Cornelio aprovechó la situación porque ellos nos ayudaron bastante en hacernos conocidos. Nosotros tocábamos bastante bien, nuestros shows eran potentes y el boca a boca en esa época funcionaba muy bien. Y Don Cornelio era sinónimo de que la ibas a pasar bien, era una buena banda. Ellos llevaron nuestro primer demo a la FM Rock & Pop, fuimos con Palo, Poli y Skay y se lo dimos a Quique Prosen –legendario referente de la emisora–, un Aiwa de metal, para que lo programara. Fue un salto de calidad para nuestras intenciones. Los shows de presentación de Oktubre fueron increíbles: dos en Paladium y uno en el Parakultural. Fue la primera vez que cobré por tocar, unos 70 australes. Algo alucinante, una cantidad de público a la que no estaba acostumbrado, porque con Cornelio tocábamos para 100, 150, y un Paladium lleno debe llegar a 2.000-2.500 personas. Sentir eso fue impactante para mi forma de ver la música. Con Don Cornelio siempre decimos que estamos muy agradecidos por lo que Los Redondos hicieron por nosotros. Tengo la cucarda de haber tocado y grabado Oktubre, y la llevo con mucho orgullo”.
“Vení y hacé lo que vos sabés hacer”, fue la frase final con la que Skay Beilinson cerró la invitación a Daniel Melero para sumarse como elemento experimental en la grabación de Oktubre. “Mirá Skay que yo no sé tocar”, le contestó el líder de Los Encargados, pero el guitarrista insistió en que pusiera teclados en el segundo disco de Los Redondos. El contacto no era casual, Skay y Poli eran frecuentes abonados a las primeras presentaciones del grupo pionero de la electrónica nacional, una fraternidad de noches interminables. En los tempranos 80, Melero ya era un veterano de guerra luego de soportar los kilos de verduras y frutas que recibió en el festival B.A. Rock edición 1982. Estuvo a punto de formar parte de Soda Stereo y, al frente de Los Encargados, encaraba una auténtica provocación maquinal, con total ausencia de un baterista. Junto a Claudio Fernández, Melero aparece como invitado en los créditos de Oktubre: “Fui con un sintetizador –resume Melero–. En esa época, también toqué en el disco de La Sobrecarga. Pasaban el tema y yo tocaba, no hacía segunda toma, nada. Era mi primera impresión de cómo creía que era la canción y tocaba algún sonido, alguna nota. En Oktubre puse muchas notas continuas, invisibles, que van como moviéndose o lo que yo creía que era moverme, modulando parecido a las tonalidades que iban adquiriendo las guitarras. Si se distorsionaban, yo hacía lo opuesto, me ponía más limpio, si ellos estaban limpios yo me ponía sucio. Contrastar completando”.

Esas interferencias, casi imperceptibles en el vinilo original, hoy reflejan el gesto experimental y de apertura que dominaba al cerebro musical de Los Redondos. Skay buscaba nuevas percepciones incluso en un no músico que confesaba públicamente su casi nula adhesión al ideario de Patricio Rey.
En la misma época de la edición de Oktubre, Los Encargados lanzaron su álbum debut, Silencio. Antes, Melero archivó dos discos que aún permanecen inéditos (Necesidad y Creo que estamos bailando). Junto a Hugo Foigelman y Alejandro Fiori, el trío marcó la cancha del pop electrónico argentino en su fase experimental. Detrás de los sintetizadores y las máquinas de ritmo, una voz nasal explora nuevas zonas sensibles con reveladoras cumbres románticas (“Líneas”, “Orbitando”), la actualización de “Trátame suavemente” o exploraciones darks (“Sangre en el volcán”).
En la temporada 1986 todo sucedía al mismo tiempo. Melero funda Catálogo Incierto, un sello alternativo donde edita “música que el sistema rechazaría desde el vamos”. El no músico y productor artístico promovió las diferencias a través de un sello independiente con tiradas módicas de casetes artesanales. Los interesados eran citados en una esquina porteña para la entrega de material de bandas como Mimilocos, Corrosivos, Todos Tus Muertos (el estremecedor Noches agitadas en el cementerio, en vivo en el Parakultural) y La Algodonera (Melero, Flavio Etcheto y Hernán Darwin Reyna, de El Corte). “La premisa era interesarte por el presente aun estando errado. Nunca pensé en reeditarlos por respeto a los que estuvieron atentos en el momento”, aclara Melero.
El aporte de Corrosivos a Catálogo Incierto fue Estudios de casos, un registro en vivo grabado el 30 de octubre de 1987 en el Centro Parakultural donde es posible detectar la influencia brutal de P.I.L. y los momentos más atormentados de Joy Division.
Sin ser una banda de aura dark, Clap explica la dinámica de un tiempo con escenarios compartidos, intercambio de músicos entre formaciones diversas y la pretensión de diferenciarse de los modelos del pasado. “El disco de Clap salió en 1986, pero tardó mucho en editarse. La banda tuvo una actividad previa bastante larga, con muchos shows en la escena under porteña: La Esquina del Sol, El Depósito en San Telmo; El Stud Free Pub era nuestra casa, nos sentíamos muy bien tratados ahí. Lo que hizo surgir a Clap es un poco el clima post-dictadura. Yo hice todo el secundario en dictadura y la salida de eso fue una especie de destape cultural muy fuerte. Vi de todo a nivel musical: Abuelos, Twist, Virus”, dice Sebastián Schachtel, fundador de Clap y actual tecladista de La Portuaria y Las Pelotas.
“Con Fricción compartíamos la sala de ensayo en Belgrano y también músicos porque Fernando Samalea y Christian Basso –integrantes de Clap junto a Diego Frenkel– tocaban con Richard y Cerati. Alejandro Fiori, que era guitarrista de Los Pillos, también fue parte de Clap en años posteriores, incluso cuando salió el disco, y lo que sucedió fue que Samalea y Basso se habían ido a tocar con Charly. Fue complicado. En la foto del disco no están ellos. Estábamos enojados porque se habían ido y fueron castigados de esa manera [risas]”.

El músico y productor expone el mapa de influencias de una de las tantas bandas que llegaron al disco debut y despedida. “Clap nunca fue dark. Jamás. Era rítmico, afilado, más new-wave, rápido. Era fantasioso, hasta teníamos influencias como Laurie Anderson. La influencia era The Police, el King Crimson de los 80 y Talking Heads muchísimo, Speaking in Tongues, nuestro disco favorito. El cambio fue muy repentino: nos cortamos el pelo, nos maquillábamos para subir al escenario. Pesó la influencia de los Cure. Otro grupo que nos gustaba muchísimo era Los Encargados. Me acuerdo de ir a verlos al teatro Santa María. Un pop delicado y muy bien hecho, bastante especial. Charly García ya nos parecía un personaje anticuado. Aclaro que me encanta Charly, un genio total. Pero en ese momento nos parecía estéticamente anticuado. Nosotros creíamos ser unos jóvenes modernos y toda esa generación nos parecía que había pasado, cosa que hoy es absurdo. Era la arrogancia de la juventud”.
La ruptura con lo ocurrido ayer nomás a mediados de los 80 o el ingreso a una dimensión nunca antes vista ni escuchada podía comenzar viendo a La Organización Negra en Cemento, colectivo teatral nacido en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Los integrantes de LON dejaron de lado la palabra y pusieron el cuerpo y la acción en primer plano, primero con intervenciones callejeras y luego desarrollando un nuevo lenguaje escénico basado en imágenes, que apelaban a la provocación del espectador derribando la cuarta pared del teatro tradicional. Para muchos fue el grupo de performers que se colgó del Obelisco allá por 1989. LON también fue el origen de grupos posteriores como De la Guarda y Fuerza Bruta. Todo pasaba por provocar al espectador o al lector como sucedió con Cerdos & Peces, una publicación creada por Gabriel Levinas y Enrique Symns, quien no tenía ninguna experiencia como periodista hasta ese momento. Primero fue un suplemento dentro de la emblemática revista El Porteño y en 1984 conquistó su independencia para salir a tomar la calle con una potencia inusitada. “Cerdos & Peces reflejó como ninguna otra publicación de la época lo que significó la apertura democrática para la conformación de un movimiento cultural underground en la ciudad de Buenos Aires, esto es, la trama subterránea de encuentros, recitales de poesía, revistas subtes, festivales de rock, fiestas y otras formas de sociabilidad que contribuyeron a su modo a la reconstitución del lazo social quebrado por el terror de la dictadura”, le explicó Martín Servelli a Rolling Stone en 2022. Doctor en Letras y responsable de subir la Cerdos & Peces en Ahira (Archivo Histórico de Revistas Argentinas), Servelli aún sigue sorprendido por la vigencia de la publicación. “Es evidente que su mito se ha agigantado con el paso de los años y creo que aún hoy los contenidos que abordaba continúan incomodando por su apuesta excesiva, diría casi obscena, a la incorrección moral y política”.

Otro eslabón de una historia que se sigue escribiendo es El camino contrario, un documental que se estrenará este sábado 18 de abril, en el marco del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici). La película reconstruye la historia de El Corte y su cantante y guitarrista Hernán Darwin Reyna. Gracias al hallazgo de una serie de VHS perdidos y los testimonios de quienes compartieron la vida y la obra de Reyna, es posible también reconstruir el tránsito que marcó a varias bandas similares que llegaron al disco en 1986 y pronto se disolvieron casi sin dejar rastros. La película dirigida por Martin Wain y Daniel Flores pinta la época sin caer en las glorificaciones ligeras; el relato coral con contradicciones y rescates memoriosos forman una línea argumental que convierte a El Corte en una banda a descubrir, además de seguir los pasos de Reyna, que llegan hasta España, en donde pierde la vida: murió ahogado, víctima de un naufragio en el Mediterráneo, frente a las costas de Jávea.
“Con la vuelta de la democracia surgieron un montón de bandas. Creo que lo primero fue una cuestión alegre, Los Abuelos de la Nada, Los Twist. Pero rápidamente, dos años y medio después, todo se puso oscuro y pesimista. Quizás como eco de movidas de afuera, que siempre tienen que ver, quizás también como una cuestión de que la democracia no era la panacea. Felicidad instantánea y mirá que ahora vas a estar rebien. Tampoco funcionó de ese modo. Entonces me parece que ahí también pudo calar todo ese sentimiento medio agobiante y desesperanzado del post-punk y toda esa movida”, dice Ariel Minimal en El camino contrario. El testimonio del líder de Pez se remonta a sus 16 años, cuando vivía la escena como una esponja punk sin olvidar que eran años violentos: “De violencia en la calle, la policía todavía cazando, quizás no te desaparecían pero te comías un par de días guardado, y a la vez, todo eso que suena reoscuro así como lo cuento, tenía el empuje de lo nuevo”.
“Lo que pasaba con el resto del mundo nos chupaba dos huevos. Se trataba de tomar cocaína y… ”, dice Javier Calamaro, uno de los fundadores de El Corte, en diálogo con Sergio Rotman, que completa la frase admitiendo: “Era el signo de los tiempos, tomar cocaína y odiar a todos”. En el mismo año que Los Fabulosos Cadillacs lanzan Bares y fondas, el saxofonista ya era un veterano de la escena punk y reconoce que la banda de Reyna, Calamaro, Pablo Martín, Leonardo Ramella y Federico Oldenburg, no eran un grupo típico.
“Lo efímero de El Corte es todo”, dice Rotman y traza una línea posible para entender aquel instante fugaz del rock argentino: “El momento era increíble, pero no era lindo. No hay que confundir la nostalgia por aquella época. Menos mal que se terminó”.















