Tendencias: Bares de despecho, para desahogar penas o celebrar divorcios
Escena 1: DJ Eloy Vibe chapea oficio y arma una escalerita de intensidad con un himno atrás de otro, hasta que decide que es momento de jugar el ancho de espadas y darle play a “Rata de dos patas”, la mejor canción dedicada a un pelotudo jamás compuesta. Al toque el “uuuuuuooooh” llega hasta la vereda de enfrente de la calle Manuel Bonilla, una cortadita de cuatro o cinco cuadras donde están María Mezcal y casi todos los bares necesarios de la movida de Miraflores. “Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho”, escupe –de pie– Paquita la del Barrio, y la concurrencia –90 por ciento mujeres, 10 por ciento hombres mechados entre grupos de mujeres– entra en estado de comunión emocional espontánea. En eso, una chica que está festejando su bienvenida de soltera (aka divorcio) saca una foto grande de su propio adefesio mal hecho y la levanta sobre la cabeza. Y así, sin arreglo previo, todo el bar elige víctima común: los versos “alimaña, culebra ponzoñosa, desecho de la vida, te odio y te desprecio” se gritan más de lo que se entonan y tienen como único destinatario a ese ex ladino que sin duda tiene la culpa de todo y que en ese momento debe estar en su propio festejo, o durmiendo, o andá a saber.
María Mezcal, abierto desde 2021 en el corazón de la capital peruana, es el primer ejemplar de una tendencia en expansión en Latinoamérica: la de los bares de despecho* (después resolvemos ese asterisco). En realidad hay una prehistoria: El Tenampa, la “Catedral del Mariachi” de la plaza Garibaldi de la CDMX, espacio que exorciza males de amores con música y tequila desde 1925 y que llegó a darle nombre al último disco de estudio del gran José José. Pero fue María Mezcal el bar que canalizó en un contexto moderno ese espíritu de cantina mexicana hiperemocional y lo convirtió en un formato exportable, en base a la puesta en valor del destilado que le da nombre, a su ambientación, a su estatus de lugar de celebración del amor y el quebranto para el público femenino y –fundamentalmente– a su playlist.
“Juan Gabriel, Luis Miguel, José José… son artistas que yo no escuchaba de chico, pero sí los escuchaba mi mamá, mi tía o mi abuela. Y los escuchaban tanto que quedaron ahí, guardados en mi memoria. Y entonces cuando los vuelves a escuchar a los 30 empiezas a entenderlos, porque ya entiendes algunas experiencias de las que se habla en esa música”, dice Luis Carrión, gerente del bar. Eso explica que en una noche de miércoles el salón desborde de mujeres justamente en la franja de los 30 dejando jirones de la garganta en el estribillo de “Quién como tú”, hitazo de amor no correspondido de Ana Gabriel, fechado en el verano de 1990. O con “La gata bajo la lluvia”, la historia de metejón fugaz y abandono con la que Rocío Dúrcal se ganó un lugar en el panteón de la música romántica hispanoamericana a principios de los 80. Un hilo de temazos de la niñez, que meten el dedo en la llaga de los dolores y los goces de la adultez: ahí está el combo que fundamenta el éxito del formato y su proliferación por todo el continente.

Escena 2: La cumpleañera maneja un nivel de enfieste conmovedor, al frente de un grupo que la sigue de cerca. Ya pasó por el escenario a cargarse una versión complicada de pitch de “Tu falta de querer”, el tema más elegido en el karaoke por la concurrencia de Poco Floro, el primer bar de despecho argentino. Y ahora le toca pasar al Muro de los Lamentos, una pizarra donde las homenajeadas escriben sus consideraciones hacia los giles que –se supone– motivaron el despecho en cuestión. Atajándose el sombrero cowboy con lentejuelas, la señorita toma la tiza y dispara un esperable “rata inmunda”, seguido por una acotación que parece contradictoria pero al final es lógica: “… pero volvé”.
Dangelo De La Cruz fundó Poco Floro el año pasado, en el barrio porteño de Palermo. “Yo soy de Perú, y en Lima conocí este lugar que se llama María Mezcal y me pareció bueno. Comencé a investigar un poquito y supe que a ese bar le iba tan bien que había gente que hacía cola de dos horas para ingresar. Y me gustó mucho la idea”, cuenta. Al mismo tiempo que el concepto llegaba a Buenos Aires con la creación de Dangelo, se esparcía por otros países con otros nombres: la cadena mexicana Sala de Despecho abrió locales en Chile, Colombia, Venezuela, Ecuador y hasta Madrid y Miami, y en Paraguay abrió María Dolores. Un éxito sin fronteras.
Poco Floro tiene un abordaje un poco más explícito del festejo que María Mezcal. Tiene un animador que también canta, hace fiestas temáticas y “falsas despedidas de soltera”, cuenta con el mencionado karaoke, ofrece clases de salsa y shows de “bandidos” y –en lugar de regodearse en la mexicanidad– viste sus paredes con figuras de Paquita, Nino Bravo y otros artistas, y con la clásica imaginería peruana de grandes letras fluo que Dangelo también usa en su cadena de cevicherías Asu Mare. Su trago estrella es el Rata inmunda (ron, jugo de pomelo, maracuyá y limón, almíbar: recomendado), que viene en un vaso con forma de cuerpo masculino, digamos, bien provisto. En contraposición, María Mezcal tiene el Club de las Arpías: Paola Bracho, Soraya Montenegro, Catalina Creel y Rubí son las villanas de La usurpadora, María la del Barrio, Cuna de lobos y Rubí respectivamente, pero acá son cuatro cócteles que uno debe tomar para develar el nombre de una villana mexicana, no de ficción, sino de la vida real (no espoilearemos pero la pista es que cuando actuaba solía ofrecer café).

A diferencia de MM, Poco Floro todavía no tiene playlist oficial en Spotify pero dice Dangelo que pronto la va a tener. ¿Qué vamos a encontrar ahí? Además de “Tu falta de querer”: clásicos de Amanda Miguel o Gloria Trevi y obviamente “Rata de dos patas”, intercalados con cumbias de cuernos de Karina e hitos del neodespecho como “200 copas” de Karol G. Y un apartado varonil: “Las mujeres, cuando están despechadas, cantan desde el dolor. Quieren insultar, quieren maltratar al hombre. Pero el hombre no. El hombre, cuando está despechado, se da cuenta de que en realidad estaba enamorado. Y entonces empieza a cantar ‘Te amo’ de Franco de Vita. O se hace el fuerte, y viene y canta ‘El rey’ de Alejandro Fernández”, cuenta Carlos, el maestro de ceremonias.
Acá el cruce generacional es de ida y vuelta: hay señoras cantando Cazzu y chicas cantando Yuri. Porque a fin de cuentas hay algo que ronda este fenómeno y que de alguna manera impulsa a los bares de despecho, pero también vive fuera de ellos: desde hace un tiempo, la canción latina romántica de antaño está de moda otra vez.

Escena 3: Una piba de pelo entre el verde y el azul, que no parece ni llegar a los 30, no solo canta: hace carne la letra de “La nave del olvido”, popularizada por José José pero compuesta por el argentino Dino Ramos en 1969. “Espera un poco, un poquiiiiiiito más”, grita estremecida, y con ella otras y otros que agotaron en un par de días las entradas para Macha y el Bloque Depresivo en el Malvinas Argentinas, un club de barrio justo a la salida de la estación Medalla Milagrosa de la Línea E. Cada vez que vienen los chilenos, llenan: ya sea en el Malvinas, en el Margarita Xirgu, en el Konex o en el Gran Rex. Y su repertorio es eso: boleros clásicos recreados con respeto y devoción, temas del cancionero tradicional sentimental latinoamericano, y hasta un cover de “Turista” de Bad Bunny, nombre que viene al pelo para demostrar este revival del latino romántico porque, bueno, el tipo es uno de los artistas más convocantes del planeta y está precisamente en esa.
Benito con algunas canciones de DeBÍ TiRAR MáS FOToS (2025) y antes que él C. Tangana con El madrileño (2021), quizás no hayan sido los primeros ni los únicos pero sí los más relevantes en mostrarle la música orgánica vieja escuela a una generación más acostumbrada a sacudirse con sonidos sintéticos. Y ese rescate de lo sensible prende, porque al final es universal, pero también porque estaba ahí latente, agazapado en las neuronas, esperando que el shuffle de la vida nos los vuelva a poner adelante. Así, hay tantos ejemplos en los últimos diez años que podemos armar nuestra propia lista de Spotify con covers y originales: “Te venero” de Tangana, “Turista” y “Lo que le pasó a Hawaii” de Bad Bunny, “Soy lo prohibido” de Natalia Lafourcade, “Dolor” de Ile (a dúo con el grandísimo Cheo Feliciano), La Santa Cecilia y su alucinante versión de “Debut y despedida” de Chico Novarro, unas cuantas de Mon Laferte, cualquiera de los “Reyes del Bolero Glam” Daniel Me Estás Matando, Carin León con “Que vuelvas” (“deberías estar aquí, aquí donde te quiero, pero al contrario estás allá donde te extraño…”), la “música romántico-popular” de los Agua de Florero que incluye tanto “Corazón partío” como “Algo contigo”, las que se escuchan en el ciclo Amor de Miércoles que organiza el Sindicato Argentino de Boleros en La Plata, “Lo dejaría todo” de Chayanne recreada por Nuestro Romance (que llegó a Obras) y hasta esa puñalada llamada “Risk It All” que Bruno Mars acaba de incluir en su disco convenientemente llamado The Romantic (2026).

Escena 4: Dos señores +40 lucen sus camisas ceñidas sobre el final de la noche en María Mezcal. Debe ser la única mesa de hombres solos: a su alrededor, una tonelada de féminas se para de sus sillas para cantar “Una vida pasada” de Carin León y Camilo, un merenguito pop de 2024, y después “Eternamente bella” de Alejandra Guzmán. Los muchachos revolean los ojos y parecen un poco desconcertados: se ve que siguieron el silogismo “acá hay muchas mujeres, nosotros somos varones, a las mujeres les gustan los varones, por ende les vamos a gustar a muchas mujeres”, pero les falló la lógica. Nadie les da tres de pelota y ellos entienden y no se ponen cargosos: así funcionan estos bares de despecho que –al fin resolvemos el asterisco– quizás no sean tan de despecho. “Acá no se trata solo de que las mujeres vengan a hacer su despecho, hay mucho más. O sea, el hombre no es importante. Porque si no, seguiríamos poniendo al hombre en el centro. Nosotros decimos que María Mezcal no es un bar para mujeres, sino un bar tomado por mujeres. Las mujeres encontraron un espacio que se ajustaba a lo que ellas querían y empezaron a venir juntas, y nosotros también empezamos a darles las facilidades. ‘Quiero ir con mi esposo’. No, no vengas con él, ven con tus amigas”, dice Luis. Ese es el punto de MM, de Poco Floro y del cúmulo de bares “de despecho” que se desparraman por el continente: celebrar el amor y su ausencia con alegría, bebiendo y abrazándose y dejando a un costado la omnipresente mirada masculina, mientras se aúllan con el corazón en la boca esos himnos quebradizos que madres, abuelas y malas de novela legaron. El hit puede ser “Rata de dos patas”, pero la canción que mejor resume el espíritu no es la de Paquita sino “Brindaremos por él”, compuesta por José Luis Perales y pasada hasta el cansancio en todo bar de despecho que se precie de tal: “Brindaremos por ti, brindaremos por él, por qué ele vaya bien, y mañana verás que es mejor olvidar que llorar por amor”.











