Nazareno Casero: “El humor es algo correcto en el lugar incorrecto”
La mirada se pierde en el lente negro. Es adusta, con los músculos tensos. Pero el brillo de las pupilas deja ver cosas: cansancio, angustia, pensamientos dando vueltas. Mientras Nazareno Casero mira la cámara de Rolling Stone, detrás suyo la ciudad de Buenos Aires entra en modo oscuro: la noche se instala. Las torres de Puerto Madero se reflejan entre sí, se iluminan y se pierden en el horizonte con el río. Es un jueves de comienzos de abril y Nazareno Casero –pelo corto al ras, barba gris y áspera, postura de lucha– viene de ensayar cinco horas el unipersonal que está preparando hace más de dos meses y que estrenará un par de semanas después de este encuentro: Bebé reno.
Juan Ignacio Sánchez, el encargado de retratar este encuentro, dispara cerca de su cara, muy cerca de su cara, cada vez más cerca de su cara. Le dice que mire para un costado, que luego se enfoque en el lento oscuro. Le muestra las fotos. Nazareno dice que sí, que están buenas. No dice más. Hace semanas que está haciendo esto: ensayar cinco horas por día, seis veces a la semana, dar entrevistas y posar para fotos.
“¿Y si hacemos algo en la bañera?”, dice después, buscando más fotos. “Me puedo sentar adentro, apoyarme como si fuera una barra”. Entonces nos movemos del hall de la habitación que está en el piso 9 del Hotel Hilton y damos la vuelta por un pasillo, pasamos por el sector de la cama y llegamos al baño que tiene ducha e hidromasajes. Nazareno mira el espacio y se mete en el hidro. “Mirá que no me voy a sacar fotos en bolas”, dice mientras se acomoda y larga la carcajada.
“El humor está en todos lados”, dirá un rato más tarde. “Porque el humor es algo correcto en un lugar incorrecto. Y la obra –Bebé reno– tiene mucho de eso, algo que es muy inglés y me gusta”.
Después del jacuzzi, Nazareno ve colgadas unas batas de un blanco de hotel internacional. Se enfunda en una –siempre vestido– y se mete en un pequeño espacio del guardarropa. Nazareno es ancho –después de pelear en la edición 2024 de Parense de manos, hace boxeo y tiene un entrenamiento acorde al deporte– y apenas entra en ese hueco. Está apretado y oscuro metido ahí adentro. O dentro de sí mismo.
Nazareno Casero, que es actor desde los 7 años y que cumple 40 en junio que viene, está ante uno de los desafíos profesionales más importantes de su carrera. Y se le nota. Cuando habla de la obra, la voz se acelera, parece temblar y repite oraciones que hablan de la magnitud del proyecto. Después de este encuentro, se va a ir a su casa a leer el libro que tiene 75 páginas, va a tener un encuentro vía Meet para repasar y mañana a las 8 a.m. va a estar en el LUZU TV para seguir su rueda de prensa.
“Esto es pura adrenalina. El hecho de decir cuántos días faltan para un estreno en el cual voy a estar solo ahí arriba, diciendo más de una hora de texto, acordándome de todo”, dice. “Y también es salir de ese lugar de confort”.
Todo esto, que empezó hace dos meses y que hora a hora se pone más intenso, lo está viviendo en medio de la separación de la relación más larga de su vida –algo más de seis años–. “Este duelo, esta vulnerabilidad, trato de usarla para el personaje”, dice mezclando vida y obra. “Y también tengo la gran excusa de estar ocupado. Aunque cada tanto el duelo viene y golpea”.
No es la primera vez que Nazareno se va a plantar en un unipersonal. Hace más o menos una década hizo Al palo. Hora y pico hablando de sí mismo. Riéndose de sí mismo. Un monólogo de humor extremo. Una obra que escribió junto a Sebastián Irigo y que hoy, según el propio Nazareno, sería “entre cancelable y cuestionable”.
“Hacíamos chistes y hablábamos de cosas de mí, exponiéndome a mí y a mis cosas y cargándome, pero con momentos fuertes”, recuerda. “O, por lo menos, incómodos”.
A mediados del año pasado, mientras estaba en España haciendo el Camino de Santiago de Compostela junto a su perro Rulo, el productor Maxi Córdoba le propuso volver a hacer aquel show. A la par que tenían esa conversación sobre cómo adaptarlo a los tiempos de hoy, Córdoba le contó que estaba gestionando el libro de Bebé reno y quería que él fuera el protagonista. “Le digo ´bueno; si vos querés que la haga, la hago´. Y acá estamos”.
Entonces, Nazareno está cada vez más metido en la piel de Richard Gadd, el dramaturgo, actor y escritor que, luego de canalizar una experiencia oscura sobre acoso en una obra de teatro y una serie de Netflix saltó a la fama mundial.
“Es muy fuerte, porque nosotros estamos readaptando la obra original, esa que el mismo chabón hizo dos o tres veces en algunos festivales de teatro”, explica Nazareno. “Porque después escribió el libro y en base a eso se hicieron la obra de teatro conocida y la serie”.
No es, tampoco, la primera vez que se pone en las tripas de personajes complejos. Ya fue Maradona en la serie de Amazon Prime, Maradona, sueño bendito, en 2021. El del 82 al 86, el de la fama, el mejor jugador del mundo, el que se volvió millonario, se hizo amigo de la mafia italiana, conoció la cocaína. Cuando eso pasó fue un clic para él. “El papel de Diego era una responsabilidad. Es un ícono”, dice. “No es solo el personaje, sino lo que significa en cada persona que lo ve”.
La gente lo paraba por la calle, le pedía abrazos, fotos. Como si fuera Maradona. O su avatar.
“Con un personaje así no es solo Maradona, sino el momento en el que alguien vio el partido con el padre y hoy el padre no está y te lo cuentan y es esa responsabilidad”, reflexiona. “Y de golpe podés hacerlo mejor o peor, pero no podés guardarte nada para hacerlo. Y lo dije desde un primer momento: si me llega a salir mal, tengo que ir y poner mi cabeza en una guillotina”.
De nuevo: Maradona no fue la primera vez de un rol fuerte. En 2006, cuando tenía 20 años, fue parte de Crónica de una fuga, el film de Adrián Caetano que narra el escape de 4 secuestrados por la dictadura de Jorge Rafael Videla del centro de detención clandestino Mansión Seré. Y una década más tarde fue Maguila Puccio en Historia de un clan, la serie dirigida por Luis Ortega sobre Arquimedes Puccio y los secuestros, torturas y asesinatos que llevaba adelante en su casa. Ahí, además de tener un rol protagónico, compartió elenco con Alejandro Awada, Chino Darín, Cecilia Roth, Gustavo Garzón y Tristán.
¿Por qué creés que te eligen para esos papeles intensos?
No sé por qué me llaman a mí. Debe ser porque digo “dale, vamos”. Y aunque me dicen “pero mirá que tiene…”, digo que sí igual. Medio de inconsciente tal vez.
¿Qué te generan esas propuestas?
Debe ser esto de que me gusta la aventura. En un momento necesitás emociones más fuertes para decir “che, me siento vivo”.
¿Y cómo llevás el después de eso?
Soy medio abandónico en el sentido de que lo hago y listo, ya está hecho. Te gustó a vos que sos el productor, al director: listo, me voy a mi casa. No me quedo regodeando en “che, mirá lo que doy y mirá lo que puedo hacer”.
¿Creés que hubo un momento en el que empezaste a buscar tu voz como actor?
Creo que no. Tengo la suerte de hacer siempre cosas muy distintas. En algún momento me di cuenta que por ahí prefiero hacer drama porque la comedia es muy seria, hacer comedia es algo serio también. Y es insufrible alguien que se quiere hacer el gracioso. Entendiendo eso, sumado a que mi viejo es comediante y me ha disparado la pregunta sobre qué quiero hacer yo y desde dónde.
¿Hay algo de querer despegarse de él ahí?
No, no directamente. Pero me parece divertidísimo hacer un drama que estás llorando, que se te caen los mocos y de golpe estás así y decís: “Ya estamos, ¿no?”. Tal vez sea algo de desequilibrio mental, emocional, no lo sé, pero digamos esta cosa de entrar y salir de algo que puede darte llanto y de golpe estar riéndote me parece que es divertido.
Alos 7 años Nazareno Casero apareció por primera vez en la televisión. Fue en un sketch donde hacía de un pequeño Diego Capusotto, vestido de estudiante, y rendía una lección oral frente a un panel de profesores que eran Alfredo Casero, Fabio Alberti y el verdadero Capusotto. Sus respuestas ante las preguntas eran hilarantes, de un humor absurdo a tono de Cha cha cha, el programa que se volvería una cuestión de culto.
Así empezó todo, mientras iba a segundo grado de la escuela primaria. “Esa exposición tan temprana te hace ser un poco más cauteloso, tal vez”, dice, viendo todo en perspectiva. “Saber que cualquier cosa que puedas llegar a hacer o cualquier cosa que pueda llamar la atención que hagas fuera del medio, justamente, va a llamar la atención el doble”.
Hoy Nazareno dice que le gusta vivir tranquilo. Que ya la vida de por sí es caótica y estresante: los trabajos, el contexto, el tránsito. “Encima sumarte cosas, no está bueno estar nervioso porque dijiste algo en una nota y decís: ¡oh, qué boludo que soy, quién me mandó a no explicar bien esto!”.
Entre otras cosas que aprendió del pasado fue el impulso de seguir y superar. En su casa, dice, no lo dejaban tener ataques de pánico: si llegaba llorando de la escuela porque le habían pegado su mamá le decía que devolviera el golpe y después de eso lo cagaban a pedos por haberse peleado.
“Mis viejos, los dos, han tenido una vida bastante poco feliz, digamos, hasta que ellos pudieron hacer sus cosas”, dice. “Han sido muy generosos, me han dado mucha libertad, me han dejado hacer lo que quise. Al punto que a veces les digo: ¿cómo me mandaron a tocar el bombo, la concha de su madre? A los 8 años me tenías que mandar a inglés”.
Esos padres criaron un Nazareno libre pero con las cosas claras. En la casa no se miraban “pelotudeces”. La música que se escuchaba era Miles Davis, Serrat, Elton John y Charly García. Si quería algo material –un Sega y el Mortal Kombat, por ejemplo– se la tenía que comprar con el dinero de su trabajo. Si quería ir a un colegio que por proge excedía los gastos de la familia, se lo pagaba él.

“Tuve una infancia feliz, inclusive con los momentos de tristeza y de dolor que han servido para edificar algo y poder entenderlo”, dice. “Viste esta palabra que empezó a aparecer ahora, la resiliencia, que un poco es: dale, aguantátela.”
Cuando habla del pasado, de esa felicidad que pone en historias mínimas, la cara se le transforma: sonríe, se le pierde en la mirada, el tono de la voz es más suave. “Hice lo que quise de chico”, concluye. “Obvio que tuve mis quilombos, ¿no? Pero digo, si encima me quejo. Daaaale, soy un hijo de puta”.
Cuando esa infancia se volvió adolescencia y el trabajo ya tenía 8 años de pasado, Nazareno se preguntó si quería seguir actuando. Si eso que hacía lo hacía porque era lo que hacía su papá. Tenía 15 años.
“Había hecho varias cosas ya y de golpe empecé a tener otras inquietudes además de actuar”. Eso lo habló con Sebastian, su amigo –su todavía amigo–, que le dijo: “Mirá que está bueno lo que hacés”. Sebastián le aportó la mirada ajena y lejana. Esa que él, metido en sí mismo y en su mundo, no podía ver. “Es clave hablar con esas personas que pueden ver cosas que por ahí vos no estás pudiendo”.
Y así siguió. Incluso en momentos donde se lo señaló por ser el hijo de un famoso. “Bueno, eso técnicamente es cierto: soy un nepo baby”, dice y ríe. “Pero, ¿te tengo que explicar a vos que no sos del medio, que nadie te va a regalar plata porque sos el hijo de?”, sigue. “Si no tienen algún interés en que mi viejo venga a verme a la función o venga a participar en algo, ¿por qué me vas a llamar? Entonces, ya no siento que tenga que explicarlo”.
De ser hijo de famosos aprendió a ser cuidadoso. A valorar las opiniones que considera. Aprendió a buscar la perfección, dice, aunque sabiendo que es una utopía. Y al igual que cree que su carrera se construyó más allá de la oportunidad inicial que le dio su padre cuando tenía 7 años, también cree que su presente es más que el resultado de su infancia: “Después de los 30 años, ya si no sonreís es cosa tuya, ya no sos más el producto que hicieron en tu casa. Llega un momento en el que no podés seguir culpando a tu viejo ni a tu vieja”.
La primera vez que Nazareno Casero salió en estas páginas fue en el anuario 2011. En ese entonces estaba en un momento álgido porque la película Aballay –donde fue uno de los protagonistas– había sido elegida para competir por una nominación al Óscar. Ese año, había empezado del otro lado del mundo: en China. Había ido a buscar a su novia en ese momento; cuando llegó, las cosas ya no eran iguales y se separaron vía Skype. Entonces emprendió un viaje de un mes por el gigante asiático. Tomó trenes con recorridos de veinte horas, vio la llanura china como el infinito asomando por una ventanilla.
Esa historia de hace más de 15 años podría sintetizar dos pasiones de Nazareno: los viajes y el amor. Dos formas de entender la aventura.
“Me gusta eso de estar perdido. Al menos en lugares que no conozco y no tengo idea”, dice sobre los viajes. Y sobre el amor: “No saber qué hay para adelante, más o menos sé lo que hay para atrás, pero para adelante no tengo idea”.
Un breve recuento de datos mixeando lugares podría decir que Nazareno cruzó el río Amazonas en un barco, que fue a China, que pasó un verano en Ibiza, que estuvo en México y en Yakarta.
“Llegar a un lugar y buscar lo que sea para mí es toda una aventura. Un día descubrí que hay algo que se llama dromómano, que son como los que no pueden parar de moverse. De ir y buscar. Hay algo de eso que me gusta. Y me parece que la novedad constante es algo diferente”.
También, el raconto, además de viajes, puede hablar de la búsqueda del amor: en los últimos 20 años estuvo de novio al menos 14.
“Hay algo de esta cosa del lugar de confort de estar en pareja, de si estoy bien con ella, no hay nada que explicarnos. Nos vemos, nos entendemos y ya. Y creo que por ahí estar solo y conocer a alguien se asemeja a esta cosa de viajar sin saber hacia dónde”.
Ya son más de las 9 de la noche. Cuando terminamos de charlar, Nazareno corre por la habitación. Revisa que todo esté bien. La cama estirada, las toallas ordenadas. La bata bien doblada en su percha. Es como un niño en busca de cubrir los rastros de sus juegos.
Después nos subimos a su auto y vamos camino al centro. Cerca del Obelisco va a pasar a buscar un ceviche por su lugar favorito. “Un local de mala muerte”, aclara. Dice que ceviche porque pescado, fósforo, cabeza. Desde que empezó este encuentro Nazareno habla de lo que va a hacer esta noche. Lo repite: llegar a casa, comer, leer unas tres horas el guion, repasar letra, tener un ensayo más por Meet.
“Nunca fui a clases de teatro”, dice. “No me jacto de eso, me parece que me faltaron un montón de cosas que podría haber exprimido más”.
Dice esto mientras cuenta sobre sus ensayos con Indio Romero, el director de la obra, que está todos los martes en el Paseo La Plaza.
“Indio se da cuenta y me dice ´te tengo que explicar conceptos´. Y es: dale, explicamelos rápido porque estrenamos”, sigue. “Es fuerte todo esto. Pero te juro, tengo la suerte de haber aprendido haciendo durante toda mi carrera, incluso hoy”.
De trabajar con Indio aprendió, por ejemplo, que para decir la letra con más naturalidad, para incorporarla de forma orgánica, puede repetirla frente al espejo. Copiarse a sí mismo. “Porque hay neuronas que son neuronas a espejo, que laburan copiando”. Aunque no es tan fácil como suena. Porque después cuenta que mira la extensión del libro y su cabeza dispara: “No tengo esa cantidad de tiempo de atención”. Entonces tiene que parar. Tomarse un respiro y respirar. “Porque me empiezo a frustrar”.
Cuando estamos llegando a 9 de Julio, y mientras dice que Argentina es un país fantástico, que no tiene nada que envidiarle a ninguna parte del mundo, vuelve sobre la obra y su presente. No puede salir de ese mood. “Ya empezó la cuenta regresiva real”, dice. “Empieza doble y triple turno. Y se vuelve medio enloquecedor”.
El ritmo de hoy es de vértigo e incertidumbre para Nazareno. “Más cerca de la fecha empezás a disfrutar menos. Se te empiezan a cerrar las manos que te están ahorcando”, ejemplifica. “Pero en un momento, cuando podés vomitar esa letra y todo sale es placentero”.
Ahora lo dice calmo. Sintiendo ese momento. Lo está viviendo. Y lo desea. Aunque sabe, porque lo dijo hace unos minutos antes de empezar a manejar, con la noche abrazándolo: “Si no tenés este miedo ante algo nuevo: preocupate, porque tenés que tener ese miedo que te hace sentir vivo”.











