Leo Rizzi encuentra refugio en La Belleza de las Flores

En tiempos donde todo parece diseñado para medirse, optimizarse y consumirse rápidamente, Leo Rizzi decidió ir en la dirección contraria. Su segundo álbum, La Belleza de las Flores, nace como una respuesta a la velocidad de la comunicación, a la presión constante por convertir el arte en contenido y a la sensación de estar perdiendo aquello que vuelve significativa a la música.

Inspirado por las ideas del filósofo coreano Byung-Chul Han, Rizzi construyó un disco que reflexiona sobre la presión de las redes sociales, la obsesión por los números y la necesidad de recuperar una relación más honesta con la música. 

La Belleza de las Flores también parte de una búsqueda personal de crear desde un lugar genuino, lejos de las fórmulas de viralidad y de la exigencia constante de resultados inmediatos. Desde la idea de “habitar un limbo de lo bello”, el álbum se pregunta cómo seguir haciendo arte desde la autenticidad dentro de una industria que constantemente empuja hacia el rendimiento y la exposición. En conversación con ROLLING STONE en Español, Leo Rizzi habla sobre esa postura y el momento en que entendió que se estaba “convirtiendo en el empresario que prometió destruir”.

¿Cómo te sientes a tres días de lanzar el álbum? ¿Sientes incertidumbre, emoción…?

Pues la verdad es que para la incertidumbre aún queda lugar. Siento que cuando salga el disco y empiece a moverse voy a ver realmente qué pasa. Tengo ganas de eso. Creo que el viaje va a ser largo y, bueno, también están los nervios, ¿no? Porque al final hay una presentación, hay invitados, estoy enseñando el disco… Pero creo que me reservo esa incertidumbre y esos nervios para todo el año, porque siento que van a pasar muchas cosas.

Cortesía 

Hablamos cuando sacaste Pájaro Azul, que es tu álbum debut. A veces el proceso después del debut es complicado, pero parece que para ti ha sido un periodo muy creativo, ¿cómo ha sido este proceso entre álbumes?

Justo después de terminar Pájaro Azul ya estaba componiendo cosas nuevas. Soy muy inquieto a la hora de componer, me encanta componer todo el rato y, de alguna forma, no se me hace difícil. Ya cuando se acerca el deadline es como que los deberes ya estaban hechos desde antes, cuando no había presión, así que eso me da un poco igual.

Lo que sí ha cambiado es cómo he producido y con quién me he juntado para hacer alianzas. Y de alguna forma miro para atrás y digo: vale, Pájaro Azul llevó muchísimo curro y en su momento me parecía un proceso loquísimo, pero ahora miro este disco y pienso: es que esto ha sido el doble de proceso. Y se nota. Se nota en la definición del sonido, en la coherencia, en las letras también. Siento que no me he quedado con lo primero que salía, sino que le he dado más vueltas para que todo fuera más simple y se entendiera mejor. Y creo que lo he conseguido. Estoy contento con eso, tío.

Tu nuevo disco parte de una idea de la profanación de lo sagrado y la velocidad de la comunicación, ¿en qué momento sentiste necesario hacer un álbum desde ese lugar?

En el momento en el que me doy cuenta de que me estoy convirtiendo en el empresario que prometí destruir. Empiezo a notar que estoy intentando viralizarme a mí mismo con estrategias y fórmulas y digo: esto no tiene sentido. Ahí es cuando me encuentro con Byung-Chul Han, que se convierte un poco en un maestro para mí, aunque él no lo sepa. Y me enseña muchísimas cosas que tienen que ver con valores, con una forma de vivir. Ya ni siquiera con la música, sino con cómo planteo mi existencia en este contexto y en este mundo. Y de alguna forma me doy cuenta de que me estaba intoxicando, casi como una droga, con todo el tema de las redes sociales, la exposición y obligarme a mostrarme de una forma bestia para conseguir resultados. Todo basado en el rendimiento. Entonces la idea del disco nace de entender el valor que tiene el arte por sí solo y de dejar de ser tan hostil conmigo mismo en ese sentido.

Citaste la frase “la belleza de las flores se debe a un lujo que está libre de toda economía”, pero ¿cómo sostienes esa postura en una industria que funciona al revés? 

Como cualquier utopía, creo que las utopías sirven para poner un punto en el horizonte y caminar hacia él. Yo ahora mismo sigo siendo una persona y un artista que todavía tiene mucho puesto en las redes sociales, claro, porque quiero vivir con la música, pero siento que el camino hay que construirlo, porque el que ya está hecho me parece poco honesto.

Igual paso baches, igual vienen momentos malos, igual mañana no me escucha tanta gente, pero creo que todo este viaje también me ha hecho más humilde. Entender la música no como un instrumento para ponerme encima de ella, sino como algo que me hace feliz. No quiero usar la música para hacerme rico económicamente. Me hago rico de otras formas con ella. Y es difícil aceptar eso porque la industria te vende muchos lujos cuando llegas a cierto lugar. Pero al final eres clase obrera de la música. Eres obrero de la música y está bien. Y esa narrativa me emociona muchísimo más que la idea de ser rico y tener cuatro Lamborghinis.

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Me gusta esa distinción que haces de no vivir de la música, sino vivir con la música, ¿cuál es la diferencia?

Lo que te decía: vivir de la música es intentar exprimirla para que cumpla todos tus deseos o para vivir una vida soñada. Vivir con la música es aceptar lo que la música te da cuando la compones y cuando la compartes. Y desde ahí siento que todo es más fácil. Le pones menos presión a las cosas y, cuando las presionas menos, salen con mucha más naturalidad.

Hablas también de que quieres habitar un “limbo de lo bello”, ¿cómo te imaginas ese limbo?

Creo que tiene muchísimo que ver con la autenticidad y con la genuinidad desde la que hacemos las cosas. Siento que lo bello está directamente relacionado con lo sagrado. Hay una frase muy buena de Byung-Chul Han que dice que durante mucho tiempo la palabra “fair”, o sea “justo”, también estaba relacionada con lo bello. Cuando algo era justo, también era bello. Y creo que ese es el camino. Entender la justicia como belleza y no la belleza como algo superficial. Porque muchas veces algo puede parecer bello por fuera, pero si del otro lado hay sufrimiento, entonces ya no es verdaderamente bello. Ahí está un poco el centro de todo esto.

¿Qué literatura recomiendas de Byung-Chul Han? A mí me recomendaron La sociedad del cansancio.

Ese es como su hit. Yo empecé por La desaparición de los rituales y me enamoré de Byung ahí. Ese libro habla mucho de recuperar ciertas narrativas y tradiciones para vivir. Critica cómo en Occidente reemplazamos esas narrativas por el consumo y la producción. Es como producir para consumir y consumir para seguir produciendo, y ya está. No hay otra narrativa. Y ese libro fue la primera semilla para entender muchas cosas. Luego La salvación de lo bello me parece brutal. Empieza preguntando qué tienen en común la depilación brasileña, el iPhone y Jeff Koons. Y todo tiene que ver con la superficie lisa, con la ausencia de fricción. Con cómo vivimos intentando evitar el conflicto y terminamos construyendo una sociedad homogénea.

Y luego La crisis de la narración, que habla de cómo el storytelling ha sustituido a la narración real. Ya no contamos historias de verdad; solo trasladamos información para vender cosas. Todos sus libros tienen algo muy potente. Para mí ya son casi un manifiesto de vida.

Claro. Y me imagino que también es interesante verlo desde hacer pop, ¿no? Porque la palabra pop hace referencia a lo popular, lo que se vende. ¿Qué significa para ti hacer pop hoy?

Para mí hacer pop es conectar con la gente. Conectar con algo que todos compartimos por dentro. Al final, cuando uno hace pop, quiere celebrar con la gente. Quiere cantar con la gente. Porque los que hacemos música no queremos cantar para nosotros mismos. Eso ya lo podemos hacer en casa todos los días. Hay un deseo de conexión muy grande detrás de todo eso.

En tu post de redes hablas de que no se debe datificar ni cuantificar lo invisible, me gustó esa frase, ¿es una reacción a cómo se consume música hoy?

Sí, totalmente. Byung habla mucho de la datificación y me parece un concepto muy interesante. Hoy todo se intenta medir con números. Tienes relojes inteligentes que miden tus pasos, tus variables físicas… todo tiene que convertirse en datos. Y claro, la música también, porque está dentro de una industria que necesita esos números para decidir qué vale y qué no. Pero siento que hay que escapar de eso. Intentar crear momentos honestos que no necesiten cuantificarse. Espacios donde simplemente sientas algo de verdad. Y este disco nace un poco desde ahí. Desde decir: yo hago esto porque me nace, porque me apetece, y ojalá quien esté al otro lado también entienda que puede hacer lo mismo. Y ojo, tampoco quiero quedar como alguien perfecto. Seguro que a veces me contradigo y me entra la neura de querer pegar una canción en TikTok. Todos intentamos ser nuestra mejor versión. Pero el mensaje que quiero dar, para mí y para un mundo mejor, es ese.

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Esto de vivir desde la verdad o evitar un limbo de lo bello, ¿cómo se traduce en decisiones concretas en el disco? ¿Cómo trabajaste la parte de letra, sonido, producción, silencios?

Fíjate que tiene mucho que ver con lo invisible. No te podría decir “hicimos esto” o “quitamos aquello”. Más bien era notar cuándo algo estaba en paz dentro de mí. Cuando conseguía callar todas esas voces y dejaba de pensar en referencias, en minutajes, en fórmulas o en si algo iba a funcionar, ahí era cuando decía: vale, esto ya resuena conmigo. Y ya está. Simplemente conectar conmigo y con el viaje del disco. Como una planta que hace una flor sin pensar en comercializarla. Pues un poco así. Hacer canciones simplemente por amor a hacerlas.

El disco empieza con ‘Puro’, una canción cuyo visual muestra a un caballero quitándose la armadura. Es ese gesto como de quitarse capas, ¿no? ¿Cómo se conecta con la idea del álbum? 

Justo. ‘Puro’ abre el disco porque habla de esa intención de encontrar la pureza. También de purificación y de nuevo comienzo. Quitarme esa armadura simbólicamente significa querer volver al origen, quitarme corazas que uno se pone para sobrevivir dentro de esta industria tan hostil. Muchas veces te venden la idea de que tienes que convertirte en ese caballero perfecto, lleno de armaduras y artificios, pero en el fondo, para ser feliz con lo que haces, tienes que abrazar tu verdad y tu origen. Ser honesto con eso.

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