Gerardo Oñate y El ritual del nahual: “La justicia tampoco tiene forma”
Pocas películas mexicanas recientes han utilizado el folk horror para formular preguntas tan difíciles sobre la sociedad contemporánea como El ritual del nahual. Ambientada en el México rural de los años sesenta y atravesada por las leyendas del nahualismo, la película va mucho más allá de la criatura fantástica que aparece en pantalla. Lo que realmente le interesa es explorar qué ocurre cuando las instituciones dejan de funcionar y las comunidades comienzan a construir sus propios mecanismos para castigar, juzgar y sobrevivir.
Detrás de esa reflexión se encuentra Gerardo Oñate, quien además de protagonizar la película participó en la escritura del guion junto a Roberto Chávez. A partir de experiencias personales, observaciones sobre los linchamientos que han marcado la historia reciente de México y una profunda curiosidad por la naturaleza humana, Oñate desarrolló una historia donde el horror funciona como vehículo para discutir cuestiones filosóficas que siguen vigentes: qué es la justicia, quién puede ejercerla y dónde termina la razón para dar paso al instinto.
Conversamos con él sobre el origen de la película, la influencia de las autodefensas, la construcción de sus personajes y las preguntas que todavía siguen acompañándolo después de terminar el proyecto.
Tu trabajo suele partir de realidades muy concretas. ¿En qué momento decides que una experiencia merece convertirse en relato y no quedarse simplemente como una observación?
Creo que tiene que ver con la necesidad de emitir una opinión o una postura sobre algo que me sucede. Tengo la fortuna de que muchas veces las cosas que me pasan ya vienen estructuradas como una historia, con principio, desarrollo y final. Y cuando no lo tienen, de alguna manera terminan encontrándolo.
También depende mucho del momento personal que estoy viviendo. Cuando era más joven quizá me interesaban otras historias, otros géneros o incluso otros temas. Pero cuando comenzamos a desarrollar El ritual del nahual teníamos muchas ganas de hablar de la justicia. Queríamos preguntarnos qué ocurre cuando la justicia institucional deja de existir o deja de funcionar. Y para quienes vivimos en América Latina, esa pregunta resulta bastante familiar.
En la película existe una tensión permanente entre lo íntimo y lo social. ¿Cómo identificas el momento en que una experiencia personal empieza a hablar de algo colectivo?
Cuando descubres que otras personas comparten las mismas preguntas. En este caso comenzamos a preguntarle a la gente que nos rodeaba cómo definía la justicia, dónde empezaba y dónde terminaba. Y nos dimos cuenta de que nadie tenía una respuesta clara. Me recordaba mucho a lo que Guillermo del Toro planteaba con el amor en The Shape Of Water: la justicia tampoco tiene forma.
Por aquellos años comenzaron a multiplicarse los linchamientos en México. Al principio uno podía entender la indignación colectiva detrás de ciertos casos, pero después del segundo o tercer episodio empecé a sentir que algo estaba cambiando. Entonces surgió la pregunta: ¿en qué momento un acto que parece buscar justicia deja de ser justicia? Ahí nació la historia.

¿Primero apareció la idea o primero apareció el personaje?
Primero apareció la idea. Nosotros queríamos reflexionar sobre la justicia y después comenzamos a pensar quién podía encarnar esa discusión. Empezamos a imaginar a los distintos portadores de la justicia: quien la recibe, quien la ejerce y quien intenta regularla.
Al principio la historia funcionaba con dos fuerzas enfrentadas, pero cuando pensamos en convertirla en largometraje entendimos que necesitábamos una tercera figura que representara la mirada del espectador. Ahí surgió el personaje del federal, alguien que pudiera observar lo que sucede y cuestionarlo desde fuera.
La película trabaja con materiales muy cercanos a la realidad mexicana. ¿Cómo evitar que una historia así termine convirtiéndose en un discurso moralizante?
Porque nunca quisimos predicar. Nos interesaba presentar el problema, no resolverlo. Yo crecí en Michoacán y tuve cierta cercanía con el fenómeno de las autodefensas. Me parecía fascinante cómo construían sus propios sistemas de reglas y de justicia cuando las instituciones ya no respondían a sus necesidades.
Durante la investigación encontramos referencias en las crónicas coloniales donde el nahual aparecía como una figura capaz de ejercer justicia dentro de algunas comunidades. No solamente castigaba, también juzgaba. Esa idea nos pareció muy poderosa porque el nahual deja de ser un ser humano. Al convertirse en una entidad superior, se libera de las limitaciones humanas que muchas veces vuelven imposible la justicia absoluta.

¿La película cambió tu propia visión sobre la justicia?
Sí, completamente. Lo digo con total honestidad: alguna vez sentí satisfacción al ver que atrapaban a un ladrón y lo golpeaban entre todos. Pensaba: “Qué bueno que le están dando su merecido”. Pero después empecé a preguntarme por qué sentía eso.
Entonces entendí que yo tampoco estoy libre de los impulsos que intento cuestionar. También soy parte del problema. También reacciono emocionalmente. Y si la justicia depende únicamente de nuestras emociones, entonces nunca será completamente justa. La película me obligó a reconocer eso.
El largometraje está ambientado en los años sesenta. ¿Por qué decidieron situarlo en ese momento histórico?
Porque nos interesaba un México rural que existía antes de las grandes transformaciones sociales de finales de la década. Nos parecía fascinante pensar que estaba cambiando el presidente del país y que muchas comunidades ni siquiera se enteraban o no les importaba. Ya vivían desconectadas de las instituciones. Para ellas la ley era algo lejano.
Pensamos: si este sistema de justicia comunitaria lleva años funcionando, ¿qué ocurriría si un día falla? Ahí colocamos el punto de partida de la historia.
Una de las características más interesantes de la película es que obliga al espectador a completar muchos vacíos.
Eso fue totalmente intencional. Nos gusta confiar en la inteligencia del público. Utilizamos el espacio negativo de la misma manera que se utiliza en el diseño gráfico: aquello que no muestras también comunica. Además, siendo una producción completamente independiente, esa estrategia también nos permitió concentrarnos en aquello que sí podíamos mostrar. Pero más allá de las limitaciones presupuestales, nos interesa que la audiencia participe activamente y complete parte del relato.
Después de todo este proceso, ¿qué preguntas sigues sin poder responder?
Las mismas que me han acompañado desde el principio. ¿Quiénes somos realmente? ¿Por qué actuamos como actuamos? ¿Qué nos lleva a elegir entre una cosa y otra cuando enfrentamos exactamente las mismas circunstancias?
Muchos amigos me han dicho que mis historias terminan explorando la identidad y la naturaleza humana. Yo no era completamente consciente de ello hasta que me lo señalaron. Pero creo que tienen razón. Me interesa entender por qué dos personas que parten del mismo lugar pueden terminar tomando decisiones completamente opuestas.
Al final, detrás del monstruo, del bosque y del horror, hay una reflexión profundamente filosófica.
Totalmente. Mucha gente ve la película y encuentra una historia de folk horror, un monstruo y una serie de persecuciones. Todo eso está ahí y funciona perfectamente. Pero debajo de esa superficie hay preguntas sobre la ética, la moral, la identidad y el sentido mismo de la justicia.
En Rotterdam nos ocurrió algo muy interesante. Muchas personas comenzaron a preguntarnos por símbolos o significados que ni siquiera habíamos planeado conscientemente. Y entendimos que cuando trabajas con ciertos temas, muchas cosas aparecen de forma natural.
Al final, el nahualismo, los hombres lobo o las historias de transformación existen en muchas culturas porque todos nos hacemos la misma pregunta: cuánto de animal sigue viviendo dentro de nosotros y cuánto de humano somos capaces de construir.
Y quizá ahí está el verdadero conflicto de la película. No en el monstruo que aparece en el bosque, sino en la batalla permanente entre el instinto y la razón. Entre aquello que sentimos y aquello que creemos correcto. Entre la bestia y la justicia.












