Draco Rosa: “Soy caribeño, puertorriqueño, y me encanta el rock and roll”

En julio de 2024, Draco Rosa —nacido como Robert Edward Rosa Suáres hace 56 años en Long Island, Nueva York, Estados Unidos— y su pareja iniciaron un viaje con la idea de despejar la cabeza. Comenzó por el caribe, con una semana en las playas de República Dominicana. Después, adquirió tintes místicos y espirituales, cuando se mudaron a la Costa Brava de España, en el noroeste del país, en la provincia de Girona. Ahí, el agua es transparente y cristal, las playas y los caminos son rocosos, la naturaleza es agreste. Hay una sensación de viaje en el tiempo, un feedforward al medioevo. Ese camino tuvo paradas en viñedos, castillos y monasterios, con el ruido del Mediterráneo rompiendo en las orillas de fondo. Ese viaje, que duró poco menos de dos meses, hizo callo en el interior de Draco. Y esa marca la convirtió en las doce canciones que dan forma a Olas de luz, su último disco.

“Este viaje fue importante porque fue en un momento de mi vida en el que estoy sin alcohol y compartiendo con una compañera que da luz y tranquilidad”, dice desde su estancia en Puerto Rico. En su nueva casa, Draco vive en el campo, lejos de Los Ángeles, donde forjó su vida, la personal y la artística. “Tuve que entregar cositas, mi casa y otras más”, cuenta y cuando dice “entregar” parece referirse al divorcio con su mujer de más de treinta años de relación. “Me vine a vivir en la finca y tengo otra realidad. Estoy feliz porque ha sido mi mejor decisión”.

En ese contexto de reset de su vida, de un viaje de aires iniciáticos y de un nuevo hogar, nació este disco, el primero con canciones inéditas en cinco años. Olas de luz tiene una sonoridad que remite a aquel paisaje de la Costa Brava. Tiene armonías y capas que son como plegarias para una oración. Suenan a cantos de sirenas y omnipresencias. Con texturas de guitarras y teclados, bombos en negras, silencios de marco. Es Draco en la cima de su vida, como el monje que quiere compartir las enseñanzas que le dejó el tránsito en este plano. Lo que aprendió.

Este es un disco donde parecés reconciliarte con tu pasado.

Olas de luz es una fiesta donde soy una persona que trata de manejar esa energía negra con la que uno puede despertar. Pues es un proceso, ¿no? Hay que hacerse adulto y tener la esperanza de que vas a poder manejar todo eso. Ese proceso que es un poco un romance y representa la luz. Es como el ying y el yang. Es como el disco.

La narrativa del álbum revisa mucho tu pasado. Podría hasta ser nostálgico.

Es mirar un poco el pasado y decir: “¿Qué me queda de eso que hice?”. Pero es mirarlo sin nostalgia. Es simplemente de emoción. De un día renovado. De un renacer. Yo no soy muy de nostalgia. Me gusta mucho lo que está pasando ahora: las motos, el café, la finca.

¿Entonces Olas de luz es una especie de foto de tu presente?

Todo es un reflejo de algún momento, de un instante. Y ahí está lo que define más o menos ese momento: un otro, un romance, unos buenos amigos. El amor, simplificando. Yo me enamoro de todo. Porque todo, todo, representa una cierta espiritualidad que se va definiendo de a poco.

¿Y qué cosas de tu presente te enamoran?

Mirá… Si tienes una casa, las meditaciones o tienes un roomie, o tienes la Biblia. Siempre hay una joyita que te lleva hasta el último suspiro. Y si se comparte en el camino, es mucho mejor. Es parte de construir el bienestar emocional. Que eso es algo que se trabaja a diario. Ese bienestar y estar cerca de la familia son fundamentales y están conectados. Porque el que tiene familia lo tiene todo.

El disco tiene una sonoridad que también es muy espiritual.

Eso se encuentra, se camina. Es parte del ADN. Soy caribeño, puertorriqueño, y me encantan el rock and roll y el hip hop. Y también me encanta el Camarón de la Isla. Me gusta la buena música y siempre uno hace conexión. Yo no hago conexión con los géneros ni con ninguna bandera. Porque al final a mi me gusta la música y eso lo llevo a mis composiciones. Creo que uno va por ahí sin entender nada muy absoluto. Simplemente va fluyendo con el baile y con la marea. Sintiendo la vida. Y no tratando de entenderla tanto. Este es un disco que me parece que pasa mucho por ahí, por el camino y por el hecho de sentir. Olas de luz es único. No existe otro que tenga esa vibra, que es un poco más dark. Pero a la vez a mi me da un umbral del alba, me da todo por el amor, me da al color de la tierra. Es romance, amor y redención.

También tiene el concepto, el clima, que puede referenciar a discos anteriores, a los más próximos sobre todo.

Es que en cierto punto lo de hoy empezó hace seis o siete años. En la época de Montes Sagrados, viene de ese disco, de 2019. Ya ahí comenzó la construcción de este momento, porque sucedieron muchas cosas en lo personal. Esas cosas me llevaron a vivir hoy una realidad muy diferente a la que tenía antes de ese proceso. 

¿Esa identidad del disco está muy dada por el trabajo con Héctor Castillo en la mezcla? ¿Cómo fue trabajar con él?

Eso fue muy loco. Porque estaba en un estudio en Nueva York trabajando y del otro lado del pasillo estaba Héctor mezclando no sé qué disco. Ahí nos conocimos. Empezamos a conversar y creo que le gustó lo que estábamos haciendo. Escuchó “Monserrat” y un par de canciones más. Me dio buena vibra, energéticamente. Entonces lo llamo y el resto es historia. Hizo un trabajo increíble. Hace unas dos semanas lo llamé y le dije “Héctor es espectacular lo que hiciste”.

“Monserrat” es el corte, es muy representativa del disco.

Fue la primera canción que hice. Porque pasó algo en este viaje. Ahí, de nuevo, hablando de energía para no llamarlo otra cosa. Algo pasó ahí, en Monserrat. Una conexión tanto en la relación como en la forma de ver los temas de la vida. Fue como un repaso de esos temas que cruzan la vida y todo alrededor era muy gótico, muy Drácula… y qué te puedo decir. Las rocas sagradas de frente a esas conversaciones, el antiguo viñedo, ese hotel del año 1860… Y el monasterio, claro. Y primero apareció “Monserrat” y después “Gracias por un día más”, “Colores del ayer”.

Se te escucha en un momento muy feliz de tu vida.

De semblanza, de felicidad y satisfacción. Eso aterrizó en mi vida y vale la pena celebrarlo. Pero nada dura para siempre. La vida es un sendero de oportunidades, posibilidades y situaciones.

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