La “Rape Academy” resuena en América Latina
Los horrores que conocimos en 2024 con el caso de Gisèle Pelicot parecían difíciles de superar. Durante una década, su entonces esposo la drogó sistemáticamente para que decenas de hombres la violaran mientras permanecía inconsciente. El juicio en Francia permitió visibilizar una de las expresiones más brutales de la violencia sexual facilitada y aumentada por el Internet. Sin embargo, una investigación publicada por CNN en marzo de 2026 mostró que el caso Pelicot no era una excepción, sino la punta del iceberg.
La investigación reveló la existencia de una red digital conocida por sus participantes como una especie de “academia global para violadores”, integrada por alrededor de mil hombres que intercambiaban consejos, videos, fotos y métodos para drogar mujeres, muchas de ellas sus propias parejas, con el fin de abusar sexualmente de ellas mientras estaban inconscientes.
El hallazgo expuso una realidad incómoda donde la violencia sexual no estaba asociada a un hecho anormal que ocurría en los márgenes de la sociedad, ni que era cometida por figuras excepcionales o monstruosas. Por el contrario, dejó claro que es más común de lo que se quiere creer, que ocurre dentro de los hogares, en las relaciones de pareja y en espacios cotidianos donde el poder masculino se ejerce bajo la apariencia de normalidad.
Una fratría global construida sobre la violencia contra las mujeres
La investigación de CNN documentó cómo usuarios de plataformas pornográficas compartían videos etiquetados como “sleep content” (“contenido de sueño” en inglés), donde aparecían mujeres dormidas, sedadas o inconscientes mientras eran sometidas a distintos tipos de agresión sexual.
Uno de los sitios investigados registró cerca de 62’000.000 de visitas en febrero de 2026 y albergaba miles de videos relacionados con estas prácticas. En chats asociados a la plataforma, los participantes compartían recomendaciones sobre sustancias para incapacitar mujeres y discutían estrategias para evitar consecuencias legales.
Lo más perturbador no es únicamente la existencia de estos espacios, sino la manera en que construyen comunidad. Los participantes no solo intercambian información para saber cómo drogar a su siguiente víctima, sino que se validaban mutuamente, celebraban las agresiones y transformaban la violencia sexual en una práctica colectiva de reconocimiento masculino. Este es quizás el ejemplo reciente más irrefutable del llamado “pacto patriarcal”, la forma en que, desde los estudios feministas, se ha denominado la alianza, a veces explícita y muchas veces implícita, que ocurre entre hombres para permitir la perpetuación de prácticas violentas hacia las mujeres, sin mayor sanción social.
La violencia sexual en pareja, una realidad extendida en América Latina
Aunque la investigación que dejó al descubierto a la “academia de violadores” ocurrió principalmente en contextos europeos y norteamericanos, la realidad latinoamericana y caribeña no es ajena a estas dinámicas. El impacto mediático llegó hasta esta región, pero el eco no duró mucho y pocas reflexiones vincularon un hecho que parecía lejano con una realidad mucho más cercana de lo que nos gustaría reconocer.
De acuerdo con estudios recopilados por el Observatorio de Igualdad de Género de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la violencia sexual ejercida por parejas íntimas masculinas es una de las formas más frecuentes de violencia contra las mujeres en la región. Un análisis comparativo de 2018 encontró que las tasas de violencia sexual infligida por la pareja fluctuaban entre el 5 % y 15 %, mientras otros estudios llegaban hasta el 47 % de las mujeres que habían sido obligadas alguna vez a mantener relaciones sexuales con una pareja. Otra cifra mostraba que entre el 2 % y el 23 % reportaron haber sufrido violencia sexual por parte de su pareja.
La OPS además ha señalado que la violencia ejercida por compañeros íntimos constituye la forma más común de violencia masculina contra las mujeres a nivel mundial. Las cifras probablemente son mayores, pues las expertas han advertido que el subregistro sigue siendo enorme debido al miedo, la dependencia económica, la normalización de ciertas prácticas de control dentro de las relacionas de pareja incluso a muy temprana edad, y las dificultades para identificar la violencia sexual dentro de relaciones afectivas.
La cultura de la violación no vive solo en Internet
La llamada “Rape Academy” puede entenderse como una manifestación extrema de algo mucho más amplio que cabe dentro del concepto de cultura de la violación. No se trata únicamente de plataformas digitales donde hombres intercambian consejos para drogar mujeres. También se expresa en prácticas cotidianas que han sido normalizadas durante décadas: bromas sobre emborrachar mujeres para que “lo suelten fácil”, advertencias permanentes a las adolescentes para que no descuiden sus bebidas en fiestas o la tendencia a cuestionar a las víctimas antes que a los agresores.
En América Latina, muchas mujeres crecieron escuchando recomendaciones para evitar ser drogadas o violentadas. Lo llamativo es que esas advertencias convivieron durante años con discursos masculinos que trivializaban justamente esas mismas prácticas. La violencia sexual no surge de la nada. Se sostiene sobre un conjunto de creencias sociales que minimizan el consentimiento de las mujeres y convierten el acceso a sus cuerpos en una demostración de poder.
La antropóloga feminista Rita Segato ha planteado que la violencia sexual no puede entenderse únicamente como una búsqueda de satisfacción sexual del atacante. Para ella, se trata de un crimen expresivo, un acto que comunica poder y que funciona como una demostración pública, incluso cuando ocurre en privado, del dominio masculino.
Desde esta perspectiva, la violación opera como un mecanismo mediante el cual algunos hombres buscan validar su pertenencia a una comunidad masculina. No se trata solamente de la relación entre agresor y víctima, sino también de una relación entre hombres.
Esta lógica aparece con claridad en casos como el de la red de violadores de sus parejas o en el de “La manada”, que ocurrió en España en 2016 en las fiestas populares de San Fermín. Este caso fue emblemático porque mostró que los agresores no se percibían a sí mismos como violadores ni como monstruos, sino como parte de una hazaña colectiva que les otorgaba prestigio dentro de su grupo. Los agresores documentan, comparten y exhiben los abusos porque buscan reconocimiento entre sus pares. La violencia se convierte en una credencial de pertenencia.
Con menos alcance mediático, los casos de violaciones grupales afloran a lo largo de América Latina con tan solo hacer una búsqueda superficial. Los reportes se encuentran en Argentina, Colombia, Ecuador, México, Perú, Uruguay. Y esto son solo historias que de alguna forma llegan a ser públicas como parte de una denuncia, a pesar de las dificultades del acceso a la justicia para las víctimas, y el estigma que recae sobre ellas, que impide que se llegue siquiera a denunciar.
Precisamente por este comportamiento compartido y aprendido por los hombres en distintos niveles, una de las apuestas centrales del feminismo ha sido nombrar estas acciones como lo que son, como violaciones. Al cuestionar las formas de masculinidad hegemónica que convierten el control y la violencia sobre los cuerpos de las mujeres en una demostración de poder y pertenencia masculina, se intenta desnaturalizar ese mandato de cómo ser hombres, o de cómo encubrir a otros para no traicionar esa alianza.
Segato denomina este fenómeno como el mandato de masculinidad: una exigencia social que impulsa a los hombres a demostrar permanentemente poder, control y capacidad de dominación. Bajo esta lógica, el cuerpo de las mujeres se transforma en un territorio sobre el cual algunos hombres buscan acreditar su condición de “verdaderos hombres”. Por eso, la violencia sexual no puede explicarse únicamente a partir de decisiones individuales, de hombres “locos” o “desviados”. También responde a estructuras culturales que premian ciertas formas de masculinidad y que toleran distintos grados de violencia contra las mujeres y las niñas.

El violador eres tú
Uno de los desafíos que plantean casos como el de la “Rape Academy” es abandonar la idea de que los violadores son sujetos excepcionales, “enfermos mentales”, fácilmente identificables y completamente ajenos a la sociedad. Muchos de los hombres involucrados en este esquema masivo de violencia sexual tenían parejas, trabajos, familias y vidas aparentemente normales. A diferencia de lo que socialmente se piensa de los violadores, numerosos casos de violencia sexual documentados en distintos países exhiben a hombres completamente funcionales que usaron su poder, cualquiera que este fuera, para abusar.
Pensar al agresor como un monstruo permite tomar distancia del problema. Reconocerlo como un hombre común obliga, en cambio, a preguntarse por las normas sociales que se enseñan desde las familias a niños y niñas, las complicidades y los silencios que hacen posible la violencia.
La investigación mostró una red global. Las estadísticas mundiales muestran una violencia sexual persistente y no atípica dentro de las relaciones de pareja. Y las reflexiones de investigadoras y del movimiento feminista llevan décadas señalando lo mismo, que la violencia contra las mujeres no es un accidente ni una desviación individual; es una estructura que se aprende desde la infancia.
Desnaturalizar esas prácticas, hablar de ellas públicamente y cuestionar las formas de masculinidad que las sostienen sigue siendo una tarea urgente. Mientras la violencia continúe siendo un mecanismo de reconocimiento de la hombría, seguirá encontrando espacios para reproducirse, ya sea en una habitación privada, en un chat grupal, en el silencio cómplice entre amigos o en una plataforma con millones de usuarios dispuestos a transgredir la integridad de las personas que dicen amar.
El performance “El violador eres tú” del colectivo chileno Las Tesis se hizo viral en 2019 al encontrar resonancia mundial porque amplió la responsabilidad de lo que por mucho tiempo se consideró un crimen íntimo. Hoy, en tiempos de ascenso de los discursos fundamentalistas que encasillan a las mujeres en roles de sumisión que justifican estas violencias, sigue siendo pertinente recordar su llamado. “Es la policía, los jueces. El Estado. El presidente. El estado opresor es un macho violador. El violador eres tú”.















