Cualquier camino que tenga corazón: las aventuras de La Renga en Copenhague
El movimiento parece ser el motor natural de La Renga, una banda que se desplaza como un familión. Gustavo “Chizzo” Nápoli, los hermanos Gabriel (“Tete”) y Jorge (“Tanque”) Iglesias, y Manuel Varela aterrizaron el viernes 22, a las 18:30, en el aeropuerto de Copenhague, junto a un equipo de treinta personas. Sin perder un minuto, pasaron por el hotel y salieron a cenar a un lugar que tuviera espacio para todos y desafiara el horario danés, donde muchas cocinas cierran temprano.
El primer deseo fue claro: moverse a pie, hasta alquilar motos. “En Copenhague no conseguimos, nos dijeron que tenemos que ir hasta Roskilde”, comentó Martín López, histórico productor audiovisual del grupo, mientras señalaba las luces del Parque Tivoli y el vértigo de los juegos más altos.
Un ave más al vuelo es la gira con la que La Renga volvió este año a las rutas europeas: comenzó en Barcelona, siguió por Berlín, hizo escala en Copenhague, Tenerife y cerrará el 31 de mayo en el mismo punto de partida: el Poble Espanyol barcelonés.
La capital danesa, tercera parada del recorrido, los recibió con una tarde de viento fresco y un sol de primavera que por esta época extiende el día más de lo habitual. El escenario ideal para caminarla, o mejor aún, pedalearla, y captar el ritmo pausado de la ciudad nórdica.
La noche del sábado tuvo su previa, que reunió a fanáticos residentes en Dinamarca y otros tantos que viajaron detrás de la gira. La cita fue en el Jazz Club de la Ciudad Libre de Christiania, con músicos argentinos que tocaron covers de rock nacional. Entre el público estaban, entre tantos, Santiago y Santia, de La Plata, con el Tano, de Isidro Casanova (“barrio Atalaya” aclara), para compartir su locura por la banda.
“Para nosotros, se arma la fecha, ensamblamos y vamos” dice Santiago, mientras cuenta que con el Tano se conocieron recién en Berlín. “Te vas haciendo amigos viajeros, argentinos radicados en el lugar. La Renga es esto: viajar, conocer gente, las previas” agrega el Tano.

El caso de Santiago representa una de las tantas historias en ruta. “En octubre del año pasado yo me quedo sin laburo después de 33 años, pude cobrar una plata y le digo a ella: ‘¿Qué hacemos?, ¡Vamos a esta locura!’. Otro puede decir: “Che, la guardo’. Pero no, yo voy a vivirla”. Atrás de él apareció el Tete, como premio a esta aventura. “Él es uno más, le encanta compartir, siempre viene a estas juntadas, en más de una entrevista contó que es el más fan de la banda, que si no tocara estaría en el público” apunta el Tano.
El viaje de Santiago tuvo recompensa en experiencias. “Hoy a la tarde, en la Estación Central, veníamos caminando y nos cruzamos con el Chizzo. Nos preguntó de dónde veníamos, nos sacamos la foto. Y después cruzamos a Manu” comenta Santiago, y Santia agrega: “Estar con ellos compartiendo anécdotas en la calle es una locura. Ya fuimos a verlos a Brasil, a Uruguay, y ahora es la primera vez que cruzamos el océano”.
Hasta el sábado, nunca se había visto un rincón de Christiania con tantos trapos y banderas argentinas. Comodoro Rivadavia, San Luis, Chaco, Olavarría, González Catán, junto a La Matanza tapizaron las calles y paredes del barrio ante la mirada de daneses que giraban a ver la entrada del Jazz Club. Mientras tanto, Tete no solo apareció por la Ciudad Libre, también subió al escenario a tocar unos temas. Y a la mañana siguiente, durante la prueba de sonido antes del recital, compartió sus impresiones con Rolling Stone.
¿Qué sensaciones les genera estar en Copenhague?
La primera es de incertidumbre. Ya conocer esto es un flash para nosotros. Tocar acá es algo que jamás en la vida, ni cuando empezamos, imaginamos.
¿Cómo entró Copenhague en el mapa de ruta?
No sé. Cuando lo propusieron, respondimos: “¿Copenhague?, ¿estás seguro?”. Nos dijeron que parecía que podía ir bien, entonces dijimos: “bueno, vamos”. Si a nosotros lo que nos encanta es tocar y si es en un lugar nuevo, doblemente. Lo vivimos con una sensación de alegría total.
Escuché que estaban buscando motos para salir por la ciudad y no consiguieron alquilar más que bicicletas. Si en Nápoles anduvieron en Vespa, ¿acá se animaron a la bici?
¡Sí! La idea original era, como siempre cuando vamos a un lugar, hacer un recorrido en moto, porque nuestra visión pasa por la altura de la moto, pero no las conseguimos. Entonces surgió esto de las bicicletas y dijimos: “vamos”, porque acá la velocidad de la ciudad se nota con la bici, es una cosa increíble.
Y al final les dio casi la misma perspectiva…
Nos dio perspectiva y una realidad local, porque todos andan en bici. Aparte hay unos modelos bárbaros: yo hacía como diez años que no subía a una y encima alquilamos las eléctricas. Toda una sensación nueva.
¿Qué pudieron percibir durante el recorrido?
Que es una cultura muy distinta a la nuestra. Están a años luz de nosotros. Fue la sensación de un día, es para tomarlo como una primera impresión. Notamos cierto silencio, que hay una sensación de bienestar. Igual llegamos con buen tiempo, ya me avisaron que esto no es siempre así. Justo ayer hicimos un free tour y la chica nos explicaba que no es común este sol y esta temperatura, así que nos consideramos afortunados. Pero hasta ahora la impresión que nos llevamos es increíble. Y lo que te decía antes, que para nosotros tocar en Copenhague es una locura total. Jamás pensamos en la puta vida poder tocar acá. Va a ser una linda noche.
Los trapos que el sábado cubrieron Christiania, el domingo se mudaron, uno al lado del otra, al enrejado de Poolen, una sala de concierto cubierta, entre el mercado de comidas Reffen y una planta incineradora, Copenhill. Una zona un poco alejada del centro histórico de Copenhague.
En el puesto de empanadas, frente a la entrada, la gente pagaba con tarjeta de crédito argentina, española, o alemana. La argentinidad al palo. Por allí desfilaban parejas que viajaron desde Don Torcuato, Laferrere, Solano y Mataderos hasta grupos de amigos radicados en ciudades europeas.

Sofia, por ejemplo, viajó desde Madrid, contó que La Renga representa su adolescencia en Argentina y desde que emigró a Europa, hace seis años, intentó seguirlos siempre que pudo. “Se arma esa comunidad de gente que no está muy bien de la cabeza, me incluyo, que los sigue a todos lados”, dice. Y agrega: “en mi caso, como migrante, me despierta mi argentinidad, es la música con la que me crié, y por volver a esa esencia es que trato de verlos cada vez que puedo”. Ya los vio en Barcelona, en Berlín y llegó hasta Copenhague: “Lo que me gusta de ellos es que pueden tocar en Huracán, en un estadio para miles de personas, o una sala para trescientas personas a miles de kilómetros de Argentina, y le ponen la misma energía”.
En este caso, Poolen tiene una capacidad para dos mil quinientas personas. Según Claudio Casais, de la productora española CHNSW, que organizó esta gira, en Copenhague se vendieron más de mil entradas y extrañamente el lugar se veía casi completo.
La música suele ser una de las mejores maneras de mostrarle a un extranjero cómo es un país y su gente. Así, lo hizo un argentino que invitó a sus amigos de Dinamarca y Portugal. Caroline, la amiga danesa, escuchó a La Renga y aunque no habla ni entiende español, quiso verlos en vivo. “No puedo creer esta sensación de comunidad alrededor de una banda de rock” dijo en inglés, y sin perder un segundo la sonrisa de asombro, confesó: “me gustó cuando los escuché y ahora que conocí a su público me gustan más todavía”.
A medida que la gente llegaba en bicicleta, adentro sonaban los Redonditos de Ricota. El concierto estaba anunciado a las 20. Recién a las 20.20, Chizzo subió al escenario con un casco vikingo de dos cuernos y gritó: “Buenas noches, Copenhague. ¿Quién iba a decir que íbamos a estar acá, loco?”. Y arrancó el concierto con “Tripa y corazón”, mientras los brazos del público se agitaban entre los trapos y afuera al cielo le faltaba más de una hora para atardecer.

La música tiene ese poder de acercar y disolver las distancias. Para quienes viven lejos, escuchar esas canciones que acompañaron otras etapas de sus vidas puede hacer olvidar, por un instante en dónde están. Algo así le sucedió a Milena que vive en Copenhague, ya fue a verlos a Berlín y si puede los seguirá unas paradas más en la ruta. “Hoy, me explotaba la cabeza, estaba en el trabajo pensando que a la salida me esperaba esto” contó un poco disociada de la realidad y con la emoción de ver a la banda que sigue desde sus 12 años.
Es que ver a La Renga en Copenhague tiene algo de irreal: ese folklore tan cercano, tan conocido, sonando a 12.000 kilómetros de casa, en un escenario rodeado de indicaciones en otro idioma, cuesta imaginarlo hasta que finalmente sucede. En medio de los treinta temas que formaron el repertorio (“Buena pipa”, “Canibalismo galáctico”, “En bicicleta” y “La balada del diablo y la muerte”, Chizzo lo confesó: “Yo me encontraba por el camino con varios argentinos que viven acá y me preguntaban cuándo vendríamos”.
El concierto fue una fiesta de reencuentros y nostalgia, hasta que en el bis sonó “Panic show” y las palabras de Chizzo sonaron atravesadas por una mezcla de sorpresa y emoción, como si a él también le costara creerlo: “Quién iba a decirlo, encontrarnos tan lejos de casa con toda esta gente hermosa que nos sigue”. Así tocaron “El Final es en donde partí” y, previo al último tema, se escuchó la despedida: “Una alegría enorme, un gustazo y ojalá podamos volver pronto, acá a Copenhague, que nos recibió con los brazos abiertos y un poco de argentinidad al encontrarnos con todos estos compatriotas. Fue un honor y un placer estar acá compartiendo con ustedes. Nos vamos como siempre ‘Hablando de la libertad’”. Y entre gritos y aplausos, que hicieron sentir como si un pedazo de Argentina emergiera en medio de Dinamarca, llegó la noche.
Afuera, la gran mayoría encendió las luces de sus bicicletas y un adiós se oyó a lo lejos.
La familia renga no conoce fronteras, se mueve con una fidelidad que parece no tener geografía. Y esta vez, en Copenhague, volvió a quedar demostrado.










