Entre el prestigio y la controversia: el Nobel de la Paz

María Corina Machado aprieta los labios en una sonrisa larga mientras sostiene con su mano derecha una esquina del cuadro que resguarda la medalla del Premio Nobel de la Paz que recibió en 2025. A su lado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la sujeta con firmeza, con ambas manos, y exhibe una sonrisa amplia, de esas en las que muestra todos sus dientes. La escena, cargada de simbolismo, retrata el momento en que la líder opositora venezolana decide cederle de manera pública un reconocimiento que formalmente le pertenece solo a ella, pero que Trump ha manifestado reiteradamente que merece.

Desde su primer periodo en la Casa Blanca, Donald Trump ha dicho que es digno del Nobel. En 2019, durante una sesión conjunta de preguntas con el entonces primer ministro pakistaní, Imran Khan, afirmó que probablemente debería recibir el premio por sus esfuerzos en el escenario internacional. “Creo que voy a recibir un Premio Nobel por muchas cosas, si lo otorgaran de manera justa, algo que no hacen”, dijo entonces, en una queja directa contra los criterios del galardón. Ahora, de una manera extraña, tiene el premio en su poder. 

El gesto de Machado se convirtió en la controversia más reciente, pero definitivamente no la única, de una extensa lista de cuestionamientos al Premio Nobel de la Paz. Ante la decisión de la política venezolana, el Instituto Noruego del Nobel recordó que “una medalla puede cambiar de dueño, pero el título de laureado del Premio Nobel de la Paz no”. El Centro del Nobel de la Paz reforzó el mensaje al decir que cuando se anuncia este premio, no puede ser revocado, compartido ni transferido a otras personas. A pesar de las aclaraciones, la particularidad de la cesión del premio marca un hito más en lo que para muchos es una pérdida de sentido de un premio que nació con unos criterios muy concretos que reiteradamente han sido ignorados.

Luego de ese 15 de enero de 2026 en la Casa Blanca, las críticas llegaron no solo desde la organización del Nobel, sino desde la sociedad noruega y la comunidad internacional por lo que muchos señalan como una contradicción intrínseca. Entregar un símbolo asociado a la paz a una figura que ha promovido y recurrido a acciones militares como estrategia para resolver conflictos, y que además ha mantenido una política de discriminación dentro de su propio país, como lo ha hecho Trump, resulta difícil de conciliar con los principios que definieron en un inicio al Nobel de la Paz. 

Este episodio es ahora uno más del proceso de erosión de la credibilidad del premio. La controversia no solo rodea la decisión de Machado de ceder la medalla, sino también su propia designación. En su momento fue cuestionada por varias voces por haber solicitado una intervención militar en Venezuela, lo que abrió un debate sobre la coherencia entre su trayectoria política y los criterios tradicionales del galardón.

Aunque el Nobel de la Paz se presenta como un reconocimiento al margen de la política, sus efectos son inevitablemente políticos. A lo largo de su historia ha premiado procesos, liderazgos y expectativas en contextos de alta complejidad geopolítica. La distancia entre el ideal de la paz y la realidad de los premiados ha generado tensiones recurrentes.

El caso de Barack Obama en 2009 es quizás el  ejemplo más citado. El entonces presidente estadounidense recibió el Nobel en los primeros meses de su mandato, en gran medida por las expectativas que generó su discurso multilateralista. Aunque no se dijo en estos términos, para cualquier analista político era evidente que ese premio correspondía más a algo simbólico por tener al primer presidente afroestadounidense, que a hechos activamente vinculados con la paz. Sin embargo, al dejar la Casa Blanca, Estados Unidos había permanecido en guerra durante más tiempo bajo su presidencia que bajo la de George W. Bush o cualquier otro mandatario. La paradoja fue evidente: un Nobel de la Paz cuya administración transcurrió íntegramente en un contexto de conflictos armados activos, incluidos Afganistán e Irak, y el uso intensivo de drones.

La crítica a la coherencia del premio no es nueva y no solo es de opinión. En 2010, el libro The Nobel Peace Prize: What Nobel Really Wanted puso bajo escrutinio al Comité Noruego del Nobel. El abogado y activista Fredrik S. Heffermehl, su autor, sostuvo que el comité había malinterpretado la voluntad de Alfred Nobel y, más aún, que había vulnerado los términos del testamento de 1895. Incluso llevó el caso ante un tribunal en Estocolmo alegando incompatibilidades con las leyes de herencia suecas y noruegas, aunque la denuncia fue desestimada. Heffermehl acusó al premio de haberse vuelto una herramienta política, comercial y alejada de su propósito original.

El debate gira en torno a la interpretación del testamento de Nobel, que establece que el premio debe reconocer esfuerzos por promover activamente la paz. El mensaje antimilitarista en sus palabras es evidente, pues pide que “el Premio de la Paz se confiera a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz”. Según Heffermehl, el comité ha ampliado de forma indebida esta última cláusula que apela a la fraternidad entre las naciones para justificar decisiones contemporáneas que se alineen con intereses de la política de Occidente. Si bien el testamento de Alfred Nobel puede leerse como abierto a cierto margen de interpretación, su intención antimilitarista marca un horizonte que contrasta con varios de los elegidos. 

Los aparentes sesgos políticos, particularmente occidentales, en la valoración de los conflictos globales, dejan lo ocurrido con Machado no como una anomalía aislada, sino como parte de una trayectoria marcada por decisiones calculadas. 

Getty Images / Handout.

Una historia de controversias

En la lista de galardonados cuestionados, que no es corta, el caso de Henry Kissinger y Lê Đức Thọ en 1973 es uno de los más emblemáticos. El Nobel fue concedido por los Acuerdos de Paz de París para poner fin a la guerra de Vietnam, pero el conflicto continuó tras la entrega del galardón. Lê Đức Thọ rechazó el premio, subrayando que no existía una paz real, mientras que Kissinger arrastraba el peso de bombardeos masivos y operaciones encubiertas. 

Kissinger, de origen alemán, fue una de las figuras más importantes de la política de EEUU en el siglo XX. Como asesor de seguridad nacional y luego como secretario de Estado durante el gobierno de Richard Nixon, se hizo público al recibir el Nobel. Sin embargo, con el tiempo se conocieron documentos y testimonios que mostraron su cuestionable forma de hacer política, marcada por la manipulación y por una valoración tan alta de los intereses nacionales y corporativos de Estados Unidos,que estos pasaban sin problema por encima de los derechos humanos. Kissinger respaldó la invasión de Timor Oriental por parte de Indonesia, toleró convenientemente el régimen del apartheid en Sudáfrica y fue una pieza clave en la intervención de la CIA en el derrocamiento del presidente chileno Salvador Allende, que dio paso a la dictadura de Augusto Pinochet.

Otro caso. En 1994, Yasser Arafat, Shimon Peres e Isaac Rabin fueron reconocidos por los Acuerdos de Oslo que intentaban dar solución al conflicto entre Israel y Palestina. En ese entonces, los líderes palestinos e israelíes venían de un proceso de diálogos que culminó con la firma de un pacto que muchos vieron como el inicio de una posible paz en la región. El apretón de manos entre el primer ministro israelí Isaac Rabin y el líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yasser Arafat, acompañados por el canciller Shimon Peres, simbolizó esa esperanza y les valió el Premio Nobel de la Paz. Sin embargo, las décadas posteriores demostraron el fracaso del proceso donde la ocupación israelí continúa y la aspiración palestina de un Estado propio permanece lejana.

Aung San Suu Kyi, galardonada en 1991 como símbolo de resistencia pacífica en Myanmar, enfrentó años después acusaciones de silencio y complicidad frente a la persecución del pueblo rohingya. Abiy Ahmed recibió el Nobel en 2019 por un acuerdo de paz con Eritrea, pero poco después Etiopía entró en una guerra civil devastadora en Tigray. La rapidez con la que algunos premios pierden legitimidad ha profundizado el escepticismo.

En la historia más reciente y en esta zona del planeta, el Nobel concedido a Juan Manuel Santos en 2016 también abrió debate. El acuerdo de paz con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-FARC supuso un avance en el país, pero fue rechazado inicialmente en un plebiscito antes de ser reformulado. Aunque el proceso continuó, persistieron la violencia, los asesinatos de líderes sociales y se rearmaron disidencias de la antigua guerrilla. La discusión giró en torno a si se premiaba un proceso político o una paz efectiva y duradera. A Santos además se le había cuestionado su accionar como ministro de Defensa en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, y su responsabilidad en la doctrina militar que dio origen a las ejecuciones extrajudiciales de jóvenes civiles, en el dramático caso conocido como los “falsos positivos”. 

Otros casos, como el de Menachem Begin y Anwar el-Sadat en 1978, la Unión Europea en 2012 o incluso Mijaíl Gorbachov en 1990, evidencian tensiones entre la valoración internacional y las percepciones locales o regionales. El Dalai Lama, ampliamente respetado en Occidente y muy cercano a Estados Unidos, fue galardonado en 1989 con el premio, algo que fue considerado por China como una provocación política. 

Pero las controversias también vienen desde la ausencia de reconocimientos. Y la ausencia histórica de Mahatma Gandhi, referente indiscutible de la no violencia, es citada con frecuencia como el mayor error moral del comité. Pero no solo Gandhi, sino múltiples liderazgos mundiales en favor de la paz existen en países con graves conflictos. Su trabajo por la justicia social y las amenazas sobre sus vidas son constantes, pero que no ostentan una notoriedad política que los haga resaltar como las figuras que el premio usualmente destaca. 

La postulación de Donald Trump por Benjamin Netanyahu y el propio gesto de Machado alimentan la percepción de un vaciamiento conceptual del Nobel. En un mundo atravesado por la polarización política, el resurgimiento de líderes de ultraderecha y regímenes autoritarios, el premio parece funcionar cada vez más como intervención simbólica en disputas de poder que como certificación de una paz verificable que cuestione el orden político y económico que da origen a las guerras. 

Un proceso opaco y posiblemente sesgado

Parte de la controversia en torno a este premio radica en la falta de transparencia de su proceso de selección y en sus estrictas políticas de confidencialidad, que impiden conocer las nominaciones, deliberaciones y evaluaciones internas. La opacidad es tal que no se sabe con claridad quién nomina ni bajo qué criterios se elige a los galardonados; aunque se afirma que las propuestas provienen de personas calificadas, el hermetismo puede facilitar sesgos e intereses institucionales. 

Si bien toda organización enfrenta sesgos, estos solo pueden revisarse y cambiar cuando se reconocen y se promueve diversidad en los procesos, algo difícil de verificar bajo el esquema actual. Lo que sí es evidente es que, como institución occidental, sus referentes históricos han estado vinculados principalmente a universidades de élite del norte global.

En especial el Nobel de la Paz nos permite ver que su foco se ha puesto en intenciones, procesos o gestos diplomáticos, pero sin saber cómo funcionan sus procesos de elección, lo que queda para el análisis es el resultado de los ganadores. La reiteración de controversias ha erosionado su autoridad como árbitro ético global. La pregunta que surge tras el episodio protagonizado por María Corina Machado y Donald Trump no es solo sobre la validez de un gesto individual, sino sobre el significado actual del galardón.

Cabe preguntarse finalmente si el Nobel de la Paz es solo un espejo de su tiempo, si está atravesado por tensiones geopolíticas y luchas simbólicas de un orden político occidental y si tiene todavía la capacidad de actuar como referente moral. La escena de la medalla compartida, más allá de su carga mediática, vuelve a poner en el centro un debate que el premio arrastra desde hace décadas y que no parece tener una solución. 

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