Alma de Cántaro de Marquitos, un renacimiento emocional y creativo
Marquitos presenta Alma de Cántaro , un álbum de 15 canciones que marca un punto de inflexión en su carrera. Más que un cambio de nombre, el proyecto representa una reconfiguración personal y artística para el músico madrileño, quien durante años trabajó bajo el alias Oddliquor.
El disco surge a partir de un periodo complejo. Al cumplir 30 años, el artista atravesó una crisis de identidad que lo llevó a cuestionar su lugar dentro de la música. No tenía claro si quería enfocarse en la producción, en su faceta como artista o en la composición. Esa incertidumbre atraviesa todo el álbum y define su narrativa.
En términos sonoros, Alma de Cántaro se mueve dentro de un pop alternativo con elementos electrónicos y momentos más orgánicos. Hay referencias a la electrónica británica y guiños al drum & bass, pero el enfoque está en construir canciones accesibles sin perder detalle en la producción. El equilibrio entre ambos frentes es uno de los avances más claros respecto a sus trabajos anteriores.
El título del álbum retoma una expresión de ‘Don Quijote’ y funciona como eje conceptual. Para marquitos, representa una etapa de ingenuidad que decide dejar atrás. El disco documenta ese proceso de transición hacia una versión más consciente y estructurada de sí mismo.
El recorrido del álbum está planteado como una línea narrativa. Inicia con ‘Tina y Miguelín’, una canción que pone el foco en su origen familiar, y avanza hacia temas como ‘Rabia’, donde aparece el punto de quiebre emocional. A partir de ahí, el proyecto se abre hacia reflexiones más claras sobre identidad, relaciones y propósito, como en ‘La vida es eso’.
La familia tiene un papel central en el álbum. No solo como tema, sino como recurso narrativo a través de notas de voz y referencias directas. Este enfoque permite construir una historia más concreta sobre su contexto y sus motivaciones.
En paralelo, el disco también refleja un cambio en su relación con la música. Durante un periodo, el artista dejó de trabajar desde el disfrute y se enfocó en la validación externa. Esa desconexión derivó en bloqueos creativos y retrasos en el proceso del álbum. Parte del proyecto consiste en retomar esa relación desde otro lugar.
En cuanto a colaboraciones, destaca ‘Orcasitas’, junto a J Balvin. La canción nació en Medellín tras una relación previa de trabajo entre ambos. La participación de Balvin no responde a una estrategia puntual, sino a una dinámica creativa que ya venían desarrollando.
Alma de Cántaro funciona como el proyecto más completo de marquitos hasta ahora. No solo por la escala de producción, sino por la claridad con la que articula su proceso personal dentro de la música.
Felicidades por el álbum, ya lo estuve escuchando, me encantó. Siento que encontraste el balance perfecto entre la producción y lo personal. Platicamos hace un año, todavía no habías hecho el cambio de nombre, estabas cumpliendo 30 y decías que empezaba una etapa más orgánica. Sí supiste aterrizarla bien, pero ya con tu bagaje de productor.
Había que sacar un poco ODDLIQUOR también, había que sacarle cositas. Me lo he pasado súper bien, me he conectado muchísimo. Quizás cuando hablamos estaba en un momento extraño, como una crisis generacional: cumplir 30 y darte cuenta de que tu yo superficial se cae totalmente, y te quedas con lo que realmente existe. Era preguntarme qué me gusta producir, si quiero ser productor, artista solo, dedicarme solo a producir o ser cantautor y meterme en el pop. Era una crisis de identidad, y todo este disco habla de eso, de cómo poco a poco te das cuenta de lo que te pasa.
Este año me di cuenta de que tengo TDAH, y llevo toda la vida pensando que soy un alienígena. Entendí que, más allá de mi personalidad, muchas cosas le pasan a mucha gente parecida a mí. El cerebro no funciona tan distinto al de las personas que no son neurodivergentes. Entonces tuve que empezar a colocar esas piezas, encontrar mis métodos, apuntarme a un gym, tener una rutina. Todo eso me sirvió para ponerme disciplina y acabar el disco.
Me identifico. Lo mencionas como una crisis, y sí lo es, pero también es necesario cuestionarte cosas, salir de tu zona de confort, reconfigurar.
No ha sido una crisis, ha sido un despertar. Una prueba de Dios, del universo o de lo que creas. Son pruebas para ver si estás preparado. Es como en los videojuegos, que me encantan, cuando llegas al monstruo final de cada nivel. Eso era enfrentarte a tus 30: o sales de ahí para arriba o te quedas. Es pasar esa pantalla. Yo la pasé, y fue un despertar. Ahora estoy en otro monstruo final, justo antes de sacar el disco y esa colaboración tan importante. Es cuando más miedo tengo, realmente.
Pero cada vez que superas un monstruo te haces más fuerte. Hablando del disco, lo acabas de anunciar. Cuéntame del título, Alma de Cántaro , ¿qué significa?
Es una expresión que viene de Don Quijote. Se lo decía a Sancho Panza: “ay, alma de cántaro, cuánto te queda por aprender”. Es algo que me ha dicho mi madre y mi familia siempre. Con este disco quería desligarme de ser un alma de cántaro y convertirme en un hombre.
En la portada sales tú con la silueta de un niño, me imagino que también eres tú.
Lo quiero dejar a libre interpretación. No solo representa ese niño interior que me acompaña todo el rato. También puede simbolizar una canción al final del disco, dirigida a un pequeño ser que pueda tener en el futuro. Puede ser ese ser, o puede ser ese motor que me impulsa a construir mi futuro para darle la mejor vida a quien venga después de mí. Solo quiero que los que vengan vivan mejor que yo.
Vi mucho homenaje a tu familia. Empiezas con esa frase: “esta historia empieza con dos críos que tuvieron que emigrar a Madrid”. Tina y Miguelín, supongo, ¿tus padres?
Sí, son mis padres.

También les haces un homenaje en ‘Mejores amigos’. ¿Qué tanto querías homenajear tu origen?
Para mí es todo. Es la motivación principal. Venimos de una generación muy pobre, de las olivas y del plomo. Mis abuelos eran mineros y recogían aceitunas de rodillas, haciéndose heridas en las manos. Mi motivación es cambiar esa generación, dejar de decir que somos de clase baja.
Me parecía importante empezar por ellos, porque todo parte de ahí. Estaba bloqueadísimo al inicio del álbum, pensando más en el disco que quería hacer que en el que tenía que hacer. Tenía muchas referencias, playlists, ideas… y de repente encontré un loop de una guitarra que compré hace tiempo y que nunca supe tocar. Me dio hiperfoco, empecé a tocar cuerda por cuerda durante horas, se me olvidó todo.
Después, un colega lo escuchó y lo llevó más lejos. Eso terminó siendo la base de ‘Tina y Miguelín’. No iba a hablar de eso, pero entendí que la historia tenía que empezar ahí. Sin esa canción de Stevie Wonder que bailaron mis padres en un club en Linares, no existiría ni yo ni este disco. Nunca había hablado así de mis raíces, y me pareció una forma bonita de empezar.
Eso que dices de la batalla entre el disco que creías que tenías que hacer y el que querías hacer es complicado. ¿Cómo te diste cuenta?
Es una batalla dura con el ego. Entre el narcisismo y el síndrome del impostor. Pensar que tienes que hacer el mejor disco de la historia, ganar Grammys, que lo escuche Mike Dean. Esa voz constante.
Estaba escuchando DJO y pensando que tenía que hacer algo más orgánico, pero no. Cuando empiezas a hablar desde dentro, lo que sale no lo controlas tú. Manda la canción, manda el universo o Dios. Sale lo que tiene que salir.
También va de la presión que te pones. ¿Eres duro contigo mismo?
Muchísimo. El TDAH funciona por picos de dopamina. Cuando estoy arriba, siento que puedo con todo. Pero cuando algo me pega, lo sufro muchísimo. Me digo cosas increíbles, pero también cosas muy feas. Soy muy exigente.
Eso me hizo procrastinar y retrasar el disco varias veces. Pero todo ese duelo está en la primera parte del álbum, hasta que llega ‘Rabia’. Ahí está toda la vorágine de pensamientos y autosabotaje.
‘Rabia’ empieza con un audio muy potente. Cuéntame la historia.
Es de mi suegra, una diseñadora increíble de moda flamenca. Un día me dijo que tenía una relación tóxica con la música. Que había sanado otras cosas, pero no eso. Me dijo que tenía que volver a enamorarme de producir, del público, del estudio.
Me puse a llorar. Al día siguiente me levanté motivadísimo, cambié hábitos, me activé. Ese audio es el punto de inflexión: tengo que acabar el disco.

¿Y cuál era esa relación tóxica con la música?
Me sentía olvidado por la industria. Pensé incluso en dejarlo. Me enfoqué más en resultados, números, festivales, validación externa, y olvidé el amor por la música.
Pasé a una “cara B”: menos números, menos apoyo. Y me pregunté qué estaba pasando. Entendí que también eran etapas, y que tenía que cambiar cosas en mí. Organizarme, armar equipo, volver a enamorarme. Pero ese proceso está penalizado, porque todo sigue pasando mientras tú te reconstruyes.
Sí, y hay presión por estar presente todo el tiempo.
Exacto. No existe el proceso creativo, tienes que hacerlo y enseñarlo al mismo tiempo.
También usas notas de voz de tu familia en el disco. Ese recurso es interesante y se ha vuelto común en discos muy buenos.
Sí, es un recurso que uso desde hace tiempo. Forma parte de lo cotidiano. Me gusta porque aporta narrativa, aunque sin abusar. Lo han usado Rosalía, Tangana, Cruz Cafuné… ayuda a contar mejor la historia.
Hay una canción llamada ‘ODDLIQUOR’, y también aparece en los créditos. ¿Qué significa hoy para ti esa dualidad entre ODDLIQUOR y Marquitos?
Es una especie de guiño. Esa canción es la más ODDLIQUOR del disco, la más rapper, la más rabiosa. Era como si produjéramos juntos. ODDLIQUOR es esa versión mía más agresiva, con ganas de demostrar. No la dejo atrás, pero el cambio de nombre tiene sentido.
Cuéntame la línea narrativa del disco.
Es un documental en forma de música. De los lugares en los que he estado, lo que he aprendido y cómo he pensado. Es el proceso de dejar de ser un alma de cántaro y convertirme en un hombre.
Empiezo con mis padres, sintiéndome pequeño, y termino hablándole a un hijo. Es como dejar un manual: si algún día no sabes quién eres, aquí tienes algo para entenderte antes de los 30.

Y en cuanto a la producción, antes me decías que querías enfocarte más en tu faceta de cantautor, pero a mi parecer ya encontraste un buen equilibrio.
Sí. Me di cuenta de que necesitaba disfrutar producir. Soy un cantautor del siglo XXII. No toco instrumentos, pero en mi cabeza los toco todos. Soy un artista productor. No puedo ser solo cantautor ni solo productor. Necesito estímulo, movimiento.
Sobre la colaboración con J Balvin, ¿qué significa para ti tener el respaldo de un nombre tan grande en la música latina?
Le pregunté si quería estar en el disco y me dijo que sí al instante. Fue muy especial. Crecí escuchándolo, me inspiró muchísimo. Trabajamos juntos antes, en Medellín. Conectamos muy bien. Es una colaboración genuina, con un amigo.
También hay una colaboración importante en ‘Thanx God’.
Sí, con West SRK. Me gustaba la idea de tener a una futura leyenda y a una leyenda en el mismo disco. West es de lo más interesante ahora mismo. Y Blow, el productor, es una locura. Puede estar donde quiera.












