Crítica: ‘Yo soy Joaquín’, el debut solista de Joaquín Levinton
Qué misterio maravilloso es el que encierran las canciones. Las canciones en general, y estas nueve, que forman el primer trabajo como solista de Joaquín Levinton, en particular. La génesis de Yo soy Joaquín, el primer álbum como solista del líder de Turf que sale hoy, el día que cumple 51 años y que presenta su línea de alfajores Pescado Raúl, hay que rastrearlo hace tres lustros. Eso nos obliga a pensar, en principio, en una atemporalidad mágica.
¿Es aquel Joaquín Levinton de 2010 el mismo que este de 2026? A ciencia cierta, poco importa. Pero esa canción, la que le da título al disco, una mezcla de autorretrato con carta de presentación y declaración de principios, ostenta una mística propia. Son menos de dos minutos, con una melodía construída sobre los intervalos de la guitarra, que duran lo que un suspiro y que, ante la ausencia del estribillo, construye un relato impactante y amable a la vez. “Yo soy Joaquín, perdido entre las confusiones/ Tratando de escapar de las tentaciones/ Sofocado por tantas manipulaciones/ Estoy hablando de invertir situaciones”, canta Levinton desde la atemporalidad impune del formato canción, como un fantasma (amigable) peleándole al viento.
De su capacidad como compositor no diremos aquí nada nuevo, la avalancha de hits que disfrutamos en cada concierto de Turf son el mejor de los diplomas posibles. Sin embargo, en Yo soy Joaquín esas melodías pegadizas encuentran un nuevo atavío, y la clave de esa nueva dimensión sonora es el trabajo de Ezequiel Araujo, parceiro de Levinton en estas viejas/nuevas piezas, en su estudio Sound Ambition.
En un disco que dura menos de media hora, que fluye a velocidad crucero y que entabla un diálogo con la tradición de la canción popular. En “Estúpido” se calza el traje de un crooner melódico e internacional, con el melodramatismo de esos temazos romáticos de Sandro o Los Ángeles Negros, cruza de soul y bolero, pero con impronta pop y la potencia rockera de las guitarras de Gutty Gutiérrez y el propio Ezequiel Araujo.
Hay una impronta beatle en la orquestación de “Si te caes te levanto”, construido sobre una base de brasses sintetizados y unas rimas que tienen tanto de inocencia como de adhesión instantánea.
“Para saber” es una reversión bailable de “Tema de Pototo (Para saber como es la soledad)”, que incluye un guiño a “Viento (dile a la lluvia)”, clásico de Los Gatos. Un homenaje a los orígenes del rock argentino en clave pop.
El cierre del disco llega con “Adiviname”, una balada nostálgica que meciona una salida al autocine, grabada a dúo con Araujo, que se encarga de los coros, el bajo, las guitarras, los teclados y los sintetizadores. Suena minimalista y barroca a la vez, y parece construida sobre un ritmo preseteado. Casi, como una continuación sutil de “Mil noches”, esa gema oculta que Cucho Parisi, Nito Montecchia y Nico Landa compusieron para Mi vida loca, el clásico de Los Auténticos Decadentes, después de apretar el botón de “beguine” en los ritmos del Casiotone. Una gema más a la lengua popular.











