Ozzy Osbourne y la Argentina: de las “Brujas Negras” al corazón del heavy nacional

Para entender cuán populares eran Black Sabbath y Ozzy Osbourne en la Argentina en su época de gloria alcanza con revolver un poco el archivo de Pelo, la revista de cultura rock más importante de aquellos años. Su primera mención se da en el número 21, de 1972, con un recuadro de diez líneas en las que se dice de ellos: “En un principio segundones acompañantes del mediocre Brian Burd, al grupo le bastaron dos años para convertirse (ondita de brujería y misterio mediante) en uno de los principales conjuntos de hard-rock de su país”. El Brian Burd de marras era un francés que hacía covers y el Black Sabbath que lo acompañaba era, desde ya, otro Black Sabbath. A esta altura, recordemos, ya había salido Vol.4. Mientras tanto, Led Zeppelin estaba en el póster que venía con la revista.

Diecisiete números después asoman otra vez, ya con un reportaje propio, pero con un disclaimer sobre su estatus de banda emergente a nivel local: “En estos días apareció en Buenos Aires uno de los últimos álbumes de Black Sabbath, grupo perteneciente al rock pesado y uno de los más populares en el mundo. Sin embargo, aquí en la Argentina (donde sólo se editó un long play hace dos años) su nombre y su música no figuran en el conocimiento popular”. Y por si quedaban dudas de que ni la banda ni el cantante eran nombres rutilantes en el país, en el Álbum Especial 1974 de la revista se incluye esta maravillosa descripción: “Ozzy Osbourne, la mente de Black Sabbath, convierte las pesadillas del mundo moderno en letras rugientes con supuestos ecos del futuro. Ozzy es la antítesis de la estrella de rock: odia a las groupies, las drogas, el sexo”. Al ángulo.

Los metaleros argentinos se rindieron ante el carisma de Ozzy en cada uno de sus conciertos en el país. (Foto: Archivo La Nación)

A años luz de la relevancia que tenían en el mundo anglo, Sabbath (a quienes, acorde a la costumbre de la época, rebautizaban como “Brujas Negras”) no solo no ocupaba espacios en los charts nacionales en los 70: ni siquiera circulaba demasiado en ámbitos rockeros. Eran —les encantaría esta alegoría— el nicho dentro del nicho. Ozzy, en tanto, no era más que el tipo que se paraba más adelante en un grupo extraño que —otra pintura exótica de la Pelo— estaba “en esa indecisa mitad de camino entre el rock complaciente y lo medianamente progresivo”.

Da fe de eso Alberto Zamarbide, quien unos años antes de cantar en V8 ya se sentía paria entre los parias por sus gustos pesados. “Lo que yo vivía a diario en la escuela era que estaba la tribu de los sinfónicos, los de la música progresiva, fans de Emerson, Lake & Palmer, de Yes, de Gong y de Pink Floyd y toda esa movida que era muy fuerte en los 70. Y después estábamos nosotros, la muy magra tribu de los rockers, que veníamos del palo de Sabbath, Purple y Zeppelin”. Su puerta de entrada fue una insólita edición nacional que traía, en un mismo álbum doble, Master of Reality (1971) y Vol. 4 (1972). “Escuchar el Vol. 4 fue algo que me voló la cabeza. Después de los Beatles creo que la explosión mental más fuerte que tuve fue Sabbath”, cuenta Beto.

Una de las razones que tuvo Zamarbide para parar la oreja con Black Sabbath fue que uno de sus héroes locales, Ricardo Soulé, declaró que había visto un show suyo cuando vivió en Gran Bretaña, tras irse de Vox Dei en 1974. Tres cosas se llevó Soulé de aquel recital: un tinnitus bien machazo por el volumen, la idea de tocar una Gibson con scordatura (la cual puso en práctica en Vuelta a casa, el primer disco que grabó al regresar a la Argentina, en 1977) y la impresión de que el cantante era una fuerza de la naturaleza en sí mismo. “Apenas empezó el concierto apareció Ozzy Osbourne pegando unos saltos que sobrepasaban la altura de los compañeros y hacía gestos para que bailaran y cantaran. Les preguntaba ‘ustedes pagaron la entrada, ¿no? Bueno, entonces canten y bailen’. Era y es un personaje extraordinario”, le contó a Gustavo Olmedo en su podcast Quemar un patrullero en 2021.

Con la llegada de los 80 la cosa empezó a cambiar. El fade out de la dictadura favorecía la reunión y el intercambio, la aparición de medios especializados (el programa Cuero pesado en Continental, las revistas Metal y Riff Raff poco después) amplificaba la escena y el nacimiento de un palo metalero cien por ciento argentino (inconfundiblemente encabezado por V8 pero también, desde otro enfoque, por Riff) desenterraba las influencias. Todo esto coincidía con el alejamiento de Ozzy de Sabbath y su estreno como solista con Blizzard of Ozz (1980), disco que —recuerda Hernán Espejo, aka Compañero Asma, hoy en Pez, de larga trayectoria en el heavy nacional— no se editó en tiempo real en la Argentina. “Lo que se conoció fue más Diary of a Madman (1981) y Bark at the Moon (1983). De Bark… se pasaba un poquito el video en algún programa. Y Speak of the Devil (1982) es un disco para completar contrato, solo de temas de Sabbath. Ahí se lleva la marca, como diciendo ‘bueno, la voz soy yo y la gente me va a seguir viniendo a ver’”.

Coincide Ariel Minimal en que, en el amanecer del rock pesado puro en la Argentina, el Príncipe de las Tinieblas se fue haciendo grande por mérito propio. “En esa época el heavy metal se volvió muy popular y se empezaron a ver remeras en la calle, y Maiden y Ozzy picaban en punta”, dice. El componente estético fue, de alguna manera, una puerta abierta para la música. “En Diario de un loco aparece todo lo que fue él: pintado, con los pelos parados, todo el glam ochentoso incipiente de California y su locura. Ahí aparece el personaje Ozzy. Ahí vemos a un Ozzy como el que nos llegó hasta ahora”, describe Juanchi Baleirón, hombre del reggae con un fuerte pasado metalero que no muchos conocen (en el verano de 1984 llegó a conformar Letal, un grupo heavy compartido con Ricardo Iorio).

En 1985 la manija argentina con Ozzy subió un escaloncito más por cuestiones geográficas. “Lo que terminó de matarme fue la transmisión en la televisión argentina del primer Rock in Río, donde Ozzy, ya con Jake E. Lee [guitarrista que reemplazó al fallecido Randy Rhoads], alborotó mi imaginación adolescente”, dice Minimal. El megafestival brasileño (¡diez! jornadas consecutivas en enero de 1985, de las cuales participaron Iron Maiden, AC/DC, Queen, Scorpions, Whitesnake y muchos más) era el guiño más cariñoso al que podíamos aspirar en ese momento: no venía, pero por lo menos lo teníamos parado en el mismo continente. Diez canciones de sus primeros tres discos solistas, más “Iron Man” y “Paranoid” de Black Sabbath, redondearon un set histórico que, televisión mediante, nos lo mostró en acción por primera vez y terminó de enamorar (a la distancia) al público local. Sin embargo, tendríamos que esperar una década más para verlo cara a cara.

La gira que lo trajo para el Monsters of Rock de 1995 y para un side-show en Obras se llamaba Retirement Sucks (“la jubilación es una mierda”). El tipo había colgado el micrófono en 1992 (No More Tours le había puesto a esa otra gira, en obvia referencia a su último disco en ese momento, No More Tears de 1991) y se arrepintió, y así fue como lo terminamos viendo —al fin— en Buenos Aires, con energía renovada. Era otra época: el 1 a 1 hacía que los grandes del rock y el pop mundial empezaran a bajar y de repente los posters cobraban vida. Impensable pocos años atrás, en la cancha de Ferro estaban, además de Ozzy, Alice Cooper, Megadeth, Faith No More, Clawfinger, Therapy?, Paradise Lost y más.

Entre los teloneros locales estaba Logos, la banda liderada por Beto Zamarbide, que venía de grabar su disco clásico Generación mutante con Rudy Sarzo –exQuiet Riot y bajista de Ozzy de 1981 a 1983– como productor artístico. “Todas esas experiencias que pudimos compartir en esa producción de Generación mutante –que este año justamente cumple 30 años y los vamos a estar celebrando en Buenos Aires en septiembre– fueron mágicas. Lo volvimos loco a Rudy preguntándole de todo: sobre su relación con Ozzy, con Randy, con lo que era girar en aquellos años, todo lo que ellos vivieron, las internas, la cocina de la producción de Ozzy, la relación con Sharon, impresionante. Fue algo inolvidable”, cuenta Beto. Le quedó como espina no poder saludarlo, pero quién le quita lo cantado: “Desgraciadamente no pude tener acceso a darle la mano, pero solamente el haber pisado el escenario con él es algo que no me voy a olvidar nunca”.

La segunda mitad de los 90 lo posicionó como patriarca del metal mundial (en buena medida gracias al Ozzfest, festival donde reunía a la crema y nata del gremio con él como dueño de la pelota, en una movida genial de Sharon) y la primera de los 2000, como celebridad crossover (logro que podemos atribuirle a The Osbournes, su reality familiar). En medio de todo eso, vino cuatro veces más como solista, en distintas condiciones y situaciones: en el Quilmes Rock de 2008 fue una máquina (acaso inesperado para quienes lo veían como un viejito frágil que no sabía usar el control remoto en MTV), el GEBA de 2011 lo mostró un poco más ajado (después nos enteramos de que había recaído en algunas cuestiones), en el Monsters of Rock de 2015 y la despedida en Obras al aire libre de 2018 acusaba el paso del tiempo pero se mantuvo entero. Además nos visitó con la reunión de Black Sabbath: lo del Estadio Único de La Plata en 2013 fue, sin exagerar, perfecto; y lo del Orfeo de Córdoba y Vélez, tres años más tarde, apenitas menos impecable.

También tuvo su homenaje discográfico local: Tributo a Ozzy del Heavy Metal Argentino salió en 2007 con versiones de Avernal (“No More Tears”), Tren Loco (“Crazy Train”, obviamente), Carnarium (“Bark at the Moon”) y muchos más. Y un reconocimiento explícito de Ricardo Iorio, la bandera de nuestro rock pesado: “Tendrían que subtitular al castellano las letras de Ozzy Osbourne, sus videos, y ponerlos todos los días en los canales de aire, porque esas cosas son las que pueden llevar a crecer”, dijo en una entrevista con Beto Casella. Y entonces un día de julio de 2025 pasó a la inmortalidad, justo después de haberse despedido con un megashow en el patio de su casa con gusto a funeral en vida, y todos esos avatares que el público argentino le vio –el cantante del grupo de culto, el bufón demente y falopero, la estrella de la tele, el venerable jerarca del metal global– fueron debidamente llorados. Por los veteranos que se hacían traer Technical Ecstasy en 1976 por una azafata amiga o por los jóvenes que le sacan chispas a This is Ozzy Osbourne en Spotify, no importa: con mística y carisma, el Príncipe de las Tinieblas supo ganarse su espacio en la memoria emotiva de la hermandad rockera nacional y voltear todas las fronteras del tiempo.

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