“Nadie te enseña a manejar esto”. Confesiones, desafíos y lecciones de Franco Colapinto, el pibe argentum de la F1
“Pendejo”. “Pistero”. “El loco”. “Irresponsables”… Franco se traba, vuelve a mirar el celular, scrollea rápido, está buscando en sus playlists la canción adecuada para este momento y cree que hay alguna de Babasónicos que podría funcionar. “Esa puede ir, eh…”. Su gusto –dice en confianza, con ese tono campero, cansino que arrastra cuando tiene que hablar mucho y está con la energía algo más baja– es “de viejo”. “Escucho música de antes, de otra época, sobre todo cuando estoy solo”, insiste. “No sé, Airbag, Ciudad Mágica de Tan Biónica, Babasónicos”. Es interesante siempre chequear la mirada que uno tiene de sí mismo y contrastarla con la que tienen los demás. “Estoy muy abuelo, ja, ja”, suelta en confianza. Franco Colapinto, clase 2003, asume sus “gustos de viejo” mientras el 2025, el de El Eternauta en Netflix y el del récord de Homo Argentum en cine, se termina: claro, lo viejo funciona, pero sobre todo hay que explicar que las bandas de rock nacional que nombra están pasando, las tres, por su pico de popularidad, por su mayor reconocimiento en términos de convocatoria, con estadios llenos y carteles de sold out. Vigentes. El propio Franco estuvo, horas después del primer encuentro con Rolling Stone, bailando los temas de Airbag en el estadio de River, a pleno. La relación con los ídolos o referentes, para un pibe de 22 años, suele ser un tema; y para él también lo es. Volverá sobre eso en esta conversación. “Soda Stereo también, me encanta”, suelta mientras sigue buscando temas en sus listas.
—¿Hiciste el wrapped de Spotify con las canciones que más escuchaste?
—¡Lo hice! Me dio que tengo 74 años.
Pendejo, pistero, loco, ¿irresponsable? Estamos cara a cara con el joven argentino más representativo del deporte de elite global. De los deportes individuales. Y esa categoría, la de pibe argentino de clase mundial, lo pone en una liga en la que nuestro símbolo patrio es Lionel Messi (38, aún activo, campeón reciente de la MLS en Miami, ícono absoluto del deporte más popular del planeta), pero en la que podríamos también incorporar a Faustino Oro (12), el ajedrecista prodigio que quiere ser Gran Maestro precoz y recibe elogios de Garry Kasparov.
En la soleada mañana en la que todos evocamos dónde estábamos hace tres veranos cuando Leo y la Scaloneta levantaron la copa para volver a esa emoción colectiva, Franco también evoca sin prisa y sin pausa sus propias emociones de pibe. “Tengo muy presente las primeras veces que fui a andar en karting. Esa primera sensación, la velocidad, ir pegado al piso, ese feeling que no te olvidás más. Fue una nueva emoción, un descubrimiento. Algo que me cambió en cómo me sentí. Esa adrenalina que no había vivido antes. Era grande para probar un karting, los pibes arrancan antes. Yo era muy fanático de los fierros…”.
Habla pausado. Ligero, si se me permite. Y su historia puede contarse de lo general a lo particular. Con una escena a 70 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en una zona agreste de las afueras de Pilar, en Exaltación de la Cruz, y con las calles de tierra como territorio y pasatiempo. “Desde los cuatro andaba en cuatriciclo, como un loquito. Tiraba polvo para todos lados, los vecinos me querían matar. Veía el Dakar, iba a la colectora, en esa época, 2010, 2011, pasaba por enfrente de casa. Veía los autos, los cuatri…”.
Vale ubicarse en la escena: familia en zona rural, pibe de 7 años, fierrero, sin Fórmula 1 a la vista, las máquinas del rally pasando por la esquina… “Yo tenía un [cuatriciclo Yamaha] Raptor 350… ¡Un pibe de 8 años! Es que mi viejo estaba más loco que yo todavía. Andaba en moto y me decia: ‘¡moto no!’. Y me compró un cuatri, ja ja”.
Ese recuerdo lo describe tanto como estar frente a la pantalla mirando los autos de la F1, como tantos otros hoy lo miran a él. “Yo de Ayrton Senna me sé todo. Lo estudié y aprendí más que la escuela. Fue una referencia total para mí. Él y Fangio, obvio”.
La primera carrera de Franco Colapinto en la Fórmula 1 fue el Gran Premio de Italia, en Monza, el 1° de septiembre de 2024. Debutaba con el equipo Williams y terminó en la 12° posición (originalmente 13°, pero subió un lugar tras una penalización al australiano Daniel Ricciardo). Así marcaba el regreso de Argentina a la F1 después de 23 años.
La patria fierrera
“¡Chocamos!”, dice Colapinto para risa de todos. La asistente de fotografía golpeó apenas la lámpara del flash contra la rama de un árbol y Franco coló la humorada. Después aprovechará para, galán, regalarle la réplica del Torino 380 con el que jugó para las fotos junto al original restaurado modelo 1969. El entorno no podría ser mejor. Relajado, llegó manejando hasta los jardines del Palacio Sans Souci y resistió la propuesta de ser llevado por otro. “Me gusta. Y el Koleos [como el que también se utilizó para esta producción de fotos] lo estoy probando acá. La verdad, estoy cómodo con marcas que son familiares, Renault tenía mi abuelo. Marcas del día a día. No me gusta todo eso del lujo extremo, sino las cosas que sean accesibles para la gente que me sigue, más como era yo”, dice el también embajador de Renault esprit Alpine para Latinoamérica.
Se lo nota cómodo también ahí. De un tiempo a esta parte, Franco se convirtió en una “importante plataforma de comunicación” –como lo definió su representante comercial– muy buscada a nivel local y global, y se lo pudo ver en campaña de distintas marcas de consumo masivo. Sincero, franco, se atreve a dar definiciones, casi confesionales. Sobre él mismo: “¿Me viste? Actúo bien, eh”, tira.
La patria automovilística local estaba dormida. Esa patria que, como el fútbol, convierte en tradición local una colección de referencias importadas ensambladas de manera única en la pampa húmeda, y que vive escondida en las fábricas de autopartes santafesinas, en los talleres mecánicos de La Paternal, en las laderas de la General Paz un domingo soleado, en las carreras polvorientas del TC y el rally cordobés tanto como en los madrugones de F1 con streaming premium. Esa patria orgullosamente global y argenta, como el heavy metal y el vermú, esa patria fierrera, de velocidad y estirpe, hecha de puro lore y algo de folk, no estaba dormida. No. Estaba agazapada, esperando que alguien diera la señal: Colapinto no vino a guiar corderos, vino a despertar el rugir de los motores. Y se sacudió. Una tradición que, claro, llega rápido a Juan Manuel Fangio, quíntuple campeón e ídolo absoluto en los 40, pero también a Carlos Reutemann y el jet set de los 70, a José Froilán González haciendo llorar a Enzo Ferrari al darle el primer triunfo en el GP de Inglaterra en el 51, a los hermanos Gálvez, al noble Juan Manuel Bordeu… Una patria fierrera que se había quedado sin referentes en la máxima categoría, y sin gran premio, por muchos años.
“Yo no tuve a quién mirar cuando era chico. Estaba Fernando [Alonso, el español campeón], estaba el Checo [Pérez, el mexicano], que lo re-seguía, era lo más cercano. Pero me encanta ser ese por el que muchos chicos hoy vuelven a subirse a un karting o a tener pasión por este deporte”.
Esa patria fierrera que también entendió desde temprano cómo ser argentina y global. Volvamos al fútbol: como el Kun Agüero haciendo el gol para el Manchester City campeón en el minuto 93 para terminar en la remera de Liam Gallagher en la cuna del fútbol, hoy Franco representa a esa patria sentado como uno más entre los 20 mejores pilotos de autos del mundo, tirando chistes en los encuentros de prensa. O como Bizarrap, su amigo e impulsor, que conquistó los rankings musicales del mundo combinando aprendizajes de freestyle en Parque Rivadavia con instinto de DJ floor-filler desde una habitación del Oeste bonaerense. O como ahora Catriel y Paco Amoroso, que instalaron su sonido particular desde el Tiny Desk para cantar odas a la amistad o al síndrome del impostor, “y eso que venimos desde el culo del mundo”.
Hay algo interesante, que excede al propio Colapinto. “Nos identifican al toque. Los pilotos europeos no pueden creer el nivel de apoyo que tengo. Max [Verstappen] me dice: ‘Es increíble, están en todos los circuitos, en todos lados’. A todos les sorprende. En Bahrein, en Singapur. Es una pasión muy especial”. Ahora es él quien la representa: con su apellido italiano, su paso por la fórmula española, del cuatri a Mónaco. En su figura de galán latino, canchero e informal, también se cuela algo de esa nueva marca país que exportamos al mundo, una idiosincrasia que combina la rutina costumbrista del mate con el afán de destacar, de ser los mejores; cierta fisonomía europea importada en las pampas y una vocación por sobresalir en algo que no inventamos, pero que convertimos en propio.
Pasó este año con la feligresía católica alrededor de la muerte de Francisco, pero también pasa con la extravagante figura del presidente Javier Milei. Pasa con algunas empresas de la nueva economía (Mercado Libre, Globant) y pasa con escritoras (Mariana Enriquez, Samanta Schweblin) o con productores o cantantes pop (de Bizarrap a Tini). Pasa con el fútbol, con el rock, con la vida espiritual, con los nuevos negocios, con la literatura de terror, con el automovilismo… Instituciones globales en las que el país logra dejar una marca. Las más de las veces, a través de figuras individuales. Y Colapinto juega en esa liga.
“Yo en un momento me di cuenta de que mi meta era llegar a la Fórmula 1, subirme a uno de esos, manejarlo. Empecé a correr y a ganar, acá en Argentina en karting, gané un par de años, me daba confianza. Pero me di cuenta de que para subirme a un Fórmula 1 tenía que irme a Europa. Yo no tenía presupuesto, pero en Italia me dieron lugar para alojarme. Hacía mi vida con los mecánicos, vivía ahí. Fue mi oportunidad de empezar”, rememora en ese punto fundacional que marca su biografía, cuando se instaló en la fábrica de karts CRG, en Lonato del Garda, Brescia (polo tecnológico que produce chasis de competición, cuna de grandes pilotos en las categorías superiores).

La vida de ese pibe argentum de 14 años tuvo ahí un giro dramático. Que culminó recién en el año que acaba de cerrarse cuando todos lo vimos ahí, cuando las familias se juntaban a ver al argentino que largaba al final de los grandes premios. El punto de dejar todo por ese objetivo: vida, familia, rutina, adolescencia, el país. E instalarse en una zona sin pertenencia, sin edad. Rodeado de máquinas y de gente que no habla su idioma: literalmente vivía en el piso de arriba del taller. “Lo más difícil y lo que te hace más fuerte es que no tenés a tu familia al lado. Te sentís lejos. No tenés a alguien que te esté acompañando. Te recordás todo el tiempo por qué estás ahí, adónde querés llegar. En cada momento complicado te recordás a vos mismo”.
En esos momentos, la distancia era enorme y las dificultades también. De este lado del Atlántico no había muchos interesados en ese corredor con futuro. El propio Franco recuerda al periodista especializado Jorge Magistris, que desde una radio de San Telmo lo llamaba cada semana para ver cómo había ido, y también para consolarlo porque muchas veces le había ido mal. “Fueron tiempos muy bravos. Nos mandábamos audios todo el tiempo. Él siempre fue tímido, mucho más que ahora. Tenía 14 años, pero también era muy obstinado para lograr lo que quería”, explica hoy el colega de Corazón de F1, medio enfocado en el desempeño de corredores argentinos en el exterior.
“En ningún otro deporte se vive así”
Arrancar. Frenar. Ir lejos. Vivir rápido, tiempos muertos. La vida de Franco está marcada por esa relación entre tiempo y espacio tan distinta a la de nuestro día a día. Un universo en el que el éxito o el fracaso puede estar en la distancia milimétrica de dos piezas del motor o del lapso medido en milisegundos que tardan los autos en boxes. “Mirar los datos”, es la actividad que marca Franco para explicar cómo es su rutina cuando no está manejando. Una tarea de concentración junto al equipo, los ingenieros; de ajuste y de estrategias fuera de pista. Tiempo y espacio. La vida en un cronómetro. A un nivel de detalle que separa campeones y rezagados en unidades de tiempo como en casi ninguna otra actividad humana.
Si el manejo eficiente del tiempo es una exigencia actual, para Franco, a sus 22, es un aspecto decisivo del mundo en el que eligió vivir. “En ningún otro deporte se vive así, que cinco minutos antes de la máxima concentración estás ahí, charlando con un sponsor o alguien que trajo el equipo, y te subís y tenés que resetear”, suelta. Decisiones y velocidades al borde de lo sobrenatural.

Cualquiera que haya visto un episodio de la serie Drive to Survive, la que desde Netflix marca el renacer masivo de la principal categoría automovilística en Estados Unidos, puede entender que todo el drama profesional y las pruebas de destreza para sortear dificultades y presiones que viven los deportistas, las guerras de escuderías y pilotos, de fanatismos nacionales y corporativos, se juegan en instantes ínfimos y en matices microscópicos. Ver las discusiones sutiles de un equipo, entender los pormenores de alguien sobre el que se posan todas las expectativas, calibrar los modismos en los que un colega se refiere a otro. Nunca habíamos asistido a un reality show del deporte y de la presión. Alguna vez, el campeón olímpico argentino de básquet Pepe Sánchez, profundo analista de las vicisitudes de la vida deportiva de alto rendimiento, lo describió de ese modo: “Nos pagan por soportar la presión”. Y la serie muestra eso de la F1: un laboratorio de psicología humana convertido en morbo y en show. En circo.
Franco Colapinto armó su carrera desde el pibe que manejaba cuatri y que logró probar suerte en Europa. Y ganar: en kartings, en España, en la F4. Salir campeón. Seguir alimentando el sueño. Hasta que, no sin sorpresa y con mucho esfuerzo de su equipo de management y sus representantes, fue logrando apoyos para ir por un lugar en la máxima categoría. Primero fue Williams, por un puñado de carreras. Y este año fue Alpine, ya con un contrato por la temporada. 2026 es el año que lo tendrá como parte del elenco principal desde el comienzo. 2025 fue el año en el que, finalmente, llegó a ser el piloto que soñaba.
“Nunca había tenido una temporada en la que no pudiera pelear por ganar”
“Este año fue muy… largo. Aprendí un montón”, explica como quien mide bien qué decir. Claro, era el punto de llegada y lo que había no era lo que aquel pibe imaginaba. “Fueron experiencias increíbles para mi primer año en F1. Mucho. Un aprendizaje muy grande. Más que nada en cómo controlar las emociones, cómo gestionar momentos difíciles. Eso fue duro para todos”.
“Nunca había tenido una temporada en la que me sintiera incapaz de ir rápido, de estar en los primeros lugares… Nosotros, los deportistas, y yo en especial, soy muy competitivo, cuando no tenés la oportunidad de pelear adelante… De pelear por puntos… Yo nunca había tenido una temporada en la que no pudiera pelear por ganar. No puedo hacer un podio, una pole position. En otros años, sabía que si hacía las cosas bien iba a poder. Y este año, ganar, para nosotros ahora era sumar un punto, capaz. Cuando ves que el resultado no llega, es muy difícil de manejar. Nunca me pasó algo así. Es el primer año en que me pasa algo así… El nivel de frustración, de sentirte un poco inferior a los demás, es mucho más grande que el disfrute que podés tener por estar en Fórmula 1, y eso para mí es una de las cosas más difíciles, algo que me costó mucho. Y tenés toda la expectativa de todo el mundo alrededor. Una persona que espera que ganemos. Hay muchos factores y cosas para controlar y manejar”.
Sobre emociones nuevas, que ya no son las del chico que sintió el piso debajo de su cuerpo y abrazó esa sensación para convertirla en modo y medio de vida, la palabra “manejar” vuelve a aparecer. Franco no se da cuenta: la repite constantemente para referir a las exigencias de esta extenuante temporada que termina, la que lo empezó a consagrar. “Pero la Fórmula 1 es así. Cuando era chiquito, mi sueño era manejar un Fórmula 1. Después, alrededor de eso, está todo lo externo, el contexto, muchos factores diferentes que no te imaginás. Yo, a los 8, quería manejar el auto. Porque te fascina cómo van, [mirar] las carreras. Pero para manejarlo hay muchas cosas más, a las que uno no está acostumbrado, no es lo que espera. Nadie te lo explica. En todas las categorías anteriores, F2, F3, la mitad del tiempo, la mayor parte del tiempo, estás haciendo nada o estás viendo datos. En la F2 te podés ir a dormir una siesta. Y en la Fórmula 1 no tenés cinco minutos para comer en una mesa, tenés que comer con los ingenieros, por ejemplo. Yo estoy aprendiendo eso. Es algo nuevo”.
Lo más difícil de manejar
Las exigencias y pormenores del deporte de elite fueron tópico excluyente en los últimos juegos olímpicos, a partir de las confesiones abiertas de la multipremiada gimnasta norteamericana Simone Biles y los desafíos de la salud mental. Y, de nuevo, Drive to Survive convierte el tema en drama episódico alrededor de los pilotos de F1: pasión, banderas, tuercas y técnicos que hablan por cucaracha, frente a conductores solitarios en cubículos diminutos, que son las estrellas, pero también el último engranaje de una maquinaria silenciosa de presiones, millones, urgencias. Ahí emerge la intimidad de las promesas que logran consagrarse, de los que forman parte de la elite y levantan copas, pero también de los que salen atrás en la parrilla, la de los autos que no responden…

“La parte de gestionar bien los tiempos es muy difícil de manejar”, insiste Franco con una madurez que sorprende. Sobrevivir para manejar. Repitamos: solo, a los 14 en Italia, solo en el monoposto a alta velocidad en la pista; y con un equipo y un país esperando resultados en su primera experiencia en ese universo deslumbrante y contrastante de fama, entourage y soledad. Talento y presiones. Fama y un chico de Generación Z que vive en milisegundos. Una vida a máxima velocidad. “Gestionar bien la energía es otro tema. Había jueves que terminaba más cansado que como termino después de una carrera. Estaba en cero energía. Hay que aprenderlo”.
—En este primer año, ¿qué fue lo más difícil de manejar?
—Manejar es el 10% del tiempo. Todo el resto del tiempo es hacer cualquier otra cosa que no es manejar. Para eso, no te forma lo anterior. Eso recién lo empezás a entender cuando manejás un F1 por primera vez y cuando te metés al gran circo. El sueño es correr, el sueño es llegar.
—¿Y cómo hacés para despejarte?
—Este año creo que estuve en mi casa un mes, nada más. Cuando estoy libre trato de desconectar del deporte, de no pensar en autitos. Entrenar, pasar tiempo afuera, al aire libre, no en un gimnasio, ir a la montaña, salir a andar en bicicleta.
Al día siguiente del encuentro exclusivo con Rolling Stone, ya en rueda de prensa (casi la única actividad oficial que hizo en sus días de paso por Buenos Aires, con agenda estricta, claro) también repasa algo sobre su rutina. Como al pasar, cuenta una anécdota que lo describe: se cruzó con un ganador del Tour de France, un ídolo para él. Lo siguió con la bicicleta hasta un café, pero luego le dio pudor interrumpirlo. Y luego da detalles de haber sumado al campeón de paddle Fernando Belasteguin, Bela, a su equipo deportivo, con quien también, cuando puede, juega. “No le puedo ganar un punto si juega en serio”.
—¿Y el resto del tiempo?
—Me cuesta despegarme del celular, veo mucho TikTok, reels, mensajes de WhatsApp. No soy muy bueno contestando mensajes, contesto tarde… Tengo que estar enfocado. En Europa vivo cerca de la montaña, eso me gusta. Pero desde que empecé a correr, lo que llevo a todas las carreras son los auriculares. La música me ayuda en el día a día, hasta en las carreras. Pero, te decía, tengo gustos de 77 años, ja ja. La música actual no la escucho solo. Es más para salir de joda, y yo no salgo. Y está la música que me trae recuerdos de mis viejos, de ir en la camioneta por Exaltación, por el campo, como cuando vuelvo y voy a visitar a mi viejo… La Sole, por ejemplo. Cosas de antes. Pero no lo uso para desconectar: me acompaña siempre.










