Morrison Hotel: 56 años desde que The Doors volvieron a ser ellos mismos

Mientras el rechazo a la guerra Vietnam crecía entre la juventud estadounidense y la contra-cultura que marcó los 60’s llegaba a su fin, The Doors estaba tratando de salir de la crisis que generó su último disco, The Soft Parade (1969), que a pesar de funcionar en términos comerciales, fue recibido con frialdad por la crítica y con desconcierto por parte de sus seguidores. La inclusión de arreglos orquestales y una producción excesivamente pulida diluyó la crudeza y la tensión psicodélica que habían definido al grupo, alimentando la sensación de que la banda se había alejado de su propia identidad. A este desgaste creativo se sumó la situación personal de Jim Morrison, marcado por una creciente adicción al alcohol y diversos problemas legales derivados de su comportamiento obsceno en público, lo que sembró dudas sobre el futuro de la agrupación. En ese contexto, volver al estudio no era solo una obligación para realizar un nuevo proyecto, sino una necesidad. 

En septiembre de 1969, apenas unos meses después del lanzamiento de su criticado LP, el cuarteto californiano conformado por el teclista Ray Manzarek, el guitarrista Robby Krieger, el baterista John Densmore y el mismo Morrison como vocalista, volvió a los Elektra Sound Studios para grabar su quinto disco junto al recurrente productor de la banda, Paul Rotchild.  La idea central del proyecto era recuperar los sonidos que habían marcado sus dos primeros álbumes —The Doors y Strange Days—, apostando nuevamente por el blues, el hard rock y la dinámica de banda tocando junta, dejando atrás la sofisticación excesiva y la fragmentación creativa del trabajo anterior, incluida la limitada participación de Morrison en el proceso compositivo.

Las sesiones de grabación se desarrollaron entre finales de 1969 y comienzos de 1970 bajo una premisa clara: simplificar para recuperar intensidad. A diferencia del proceso fragmentado de The Soft Parade, el grupo priorizó tomas más directas y un enfoque colectivo, con la banda tocando junta y dejando espacio para la improvisación. Rothchild buscó capturar un sonido más físico y terrenal, reduciendo al mínimo los adornos y privilegiando la interacción entre el órgano de Manzarek, la guitarra de Krieger y una base rítmica más marcada, anclada al blues y el R&B, naciendo así Morrison Hotel (1970).

Esa búsqueda de autenticidad también se reflejó en decisiones puntuales durante las sesiones. Varias canciones incorporaron músicos invitados para reforzar el pulso bluesero, como el bajista Lonnie Mack. En algunos casos, la música se grabó primero y las letras se añadieron después, todas a cargo de Morrison y muchas de ellas tomadas de sus míticos cuadernos de poemas, lo que aportó un tono más oscuro y maduro al proyecto. 

Respecto a la portada, la historia es cuanto menos curiosa. El lugar fue descubierto por Ray Manzarek durante un paseo por las afueras de Los Ángeles, cuando, junto a su esposa, buscaba un lugar para la sesión fotográfica del álbum. La imagen fue capturada por Henry Diltz el 17 de diciembre de 1969 y diseñada por Gary Burden, aunque su realización estuvo lejos de ser tranquila. 

Al llegar al albergue —ubicado en South Hope Street—, los propietarios se negaron a permitir el ingreso del grupo, obligando al equipo a esperar hasta que el recepcionista se fuera para, aprovechando el descuido, ubicar a los músicos frente a la ventana del vestíbulo donde se leía el rótulo “Morrison Hotel”. La fotografía se tomó a las carreras, con Morrison al centro, vestido con una camisa blanca bajo el letrero del hotel con Manzarek, Krieger y Densmore vestidos de cuero a sus lados, antes de que la banda abandonara rápidamente el lugar. Tras la improvisada sesión, el grupo se refugió en un bar cercano llamado Hard Rock Café, donde tomaron la fotografía de la contraportada donde se aprecia la fachada del establecimiento, al que están entrando algunas personas con chaquetas de cuero y gorras.

Cortesía

El álbum se divide en dos partes: Hard Rock Café (lado A) y Morrison Hotel (lado B). La primera mitad del disco está cargada de blues eléctrico y hard rock, con canciones que avanzan a base de groove y riffs icónicos, transportando al oyente a esos bares donde la banda comenzó su carrera. En contraste, el lado B baja la intensidad pero sin dejar que el ritmo se caiga, explorando temáticas y letras más introspectivas y nocturnas, donde Morrison adopta un tono más narrativo.

Hard Rock Café abre con ‘Roadhouse Blues’, un rock con toques de blues donde la guitarra de Krieger y el teclado de Manzarek se llevan todo el protagonismo enfrascarse en una batalla de solos y riffs que quedó para la historia, todo mientras suena el legendario  G. Pugliese en la armónica y Morrison canta “Mantén tus ojos en el camino / tus manos sobre el volante / mantén tus ojos en el camino / tus manos sobre el volante / vamos a la casa del camino / donde la pasaremos bien”. Es un inicio eléctrico y frenético que deja claro que rumbo toma la primera mitad.

En ‘Waiting for the Sun’, la guitarra se lleva todos los reflectores, algo que será recurrente a lo largo del disco. El tema introduce un cambio de clima evidente y funciona como un respiro delicado dentro de la primera mitad del álbum. Manzarek sostiene la atmósfera con un órgano envolvente y uno de los más elegantes del proyecto. Sobre esa base, Jim Morrison adopta un tono casi melancólico, evocando imágenes de espera, libertad y revelación. El tema crece con paciencia, sin golpes bruscos ni excesos, y confirma que Morrison Hotel no solo es un regreso a la crudeza, sino también un disco capaz de equilibrar fuerza e introspección sin perder coherencia.

‘You Make Me Real’ evoca al rock and roll clásico.Nuevamente, el piano y la guitarra toman la batuta, pero también vale la pena destacar el alcance vocal de Jim, quien para muchos seguidores brilla más que en otros proyectos gracias a su poderosa interpretación. ‘Peace Frog’ es el último tema de hard rock de esta mitad, que para algunos hace referencia a las protestas y manifestaciones que se estaban dando debido a la guerra de Vietnam: “Hay sangre en las calles, me llega al tobillo / hay sangre en las calles, me llega a la rodilla / sangre en la ciudad de Chicago / la sangre aumenta, me esta siguiendo”, canta Morrison, mientras Robby vuelve a deslumbrar con sus solos y acordes de guitarra, que a mitad de la canción se lleva todas las luces.

Para cerrar están ‘Blues Sunday’ y ‘Ship of Fools’. La primera irrumpe como un momento extremadamente intímo, siendo una balada desnuda, dominada por el piano de Ray y donde Jim expone una faceta vulnerable y romántica poco frecuente. ‘Ship of Fools’ retoma el blues más directo con una base rítmica que tiene momentos brillantes y sombríos, acompañados de letras donde Morrison recurre a imágenes de decadencia para retratar a una humanidad encaminada a su propia autodestrucción: “La raza humana se estaba extinguiendo / no queda nadie que grite / gente caminando en la luna / muy pronto te atrapará el smog”.

El lado B inicia con ‘Land Ho!’, que envuelve al oyente en un clima aventurero, con un ritmo perfecto para acompañar un viaje por carretera. La guitarra de Krieger se combina con un bajo suave y una letra que celebra el impulso de seguir adelante, incitando a buscar lugares desconocidos. El tema funciona como un puente entre la crudeza del blues y una idea de exploración más amplia, sin renunciar nunca a la actitud directa de la banda.

‘The Spy’ llega como un blues sensual, donde Morrison, en un tono íntimo, se autodenomina como un “espía en la casa del amor”, o más bien un seductor. “Conozco el sueño que estás soñando / sé las palabras que anhelas escuchar / conozco tu temor secreto más profundo”, canta Jim, mientras el órgano de Manzarek marca un pulso envolvente, casi cinematográfico, y la batería de John Densmore mantiene un swing contenido. Su atmósfera convierte a esta canción en un punto de inflexión dentro del lado B: aquí el blues no es solo ritmo, sino también el vehículo para llevar al espectador a una clase de viaje narrativo.

‘Queen of the Highway’ es una dedicatoria explícita a Pamela Courson, novia de Morrison en ese momento. “Ella fue una princesa / La reina de la autopista”, dice Jim para referirse a su amada, mientras que en letras como “espero que esto pueda continuar un poquito más” el vocalista deja una declaración amorosa. La guitarra de Krieger aporta melancolía que coquetea con el country blues, mientras el órgano y la batería sostienen un fondo cálido pero sin perder tensión.

Para el cierre del lado B, y del disco, ‘Indian Summer’ y ‘Maggie M’Gill’ funcionan como un resumen de las dos almas de Morrison Hotel. La primera es una pieza sublime, psicodélica y con una gran carga introspectiva y romántica. “Te amo, la mejor / mejor que todas las demás”, canta Jim, sostenido por un delicado efecto de eco en la voz y el acompañamiento sutil de Krieger, creando la sensación de una experiencia alterada y etérea, más espiritual que carnal. 

Todo en ‘Indian Summer’ transmite sosiego y misticismo, como un suspiro prolongado antes del final. Ese clima se quiebra abruptamente con ‘Maggie M’Gill’, un blues-rock crudo y de espíritu callejero que recupera la ironía y el pulso terrenal de la banda: la historia de Maggie, su padre alcohólico y la huida a Tangle Town se cuenta con un tono casi burlón. Así, el álbum se despide entre la introspección psicodélica y el relato blues más descarnado, cerrando el círculo de regreso a las raíces que The Doors se propuso desde el inicio.

Morrison Hotel es sin duda un punto de inflexión clave en la discografía de The Doors. No es solo un regreso consciente a sus raíces y a la dinámica original de banda, sino también un álbum que evidencia madurez y menos grandilocuencia. Lejos de los excesos orquestales y conceptuales del pasado inmediato, el grupo vuelve a sonar compacto, directo y honesto, como si cada canción fuese tocada en la penumbra de un bar y no en la comodidad del estudio.

Cada integrante tiene la oportunidad de brillar en lo suyo: desde las letras poéticas e incluso cinematográficas de Morrison, pasando por la envolvente interpretación del teclado de Manzarek y los icónicos solos de guitarra de Krieger, hasta la solidez rítmica y los redobles de John Densmore. Así, entre carreteras polvorientas, amores confesados y visiones de decadencia, The Doors lograron reconectar con su esencia, dejando constancia de que, incluso en medio del desgaste personal y creativo, todavía podían firmar uno de los trabajos más sólidos de su carrera.

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