Maradona y Messi: un contraste incómodo en tiempos de guerra

Messi y Maradona, Maradona y Messi. Desde que “La Pulga” comenzó a deslumbrar en La Masía y hasta que se consagró con el mayor logro futbolístico de todos, la Copa del Mundo, las comparaciones con “El Pelusa” han sido inevitables, y no es para menos. Argentina siempre ha sido un país donde la pasión por el balompié se vive como en ninguna otra parte, y donde los ídolos del deporte se convierten en dioses para los fanáticos. Durante décadas, Maradona fue ese ídolo supremo para los argentinos no solo por lo que hacía dentro de la cancha sino por lo que representaba para el pueblo, y hasta la llegada de Messi ese pueblo no volvía a vibrar tanto con un futbolista.

Sin embargo, las comparaciones, como el fútbol mismo, siempre han sobresalido de la cancha. El Diego, con sus virtudes y pecados, logró representar a ese argentino marginado, ese que tiene que levantarse temprano en la mañana y volver tarde en la noche con unos pocos pesos para sostener a una familia, algo que quedó marcado en el imaginario de su mito: el futbolista que salió del potrero, le pintó la cara a los mejores futbolistas de la historia en las mejores canchas y escenarios del mundo, y que nunca se doblegó frente al poder, siempre reivindicando ideas cercanas a las luchas sociales progresistas.

Messi, por otro lado, desde pequeño dejó el país del Río de la Plata y los asados. Tuvo que acoplarse a la cultura catalana, que aunque con algunas similitudes con la argentina son dos mundos opuestos. En ese sentido, Messi siempre se ha mantenido ajeno a la política, limitándose a brillar con el balón siempre cosido a sus botas, una decisión por la que se le ha criticado tanto dentro como fuera de su país. Sin embargo, y con las tensiones mundiales actuales, ver al astro argentino al lado de uno de los presidentes más poderosos del mundo, Donald Trump, ha sido el escenario perfecto para que las comparaciones con Maradona se trasladen definitivamente fuera del campo de juego y comiencen a discutirse desde la política.

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El episodio ocurrió durante un encuentro público en el que el Inter de Miami, el equipo capitaneado por Lionel Messi, visitó la Casa Blanca tras lograr el título de la Major League Soccer (MLS) de 2025. La escena era, cuanto menos, bizarra. Mientras todo el plantel del equipo esperaba sobre una tarima, entraron Trump y Messi, uno al lado del otro. Trump tomó el podio y comenzó a hablar, mientras Messi se apartó unos pasos. Su postura era la típica: hombros retraídos, manos juntas al frente y una cara con la que parecía decir “¿de qué carajos está hablando este boludo?”.

El mandatario, antes de reconocer el mérito deportivo del equipo de Florida, se tomó un tiempo para hablar de la situación militar en Irán. En medio de su discurso celebró las operaciones conjuntas con Israel y aseguró que habían logrado “debilitar” la capacidad militar iraní tras una serie de bombardeos sobre instalaciones estratégicas, mismos que según varias organizaciones de derechos humanos tambien dejaron un saldo de más de 1000 muertos, entre ellos varios niños y niñas. Mientras Trump hablaba del enemigo abatido y de la fortaleza militar de sus aliados, todas las miradas dejaron de seguir al presidente y se posaron sobre el futbolista.

Ahí estaba él, solo, con sus compañeros detrás y seguramente sin entender demasiado, gracias a que —como él mismo ha contado— no domina el idioma del país norteamericano. Sin embargo, para Trump no era necesario que Messi entendiera, ni siquiera que dijera algo; solo lo necesitaba ahí. Sabía que, con el mejor futbolista del mundo de fondo, toda la conversación inevitablemente se iría hacia ese lugar: hacia la imagen de Messi dándole la mano. Y así las cosas, si el mejor de todos parece no tener problema en compartir escenario con él, entonces —para muchos— quizá no esté haciendo las cosas tan mal, ¿no?

Las imágenes se difundieron rápidamente en redes sociales y medios de comunicación. El momento, que para algunos no fue más que un acto protocolario, bastó para que el público recordara la relación que durante años mantuvo Maradona con la política, con el poder y, especialmente, con Estados Unidos. En cuestión de horas, el viejo debate volvió a instalarse: el del futbolista que decide mantenerse apolítico y el del ídolo que nunca tuvo problema en tomar partido.

Para entender por qué esa imagen generó tanto ruido, hay que volver inevitablemente a Diego Armando. El Diego nunca fue un futbolista cómodo para el poder hegemónico y siempre buscó incomodar. Cuestionó abiertamente a dirigentes de la FIFA y denunció lo que muchos buscaban callar. En ese sentido, y tal como describe el escritor Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra, el ídolo de Nápoles cargaba con el “pecado” de jugar con la zurda, que en el diccionario ilustrado Larousse significa “con la izquierda”, pero también “contrario a como se debe hacer”.

Esa insurgencia no se limitó al ámbito del deporte, y Maradona tampoco tuvo reparo en enfrentarse públicamente a gobiernos y líderes políticos, especialmente al país de las barras y las estrellas. Diego no solo criticó en múltiples ocasiones la política exterior norteamericana, sino que también cultivó vínculos cercanos con figuras como Fidel Castro, a quien consideraba un segundo padre, y expresó abiertamente su simpatía por el peronismo en Argentina. Sin embargo, y contrario a lo que muchos piensan, Maradona también tuvo un momento en el que Estados Unidos no le parecía “un país siniestro, careta, mala leche e hipócrita”.

De hecho, cuando todavía era muy joven, el propio Diego llegó a decir que, después de Argentina, Estados Unidos era “el mejor país del mundo”. A fines de los años setenta y comienzos de los ochenta jugó varios partidos amistosos en ese país —con la selección argentina y con clubes como Argentinos Juniors o Barcelona— sin mayores conflictos. Incluso antes del Mundial de 1994 recibió una visa especial para disputar el torneo, algo que fue posible gracias a gestiones diplomáticas y al interés de las autoridades estadounidenses y de la FIFA por que el astro argentino estuviera presente en la Copa.

El quiebre llegó precisamente durante ese Mundial. Tras el control antidoping positivo por efedrina, que lo dejó fuera del torneo, la relación entre Maradona y Estados Unidos se deterioró definitivamente. A partir de entonces, el ídolo argentino multiplicó sus críticas al país y a sus acciones, llegando a acusar a la nación de “crear guerras para vender armas”, mientras que el gobierno estadounidense le negó en varias ocasiones la visa para volver a entrar al país. Con el paso de los años, además, su cercanía política con líderes como el ya mencionado Castro o Hugo Chávez terminó de ubicarlo en la vereda opuesta a Washington.

Por eso, imaginar a Maradona parado en silencio en una tarima de la Casa Blanca mientras un presidente estadounidense habla de bombardeos en Medio Oriente resulta, cuando menos, difícil. El Diego probablemente habría dicho algo, para bien o para mal. Habría incomodado, habría tomado partido, pero pedirle a Messi que sea Maradona quizá sea una exigencia injusta.

Messi no representa lo mismo que Maradona porque no vivió lo mismo que él. Pertenecen a épocas distintas y, en esencia, también son personas distintas. Mientras Diego Maradona se desarrolló como profesional y como persona en una Argentina convulsionada y marcada por la dictadura militar y la guerra de las Malvinas, Lione se formó desde muy joven en el fútbol europeo, lejos de ese contexto y dentro de una industria deportiva completamente globalizada.

Eso, sin embargo, no significa que Messi haya vivido completamente de espaldas a las causas sociales. Desde 2010 es embajador de buena voluntad de UNICEF y, a través de la Fundación Leo Messi, ha financiado proyectos de salud, educación y deporte para niños en  todo el mundo, además de realizar donaciones millonarias a hospitales y campañas humanitarias. Pero reconocer ese trabajo tampoco implica absolverlo de todo cuestionamiento. Messi sabía perfectamente dónde estaba parado aquella tarde en la Casa Blanca y qué significaba la imagen que estaba proyectando.

Tampoco sería justo retratarlo como un futbolista incapaz de plantarse frente al poder. En 2019, tras la eliminación de Argentina en la Copa América 2019, Messi acusó públicamente a la CONMEBOL de corrupción y aseguró que el torneo estaba “armado para Brasil”, una declaración que le costó una sanción de tres meses con la selección. Fue una de las pocas veces en las que el rosarino dejó ver una faceta más confrontativa, recordando que detrás de la figura silenciosa también hay un carácter capaz de incomodar.

Al final, la comparación vuelve una y otra vez porque el fútbol argentino solo ha tenido dos figuras capaces de alcanzar ese lugar casi mitológico. Pero quizá el error esté en exigirles que ocupen el mismo rol. Diego Maradona fue el ídolo que habló, incomodó y convirtió su rebeldía en parte de su leyenda. Lionel Messi eligió otro camino: el del silencio, el del fútbol como único lenguaje. Dos formas distintas de habitar la misma grandeza, marcadas no solo por quiénes son, sino por el mundo que les tocó vivir.

PEDRO UGARTE / Getty Images

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