La infancia como filosofía: los mundos invisibles de La pequeña Amélie

La animación europea vive desde hace años una renovación silenciosa, más interesada en la exploración sensorial y filosófica que en el espectáculo puro. Dentro de esa corriente se inscribe Amélie et la métaphysique des tubes, adaptación del célebre libro de Amélie Nothomb, dirigida por Liane-Cho Han Jin Kuang y Maïlys Vallade. Ambos cineastas, provenientes del mundo de la animación artística y la ilustración, han desarrollado una obra que combina sensibilidad pictórica con una profunda reflexión sobre la percepción infantil.

La película, nominada al Premio Óscar a mejor largometraje de animación, narra los primeros años de vida de Amélie en Japón, donde la niña se percibe a sí misma como una especie de divinidad omnipotente. Pero esa mirada absoluta comienza a resquebrajarse cuando descubre los límites del mundo: la pérdida, el dolor y la fragilidad de los vínculos humanos.

Con un uso expresivo del color, las formas y las estaciones del año, la cinta convierte la infancia en un estado de conciencia donde pensamiento, imaginación y realidad se superponen. La relación entre la pequeña Amélie y Nishio-san, la mujer japonesa que cuida de ella, se convierte en el corazón emocional de la historia.

Conversamos con Kuang y Vallade durante el Festival de Animación Comfama El Retiro, donde la película fue presentada ante el público latinoamericano. La conversación derivó hacia la filosofía de la infancia, el poder del color en la animación y la manera en que el cine puede traducir la percepción radical de un niño.

Cortesía de Cineplex

En la película, Amélie se percibe inicialmente como un ser casi omnipotente, capaz de moldear la realidad a través de la imaginación. Visualmente esto se expresa con colores y formas exuberantes que luego se vuelven más contenidos. ¿Cómo concibieron esa transición visual desde la infancia absoluta hacia la conciencia de los límites?

MAÏLYS VALLADE: Fue una pregunta enorme para nosotros. El primer desafío fue el proceso de escritura del guion. Teníamos que entender desde dónde Amélie nos habla y la voz en off fue el primer paso para comprender a esta niña tan particular. Ella se describe como un dios, pero no como un dios creador, sino como un “dios-tubo”, vacío, como en el libro de Amélie Nothomb.

Eso es muy extraño para una niña de dos años. Tiene una mente sorprendentemente madura. Encontrar el equilibrio entre esa mirada filosófica y la experiencia infantil fue muy difícil porque queríamos hablar tanto a los niños como a los adultos.

Cuando entendimos que toda la película debía existir dentro de su percepción del mundo, se abrió una libertad enorme: podíamos deformar las formas, expandir los colores, utilizar símbolos. Cada elemento —un color, una frase, un gesto— debía expresar algo sobre su relación con la existencia.

También quisimos profundizar en las relaciones entre los personajes, especialmente el triángulo entre Amélie, Nishio-san y Kashima-san. Nos interesaba explorar sus psicologías y las tensiones generacionales entre ellos.

LIANE-CHO HAN JIN KUANG: Exactamente. Intentamos permanecer siempre dentro del punto de vista de Amélie. Por eso los colores cambian cuando el mundo comienza a derrumbarse bajo sus pies.

Cada personaje tiene su propio color: Nishio-san es amarillo, la familia es verde, Kashima-san es púrpura. Incluso la familia de Amélie tiene su propia gama cromática. Cuando ocurre algo traumático, esos colores se alteran y se mezclan para expresar su desorientación emocional.

Las estaciones del año, los paisajes, incluso la luz, todo debía reflejar su estado interior.

También te puede interesar:

La película retrata la infancia como un modo radical de percepción donde pensamiento, deseo y realidad se superponen. Pero también es una historia sobre vínculos. La relación entre Amélie y Nishio-san se convierte en el núcleo emocional del filme. ¿Cómo construyeron ese vínculo en animación para que tuviera tanto peso emocional?

MAÏLYS VALLADE: Para nosotros la historia trata sobre comprender a los niños y reconocer la intensidad de su inteligencia emocional. A esa edad son esponjas de emociones. Perciben muchas cosas que los adultos creen que no entienden.

En el libro hay una escena muy fuerte donde Amélie le pide a Nishio-san que le cuente su historia de guerra y la pérdida de su familia. Fue una escena difícil de adaptar porque nosotros no somos japoneses y queríamos tratar esa experiencia con respeto.

La relación entre ellas es la de dos almas que se encuentran. Nishio-san es una adulta que entiende profundamente a la niña, quizás porque nunca olvidó su propia infancia y porque vivió experiencias dolorosas muy temprano.

Elegimos concentrarnos en ese vínculo y en el triángulo con Kashima-san, que representa otra manera de enfrentar el trauma: una actitud cerrada, rígida. Así la película muestra distintas formas de lidiar con el dolor.

LIANE-CHO HAN JIN KUANG: También refleja nuestra visión sobre la infancia. Vivimos en un mundo donde muchos adultos creen saber qué pueden entender los niños y qué no. Pero nosotros pensamos que pueden comprender mucho más de lo que imaginamos.

La clave está en encontrar el ángulo adecuado para hablar de temas difíciles. Cuando me convertí en padre descubrí algo interesante. Vengo de una generación donde la educación infantil era muy estricta. Pero mi esposa, que es danesa, tenía otra manera de acercarse a nuestro bebé cuando se comportaba mal: en lugar de confrontarlo, desviaba su atención hacia algo nuevo, como un juego.

Eso es exactamente lo que hace Nishio-san con Amélie en la biblioteca. En lugar de regañarla, convierte la situación en una experiencia de descubrimiento. En el fondo, la película habla de empatía.

Cortesía de Cineplex

Tengo curiosidad por la recepción de la película. Es una historia profundamente intercultural que transcurre entre Francia y Japón. ¿Cómo ha sido recibida en esos países?

MAÏLYS VALLADE: La reacción ha sido muy parecida en muchos países, aunque cada cultura conecta con la historia desde su propia infancia. Algunas personas lloran desde el principio hasta el final. En Japón la reacción fue muy interesante porque nos preocupaba cómo recibirían nuestra representación del país.

Uno de los comentarios más hermosos que recibimos fue que la relación intergeneracional entre Nishio-san y Kashima-san es algo muy real para ellos. Representa un conflicto social que existió en Japón al final de los años sesenta. Nos dijeron que la película captaba bien esa atmósfera histórica.

LIANE-CHO HAN JIN KUANG: También cambiamos un elemento importante respecto al libro. En la novela, Kashima-san es simplemente cruel. En nuestra versión quisimos darle más humanidad. Pensamos que, frente a la guerra, todos somos perdedores. Todos perdemos a alguien. Quizás Kashima-san también perdió a su marido o a su familia. Por eso, al final de la película, cuando ve a Amélie llorar, su dureza se resquebraja un poco.

Queríamos transmitir la idea de que incluso en los conflictos más duros, la empatía puede abrir una grieta. Tal vez es una visión ingenua. Pero es una esperanza que queríamos compartir.

Cortesía de Cineplex

Como psicólogo, me llamó la atención cómo la película muestra el momento en que el cuerpo se convierte en una frontera: algo que separa la imaginación de la realidad. ¿En qué momento del proceso creativo comprendieron que esa transformación debía ser una de las ideas centrales del filme?

MAÏLYS VALLADE: Fue un proceso muy largo. La película tardó siete años en realizarse y cinco de ellos fueron solo de escritura y reescritura. El libro de Amélie Nothomb describe muy bien las etapas de desarrollo de un niño. Al principio ella se percibe como un dios, pero no un dios creador.

Durante un tiempo pensamos en representarla con poderes casi mágicos, pero nos dimos cuenta de que ese no era el camino. El punto clave fue entender que toda la película debía existir dentro de su mirada. Si estamos dentro de su percepción, podemos cambiar la escala de las cosas, el lenguaje, incluso la lógica del mundo. Para Amélie no hay diferencia entre japonés y francés: todo es un mismo lenguaje porque ella entiende todo desde la intuición.

LIANE-CHO HAN JIN KUANG:  Una vez comprendimos eso, la libertad creativa fue total. Podíamos hacer escenas muy fantásticas cuando su imaginación estaba en euforia —como una gran fiesta mental— y luego pasar a momentos muy pequeños y contemplativos, como observar una simple gota de agua en un vidrio. Porque a veces las cosas más simples del mundo también son profundamente hermosas.

Muchas gracias. Ha sido un placer conversar con ustedes. Y déjenme decirles algo: su película trae luz en tiempos oscuros.

LIANE-CHO HAN JIN KUANG: Muchas gracias.

MAÏLYS VALLADE: Gracias por esas palabras.

Get started

If you want to get a free consultation without any obligations, fill in the form below and we'll get in touch with you.