La Chola Poblete, la rollinga que se hizo artista y llegó a la Bienal de Venecia

Ante la pregunta de por dónde comienza la muestra, La Chola Poblete advierte: “Ahí está, es un poco como el título: ‘En el aire’”. Desde la entrada de Barro, en el espacioso hall de la galería de arte instalada en el barrio porteño de La Boca, lo primero que se puede apreciar es una serie de fotos en blanco y negro colgadas en la pared situada a la derecha. Un poco más adelante, a manera de antípoda, sobresale una inmensa papa que, en principio, parece el escenario de una carroza de carnaval. Mientras que en el fondo se encuentra la pieza más grande de la exhibición: un set televisivo pintado de rojo, decorado con acuarelas que evocan los códices de los pueblos precolombinos, y cuyo ingreso sucede a través de un marco inspirado en las trenzas de las cholitas paceñas. Y en lo más profundo de su interior, al mejor estilo de los late night latinos, resalta en neón rosado el nombre de la anfitriona y en amarillo el del show. 

Arte, arte, arte… La Chola Poblete en rutilante technicolor (Foto: Tomás Morrison).

Todo lo que hay ahí, y más allá, como el infinito de Toy Story, es un cóctel de parafraseos. “Siempre estoy citando a artistas que para mí fueron cruciales para pensar el arte”, justifica la nativa de Guaymallén, quien inauguró esta exposición el 8 de noviembre del año pasado, y que estará abierta al público hasta marzo de 2026. “Esas tres fotos son una recreación de la serie de Oscar Bony llamada ‘El triunfo de la muerte’, aunque cambié el título por ‘La conquista de la muerte’, para jugar un poco con eso”. Al igual que la memorable secuencia del ícono misionero de la vanguardia artística, La Chola, ataviada de saco y corbata, representa al mejor estilo del film Sin aliento (obra maestra de Jean-Luc Godard) ese final ajusticiado a punta de plomo. Lo que no le resta glamour, retando a la solemnidad del ocaso. 

¿Qué tiene que ver la papa en esta narrativa? 

Siempre usé la papa por lo que significa en el mundo andino. Se dice que cuando llegaron los españoles no querían consumirla porque era un tubérculo. Sentían que era como el fruto del infierno porque estaba debajo de la tierra. Lo loco es que con el tiempo la tortilla de papas se convirtió en un plato nacional en España, ni hablar de que la papa salvó al hombre en todas las guerras. Después, cuando se industrializó, por así decirlo, las papas Lays vinieron en corte español y corte americano. Juego con la papa desde lo identitario, pero luego me sirvió también para hablar del abandono.

¿En qué sentido? 

A mi papá lo conocí a los 20 años, y el tema del abandono es algo que me sigue en mi vida. Mi obra, a veces, tiene un poco de esa cosa media melancólica. En un momento, tuve mucho miedo de volverme loca. Y es que la locura es eso: cuando te abandonás por completo. El abandono siempre vuelve de alguna forma. No solo tiene que ver con mis padres, sino también con los vínculos amorosos y las amistades. 

Una vez en el set televisivo, la artista multidisciplinaria se desenvuelve como quien nació bajo el signo del estrellato. “Hice un piloto donde una conductora intenta hacer algo que no sabe”, explica. “No sé cantar, no sé bailar, y creo que lo que me pasó fue que después de muchos eventos que tuve, como premios y cosas así, que fueron como un antes y un después, sentí la presión de hacerme cargo de mi talento. También hay mucho de esta cosa de diva, que se volvió muy presente en mi carrera. Quise despegarme de eso. Prefería que vieran mi obra, y no tanto a mí como artista. Pero me fue muy difícil separarlo, porque yo hablo mucho de mi identidad y mi obra habla mucho de mí. Entonces tengo que estar. Siempre esperan de mí que toque conceptos que tienen que ver con lo racial, lo identitario o lo marginal”. 

Desde que en 2017 se la vio bailando dentro de una caja llena de papas Lays, vestida de traje tradicional, como parte de la performance “American Beauty”, en la extinta sección Barrio Joven de ArteBA, se intuyó que La Chola Poblete revolucionaría el tiempo que le tocó vivir. Al punto de que siete años más tarde recibió una mención honorífica en la Bienal de Venecia. Se trató de la primera artista trans-queer en hacerse de semejante honor, en los 130 años de realización del evento referencial del arte contemporáneo. Sin embargo, en 2022 la reina Letizia evidenció en Madrid su fascinación por su obra, en la que cuestiona la estereotipación y la exotización, al igual que el relato histórico y la política. Pero antes que rendirse a los pies de Su Majestad, la argentina le espetó: “Nos reencontramos 530 años después”, en alusión a la conquista de América. 

Si algo afinó muy bien esta mendocina nacida en 1989, aparte de esas acuarelas, paisajes al óleo, esculturas de pan y estructuras de hierro en las que se sostiene parte de su trayectoria, es su estilo para rockearla. No sólo en un sentido figurado. “A veces, en mis acuarelas pongo frases de canciones del rock nacional o cosas que me pasan en mi vida cotidiana, como el desamor, pensamientos o cosas que estoy leyendo”, describe. “Fui rolinga en mi adolescencia y acampaba con mis amigos cuando íbamos a ver bandas. O sea, curtí todo ese momento del rock nacional en Argentina cuando pasó lo de Cromañón. Yo lo viví de adolescente. Me acuerdo de ir a boliches, y de repente los pibes bailaban el paso rolinga, y también recuerdo las peleas entre las tribus urbanas tipo floggers y rolingas. Ahora no sé si hay tanto de eso”. 

Mirá que, al mismo tiempo que el Pity Álvarez anunció su vuelta a los escenarios, emergió una movida neo rolinga con grupos como Autos Robados, La Grecia y Rey Bruja. 

De repente veo a todos esos pendejos en TikTok, y me parece que son unos chetos que se quieren hacer los rolingas. Entonces me da paja. En mi adolescencia, en Mendoza, teníamos allá una especie de Bond Street, la Galería Caracol, a donde íbamos y nos comprábamos pines y mochilitas, y con corrector escribíamos frases. Después teníamos todo ese ritual de ir a conseguir la entrada, de hacer amigos en los festivales y ese tipo de cosas que se hacían en el interior del país. Ibas a San Juan o a Salta en un bondi, escabiando. No sé si pasa ahora, a eso me refiero. La sensación que tengo de este momento es que es medio estética, muestra otra cosa. Aunque pueda sonar irónico, lo que hago en esta obra que estoy presentando es traer algo de otra generación. No sé qué hubiera significado en otra época hacer una pieza con una papa en vez de un huevo (la papa gigante de “En el aire” está inspirada en “Nosotros afuera”, el huevo de 2,60 x 4,50 con el que Federico Manuel Peralta Ramos ganó el Premio Di Tella en 1965). Revisito un lugar, pero en otro contexto, con otros privilegios, con otras herramientas, con un poco más de libertad de decidir cosas.

Apelando a los Redondos, si Marta Minujín es la “Gran bestia pop” del arte contemporáneo argentino, vos sos la “Única heroína en este lío”. ¿Cómo te llevás con el rol de rockstar? 

Cuando llegué a Buenos Aires, me encantó ir a Mamita y conocer a Norman [se refiere al bar de Colegiales y a su dueño]. Incluso voy sola. Mis amigos me preguntan: “¿Por qué vas a ese bar de mala muerte?”. A mí me encanta porque te ponen música de antes, tipo Sumo o Fabiana Cantilo. Estoy borracha, en la mía, bailando. Me conozco a todos los que están: desde los viejos rockeros hasta la gente que limpia. Yo prefiero ir ahí a que me inviten a otro evento, y a veces realmente lo necesito como algo vital porque siento que me vuelvo a encontrar conmigo. Aunque si me invitan a la Fundación Teatro Colón, ahora que soy una artista un poco más conocida, yo igual me presto. He tenido una vida bastante loca, de muchas noches, de conocer a la gente más increíble, de ver cosas fantásticas. Lo que pasa últimamente con el arte o lo que lo hace muy viejo es que los artistas jóvenes no le ponen el cuerpo. Eso dio pie a que se organizaran tantas retrospectivas. 

Hoy hasta el arte visual apunta a lo digital. 

Siempre pinté, pero cuando empecé a usar el cuerpo lo hice para reflexionar. No solamente en el arte, sino en mi vida. Siempre digo que transicioné en un lugar muy cuidado, que es el mundo del arte. No hubiera sido lo mismo transicionar y trabajar en una verdulería. En ese sentido, siento que soy una privilegiada. De un día para el otro soy La Chola, y esto no se discute. Y punto. Suelo decir que “mi género” es artista, es la etiqueta con la que más me siento identificada. Hay algo del cuerpo, de estar preguntándomelo todo el tiempo. Cuando empecé a hacer performance, hice un montón de acciones muy en el under. Hay muchas que no se registraron porque no me interesaba. Mis referentes en el arte latinoamericano fue gente que realmente ponía el cuerpo, como Pedro Lemebel, Regina Galindo y Giuseppe Campuzano. Este tipo de performance no tiene que ver tanto con la espectacularización. Y cuando me vine a vivir a Buenos Aires, me pareció decadente. 

Tu visibilización sucedió casi a la par del auge del indie mendocino en la década pasada. ¿Qué opinás de esa coincidencia? 

Siempre digo que en Mendoza la montaña es celosa, entonces una tiene que huir de ahí. Pero lo que tiene es que al carecer de todas estas situaciones, a diferencia de Buenos Aires, donde tenés un montón de instituciones o galerías en las que podés mostrar tu arte, inventábamos nuestras galerías. De hecho, Usted Señalemelo, Perras on the Beach y Luca Bocci son amigos que en ese momento tenían 14 años, y venían a cantar y a tocar a nuestras muestritas de arte. Mientras ellos estaban empezando, nosotros armábamos nuestra escena mendocina de arte. Lo que sucedió fue que ellos de repente generaron una cosa muy popular, y el arte es un poco más elitista. 

Musicalmente no manejás el imaginario trans, que apunta más a la electrónica y a la música urbana. 

A mí lo que me pasó es que cuando empecé a descubrir la feminidad, no quería ser una Miss Universo: quería ser Patti Smith. De hecho, cuando tocó en el Luna Park, yo estaba muy adelante. Había llevado una Wiphala [bandera que representa a los pueblos originarios andinos], y apenas cantó “People Have the Power” me acerqué, esquivé a la seguridad, y ella me dio la mano. Agarró la bandera, se la ató y se me puso la piel de gallina. Me encantan Patti, Björk, Stevie Nicks y ese tipo de mujeres. Vos me preguntás por mi película favorita, y te digo que es Kill Bill. Quiero ir a matar, ser una superpoderosa. Cuando el rock medio que se desvaneció, me preguntaba qué pasaba con eso porque es una música increíble. Hubo una banda punk mendocina, Kinder Videla Mengele, compuesta por hermanos. Uno de ellos, Egar Murillo, era un artista visual mega top. Murió este año. Curtí esa porque es la que me copa, y yo la vida me la como así. Soy rebrava, lo que he conseguido ha sido porque me tuve que parar y decir: “Esto lo quiero así”. Mi empoderamiento tiene que ver con estas referencias. 

La Chola cuenta que recientemente estuvo en Nueva York, y pudo conocer el mítico Chelsea: reducto por excelencia de la bohemia norteamericana. “Cuando estuve ahí, no lo podía creer”. En ese hotel, inmortalizado por un sinfín de películas, canciones y libros, se alojaron escritores, pensadores, artistas visuales y músicos de la talla de Mark Twain, Dylan Thomas, Jack Kerouac, Robert Mapplethorpe, Leonard Cohen, Madonna, Édith Piaf, Janis Joplin, Sid Vicious y Patti Smith. Justamente, una de las acuarelas del set televisivo incluye una cita de la Madrina del Punk. “Jesús murió por los pecados, pero no por los míos”, versa ese pasaje incluido en “Gloria: In Excelsis Deo”, tema que abre su disco Horses, que dos días después del inicio de “En el aire” cumplió 50 años de su lanzamiento. 

Detrás del set televisivo, se esconde otra pieza de la exhibición constituida por retratos suyos tomados por el fotógrafo Tomás Würschmidt (asiduo colaborador de Juliana Gattas), y dos sillas similares a las que usan los realizadores audiovisuales. Llevan rubricadas en su espaldar su nombre y el de su antiguo yo: Mauricio Poblete [comenzó exponiendo así, tras egresar de la Licenciatura y Profesorado en Artes Visuales de la Universidad Nacional de Cuyo]. “Hace poco me preguntaron cuál era mi sueño de niña, y respondí que no fui niña”, dice. “No me interesa borrar mi pasado. Cuando se me ocurrió el set de televisión, le dije a Antonio Villa, curador de la muestra, que quería que la estrella fuera La Chola Poblete, pero que el director fuera Mauricio Poblete. Fue una manera de entrar en diálogo conmigo y mi mundo”.  

Ese trabajo de revisionismo histórico de tu obra también lo aplicás para con tu identidad de género. Mauricio Poblete sigue conviviendo con vos. 

Tengo un montón de amigas a las que les genera angustia o dolor su pasado, su deadname, pero a mí no porque nunca voy a dejar de ser la misma persona, aunque un poco más evolucionada. Mi interior es el mismo, no es que cambió algo. Sí debo tener más cuidado con otras cosas porque la vida para la mujer trans es distinta. Me di cuenta de que siendo un chico gay tenía privilegios, por más que no me diera cuenta en ese momento. Cuando el afuera empezó a percibirme como una comunidad, y tuvo otros tratos conmigo, me dio miedo. Es loco atravesar esa parte. Si transicionar en el arte fue un lugar cuidado, cuando camino por La Boca soy una trava. Puedo sufrir discriminación, pero no me pasó. Ando por la vida. Ando. 

La Chola Poblete retratada por Tomás Morrison.

Al igual que sucede en el fútbol, el rock argentino sigue siendo un ámbito idóneo para el machirulismo. A propósito de lo que acabás de contar, ¿cómo viviste las ventajas de ser hombre?

Si iba a ver al Indio Solari, no me hacían a un lado. Había algo muy identitario, nos encantaba lo que pasaba en este ritual. En la “misa ricotera” no sentía un trato diferente, ni nada por el estilo. Al menos yo. Aunque es verdad que en ese momento, en mi adolescencia, todos los que salían del clóset escuchaban Lady Gaga y música así. Yo no. Si bien me encanta el pop, tengo más alma rockera, del pogo y todo eso. Siempre digo que sentí más la mirada del otro por mi color de piel, y por mis rasgos indígenas, que por mi orientación sexual o mi identidad de género. Por eso adopté el nombre de Chola, porque es una palabra despectiva. Sobre todo en Mendoza, donde hay mucha comunidad boliviana y del Norte del país, que van a trabajar a las viñas porque hay muchas bodegas. 

¿Tu familia es boliviana?

Mi familia materna; mi mamá es empleada doméstica. Viste cómo son los estereotipos de los inmigrantes: el paraguayo hace tal cosa, el senegalés tal cosa, y el boliviano hace construcción o tiene una verdulería. Como sé que no es así, dije: “Soy La Chola, y quiero poner en valor esta palabra. Y quiero mostrarme tan diva como cualquier otra diva. Y si quiero, me siento a escuchar a Andrea Bocelli en el Teatro Colón, y si quiero me siento en una mesa con los coleccionistas más millonarios”. Puedo hacer cualquier cosa porque estoy a la altura. A la gente le gusta lo verdadero. Prefiero que alguien pregunte: “¿Quién es esta trava que está acá?”, a que sigan siendo las mismas… Flor de la V, Lizy. Hay que empezar a abrir más puertas. Me paré en esto de ser artista, pero me esforcé mucho para que se viera que lo hago bien. 

¿Cómo repercutió en la Argentina el reconocimiento que obtuviste en la Bienal de Venecia?

A mí me dieron más bola afuera que acá. Berlín fue una locura [en el Palais Populaire de Berlín, el espacio cultural de Deutsche Bank le otorgó el premio Artista del Año 2023], y Venecia fue un antes y un después. Imaginate que en la historia de esa Bienal solo cuatro argentinos ganaron ese premio: Berni, Le Parc, Ferrari y yo. Y eso es loco, muy loco, tomando en cuenta además que me tocó muy joven. 

Valentina Quintero, más conocida como Valentine, es una de las abanderadas mendocinas de las artes multidisciplinarias emergidas durante la eclosión de los smartphones y las redes sociales. Al igual que La Chola Poblete, pinta y curte la performance. Aunque a comienzos de esta década debutó como cantante y compositora, en clave de electropop e italo-disco, de lo que puede dar fe su primer EP, titulado igual que ella, puesto a circular en las plataformas digitales de música en 2023. Cuando en “En el aire” surge una jornada performática, de tanto en tanto [la próxima está pautada para el 21 de este mes], la también artista trans (en 2025 estuvo exponiendo en el Museo Moderno la muestra “Un día en la vida”) sube a la papa para cantar el clásico ricotero “Motor psico”, dándole vida a esta especie de apéndice del set televisivo. 

“La performance dura unos 40 minutos. Si bien parece larguísimo, todo sucede muy rápido”, esclarece la guaymallina. “Todo lo que cuestiono lo traje acá: lo que yo pienso de mí, lo que se piensa sobre el mercado del arte, sobre las galerías, sobre los precios; y la política. Con eso se fue armando el guion, y se generó un ida y vuelta. Tengo momentos de publicidad, y tengo momentos en los que debo repetir la escena porque salió mal y el director me avisa. Hay música, baile y poesía, y voy llamando a los invitados, que están todo el tiempo en la performance, para que muestren su talento. Pero, a la vez, todos me critican, desde el ego y el narcisismo. Después de que empieza la entrevista, se ve una parte del back también, de lo que está pasando detrás, medio como lo que sucede en el corte”. 

Llama la atención que en tiempos del streaming, cuando la televisión está en decadencia, decidas retomar la televisión como formato.

En la mayoría de las provincias del interior, y sobre todo en el barrio, sigue mandando la tele. Crecí mirándola, por más que ya tenía internet. Yo esperaba ver a Susana Giménez, a Moria, a Mirtha Legrand y a todos esos iconos. De alguna manera, la tele me hizo pensar en el arte de otra forma. No veo nada de streaming, ni esas cosas. 

Pese a que la puesta en escena lo oculta, al final de la edificación está el camarín. Uno bien glamuroso e idiosincrático, vale la pena subrayar. Delante de la pared más lejana se encuentra el tocador, con espejos fragmentados “a lo Naranja Mecánica”, tal como ella lo define. Del otro lado del salón cuelga una reinvención de la bandera de los Estados Unidos, que en vez de estrellas tiene un aguayo (tejido tradicional andino). “Era una forma de hablar de esta cosa como muy capitalista y manoseada”, ilustra quien usó esa obra en la Bienal de Venecia. “Empecé a trabajar el aguayo porque mi abuela había dejado uno en casa de mi madre, que fue medio algo de herencia. Cuando hice mi primera performance, me vestía de chola, hacía las trencitas, y me puse la ropa de mi abuela. El aguayo es un textil que cuenta una historia”. 

Si uno de los costados alberga el vestuario, al frente se avista una serie de fotos que recrean el asesinato del expresidente norteamericano John F. Kennedy, con Marta Minujín como coprotagonista. “Lo que quise hacer en ese espacio era encontrar un momento íntimo con el espectador, fuera de la lectura, el dibujo o la pintura”, razona La Chola, que demoró cinco meses en la confección de la exposición. “A mí me gusta estudiar mucho a las personas que han sido icónicas: desde Napoleón hasta Jackie Kennedy, pasando por Maria Callas o Kate Bush. ¿Por qué llegaron a donde están? ¿Cómo hicieron? ¿Quiénes son? Todo eso me parece tan increíble que me obsesiono. En un momento, me obsesioné con Jackie y con mi traje que me quería hacer de aguayo, porque la tela del Chanel que ella usaba es muy parecida”. 

¿Cómo entra Marta Minujín en esta secuencia?

Cuando vine a Buenos Aires para mi primera performance, en la que estaba vestida de caporal (otra de las vestimentas típicas de los Andes) bailando sobre las papas Lays, Marta se fascinó conmigo. Desde entonces, cada año que venía ella me decía que teníamos que hacernos una foto. “Te imagino como que estás con una lanza persiguiéndome”, me dijo una vez. Y le respondí que algún día haríamos esa foto, pero que yo me inventaría otra. Pasó un tiempo, y cuando estaba preparando la muestra me pareció que mi camarín tenía que ser mi espacio íntimo, la parte política, porque lo demás iba a ser como espectacular. Le conté que quería recrear el asesinato de Kennedy. Eso tuvo que ver con las decisiones que tomó Jackie cuando él muere: la historia suya trepándose atrás del auto porque se le estaba escapando la masa encefálica de su esposo. Es un acto de amor, locura y disociación que me gustó. 

¿Por qué vos encarnás a Jackie y ella a Kennedy?  

Como a ella le gusta la idea de que el arte sea divertido y lúdico, era una forma irónica de decir que el pop art argentino muere con ella y que conmigo nace el pop andino.

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