Katherina Bach: “La tecnología puede ser una herramienta de reconexión con la naturaleza”

El 11 de octubre, en el Palais des Festivals de Cannes, Katherina Bach defenderá una idea nacida nueve años atrás durante los desayunos con sus tres hijos. Super Tree Hero and the Five Kingdoms fue seleccionada entre los cinco proyectos finalistas del MIPJunior Pitch 2026, una plataforma internacional dedicada a descubrir contenidos infantiles y juveniles con posibilidades de crecer en televisión, streaming, videojuegos y licencias. La propuesta colombiana competirá con producciones de Irlanda, Canadá, China y España.

Bach llegó a la animación por un camino poco convencional. Abogada de la Pontificia Universidad Javeriana, trabajó durante años en cambio climático y negociaciones internacionales, y participó junto con Gunter Pauli y la iniciativa ZERI en la producción de 365 libros que traducían conceptos científicos y de sostenibilidad para niños en China. Aquella experiencia le confirmó que la divulgación podía ser rigurosa sin renunciar al asombro, aunque también le reveló una carencia más profunda. La infancia recibía abundante información sobre la crisis ambiental, pero pocas historias capaces de restablecer su vínculo afectivo con la naturaleza.

La respuesta comenzó a tomar forma en 2017. Sus hijos inspiraron personajes asociados con las plantas, los animales y los hongos, mientras sus viajes por Asia y su vida en Sudáfrica ampliaron el universo hacia otras culturas. El relato incorporó después las algas y los microorganismos, el fynbos sudafricano que necesita del fuego para regenerarse, una protea convertida en oráculo y un villano cuya inventiva tecnológica avanza sin preguntarse por sus consecuencias. Solo dos de los cinco niños son superhéroes. Los demás recuerdan que comprender, colaborar y formular las preguntas adecuadas también puede ser una forma de poder.

En 2024, Bach creó su propio estudio y recurrió a la inteligencia artificial generativa para dar movimiento y música a personajes que había dibujado años antes. Esa decisión sitúa su obra en el centro de una discusión decisiva para la industria, donde conviven las posibilidades de las nuevas herramientas con las inquietudes sobre autoría y trabajo artístico. 

En conversación con Rolling Stone en español, la investigadora y creadora habló sobre la ciencia detrás de su aventura, la responsabilidad de los adultos ante la crisis climática y el desafío de utilizar la tecnología sin permitir que nos aleje del mundo que pretende ayudarnos a comprender.

Super Tree Hero and the Five Kingdoms

Tu proyecto parte de una idea científicamente compleja, la interdependencia entre plantas, animales, hongos, algas y microorganismos. ¿Cómo transformas ese conocimiento en dramaturgia y aventura sin reducirlo hasta perder su rigor ni convertir la serie en una clase de ciencias disfrazada de animación?

Después de trabajar tantos años en negociaciones internacionales sobre cambio climático, de participar en la producción de 365 libros sobre ciencia y sostenibilidad para niños en China y de criar a mis tres hijos, comprendí que algo hacía falta. Era una carencia que iba más allá de la sostenibilidad y tenía que ver con la desconexión que hoy sentimos frente a la naturaleza. Estamos muy conectados con la tecnología, pero cada vez más separados del mundo natural. Si queremos que las nuevas generaciones imaginen soluciones adecuadas para el planeta, primero necesitan entender cómo se relacionan sus diferentes formas de vida.

Existen distintas clasificaciones científicas de los reinos de la naturaleza y por eso decidí incorporar también a los microorganismos. No pretendo resolver ese debate taxonómico dentro de la serie. Me interesa que los niños comprendan, por medio de la magia y la aventura, que ningún reino funciona de manera aislada. Cuando descubren cómo opera un ecosistema, pueden empezar a imaginar las soluciones que necesitamos. La ciencia sostiene la historia, pero no aparece como una lección impuesta. Está presente en lo que los personajes hacen, en los conflictos que enfrentan y en la manera en que dependen unos de otros.

Cortesía Luis Emilio Londoño

La historia nació en 2017 a partir de los relatos que les contabas a tus hijos, quienes además inspiraron varios personajes. ¿Qué cambió cuando ese universo íntimo y familiar tuvo que convertirse en una narración dirigida a niños y adolescentes de culturas muy distintas?

Todo comenzó en la mesa del desayuno. Mientras trabajaba en sostenibilidad y ciencia, buscaba una manera de explicarles a mis hijos esa conexión que sentía ausente. Decidí inspirarme en ellos porque, al reconocerse dentro de la aventura, disfrutaban mucho más las historias. Mi hijo mayor, fascinado por las plantas y la tecnología, inspiró al Superhéroe del Árbol; el segundo, que amaba a los animales, me llevó hacia ese reino; y el menor tenía tres años y parecía una pequeña espora, así que abrió la puerta al mundo de los hongos.

Sin embargo, nunca quise que la historia excluyera a los niños de Asia o de África. Su origen también está en Sudáfrica, un país que me permitió reconectarme con la naturaleza, y mis viajes me ayudaron a construir una visión más amplia. Colombia está presente porque mis hijos son colombianos y porque esa identidad también forma parte de nosotros.

La historia creció al mismo tiempo que ellos. En 2017 eran muy pequeños; hoy dos son adolescentes. A medida que fueron creciendo incorporé mayor complejidad emocional y preguntas que pudieran acompañarlos durante más años. El proyecto conserva la intimidad de aquellas conversaciones familiares, pero ahora recoge mi relación con distintas culturas y mi amor por los niños que he conocido en África, Asia y América Latina.

Marshall McLuhan afirmaba que la tecnología extiende algunas capacidades humanas, pero también limita o amputa otras. La serie presenta tecnologías mal orientadas, aunque no convierte a la tecnología en enemiga de la naturaleza. En una época dominada por la inteligencia artificial y la crisis ambiental, ¿dónde sitúas la frontera entre una herramienta que amplía nuestras posibilidades y otra que termina separándonos del mundo natural?

Ese es uno de los grandes debates de nuestro tiempo. Para mí, la tecnología no es enemiga de la naturaleza; puede convertirse en una herramienta de reconexión. Partimos de una realidad ineludible. Los niños de la generación alfa nacieron conectados y no conciben un mundo anterior a los teléfonos móviles y los computadores. El acceso no es igual para todos, por supuesto. Muchos niños en África, Colombia y el resto de América Latina tienen menos posibilidades, pero incluso para ellos el mundo contemporáneo ya está definido por esa interconexión.

Podemos caer en dos extremos. Uno consiste en rechazar los avances tecnológicos como si fueran incompatibles con cualquier sensibilidad ecológica. El otro supone vivir tan hiperconectados que olvidamos la relación indispensable con la naturaleza. Necesitamos acercar a los niños al mundo natural mediante las herramientas que ya forman parte de sus vidas, incluida la inteligencia artificial y las tecnologías que aparecerán muy pronto.

Tampoco podemos entregarles la enorme responsabilidad de salvar el planeta por los errores cometidos por los adultos y, al mismo tiempo, prohibirles las herramientas con las que podrían buscar soluciones. Debemos ofrecerles esperanza y mostrarles campos como la biomimética, que estudia la sabiduría acumulada por la naturaleza para aplicarla a la arquitectura, la salud, la computación y muchos otros ámbitos. La ciencia y la tecnología pueden ayudarles a descubrir que sí existen caminos posibles.

Cortesía Luis Emilio Londoño

Utilizaste inteligencia artificial generativa para animar, dar movimiento y musicalizar personajes que habías concebido años antes. En medio de las discusiones sobre autoría y trabajo artístico, ¿qué parte del proceso creativo debe permanecer esencialmente humana y cuál estás dispuesta a confiarle a esa herramienta?

Los debates sobre propiedad intelectual son enormes y deben tomarse con seriedad. Por eso me pareció importante trabajar a partir de una historia original que nació en 2017, cuando la inteligencia artificial generativa todavía no formaba parte de mi proceso. La utilizo como una herramienta para dar vida a esos personajes y para comunicar ideas científicas complejas sin convertir la serie en una explicación directa y pesada.

Detrás de cada resultado hay un trabajo intenso de investigación. Necesito comprender lo que deseo contar para poder orientar la herramienta y darle instrucciones precisas. La decisión creativa, la visión del mundo y la intención siguen siendo humanas. La tecnología acelera o amplía algunas posibilidades, pero alguien debe saber hacia dónde conducirlas.

Siempre me ha interesado esa relación. Años atrás trabajé con un dispositivo que traducía las vibraciones de las plantas en música mediante algoritmos. Llevaba esas plantas a los townships sudafricanos para que los niños se acercaran a ellas a través del sonido. Desde entonces entendí que la tecnología puede servir para expresar, despertar curiosidad y construir vínculos, siempre que los seres humanos la orientemos.

También creo que podemos influir positivamente en los algoritmos mediante la información que les ofrecemos y las preguntas que les hacemos. Tal vez suene demasiado optimista, pero lo soy. Si asumimos la iniciativa de dirigir estas herramientas hacia el beneficio de la humanidad, los resultados pueden ser muy valiosos.

Cuando se habla de inteligencia artificial suele invocarse la amenaza de Terminator. Prefiero pensarla desde Star Wars, donde R2-D2 y C-3PO son amigos, consejeros y fuentes de conocimiento para los seres humanos. Esa es una imagen utópica de la máquina como compañera, alejada de la fantasía distópica en la que termina destruyéndonos. 

Esa experiencia con la música de las plantas recuerda el diálogo entre arte y ciencia de The Secret Life of Plants, el documental musicalizado por Stevie Wonder. ¿Qué puede enseñarnos esa combinación sobre nuestra relación con la naturaleza?

Esa obra marcó parte de mi vida y de mi manera de observar el mundo natural. Necesitamos comprender que nuestra relación con la naturaleza es mucho más compleja de lo que aprendimos. Repetir que debemos proteger los bosques o evitar la tala no basta. Si proponemos reforestar un territorio sin explicar que su recuperación depende de la interacción entre plantas, animales, hongos, algas y microorganismos, dejamos a los niños con una consigna, pero sin la comprensión necesaria para actuar.

Hoy sabemos, por ejemplo, que los árboles viejos de un bosque pueden alimentar a los más jóvenes mediante sus raíces y las micorrizas. Esa cooperación también puede inspirarnos en el terreno social. El funcionamiento de las colonias de hormigas ha motivado investigaciones sobre organización y toma colectiva de decisiones. La naturaleza puede ayudarnos a pensar asuntos humanos muy complejos.

La solución tampoco consiste en exigir que todos los niños se relacionen con el planeta de la misma manera. Algunos sienten fascinación por los videojuegos y pueden utilizar esa fortaleza para crear tecnologías o mundos digitales con un propósito valioso. Otros tienen menos acceso a dispositivos y deben ser preparados para formular preguntas creativas cuando entren en contacto con ellos. Las escuelas y universidades necesitan enseñar a investigar, a preguntar y a orientar la inteligencia artificial. La calidad de la respuesta dependerá en gran medida de la calidad de nuestra curiosidad.

El fynbos sudafricano ocupa un lugar decisivo en la historia y el fuego, asociado habitualmente con la destrucción, participa en la regeneración de ese ecosistema. ¿Te interesaba utilizar esa paradoja para mostrarles a los jóvenes una naturaleza más compleja que la división entre aquello que debemos salvar y aquello que debemos combatir?

Indiscutiblemente. Debemos superar las explicaciones superficiales. La protea, una flor sudafricana extraordinaria, necesita atravesar condiciones de estrés como el fuego para que sus semillas germinen. Cuando entiendes ese proceso, descubres que el fuego no siempre cumple la misma función y que la regeneración puede depender de aquello que, visto desde fuera, parece únicamente destructivo.

Me ocurre algo semejante con las buganvilias, que me encantan. Durante años tuve algunas que apenas florecían, hasta que comprendí que necesitan sol, poca agua y una poda adecuada. Bajo esas condiciones de estrés, la planta responde con flores. Esa imagen entró en Super Tree Hero and the Five Kingdoms porque permite hablar de creación, transformación y capacidad de cambio sin simplificar la naturaleza.

En 2024, cuando regresé a Sudáfrica, surgió también el señor Pollsmore, cuyo nombre está inspirado en la prisión donde estuvo recluido Nelson Mandela. Es la encarnación de la desconexión humana. Inventa cosas y es sumamente creativo, pero nunca piensa en las consecuencias. No representa una maldad absoluta y por eso conserva la posibilidad de cambiar. En un momento encuentra una buganvilia, cree que solo es una enredadera invasiva llena de espinas y decide someterla al sol, negarle agua y cortarla. Cuando la planta responde produciendo más flores, su desconcierto despierta una curiosidad que empieza a reconciliarlo con la naturaleza. En ese universo del fynbos y el fuego aparece además la protea convertida en un oráculo mágico que guía a los niños tanto en sus preguntas ecológicas como en las humanas.

La figura del superhéroe resulta muy pertinente porque, más allá de sus poderes, está asociada con la idea de proteger y servir.

Hay algo importante. De los cinco niños, solamente dos son superhéroes; los otros tres no lo son.

Precisamente por eso resulta interesante la conexión entre quienes poseen poderes extraordinarios y quienes no. 

Esa red me lleva ahora de Star Wars a Star Trek: Discovery, donde una red de micelio fúngico permite viajar a cualquier punto del espacio y alcanzar dimensiones paralelas. La serie imagina un organismo capaz de conectar simultáneamente todo el cosmos.  Los hongos ofrecen otra imagen poderosa de interdependencia. Sus redes subterráneas conectan organismos y transportan nutrientes, una idea que incluso la ciencia ficción ha llevado al espacio. ¿Qué encontraste en ellos como territorio científico y como metáfora narrativa?

El micelio es fundamental. La red que suele llamarse Wood Wide Web nos permite entender que el bosque no es una colección de individuos separados. Muchas de sus relaciones dependen de los hongos, aunque apenas podamos verlos. Hay organismos fúngicos cuya extensión desborda nuestra escala cotidiana, y eso nos obliga a pensar el mundo vivo de otra manera.

Los hongos también ofrecen posibilidades muy concretas. Pueden convertirse en fuentes de proteína y abrir alternativas de bajo costo para la nutrición infantil. Solemos reducir ese universo a los champiñones o las setas que conocemos, cuando detrás existe un campo enorme de investigación.

Me interesa conectar esos puntos. El conocimiento de la naturaleza, las posibilidades tecnológicas, la reconexión entre seres humanos y la búsqueda de respuestas para problemas como la desnutrición no pertenecen a compartimentos separados. La serie intenta que los niños descubran esas relaciones y comprendan que cada capacidad, incluso aquella que parece pequeña, puede sumarse a una solución mayor.

Llegas a Cannes como creadora independiente y competirás con proyectos respaldados por compañías de Irlanda, Canadá, China y España. Más allá de ganar el MIPJunior Pitch, ¿qué tendría que suceder después para que la serie se convierta en una franquicia internacional sin perder aquello que la hace diferente?

Primero quiero agradecerle al MIPJunior la oportunidad de desafiar positivamente a la industria. Las compañías están buscando contenidos, pero también tienen la responsabilidad de abrir espacio a mensajes que respondan al momento que vivimos. Super Tree Hero and the Five Kingdoms trasciende la ecología. Habla de la naturaleza humana, de nuestra relación con el planeta y de la posibilidad de cambiar.

Para mí, haber llegado a la final ya significa ganar. Demuestra que las grandes compañías están dispuestas a escuchar esta clase de propuestas y que los creadores independientes pueden tener una voz. Las nuevas tecnologías nos permiten construir y transmitir universos que antes exigían estructuras enormes, pero el centro debe seguir siendo la calidad y el valor del contenido.

Creé mi propio estudio, hago la música, desarrollo los personajes y trabajo el storyboard. Disfruto profundamente cada parte del proceso. Si yo pude llegar hasta aquí, la selección también puede servir como un mensaje para otros creadores que desean trabajar por el planeta o comunicar una visión propia. El mundo está preparado para escuchar buenas historias nacidas fuera de los grandes estudios. Cannes es una puerta, pero también la confirmación de que esa voz ya existe y puede hacerse oír.

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