Harold Trompetero: “Durante años alimenté al público con contenidos muy básicos; hoy el espectador colombiano está pidiendo otra cosa”

Pocas filmografías en Colombia resultan tan difíciles de encasillar como la de Harold Trompetero. A lo largo de más de dos décadas ha dirigido cerca de una treintena de largometrajes que van desde éxitos masivos como El paseo o Mi gente linda mi gente bella hasta dramas como Perros o Riverside. Durante años fue identificado casi exclusivamente con la comedia comercial, una etiqueta que terminó ocultando una faceta distinta de su cine: la de un realizador interesado en explorar las transformaciones culturales del país y en poner a prueba nuevas formas de narrar.

Con Lactar, basada en una novela escrita por él mismo después de quince años de trabajo, Trompetero parece haber encontrado el punto de encuentro entre ambas búsquedas. La película, protagonizada por María Helena Döering, no solo obtuvo una inusual permanencia en la cartelera colombiana, sino que también conquistó el Eurasia Kinofest de Sochi al obtener los premios a Mejor Película y Mejor Actriz tras una prolongada ovación del público. El reconocimiento internacional confirmó algo que el director intuía desde hacía tiempo: el espectador colombiano ha cambiado y hoy está dispuesto a dialogar con historias más complejas y emocionalmente arriesgadas.

Durante esta conversación hablamos del largo proceso creativo detrás de Lactar, de la influencia del melodrama clásico, de la evolución del público colombiano, de la necesidad de abandonar ciertos prejuicios sobre el cine comercial y de por qué considera que esta película marca el comienzo de una nueva etapa en su carrera.

Cortesía Cine Colombia

Harold, ¿de dónde nace el título Lactar?

El título llegó muy al final de un proceso larguísimo. Este es un proyecto en el que trabajé durante quince años y nació a partir de una historia real. En mi casa trabajaba una señora que no necesitaba hacerlo para vivir. Era una mujer de una posición económica muy cómoda, pero decía que se aburría en su casa, que prefería venir a hacer oficio, observar cómo trabajaba yo y hasta vender minutos de celular o cuidar niños sin que su familia lo supiera.

De ahí surgió la idea de una mujer mayor que, buscando volver a sentirse viva, termina viviendo una aventura amorosa y queda embarazada. Esa mujer real se llama Victoria y, durante muchos años, el proyecto también llevó ese nombre.

Después de muchos intentos fallidos por financiar la película, decidí escribir la novela. Cuando me senté a hacerlo entendí que Victoria ya no funcionaba como título. La primera pregunta que apareció fue: “¿Qué hacer con la vida?”. Ahí comprendí realmente de qué trataba la historia. Junto con mi editor empezamos a buscar otro nombre hasta llegar a Lactar.

Más que amamantar, lactar significa dar vida, alimentar la vida. Cuando encontramos ese significado supe que ese era el título. Hoy, cuando la gente ve la película y el nombre aparece al final, muchos me dicen que era el único título posible. Me siento muy afortunado de haber tardado quince años en encontrarlo.

María Helena Döering y Harold Trompetero en Sochi (Cortesía Cine Colombia)

¿Te ha sorprendido el recibimiento que ha tenido la película tanto en Colombia como internacionalmente?

En parte sí y en parte no. Yo con esta película me estaba jugando la vida. El cine comercial colombiano atraviesa un momento muy complejo y mi película anterior había significado una pérdida económica enorme. Esta era, realmente, mi última gran apuesta.

Yo tenía la sensación de que la sociedad colombiana había cambiado. Después de la pandemia consumimos una cantidad inmensa de contenido audiovisual gracias a las plataformas, las redes sociales y los nuevos formatos. Sentía que el público estaba preparado para exigir historias distintas.

Siempre he pensado que el cine ayuda a reconstruir el imaginario de una sociedad. También siento que durante muchos años fui responsable de alimentar al público con contenidos muy básicos, mientras el espectador iba evolucionando. Intuía que una historia como Lactar, donde se cuestionan asuntos sociales, raciales y la reivindicación femenina, podía conectar con ese nuevo momento.

El éxito internacional terminó confirmándome que esas inquietudes no son solamente colombianas, sino universales. Claro que tenía miedo de fracasar. Todo el mundo me decía que estaba loco por abandonar la comedia para hacer un drama con una narrativa mucho más elegante, más cercana al cine de autor. Mi mayor sorpresa ha sido descubrir que muchas mujeres que aman el melodrama tradicional son hoy las mayores defensoras de Lactar.

Encontré en Lactar una herencia muy clara de los melodramas de Douglas Sirk. Pensé en All That Heaven Allows y Written on the Wind, incluso en esa manera de cuestionar las convenciones sociales desde el melodrama. ¿Lo ves así?

Totalmente. Yo nunca pretendí cambiar la historia del cine. La raíz de esta película es profundamente melodramática. Hay reivindicaciones que en Colombia todavía no hemos terminado de hacer y que otras sociedades ya atravesaron hace mucho tiempo. La reivindicación de género, las relaciones entre personas de distintas clases sociales, los amores que rompen convenciones… son discusiones que el cine estadounidense, francés o europeo ya había trabajado.

Incluso el tema de una mujer adulta enamorándose de un hombre más joven ya había aparecido en Colombia con Señora Isabel. Creo que Lactar vuelve sobre esas preguntas porque, aunque nos creemos una sociedad muy progresista, en realidad seguimos muy atrasados frente a muchos de esos debates.

Yo, personalmente, creo que somos un solo género: el género humano. Muchas veces nos encerramos en etiquetas cuando en realidad todos estamos intentando sobrevivir en este mismo mundo.

Hay algo que me sorprendió muchísimo de la película y es la manera en que entiendes la psicología femenina. ¿De dónde nace esa perspectiva?

Creo que nace de escuchar mucho. Yo crecí rodeado de mujeres. Mi mamá, mis hermanas, mis amigas… Siempre me interesó entender cómo vivían el mundo. Además, el cine tiene esa posibilidad maravillosa de obligarte a mirar desde el lugar del otro.

Con Victoria yo no quería hacer una película sobre una mujer embarazada a los 62 años. Eso era solamente el detonante. Lo que realmente me interesaba era hablar de alguien que siente que su vida ya terminó y descubre que todavía tiene derecho a volver a empezar.

Ese conflicto no pertenece únicamente a las mujeres. Nos pertenece a todos. Lo que pasa es que, en el caso femenino, la sociedad suele ser mucho más dura. A los hombres se nos permite reinventarnos a cualquier edad. A las mujeres muchas veces se les dice que ya no pueden enamorarse, que ya no pueden desear, que ya no pueden ser madres, que ya no pueden equivocarse. Esa injusticia era la que quería explorar.

Quisiera preguntarte también por los hijos de Victoria. Me llamó la atención que, salvo algunas excepciones, parecen incapaces de sacar a su madre de esa situación. Incluso son las hijas quienes resultan más duras con ella. ¿Qué buscabas con esa decisión?

Sí, fue una decisión completamente consciente. Si te das cuenta, hay una especie de inversión de lo que solemos esperar. Son las mujeres quienes terminan juzgándola con mayor severidad. Eso también contradice un poco cierto discurso contemporáneo sobre la solidaridad automática entre mujeres. Yo creo que, al final, somos un solo género: el género humano. Muchas veces las heridas más profundas también vienen de quienes pertenecen a nuestro mismo entorno.

Además me interesaba mostrar cómo una mujer que decide apoyar a otra mujer en una situación difícil también termina siendo juzgada. Esa presión social no solo recae sobre quien toma la decisión, sino también sobre quienes la acompañan.

En la novela original Victoria solo tenía tres hijos y era una hija la que realmente la traicionaba. Cuando adapté el libro al guion entendí que desarrollar a profundidad cada uno de esos personajes convertiría la película en una serie. Entonces amplié el número de hijos y las hijas terminaron funcionando casi como un coro griego que permanentemente la señala y la presiona, mientras que los hombres ocupan el lugar contrario, el de quienes intentan comprenderla. Incluso el hijo menor, que es el más vulnerable y el que menos recursos tiene, termina siendo quien realmente decide ayudarla. Me interesaba reivindicar esa idea de que muchas veces las soluciones aparecen precisamente desde quienes parecen tener menos.

Cortesía Cine Colombia

María Helena Döering me decía hace poco que durante el rodaje descubrió una faceta tuya que no conocía: un hombre que entiende profundamente la psicología femenina. ¿Cómo recibes un comentario así?

Me emociona mucho porque viene de una actriz enorme. María Helena tiene una trayectoria impresionante y una inteligencia muy especial para construir personajes. Creo que, más que entender a las mujeres, lo que hago es intentar escuchar. Siempre he pensado que el trabajo de un director consiste precisamente en eso: observar a las personas. Yo escribo personajes antes que hombres o mujeres. Intento comprender qué les duele, qué les falta, qué están buscando.

En el caso de Victoria había una enorme necesidad de sentirse viva otra vez. Eso podía entenderlo perfectamente porque creo que todos, en algún momento, hemos sentido que la rutina nos va apagando.

Mientras veía la película pensaba constantemente en una palabra: Libertad. Sentía que todos los personajes, de una u otra forma, estaban intentando liberarse de algo.

Sí. Esa palabra resume muy bien la película. Yo creo que vivimos atrapados por las expectativas de los demás. Nos pasamos la vida intentando cumplir lo que otros esperan de nosotros. La familia espera una cosa, la pareja otra, la sociedad otra distinta.

Victoria, por primera vez en su vida, toma una decisión pensando exclusivamente en ella. Y eso genera un terremoto alrededor suyo. Muchas personas me preguntan si la película está a favor o en contra de que una mujer tenga un hijo a esa edad. Yo siempre respondo que esa no es la pregunta. La pregunta es si una persona tiene derecho a decidir sobre su propia vida.

Llevas más de un cuarto de siglo haciendo cine. ¿Cuántas películas ya suma tu filmografía con Lactar?

Veintiséis o veintisiete… ya hasta perdí la cuenta. (Ríe). 

Tú vienes de dirigir algunas de las comedias más taquilleras del cine colombiano y, sin embargo, creo que tus mejores películas aparecen cuando abandonas la necesidad de hacer reír. Pienso en Perros y ahora en Lactar.

(Ríe.) Es muy posible. Yo amo la comedia y nunca voy a renegar de ella. Gracias a esas películas pude vivir del cine durante muchos años y hacer otras cosas que de otra manera habrían sido imposibles.

Pero también es cierto que uno cambia como persona. Yo ya no soy el director que hizo El paseo. Han pasado muchos años, muchas experiencias y muchas pérdidas. Todo eso inevitablemente termina entrando en las películas. Hoy me interesa mucho más hablar de la condición humana que perseguir únicamente la risa. Si la risa aparece, bienvenida sea. Pero ya no puede ser el único objetivo.

¿Sientes entonces que Lactar marca un antes y un después dentro de tu carrera?

Absolutamente. No sé qué pasará con mis próximas películas, pero sí sé que Lactar representa un punto de quiebre. Es una película profundamente personal. Está basada en una historia que me acompañó durante quince años. Escribí la novela, hice el guion, luché muchísimo para levantar el proyecto.

Cuando uno hace una película así, ya no vuelve a ser el mismo director. Cambia la forma de mirar el mundo y también cambia la manera de entender el cine. Eso no significa que nunca vuelva a hacer comedia. Significa que, haga lo que haga, intentaré hacerlo desde un lugar mucho más honesto y mucho más cercano a las preguntas que hoy me hago sobre la vida.

Llevo más de treinta años viviendo el cine colombiano y siempre he pensado que el cine tiene una función muy concreta: ayudar a reconstruir el imaginario social. Incluso suelo decir algo que a veces resulta polémico: ni siquiera considero que el cine sea arte. Para mí es, sobre todo, una herramienta para dialogar con la sociedad.

Cada etapa de mi carrera ha respondido a un momento distinto del público colombiano. Con Diástole y sístole propuse unas formas narrativas que aquí todavía no se exploraban. Más adelante entendí que la sociedad necesitaba reencontrarse con la comedia y ahí aparecieron películas como Dios los junta y ellos se separan o El paseo. Pero, mientras hacía esas películas populares, también fui probando otras búsquedas con trabajos como Riverside —que, de alguna manera, la siento como una precuela espiritual de Lactar—, Perros o Violeta de mil colores.

Siempre estuve observando cómo evolucionaba el espectador colombiano. Y creo que Lactar llega justamente cuando ese espectador ya está preparado para este tipo de narrativas. No significa que vaya a abandonar la comedia. Lo que siento es que debemos evolucionar junto con nuestro público y acercarnos a historias más complejas, más humanas y exigentes.

Curiosamente, muchas personas me dicen que Lactar también es una comedia. Yo nunca intenté hacer reír a nadie. Pero si la gente ríe y llora con la misma película, entonces significa que la historia está viva. Creo que películas como Un poeta y otras producciones recientes están demostrando que el público colombiano quiere relatos que cuestionen quiénes somos como sociedad y que, además, pueden conectar con audiencias masivas.

También me interesaba mirar un territorio que pocas veces aparece en nuestro cine: la clase alta colombiana. Casi siempre contamos historias sobre la pobreza o la marginalidad, pero rara vez observamos a quienes viven con privilegios y, aun así, también cargan con contradicciones, frustraciones y dolores. Quería acercarme a ellos sin caricaturizarlos ni juzgarlos, simplemente mirarlos como seres humanos.

La película tuvo una ovación de diez minutos en Rusia y ganó los premios a Mejor Película y Mejor Actriz en el Eurasia Kinofest. ¿Qué significó para ti ese reconocimiento?

Fue profundamente emocionante porque confirmó que las emociones viajan mucho más lejos que las nacionalidades. Uno siempre piensa que una película tan colombiana tal vez solo va a conectar aquí. Y de repente estás en Rusia viendo a personas que viven en un contexto completamente distinto emocionarse exactamente en los mismos momentos.

Eso demuestra que las buenas historias hablan de algo mucho más grande que un país. Hablan de los seres humanos. Y también fue muy bonito por María Helena. Ella hace un trabajo extraordinario. Yo estaba convencido de que había construido uno de los grandes personajes femeninos del cine colombiano reciente, pero verla recibir ese premio frente a un público internacional fue realmente conmovedor.

Después de una película tan personal como Lactar, ¿qué viene ahora para Harold Trompetero?

Seguir escribiendo. Yo siempre digo que antes que director soy escritor. Todo comienza con una historia. En este momento estoy desarrollando nuevos proyectos que también nacen de inquietudes muy personales.

Estoy preparando una película que me parece muy necesaria. Habla sobre la adicción de los niños a las pantallas. Es la historia de un niño de doce años que desarrolla una dependencia tan fuerte que termina atravesando un verdadero síndrome de abstinencia. A partir de ahí quiero explorar cómo esa adicción transforma a la familia, las relaciones sociales y, en general, nuestra manera de vivir.

No quiero volver a hacer películas simplemente porque funcionan comercialmente. Quiero hacer películas que me obliguen a hacerme preguntas, que me incomoden a mí primero, porque creo que solo así pueden conectar de verdad con el público. Obviamente uno nunca deja de pensar en el espectador, pero hoy me interesa mucho más emocionar que simplemente entretener.

¿Qué te gustaría que permaneciera en el espectador después de ver Lactar?

Me gustaría que saliera haciéndose preguntas. No necesito que todo el mundo piense igual que yo. Al contrario. Me gusta que la película genere discusiones. Que alguien salga defendiendo a Victoria y otra persona cuestionando sus decisiones.

El cine que más me interesa siempre deja algo dando vueltas en la cabeza mucho tiempo después de que aparecen los créditos. Si Lactar logra que alguien se pregunte si todavía está viviendo la vida que realmente quiere vivir, entonces siento que la película cumplió su propósito.

Harold, muchísimas gracias por la conversación. Quiero felicitarte porque creo que Lactar representa uno de los momentos más sólidos de tu carrera y, sobre todo, porque demuestra un camino distinto para el cine colombiano.

Gracias a usted, hermano. De verdad es un honor estar en Rolling Stone. Yo les debo una anécdota rockera. Una vez me fracturé una pierna bailando (I Can’t Get No) Satisfaction de The Rolling Stones. Trabajaba en una agencia de publicidad, pusieron la canción en la fiesta de fin de año, empecé a saltar como un loco y terminé con cuatro tornillos en la pierna. Todavía los tengo. Son mi recuerdo permanente de los Stones.

Pues entonces somos hermanos de heridas. Uno de mis primeros discos fue Out of Our Heads. Tendría unos siete años cuando intenté sacar el vinilo del estuche. Esos LP pesaban una barbaridad. Se me vino encima y el borde me arrancó una uña del pie.

Entonces sí somos hermanos de los Rolling Stones. Ellos nos castigan, pero seguimos aquí. Muchas gracias, André. De verdad te agradezco muchísimo tus palabras y el tiempo que le dedicaste a la película. Conversaciones como esta hacen que todo el esfuerzo haya valido la pena. Ha sido un verdadero placer.

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