Giselle Elías Karam: “Filmar a mi familia fue una forma de entender qué significa amar”
En Dedo de novia, Giselle Elías Karam parte de un archivo personal acumulado durante años para construir una película sobre el amor, la familia y las expectativas que se heredan. Lo que comienza como un registro doméstico termina tomando forma durante la pandemia, cuando la directora revisa ese material y encuentra en él una pregunta central. En esta conversación, habla sobre ese proceso, el peso de lo íntimo frente a la cámara y lo que descubrió al convertir su historia en cine.
Tu película está construida a partir de material que grabaste durante años. ¿Cuándo entendiste que eso podía ser una película?
Fue durante la pandemia. Tenía muchos discos duros con material, pero nunca lo había organizado. En ese momento empecé a revisarlo todo y a preguntarme qué estaba buscando. Ahí apareció una idea muy clara: entender qué es el amor para mí. Venía también de una experiencia personal, de sentirme sola y de cuestionarme por qué no lograba construir relaciones duraderas, mientras veía a mis padres con casi cincuenta años juntos. Esa comparación fue el detonante.
El documental trabaja con tus padres como eje, pero también hay una tensión entre tu lugar como hija y como cineasta. ¿Cómo manejaste eso?
No fue algo que tuviera que resolver de manera consciente. En mi familia siempre ha habido mucha honestidad. Nunca existió la idea de ocultar cosas frente a los hijos. Mis papás se mostraban tal cual eran, con sus discusiones, sus afectos, todo. Entonces la cámara no cambió esa dinámica. Ellos sabían que estaban siendo grabados, pero no modificaban su comportamiento. Cuando vieron la película, sí fue fuerte para ellos, pero también entendieron que lo que aparece ahí es real.
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La película evita idealizar a la familia. ¿Era importante mantener esa complejidad?
Creo que tiene que ver con cómo empezó todo. Yo no estaba haciendo un documental desde el inicio. Solo estaba grabando mi vida. Si hubiera partido de una idea clara de “voy a retratar a mi familia”, seguramente el resultado sería distinto. Pero al ser algo tan espontáneo, lo que aparece es lo que es, con sus contradicciones.

En ese sentido, el proyecto también funciona como una especie de autoanálisis.
Totalmente. Para mí fue como hacer una constelación familiar, pero en video. Verlo proyectado es muy fuerte porque empiezas a notar cosas que no habías visto antes. Y eso no se termina. Cada vez que veo la película descubro algo nuevo. No es un proceso cerrado.
También hay un componente cultural importante, el origen libanés de tu familia. ¿Cómo influye eso en la historia?
Mucho. Durante mucho tiempo no me sentía cómoda con esa parte de mi identidad. Todo era muy intenso, muy colectivo, muy presente. Pero con el tiempo empecé a entenderlo mejor y a reconciliarme con eso. Hoy lo veo con más distancia, pero también con más cariño. La película refleja esa relación: pertenecer, pero también observar desde fuera.

El montaje parece haber sido clave para darle forma a todo ese material.
Sí, fue un proceso largo. Primero hice una selección de momentos importantes, pero después tuve que escribir un guion para organizar todo. A partir de ahí construí la narrativa, con la voz en off y también con nuevas preguntas que le hice a mis papás. Hubo escenas que tuvimos que eliminar, incluso algunas muy importantes, por temas de derechos musicales. Fue difícil, pero necesario.
Después de terminar la película, ¿sientes que cambió tu manera de entender el amor?
No tengo una respuesta definitiva. Sigo en proceso. Pero sí entendí algo importante: no puedo hacerme responsable de la felicidad de los demás. Durante mucho tiempo quise que mi mamá estuviera bien, que volviera a ser como la recordaba en ciertos momentos. Y me di cuenta de que eso no depende de mí. Lo único que sí depende de mí es cómo me relaciono conmigo misma.
¿Y qué lugar ocupa el amor dentro de esa idea?
Que si yo estoy bien, lo demás se acomoda mejor. Mis relaciones, mi trabajo, todo. También entendí que el ideal del amor romántico como algo perfecto y para siempre no es real. Para mí ahora el punto es otro: estar bien conmigo y desde ahí construir lo que venga.
Tu película genera una inmensa identificación en el espectador. ¿Eres consciente de eso?
Sabía que era un autorretrato, pero lo que más me ha sorprendido es que la gente lo convierte en el suyo. Ven a mis padres y empiezan a pensar en los suyos, en sus relaciones. Eso me parece lo más interesante de todo el proceso.











