Gilberto Gil se despidió de Buenos Aires con un show exquisito y un abrazo con Charly García

Fue un reencuentro largamente esperado. No solo porque hacía unos cuantos años que el bahiano Gilberto Gil no visitaba Buenos Aires (la última fue en 2018, en el Teatro Colón), sino porque este concierto estaba inicialmente programado para el 31 de Octubre y tuvo que ser postergado para esta nueva fecha porque se superpuso con otro compromiso en su agenda. Además, el músico de 83 años está en los tramos finales de su “Tempo Rei Tour”, que se anuncia como la “última turné”, y eso le otorga una cuota extra de emotividad. Claro que esto no significa un retiro total de los escenarios, pero sí que piensa reducir las giras internacionales y “seguir haciendo música a otro ritmo”, como él mismo explicó al anunciar esta “hermosa celebración junto al público y mi familia”.

Parceiros: Gilberto Gil y Charly García, un abrazo lleno de recuerdos (Gentileza Fenix).

¡Y qué celebración! El show de Gilberto Gil en el Movistar Arena tuvo las características de un viaje, un recorrido a través de sus más de seis décadas de actividad artística que nos lleva no sólo a través de su carrera, sino también a la historia de su país, Brasil, vinculando estrechamente su historia personal con los acontecimientos culturales, sociales y políticos que la rodearon. Y apela además a la memoria emotiva de todos los que alguna vez nos hemos dejado conmover por sus canciones. Si es realmente una despedida, no podía haber sido más completa, jubilosa y artística.

Gilberto subió al escenario del Movistar Arena puntualmente a las 21 hs, después del set del invitado Kevin Johansen, y desplegó un show de nada menos que 2 horas y 40 minutos, con la friolera de 30 canciones. Contó para esto con una banda de 16 integrantes, incluyendo cuarteto de cuerdas (íntegramente femenino), sección de vientos, coros y acordeón a piano, entre cuyos miembros se cuentan varios de sus hijos y nietos, como Bem Gil en guitarra, bajo y arreglos, José Gil en batería, João Gil en guitarra y Nara Gil y Mariá Pinkusfeld (su nuera) en coros. La performance de los músicos, todos vestidos de blanco, se complementa con unos visuales magníficamente coloridos, que interactúan con el contenido de cada canción, y una iluminación perfecta. Pero todo esto, que podría sonar como una sobreproducción, abraza con sutileza la interpretación del maestro, que dicta el ritmo y la dinámica desde su guitarra acústica-eléctrica, en torno a la cual están construídos los arreglos. El paso del tiempo ha emblanquecido sus cabellos, pero su risa sigue tan límpida y brillante como siempre, y aunque su voz suena más grave, las tonalidades de las canciones se adecúan perfectamente a su tesitura actual.

El show está dividido en bloques musicales y temáticos sabiamente enlazados, con el tiempo como la temática central que los va unificando, y cada uno tiene momentos memorables. El primer bloque empieza apropiadamente con “Palco”, es decir “escenario”, y alcanza su altura crucero en el tema que da título al show, “Tempo Rei”, que su creador compuso como una respuesta a “Oração ao Tempo” de su parceiro tropicalista Caetano Veloso. Mientras, en la pantalla se refleja su concepto central, “transcurriendo, transformando”, y desfilan fotos de todos los momentos de su carrera.

La influencia nordestina queda reflejada en “Eu so quero um xodó”, donde aparecen imágenes de Dominguinhos (autor de la canción) y Luiz Gonzaga, con lucimiento para el acordeonista de la banda, Mestrinho. “Eu vim da Bahia” es su homenaje a su tierra natal y sus músicos más representativos, Joao Gilberto y Dorival Caymmi. “Procissão” remite a los inicios de su carrera, con la música del nordeste atravesada por un incisivo comentario social, y “Domingo no parque” representa la intersección de la capoeira con el apogeo del tropicalismo.

Uno de los momentos más conmovedores de la noche fue la interpretación de “Cálice”, una colaboración con Chico Buarque prohibida por la dictadura, que llegó precedida por una filmación donde el propio Chico habla del tema y de su relación con Gil. Las Imágenes de manifestaciones de la época se mezclan con las fotos de prontuario de unos jóvenes Gilberto y Caetano. Apropiadamente, le sigue la muy rockera “Back in Bahia”, compuesta luego de su exilio en Londres, incluyendo un gran solo de viola de su nieto João.

Gilberto gil y su imponente banda en el escenario del Movistar Arena (Simón Canedo – Gentileza Fénix).

“Refazenda” y “Refavela”, dos canciones que titularon sus respectivos álbumes de 1975 y 1977, refieren a sus investigaciones con la música del nordeste y la herencia africana. Esta última, además de proporcionar divertidas historias de su participación en un Festival en Lagos, Nigeria, junto a Stevie Wonder, King Sunny Adé y el creador del afrobeat, Fela Kuti, entre otros, sirve para traer al frente a sus percusionistas Leonardo Reis y Gustavo Di Dalva, con una interpretación que aúna ritmo y coreografía.

Obviamente no podía faltar su paso por el reggae, y Gil nos recuerda que fue uno de los responsables de la popularización de este ritmo en Brasil, con su versión en portugués del “No Woman No Cry”, traducida como “Não chore mais”. “Extra” y “Vamos fugir” (grabada originalmente con The Wailers) continúan en esa tónica, y la gente no resiste la tentación de bailar, aunque parada en sus lugares ante una vigilancia algo excesiva. Pero “Nos barracos da cidade” interrumpe tanta placidez, con su coro de “gente estúpida, gente hipócrita”.

Gil también tuvo su época disco, y la recuerda con “Realce”,de su álbum homónimo de 1979, con las máquinas de humo acentuando el clima. Y aborda el pop con. Como para compensar, le sigue con una versión muy rockera de  “A gente precisa ver o luar”, que abre Luar, su álbum de 1979, y “Punk da periferia”.

El mago ahora determina un nuevo cambio de clima con una sección casi unplugged. La iluminación se vuelve intimista, el músico se sienta sobre una pequeña tarima con una guitarra española, y luego de una estupenda versión instrumental de “Retiros Espirituais” propone otro de los grandes momentos de la noche, la introspectiva “Se eu quiser falar com Deus”. En la evocativa “Drão” desfilan fotos de sus esposas e hijos, incluyendo los fallecidos Pedro y Preta, y los músicos de la banda se van uniendo progresivamente.

Gilberto vuelve a la guitarra eléctrica y la banda a full para la visionaria “Expreso 2222”, con su ritmo de trío eléctrico y una letra que en 1972 hablaba de gente que se adelantaba partiendo “para después del año 2000” .Llega entonces una parte final que parece no terminar nunca, con tono celebratorio e himnos como “Aquele abraço” (compuesta en 1969, como una despedida antes de marchar al exilio), la bella “Esperando na janela”, “Emoriô”, un homenaje a las raíces afrobrasileras, y “Toda menina bahiana”, con el público de pie, cantando y bailando, y el propio Gilberto desplazándose de un lado a otro del escenario con una energía que desmiente su edad.

Gilberto ya había esparcido su alegría por todo el estadio, y era tiempo de retirarse a bambalinas para recibir el abrazo de quien nos recordaba que “la alegría no es solo brasilera”, Charly García, con quien había tenido un emotivo encuentro poco antes del show. Fue también un gesto simbólico de su relación con Argentina, que se remite a los años 70, y tuvo con este concierto un corolario inolvidable.

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