¿Esto es hardcore? Turnstile cierra el debate con un sólido concierto en Lollapalooza 2026

Sí, es hardcore. Si sos un purista, probablemente te moleste leer estas palabras. Si, en cambio, Turnstile es hoy la banda que te hace vibrar, quizás no te interese entrar en el debate. Da igual.

Turnstile modelo 2026, en el escenario Flow de Lollapalooza Argentina 2026, con dos Grammy a cuestas y en horario central, es un momento tan festivo y emocionante como lo fueron las dos anteriores visitas porteñas de la banda de Baltimore. Una sola hora alcanza para que unos cuantos miles de jóvenes no paren de sacudirse, revolear piñas y cantar sin parar.

Foto: Adán Jones/Rolling Stone

El repertorio se reparte entre lo mejor de Never Enough (2025) y Glow On (2021), mientras que obvia por completo el gran Time & Space (2918) y los EP formativos Pressure to Succeed (2011) y Move Thru Me (2016), y apenas visita Non-Stop Feeling (2016), para reavivar el brutal “Drop”.

Puede que poco haya cambiado desde su show en Vorterix, de 2024, y de aquel primer desembarco en 2022, en el mismo festival en San Isidro. Pero ese debut tuvo un escenario más marginal y en un horario temprano, que les dejó una muy tímida audiencia, aunque mostraron la inteligencia que los hizo madurar desde una de las bandas más originales del hardcore moderno hasta un muy popular presente de rock alternativo, con coloridas pinceladas de dream-pop y shoegaze. Pero el hardcore todavía aparece como columna vertebral de su sonido.

Foto: Adán Jones/Rolling Stone

Si es cierto lo que dicen de que una banda se hace grande sobre la precisión de su baterista, Daniel Fang continúa llenando el cartón. Pero es también la dinámica entre las guitarras de Pat McCrory y Meg Mills lo que aporta crudeza desde su motor riffero, y también cuando se permiten punteos melódicos que lograrían hasta la aprobación cómplice de Johnny Marr.

Aquella base es lo que tanto el cantante Brendan Yates y el bajista Franz Lyons necesitan para moverse con amplitud a lo largo del escenario, como el dúo de agitadores que pide ayuda en cada verso (pasó en “I Care”) o que directamente agranden el círculo para el pogo más violento (Lyons lo exigió en “TLC”, “Don’t Play” y “Holiday”). La suma de las partes hace que una hora del quinteto de Baltimore justifique el fanatismo de titanes del rock como James Hetfield, Rob Halford, Dave Grohl y cuenten con el respeto de sus pares en la comunidad.

Foto: Adán Jones/Rolling Stone

Por supuesto: un corralito vacío que hace las veces de “VIP” en un festival multitudinario poco tiene que ver con el intimismo y la gloria de un sótano punk. Por algo Cemento, Teatro Arlequines o, más lejos, el CBGBs y 924 Gilman St., se han ganado su nombre no desde lo semántico sino porque verdaderas memorias y leyendas se construyeron entre sus viscosas paredes.

Pero justamente la aparición de los dogmas es lo primero que destruye a la contracultura. La música y la estética pasan a un duelo de subjetividades sin sentido que nacen y mueren en las rabietas de X, Reddit o el aguantadero digital de turno. Por más que circunstanciales y poco versados transeúntes hayan llegado dieciséis años tarde a intentar bajarles el precio con eso de que “son el Coldplay del hardcore”, Turnstile sigue siendo una banda de HC que, sin proponérselo, acercó al mainstream a su subcultura. Y lo hicieron con gusto, buenas canciones y todavía conservando una ética probada arriba y abajo del escenario. De hecho sobre el cierre Yates repitió el sano ritual de bajar a saludar a todos sus fanáticos.

Si esto es hardcore, vos decidís. Y al mismo tiempo… No.

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