En el Mundial también compiten los himnos: por qué cada Copa del Mundo tiene una canción oficial
Cada cuatro años, la FIFA celebra uno de los eventos más relevantes del deporte, casi a la altura de los Juegos Olímpicos. Más allá de ser el mayor escaparate del fútbol internacional, la euforia de la Copa Mundial siempre llega acompañada de una banda sonora.
Desde 1962, cada edición cuenta con una canción oficial que sirve como teaser del torneo, suena en las ceremonias de apertura y clausura, forma parte de las transmisiones y acompaña eventos paralelos, con el objetivo de amplificar la emoción colectiva.
No es casualidad que artistas de alcance internacional participen en estas producciones. La música del Mundial está diseñada para expandir el impacto del evento más allá de lo deportivo, instalándose en el imaginario colectivo incluso años después del silbatazo final. Pero, ¿de dónde viene esta tradición?
Chile, cuna de los himnos mundialistas
Era 1962 y Chile se preparaba para ser la sede del mayor evento en el universo del fútbol. En paralelo, Jorge Rojas Astorga, director del grupo de rock chileno Los Ramblers, componía ‘El rock del Mundial’ como celebración y apoyo a su selección.
Presentada inicialmente durante la tercera edición del Festival de Viña del Mar y vocalizada por Germán Casas (vocalista principal del grupo), la canción se publicó oficialmente semanas antes del torneo. Tal fue su éxito que, en cuestión de tiempo, se consolidó como el himno del campeonato, hasta ser reconocida como la primera canción oficial asociada a un Mundial, estableciendo la idea de que el fútbol también podía expresarse a través de la música.
Durante años, esta relación fue meramente local. Las canciones reflejaban el estilo musical del país anfitrión y exaltaban el orgullo nacional casi de forma patriótica, como un himno nacional tradicional. Sin embargo, con el paso del tiempo y las tendencias, el Mundial cambió y, con él, también su sonido.
Ricky Martin y el giro hacia el pop global
Para el Mundial de Inglaterra 1966, la FIFA apostó por reforzar su estrategia de marketing con la presentación de su primera mascota y su primer tema oficial. Así surgió el león World Cup Willie, cuya aparición estuvo acompañada de su canción homónima, ‘World Cup Willie (Where In This World We Are Going)’, interpretada y compuesta por el músico de skiffle (género musical que mezcla folk, jazz y blues con un estilo enérgico), Lonnie Donegan.
Al finalizar la edición de ese año, Willie se consolidó como un ícono duradero y sentó el estándar para las mascotas de las ediciones posteriores del torneo; a diferencia de su himno, que tuvo poca repercusión y pasó rápidamente al olvido.
FIFA
Tuvo que pasar una decena de canciones y géneros (desde orquestas hasta rancheras mexicanas) antes de que ‘La copa de la vida’, tema de Francia 1998 interpretado por el puertorriqueño Ricky Martin, volviera a instalarse en la conversación pública al romper con la idea de lo que una canción del Mundial podía ser.
La pieza integraba ritmos latinos con una estructura pop orientada a audiencias masivas, y desplazaba el énfasis del fútbol hacia emociones más amplias, no necesariamente vinculadas al deporte, como la celebración, la energía, la pertenencia y la unión.
Impulsada por su rotundo impacto, Ricky fue invitado a interpretarla en vivo en los Premios Grammy de 1999, donde recibió el reconocimiento de figuras como Madonna o The Rolling Stones. Aquel momento marcó un punto de inflexión tanto en su carrera como en el soundtrack deportivo: las canciones dejaron de centrarse exclusivamente en el torneo y comenzaron a hablar menos de goles y más de valores universales.

Frank Micelotta Archive/ImageDirect
Globalización y los éxitos de los 2000
Esa transformación musical coincidió con un proceso más amplio: la globalización del evento. Las letras, ritmos y melodías de las canciones comenzaron a incorporar múltiples idiomas, colaboraciones entre artistas de distintos países y una mezcla de géneros que respondía a una audiencia global diversa y multicultural.
Corría el año 2010 cuando el mundo se paralizó al presenciar una nueva edición de la Copa del Mundo, la primera en realizarse en África. No era un hecho menor, y su música tampoco debía serlo. Por ello, la FIFA encargó a Shakira la creación de una canción que recogiera elementos sudafricanos para integrarlos en una pieza capaz de sonorizar la cultura.

Con esa encomienda e inspirada en la canción ‘Zamina Mina (Zangalewa)’ (1986) del grupo camerunés Golden Sounds (un clásico de origen militar que rendía homenaje a los soldados africanos que defendieron Camerún durante la Segunda Guerra Mundial) la colombiana creó ‘Waka Waka (This Time for Africa)’, una pieza que rompió las barreras del público objetivo y que, desde su lanzamiento, superó los 15 millones de copias vendidas en todo el mundo.
Incluso canciones no oficiales, coproducidas por auspiciadores del torneo (como Coca-Cola o Beats by Dre), como ‘Wavin’ Flag’ (2010) de K’Naan y Nancy Ajram, son hoy añoradas y consideradas himnos mundialistas por la unidad que sus ritmos lograron transmitir.
Para el Mundial siguiente, recibimos otra canción. Una digna de carnaval. ‘We Are One (Ole Ola)’, de Pitbull con Jennifer Lopez y Claudia Leitte (Brasil 2014), insistía en la idea de unidad global con frases como “Es mi mundo, tu mundo, el mundo de nosotros” o “invitamos a todo el mundo a jugar con nosotros”.
Producciones posteriores, como el regreso de Shakira con ‘La La La (Brazil 2014)’ junto a Carlinhos Brown, apostaron por fórmulas similares.
Pero más allá de su alcance comercial o motivacional, y desde una lectura crítica más amplia, estas canciones cumplen otra función: construir una narrativa sociopolítica. En ellas se proyecta la imagen del Mundial como un espacio de encuentro y celebración compartida, donde las diferencias geopolíticas parecen diluirse, aunque sea por un momento.
De cara a la próxima Copa del Mundo 2026
De acuerdo con el análisis del artículo The Loud Silence: Performing Liberal International Utopia and Dystopia: An Intersectional Analysis of FIFA World Cup Theme Songs (2026), se puede argumentar que las copas mundiales de la FIFA son capaces de crear “utopías liberales internacionales”.
Estas “utopías” se entienden así porque son capaces de proyectar un ideal de armonía global en el que los países pueden relacionarse mejor si cooperan entre sí en lugar de competir todo el tiempo. En ese imaginario, las desigualdades se atenúan y las guerras paran, dando paso a una visión de integración en la que predomina la idea de una convivencia armónica entre las naciones.
Y sí, eso ha conseguido la banda sonora mundialista durante las últimas ediciones. Pero, ¿qué ocurre con el contexto actual y las producciones recientes?
De acuerdo con Frederick Laker, autor del artículo, la música “ha desempeñado un papel fundamental en la transformación de la imagen del fútbol, a menudo asociada con la toxicidad y la violencia, al incorporarse como un elemento ‘civilizador’ que ha aportado clase y elegancia al deporte”.
Mientras las canciones mundialistas —especialmente las de 2002 a 2022— exaltan valores como la unidad, la diversidad, la libertad, la esperanza y la amistad, el torneo en la cancha coexiste con tensiones políticas, económicas y sociales que a menudo quedan fuera del foco mediático: críticas, señalamientos por violaciones a los derechos humanos e injusticias, como las evidenciadas en diversas manifestaciones en la Ciudad de México para esta edición.
En ese sentido, la música también opera como un filtro o un “silencio ensordecedor”, al funcionar como un dispositivo cultural global y decidir qué historias se cuentan y cuáles quedan relegadas a un segundo plano.
Así, mientras Estados Unidos, Canadá y México se preparan para albergar la Copa del Mundo este junio, calificada por la FIFA como la “más inclusiva de la historia”, la pregunta que empieza a imponerse entre fanáticos y ciudadanos ya no es solo cuál será la canción, sino qué relato se buscará construir.
Ante la paradoja de celebrar el torneo en un Estados Unidos cada vez más aislacionista y antiinmigrante, y en un México que busca ocultar sus tensiones sociales tras la renovada fachada de sus estadios, resulta legítimo cuestionar si los objetivos de inclusión de la FIFA se materializarán de forma tangible durante los partidos.
En este contexto, la canción oficial del Mundial 2026, ‘Lighter’, interpretada por el artista estadounidense de country Jelly Roll y el exponente del regional mexicano Carín León, y coproducida por el canadiense Cirkut, ha dejado un sabor agridulce entre los aficionados.
A casi cuatro semanas de su estreno, el lanzamiento, más que entusiasmo, ha desatado una oleada de críticas y reacciones negativas en redes sociales. Entre los principales señalamientos destaca la fusión de country-rock que propone, calificada por algunos como carente de identidad futbolística y más cercana a la música de anuncios o incluso similar a la de producciones como las de la WWE, que a la de un himno enérgico.
Ahora queda esperar a las presentaciones en vivo para ver el desenlace de esta Copa y su canción, pues si algo ha demostrado la historia de estos himnos es que nunca se han limitado a ser solo música.











