El pogo de las lacrimógenas: crónica desde el corazón de la Marcha Federal Universitaria
¡FUMMMM! ¡PUM! Un silbido agudo y metálico corta el aire pesado de la Plaza de los Dos Congresos. De repente, una parábola de metal encendida surca el cielo plomizo de la tarde del jueves. La granada vuela alta, entre la garúa barométrica, dejando una estela blanca y química antes de estrellarse ruidosa contra la vereda, a pocos metros de donde se apretuja la primera línea de columnas.
¡BANG! Otra bomba en el aire. Y otra más. Un delirante y salvaje show de pirotecnia represiva apunta sobre la marea de banderas, pañuelos y cartones pintados a mano. El impacto forja un hongo de humo tóxico que se abre paso picando en la garganta, quemando las córneas y transformando el centro húmedo de la plaza en un cuadro de terror a secas.
“En la puerta de la casa de la democracia están tirando gases contra el pueblo”, retumba la voz de una estudiante desde el escenario principal, amplificada y rota por los altavoces. Son las 15:30, suena el Himno Nacional y las fuerzas de seguridad activan el protocolo anti-protesta. Escupen los hidrantes con bronca en otra jornada represiva del show del pánico.
Antes de que las flechas de gas cortaran el cielo en dos, la plaza era el territorio de una protesta masiva que hermanaba a la comunidad universitaria, organizaciones campesinas y sociales, y familias del colectivo de la discapacidad. Todos sectores castigados por la pedagogía del ajuste del gobierno libertario. Una convocatoria transversal en defensa de la educación superior, la soberanía territorial y la democracia.
Con el estallido sordo de las bombas como feroz banda de sonido, los dirigentes universitarios leyeron el documento unificado para denunciar el incumplimiento sistemático de la Ley de Financiamiento Universitario por parte de un Poder Ejecutivo que ya ignoró nueve fallos judiciales. Las autoridades de las casas de altos estudios afirmaron que la negativa oficial a aplicar las normas es la expresión lisa y llana de una voluntad de gobernar por decreto de necesidad y urgencia, pasando por encima del Congreso y la Justicia. Alertaron también sobre la parálisis del sistema científico, la caída de las Becas Progresar —congeladas en $35 mil— y el proyecto de Presupuesto 2027, que pretende fijar para las universidades una partida inferior al 1% del PBI.
Mientras la policía avanzaba, en la Casa Rosada el oficialismo ejecutaba su propia batalla cultural en tiempo real. La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, salió a justificar en las redes sociales el despliegue represivo. Dijo que fue para evitar que algunos manifestantes convirtieran las calles en una “zona liberada” y anunció denuncias penales contra los detenidos. El saldo de la jornada: 31 demorados y decenas de heridos por impactos de postas de goma y el efecto de los gases químicos.
Mientras la oposición en Diputados fracasaba en su intento de conseguir quórum para voltear el DNU 70/23, el asesor presidencial Santiago Caputo utilizaba su trinchera en X para desacreditar la movilización: “La única táctica que tienen es infundir terror. Pero ya ni capacidad de daño tienen. El curso de los acontecimientos es inalterable. Tiemblen zurdos, la libertad avanza”.
En las calles, a metros de las vallas y del olor a pólvora, la multitud le ponía cuerpo y voz a las estadísticas de la crisis argentina. Florencia es estudiante de un secundario de San Miguel. Sostiene con rabia un cartel de cartón tatuado a mano: “No hay cadenas más peligrosas que la ignorancia impuesta”. “Tengo planeado estudiar Veterinaria o Relaciones Internacionales. Espero que Milei no cierre las universidades públicas”, confesaba la chica. “Estoy acá para proteger mi futuro y el de todos”.

Cerca del cine Gaumont, José Antonio, estudiante de Biología de la UBA, denuncia sin anestesia la crueldad del modelo: “El gobierno ataca al que piensa distinto. Acá estamos para exigir que se cumpla la ley, que sea justicia”.
Ricardo es un combativo jubilado colectivero de Los 12 Apóstoles, la agrupación que marcha todos los miércoles para protestar por los magros haberes. Con las canas empapadas por el diluvio, el señor no da el brazo a torcer: “Laburé toda la vida y hoy no llego a fin de mes. Es un genocidio lo que hacen con los viejos: se nos mueren 150 compañeros por mes porque les sacaron los remedios o porque no comen”.
A unos pasitos marcha Celeste, estudiante de Trabajo Social y primera universitaria de su familia: “Estoy muy triste por lo que estamos pasando en la facultad. Queremos tener un futuro mejor, por eso defendemos el lugar que puede ayudarnos a conseguir ese sueño”. Una compañera de la estudiante muestra un cartel picante: “La universidad pública nos dio cinco Premios Nobel; la privada, a Milei”.
A las cuatro de la tarde llueve a mares en Congreso, pero en el corazón de la plaza nadie retrocede. Cuando termina el acto, entre las explosiones de las bombas, desde los parlantes del escenario estalla “Ji ji ji”.

Entonces, miles de pibes empapados, docentes con el agua al cuello y trabajadores empobrecidos saltan frente a las bombas de la represión. Pero el pogo de las lacrimógenas no da respiro. ¡FUMMMM! ¡PUM! ¡BANG! Y las columnas salen corriendo a la deriva, envueltas en el humo blanco, con los ojos ciegos bien abiertos y la certeza de saber de qué lado de la mecha se encuentran.


















