“El miedo es la decrepitud”: una excursión al Indio existencialista
El autor de esta columna fue editor del suplemento Si! de Clarín de 2000 a 2004 y dirigió Rolling Stone hasta 2010, período en el que entrevistó a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y a Indio en reiteradas ocasiones.
El Indio Solari se quiebra y empieza a llorar. Se presiona el tabique tratando de contener las lágrimas, se escuda detrás de sus manos. No puede. Venía repitiendo que ya es un padre añoso, que va a cumplir 60 pirulos, que cuando él se muera su hijo todavía va a ser demasiado joven y que ése es su gran temor. Se había declarado claustrofóbico y había dicho que “la muerte es la nada; algo espantoso para un claustrofóbico”. Que eso, al mismo tiempo, suponía él, significaba además “la liberación de esta especie de nostalgia del alma que uno tiene cuando no termina de ser feliz”.
No fue la única vez que hablamos del tema pero en esa mañana, ya pasado el mediodía en realidad, en la sala del primer piso de su casona en Leloir que funcionaba como estudio, Carlos Solari habló del asunto más que nunca. Una charla pactada para la portada de Rolling Stone en la que anunciaba nuevos conciertos masivos. Ese día, sorprendió. Se quebró. Había muerto su madre poco tiempo atrás y estaba emocional además de verborrágico. En un non-sequitur existencial, su pensamiento interrumpía la lógica gramatical y las frases inconclusas desplazaban al hábil declarante. Y siguió: “Bueno, también es un descanso la muerte, ¿no?”. Para luego profundizar con una mezcla de sabiduría nihilista, ironía defensiva, omnipotencia sapiens-sapiens: “¿Qué? ¿Dura para siempre? No por mí (porque, insisto, uno ya es testigo de sus propias miserias) sino por la gente que amás. A la gente que amás la limpiás de miserias, la ves buena, y verla te hace bien. Entonces, ¿nunca más los voy a ver?”.
Las entrevistas con Solari siempre eran largas, sea en tiempos de los Redondos (me tocó conversar con él junto a Skay y la querida Negra Poli, anfitriones en Palermo, ya en la último tramo de la extensa experiencia ricotera: los años de los shows del interior, del pogo más grande del mundo en River, el final), sea en tiempos de Indio. Esas sesiones grabadas con Solari siempre eran generosas, excepcionales, justificadas, y contenían algún peak emotivo de dudosa premeditación. Pero esa mañana fue distinta: ver llorar al poeta de los slogans mas reproducidos del rock (las remeras, banderas y grafitis fueron los memes de la cultura ricotera) no dejaba de parecer un quiebre argumental inesperado en la escena de conversar con el líder y referente del fenómeno musical más masivo y enigmático de la historia de nuestra música popular. Solari, el argentino mas famoso en el país y menos famoso en el resto del mundo, el “mito viviente”, como titulamos esa nota, ya miraba el final, “el reloj apura”, y ese día como ninguno, expuso ese aspecto íntimo. Una fragilidad o una finitud en contraste con el vitalismo desbordante y colectivo que siempre representaron sus shows en vivo.
Era curiosa esa tensión entre la banda y el artista enigmáticos y no-mediáticos que salían a hablar esporádicamente (“salir a cacarear”, decía Indio) y las intenciones periodísticas de escucharlos pero también de buscar algo más, correr algún velo. Fue en una de esas sesiones que nos enteramos de su encierro suburbano con perros y escopeta, preocupado por la inseguridad del cercano Oeste, en los 90. Recuerdo el momento en que, hacia el final de otra nota -muchas de estas revelaciones suceden hacia el final de la conversa- deslizó, conmovido, que iba a ser padre. ¡El Indio iba a ser padre! Un tema que para él era relevante y del que hablaba a cuentagotas, como con culpa y pudor, pero con orgullo.
También, en otro encuentro, ahondó en otro aspecto algo oculto por la promoción de su compromiso militante y político: la fe psicodélica o las aventuras de la vida anarco libertaria en la Costa y su contraste con los intentos hippies de crear comunidades. “Yo soy de la psicodelia… a mí no me falta ninguna figurita en ese álbum… Yo, realmente, no encuentro cosas más importantes afuera que adentro”. Una declaración de principios ante las obsesiones de sus exégetas por convertirlo en figurita y mártir del materialismo progresista.
Es que Carlos Solari sabia lo que decía: usaba las entrevistas para componer retazos de una biografía (mucho antes de Recuerdos que mienten un poco, el libro de la canonización autorizada), para dejar ver su lado humano en fragmentos confesionales. Por eso invitaba sin más a su casa (algo absolutamente infrecuente entre las top stars como lo era él), dejaba entrar y se dejaba escuchar en un pacto en el que, a cambio, parecía pedir que, más allá de la promoción, mostráramos algo más de Carlos Solari.

Así descubrimos al Indio claustrofobico y tambien al que viajaba a Nueva York con frecuencia; al Indio padre; al Indio psicodélico o al Indio existencialista jocoso…
Ya en la enfermedad, cuando dudaba de sus próximos shows y los límites de su capacidad performática lo hacían sufrir, cuando Mr Parkinson le pisaba los talones, después de aquel anuncio público en Tandil, ante más de 200.000 personas en las que reconoció el padecimiento, hace diez años ya, en la que fuera su última entrevista con RS, Solari fue más lejos en su mirada sobre la muerte, primero, en broma, apenas subió la escalera de su estudio y se sentó en una silla frente a su equipo de musica: “Creo que voy a morir de esta manera, cuando se caiga una de estas bibliotecas. La voy a cagar a la enfermedad”.
Después habló de Boca, de Román, de su instructora de yoga, y se puso serio para hablar de David Bowie y su último acto antes de morir. Dejó frases valiosas en su legado (“Yo bauticé la puta banda y la verdad es un nombre pelotudísimo”) y más reflexiones sobre la enfermedad: “El miedo es la decrepitud. Esta enfermedad de mierda: si no fuera porque tenes familia te pegas un corchazo”. Y sobre la muerte: “Cuando uno se muere devuelve el carbón, el azufre. Pero la personalidad, esa unidad que sos vos, no va a estar más. Y a lo que me importaría de la eternidad sería ser yo… Entonces me pasa eso con la vida. La tomo relativamente en serio, relativamente en broma”.
Describió su infancia (“Yo fui un niño dañino, después un joven alocado y al final un señor de la psicodelia”) y evocó el linaje de un Carlos Solari tanito y de un Carlos solari vasco, y proyectó la imagen del final: “Cuando yo muera, mueren todos ustedes, desgraciadamente”. No había tremendismo, pero si tono jocoso ante la fatalidad de la existencia. Como había anticipado en aquel encuentro imprevisible en que se quebró, se alejó al rincón y pidió “minuto” con el gesto del dedo índice. Junto a Juan Ortelli, con quien fuimos a esta entrevista, bajamos la mirada, por respeto; no daba para ver llorar al Indio Solari. Sacó un par de pañuelos de una caja de Kleenex. Se sonó la nariz. Y terminó con un “Bueno, disculpen. Otro tema…”.
















