El discípulo de Gustavo Santaolalla que abrió una escuela de creatividad y sexualidad en Los Ángeles
“La misión de Art Mystery School es simple: cultivar autenticidad, desarrollar una voz creativa auténtica. No importa si sos guitarrista, escritor, ama o amo de casa o dueño de una empresa. Si querés que tu creatividad y expresión sea más auténtica, esta escuela es para vos”, dice Juan Luqui. Músico versatil, compositor y arreglador, egresado de la prestigiosa Berklee College of Music, apenas tuvo su título voló de Boston a Los Ángeles con el contacto de Gustavo Santaolalla y una epifanía: convertirse en su discípulo.
Una década y monedas después, es un colaborador del insigne compositor y productor argentino, y acaba de fundar una singular escuela donde planea compartir sus experiencias. “La idea surgió en febrero de 2024 informado por dos partes casi contradictorias de mi vida. Por un lado, ya estaba hace casi diez años trabajando en la industria de la música para cine en Hollywood, lo cual significaba exigencia, excelencia y éxito, pero también obsesión, estrés y agotamiento”, relata. “Mi otro costado estaba en una intensa búsqueda espiritual, haciendo retiros a lo loco… Treinta días en silencio, trabajos de masculinidad, retiros de sexualidad tántrica, de comunicación, de danza, de supervivencia, de liderazgo, de lo que se te ocurra. Art Mystery School llega cuando estaba haciendo mi segunda búsqueda de visión: cuatro días y cuatro noches solo sin comer, solamente con agua, en la naturaleza, sin refugio”.
El desafío era unir esos dos universos: “Hasta ahí sentía que mis dos costados de vida eran excluyentes. Pero en ese momento me di cuenta de que mi laburo espiritual estaba nutriendo y empoderando a mi artista: le estaba dando identidad, potencia, claridad. Y al mismo tiempo, mi laburo como artista me estaba informando a mí sobre cómo estaba emocionalmente, sobre cómo me sentía, sobre qué cosas tenía que trabajar”, sostiene. Y agrega: “También me di cuenta de que la mayoría de la gente que estudió conmigo en la universidad, y decenas sino cientos de artistas con los que me fui cruzando en el camino, iban dejando el arte. Se peleaban con el arte, se frustraban, se enojaban. Desde pasar a dedicarse solo a enseñar porque no pudieron encontrar vivir de su arte, o llegar incluso a odiarlo, pelearse y no volver nunca más a agarrar una guitarra, a escribir o dirigir.
Entendí con certeza que la respuesta estaba en la búsqueda y el desarrollo personal. Que el arte crece por la búsqueda personal y no por la búsqueda obsesiva de la técnica. Yo estudié en una de las universidades más prestigiosas del mundo y nadie me enseñó cómo ser yo. Me enseñaron a copiar a otra gente. La técnica es eso: imitar cómo alguien hizo algo y cómo a alguien le funcionó algo y a ver si a vos te pasa lo mismo. Para mí no es por ahí”.
Dice Juan: “No hay ninguna escuela en el mundo que se tome la relación entre realización personal y creatividad en serio. Vi que alguien tenía que ordenar todo este contenido de una manera lógica y coherente para cultivar autenticidad en otros artistas, y acepté el desafío”.
¿Cómo es la dinámica que concebiste para la escuela?
La escuela funciona sobre dos ejes. Uno es el eje online y el otro es el eje presencial.
La idea es ofrecerte puntos de vista para que te animes a hacer algo que nunca hiciste, o puedas chequear con honestidad dónde estás parado con temas fundamentales en tu vida y tu arte. Puede resultar incómoda, incluso desafiante. Pero para nosotros eso es parte del camino: enfrentarte con el límite de quién crees que sos, y dar un pasito más rodeado de gente en la misma que uno.
En el eje online vamos a lanzar oficialmente el 20 de marzo 2026 los primeros cinco cursos. Son cursos de seis a nueve semanas. La idea es tener una currícula tan amplia y tan variado que vos puedas entrar y quedarte un rato. Te tenes que dar tiempo con esta forma de aprender. La idea es que funcione casi como una universidad: hacés un año, elegís cuatro cursos y un retiro; al año siguiente elegís otros cuatro cursos y otro retiro, y así vas avanzando.

¿La escuela otorga algún título?
Estoy certificando la escuela con California para que, dentro de uno o dos años, podamos ofrecer títulos terciarios oficiales, que para mí es importante. Estos primeros cursos son de sexualidad, identidad vocal, astrología, composición musical y técnicas de calibración para artistas. El concepto es que todos los cursos partan de una herramienta psicológica, una herramienta espiritual o una expresión artística concreta, pero siempre enfocadas solamente en desarrollar una voz autentica creativa.
¿Por qué abordan la sexualidad?
En el curso de sexualidad, que para mí es uno de los más jugados que tenemos, la premisa es que la fuerza creativa que crea un ser humano es la misma fuerza que crea un álbum, una película o una idea que cambia el mundo. La pregunta es: ¿cómo estás vos con esa energía? ¿Cómo te llevás con eso? Entonces exploramos tu expresión sexual, tu relación con el deseo, con lo oculto, con los tabúes, con las fantasías, con la vergüenza, y vemos cómo todo eso se traduce también en la manera en la que creás arte o te expresás. Nada de lo que enseñamos es técnico. Es filosófico y de autoobservación, pero al mismo tiempo es altamente práctico. Los cursos tienen muchas tareas concretas y reales, que van desde meditaciones, ejercicios creativos y hasta acciones específicas en tu vida cotidiana. No se trata de escribir en un pentagrama o de escribir un guión, sino de observarte, ser honesto y actuar en coherencia. Esas son las tres cosas que para nosotros sostienen la autenticidad creativa y el flow state. Y después está el eje presencial. Ahí entran los workshops y los retiros. Hace dos semanas hicimos el primer retiro en Costa Rica, en colaboración con Swarupa, una empresa de bienestar y surf. Fue un retiro creativo donde combinamos bienestar, surf, arte y misterio, y fue muy potente. Me sirvió para confirmar que este concepto realmente toca almas, mueve cosas y genera transformación real. A partir de eso, la escuela va a ofrecer distintos retiros propios, ya diseñados, con temáticas concretas. El primero va a ser en Joshua Tree en Octubre 2026, y antes de eso vamos a empezar con workshops presenciales en Los Ángeles, que es donde vivo, con temas de danza, expresión vocal y creatividad. La escuela esta abierta a todos: no importa el nivel, no importa la edad, no importa la expresión artística ni en qué búsqueda esté. Lo que sí, la escuela es mayormente en inglés (con subtitulos) por ahora.
¿Cómo es el cuerpo docente del proyecto?
Me honra decir que casi todos los que trabajamos en AMS somos argentinos. Los profes de estos primeros cursos somos Camila Sallent, la creadora de Casa Yen, proyectazo de sexualidad y salud integral en especial para las feminidades, Emanuel Angel Lopez terapeuta de multiples ramas, Bioexistencia Consciente y astrologo, Gabriela Beltramino artista multidisciplinaria y coach vocal que vive en Berlin, y yo, claro. Para la segunda ronda de cursos estamos grabando nuevos de Tomas Gomez Bustillo director y escritor de cine Argentino que vive en Los Angeles, Elias Serra coach de duelo Griego, Nadav Gal bailarin y mentor de movimiento Israeli y Kim Riedle, actriz Alemana gran amiga y colega con quien trabajé en la seria Liebes Kind (Mi Querida Niña).
Mis socias son argentinas, también. Maria Victoria Vitale y Catalina Gotelli, así como los editores de audio Juan Manuel Leguizamon y de video Christian Castagna. En creación de contenido está Ale Gatti, mi hermana Magdalena Luqui… En fin, somos un montón, ¡y seremos cada vez más!
Te formaste en Berklee College of Music, ¿Cómo fue tu experiencia ahí?
Berklee College of Music para mí fue un antes y un después en mi vida, por muchos motivos.
Antes de irme a Berklee, a mis 21 años, yo estaba muy perdido en Argentina, muy frustrado. Literalmente en cualquiera. Y no sé, por alguna obra divina, mis padres me apoyaron para que vaya a audicionar y me dieron una beca casi completa. Me fui con la guita para 6 meses, y ya una vez ahí, después del primer trimestre, apliqué a un concurso y gané el primer premio en composición de todo Berklee y quedé con beca completa. Realmente fue una de esas cosas que tenían que ocurrir.
La experiencia me encantó. Cuando te vas, realmente tenés que ver quién sos y qué traés de verdad de tu cultura, de tus raíces. Berklee fue mi primera búsqueda de identidad. Por algún motivo terminé tocando mayormente con músicos africanos. Era el latino de las bandas africanas.
También fue un antes y un después porque me permitió estar mucho tiempo solo, tranquilo, enfocado solamente en mi arte. Fue un gran boost de valor personal que me dieran una beca completa. Y creo que fue la llave que me abrió la puerta al siguiente capítulo de mi vida.
Cuando llego a mi primer reunión con Gustavo Santaolalla, siento que llego ahí en parte porque venía de Berklee con beca completa y me había graduado con honores. Creo que eso fue una carta de presentación suficiente para que él dijera “a ver, mostrame”. Entonces sí, Berklee no solo fue importante en lo personal, sino también porque me abrió puertas concretas a lo que vino después.
En tu historia es casi providencial el encuentro con Gustavo Santaolalla, que se transformó en tu mentor… ¿Cómo se gestó ese encuentro y cómo creció ese vínculo? ¿Qué representa Gustavo en tu vida personal, profesional y artística?
La historia bastante divertida. Yo estaba terminando Berklee en diciembre de 2014 y en ese momento estaba seguro de irme a Nueva York. La mayoría de mis amigos se iban para allá, estaba cerca de Boston y además yo ya había ido y me encantaba la ciudad. Pero mi mamá, caminando por las calles de Buenos Aires, se cruza con el ex marido de una ex compañera de trabajo. O sea, prácticamente un extraño. Este tipo, por educación, le pregunta cómo están sus hijos y mi mamá le dice que yo me estaba graduando de música para cine, que quería hacer algo tipo Santaolalla. Entre vos, yo y los lectores, la verdad es que yo no tenía tan claro qué hacía Gustavo. Sabía que tenía dos Oscars y eso ya lo hacía el máximo referente, pero no tenía noción real de lo groso que era ni tampoco era un fan de su música (ahora sí lo soy).
Cuestión que este tipo le dice: “Ah, yo tengo su email, los pongo en contacto”. Resulta que alguna vez había invitado a Gustavo y a su mujer a una estancia de vinos y habían quedado con buena onda. Me pone en contacto con él y Gustavo me dice: “Buenísimo, venite a conocerme al estudio”.
Yo cambié todos mis planes. Me metí en internet a ver en qué zona quedaba su estudio, de casualidad lo encontré, y me mudé a una casa cerca.. Una pocilga mejor dicho. El primero de enero de 2015 viajé a Los Ángeles, el 13 de enero lo conocí y el 24 de enero estaba trabajando para él.
Todavía hoy lo pienso y me parece una alineación cósmica. Me acuerdo de caminar hasta el estudio, llegar todo chivado despues de cruzar las colinas de Baxter St en Echo Park, conocer a Aníbal Kerpel sin tener idea de quién era. El estudio me hizo sentir cómodo de entrada. Les mostré toda mi música: tocando, cantando, orquestada, cuartetos de cuerdas, de todo. No sentí nervios, simplemente mostré quién era.
Me acuerdo que Gustavo me dio la mano y me dijo: “Bueno, qué lindo, viejito. Gracias por venir”. Y eso fue todo. Yo me volví a mi casa traumado pensando: “Me mudé para trabajar con este señor y este señor me dijo gracias por venir”.
Entonces le escribí un mail y le dije que no le había dicho todo, pero que yo quería trabajar con él. Gratis, sentarme ahí a mirar. Que prometía no molestar, que solo quería aprender. Me llamó, me dejó un mensaje —porque mi celular siempre está en no molestar— y me dijo: “Bueno, empezamos el lunes”.
Arranqué y los primeros seis meses fueron una pasantía gratis en la que tuve que entender cómo aportar valor. La primera idea que se me ocurrió fue transcribir toda su música, porque Gustavo no escribe ni lee música y su catálogo no estaba escrito. Empecé a transcribir y él se copó. Me empezó a dar cosas inéditas, música de cuando era chico, de distintas etapas de su carrera.
Ahora me doy cuenta de que en ese proceso, al transcribir su lenguaje, absorbí su manera de componer: sus formas, sus acordes, sus melodías, su estructura. En ese momento solo pensaba cómo no hacer para que me eche, pero con el tiempo veo que ahí se armó el primer vínculo de confianza. Ya son más de once años trabajando con él. De a poco se fue abriendo la puerta: grabar, componer, hacer música acá, música allá, hasta hoy que me confía proyectos enormes y co-escribimos proyectos masivos juntos.
¿Cómo definirías tu vínculo con Gustavo?
Gustavo es un mentor. Es un honor ser su aprendiz, tocar con él, aprender de él. Nunca dejo de aprender. A veces es un poco insoportable, porque pensás que llegaste a un lugar y él ya tiene tres pasos más para mostrarte. Pero ya acepté que siempre va a tener algo para enseñarme, porque tiene cuarenta años más de trayectoria. Y eso lo tomo como una bendición.

Me influyó en lo profesional, en lo artístico, en lo identitario, en la visión, y también en lo personal. Siempre le agradezco haberme permitido hacer tantos retiros mientras trabajaba con él. Creo que nos une una búsqueda espiritual. Los dos vemos la vida desde ese lugar medio contradictorio, irónico: el sí y el no, lo trascendente y lo intrascendente al mismo tiempo. En eso hablamos el mismo lenguaje. Nunca tuvimos una discusión en más de una década. Nunca nos peleamos, nunca hubo malos tonos. Siempre nos pudimos comunicar y entender. Para mí es pura bendición. Obviamente es un desafío trabajar con alguien tan grande, tan potente, con tanta trayectoria, pero también me hace pararme y decir: “Yo estoy acá, esto es lo que yo pienso”.
Y Aníbal es otro mentor clave. Yo creo que si Aníbal no hubiera estado en la ecuación, no sé si hubiera aguantado. Tiene una energía reguladora, de amor, de aceptación, de invitar. Es un ingeniero enorme. Me ha mezclado temas horribles y los hizo sonar bien. Me ayudó desde el minuto cero con su tiempo, su dedicación, su visión, con cómo grabar, cómo escuchar. Me enseñó millones de cosas. Yo lo considero a Aníbal tan mentor como Gustavo, y una pieza tan clave en mi vida como lo es Santaolalla.
¿Cuánto de la experiencia con Gustavo te marcó para concebir Art Mystery School?
Gustavo apoyó mi búsqueda espiritual desde el día uno, y esa búsqueda espiritual es una parte fundamental de la escuela. Ademas, ser aprendiz de Gustavo se siente como un linaje. Siendo parte del linaje coyote de Great Earth School de Darren Silver, donde hice muchos de mis retiros en la naturaleza, y mi experiencia con Gustavo se siente muy parecida. Hay un historial de música y de creatividad que viene a través de él, y siento que, de alguna manera, a mí me toca ahora abrirlo un poco más. A mí me llegó una línea de información muy clara, y mi rol ahora es expandirla, ampliarla, volverla más accesible y más masiva. Art Mystery School es una continuación de esta manera, pero expandida y atravesada por mi propia experiencia, mi propia perspectiva y mi manera de interpretar las cosas.
¿Coincidís en todo con tu maestro?
En muchísimas cosas, en la mayoría. Pero también hay cosas en las que no. Las vivo distinto, las siento distinto, y creo que mi generación y las que vienen tienen otras necesidades. Y siento que eso también es parte del proceso. Creo que él fomentó el clima interno y externo para que esta idea pudiera nacer y ahora empezar a materializarse. Y ojalá Art Mystery School pueda tocar tantas vidas como a mí me tocó estar con él, y como me tocaron también los retiros que fui haciendo en estos años.
“Versatilidad es la nueva moda”, dice en tu bio de Spotify. Y de alguna manera, tu búsqueda artística es diversa, desde los scores para proyectos audiovisuales, la música para ballet, hasta tu disco reciente de canciones… ¿De dónde viene esa “voracidad”?
Yo creo que sufro de algo que se llama esquizofrenia creativa. No puedo hacer una sola cosa. Tengo muchas personas adentro queriendo hacer mil cosas distintas y siento que tengo que darles voz a todas esas identidades mías. Desde hacer el scores para The Last Of Us (HBO), por el cual nos nominaron a un Emmy, o el de Mi Querida Niña (Netflix) que gano Emmy internacional, hasta escribir ballets y música clasica contemporanea, hasta producir a artistas desde pop como Sofia Reyes, hasta R&B como Josefina Silveyra, o alternativo como Karina Sofia, a sacar mis proyectos bajo mi nombre y Cacique Torcido, escribir videoclips, dirigirlos y editarlos… ahora armar una escuela, y estoy tambien lanzando una marca de productos fisicos (que no te puedo contar)… son todas parte de la esquizofrenia creativa. Mucho de esto lo heredé de Santaolalla. Cuando salí de Berklee yo decía: “soy compositor de cine”. No me consideraba ni siquiera guitarrista. Y llego a Gustavo, que es compositor de cine, productor, toca el ronroco, canta increíble, tiene empresas, hace mil cosas. Ahí entendí que la creatividad, en esencia, es múltiple y me liberé. Ojo, tall vez para algunas personas no. Tal vez para algunos la creatividad es una sola cosa. Pero para mí creatividad y versatilidad son casi la misma palabra. Para mi como hacés una cosa, hacés todas. En la creatividad aplica totalmente. Cómo componés es cómo cantás. Si expandís una área y mejorás ahí, la otra mejora automáticamente, porque tu conciencia mejoró.
También usabas el alter ego Cacique Torcido, ¿Cómo surgió ese nombre y ese proyecto?
El nombre Cacique Torcido surge porque yo tengo un brazo que no puedo estirar. Tuve un accidente cuando tenía seis años que me dejó el brazo derecho sin poder estirar; perdí un tríceps. Esa limitación, ese “torcido”, fue un trauma para mí. En la adolescencia lo sufrí mucho y todavía hoy a veces me cuesta, porque no poder estirar un brazo te va torciendo el cuerpo: compensás con el hombro, después con la espalda, después con la cadera, y todo se va desalineando.

En un momento sentí que quería darle poder a esa parte mía que había sufrido tanto. Darle un lugar. De ahí surge Cacique Torcido. Y con el tiempo entendí que terminó siendo una bendición, porque después de ese accidente mi papá me dio una guitarra y empecé a tocar. Ese accidente fue lo que me conectó con la música y con mi camino de vida. Cacique Torcido es el proyecto donde expreso lo que se me canta, como quiero. Las cosas más raras y las cosas más sensibles. Toco con una máscara porque no se trata sobre mí, no se trata sobre Juan. La máscara se siente como una protección frente a cualquier proyección cuando toco en vivo. Para mí, Cacique es un proyecto de libertad creativa total y no tengo idea a dónde va a ir. Es el lugar donde exploro todo lo que no me animo a explorar bajo mi nombre. Ahí escribí los primeros videos, las primeras canciones, y estoy muy orgulloso de ese proyecto. La verdad es que para mí es un proyecto audiovisual, es más que solo música. Saqué un primer video que se llama Sin luz, que es parte de un short film que estoy produciendo lentamente, porque es caro y complejo, y que eventualmente va a ser una instalación de arte pensada para museos. Realmente, para mí, Cacique es el espacio donde puedo expresar mi creatividad sin ningún tipo de límite. Y sé que va a trascender la música: va a ir hacia películas, libros, fotografía, instalaciones. Es mucho más que un proyecto musical.
¿Cuál es tu conexión con la música y la escena argentina después de tantos años radicado en Estados Unidos?
Mi relación con la música y la escena argentina es extraña, con tintes melancolicos. Estar lejos me genera ansiedad, porque siento que mi identidad es profundamente argentina, que lo que compongo es altamente argentino, y que incluso mi círculo de amigos, laboral y mi vida en Los Ángeles son muy argentinos. Pero al mismo tiempo estoy lejos y no me siento del todo parte.
Siempre trato de tejer puentes. Colaboro con artistas de Argentina en mis proyectos, como Nico Btesh que mezclo mi álbum, o en las películas llamo músicos y grabamos remoto, como con Javi Casalla estoy en contacto constante. Aun así, me queda esa espinita de venir, de tocar acá, de ser parte de la escena también desde lo físico, desde estar presente.
La escena argentina me parece fascinante. Siempre fuimos y seguimos siendo pioneros de un arte impresionante, de una música increíble que influenció y sigue influenciando a Latinoamérica y al mundo. Me sueño poder participar cada vez más de esa ola, ser un pedacito de ella.
Por eso también estoy iniciando un proyecto en Los Ángeles que se llama Alter Egos. Es un movimiento cultural donde celebramos artistas latinos que viven o pasan por la ciudad: músicos, artistas visuales, directores de cine, chefs. Funciona casi como un centro cultural.
La idea es que cuando artistas de Argentina vengan a Los Ángeles y no sepan dónde tocar —porque es una ciudad enorme y a veces muy confusa— puedan venir a Alter Egos y tocar ahí. Ir tejiendo de a poco un puente real entre Argentina y Los Ángeles, mis dos grandes amores.














