Ecos de Soda Stereo: nostalgia en alta definición

Por Sofía Llamedo.

El espectáculo Ecos, impulsado por Zeta Bosio y Charly Alberti, con Gustavo Cerati en formato virtual, ya suma más de diez funciones agotadas y una prometedora gira continental. No es ninguna novedad: Soda Stereo es un pilar del rock latinoamericano y también un ritual familiar argentino. Lo que sí generaba intriga era cómo iba a sentirse esa experiencia; tal fue la expectativa que el debut tuvo su alfombra roja en el Arena de Buenos Aires por donde pasaron músicos, periodistas y personalidades de la cultura en general: Emiliano Brancciari, Walas, Fer Ruiz Díaz, Alejandro Lerner, Mike Amigorena, Martín Ciccioli, Walter Domínguez, Narda Lepes y Germán Martitegui, por nombrar algunos.   

En la previa, la ansiedad copaba cada rincón de las inmediaciones del Arena. Las expectativas sobre cómo sería, y si el truco funcionaría, eran incontestables. La nostalgia, mientras tanto, hermanaba a todos los fanáticos.

Cuando las luces se apagaron y la intro de “Ecos” empezó a sonar, Gustavo apareció en escena con su guitarra, casi como si el deseo de esa multitud pudiera materializarlo. Impactante. Predominaba el asombro y también algo más físico. Piel de gallina, suspiros. Algunos aplaudían, otros se abrazaban, pero todos se dejaban llevar.

“¡Hola, preciosuras!”, saludó Cerati antes de “Juego de seducción”. Sí, saludó. Y ahí es donde todo se volvió incómodo e hipnótico al mismo tiempo. “Busco calor en esa imagen de video”, cantaba en 1985 en “Nada Personal”, y nunca tuvo tanto sentido como ahora. Un Gustavo joven, de traje azul, se proyectaba en las pantallas. Por momentos, un leve desfasaje recordó que, aunque la magia sigue intacta, el truco también es parte del show.

Con una lista de 19 canciones, Bosio y Alberti junto a la familia Cerati y un equipo técnico de primer nivel dejaron en evidencia que no se trata solo de un homenaje: es un hito tecnológico. La voz, la guitarra y los gestos están reconstruidos a partir de archivos en vivo y de estudio.

La propuesta contó con pasajes en 3D, como en “Cuando pase el temblor”, donde todo el Arena, con anteojos puestos, se sumergió en visuales que jugaron constantemente con el límite entre lo real y lo artificial. A lo largo de la noche, la voz de Gustavo apareció en distintos momentos, mientras Zeta y Charly eligieron enfocarse en su rol de músicos. Claro, nada podía fallar. Todo está medido, ensayado, diseñado al milímetro.

El público respondió como se esperaba: encendido. “En la ciudad de la furia” abrió la válvula y después llegaron más clásicos: “Sobredosis de TV”, “Persiana americana”, “Un misil en mi placard”, “Primavera 0” y “Prófugos”. Cerca del final, durante “Planeador” y “Final caja negra”, en el aire se sintió algo más denso, casi un trance. Ojos llorosos, abrazos largos y piel de gallina de principio a fin. Como si nadie pudiera terminar de explicar lo que estaba pasando, pero tampoco quisieran hacerlo.

Para el cierre, Bosio y Alberti bajaron al campo, cada uno en su tarima, para tocar “De música ligera”, mientras en las pantallas desfilaban imágenes de Cerati ante un estadio colmado que cantaba al unísono. No hace falta nada más. Ecos no es un regreso: es una reconstrucción . Se balancea entre la nostalgia y la innovación que por momentos conmueve e incomoda por igual. Y aunque el truco esté a la vista de todos, para muchos la emoción sigue siendo real.

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