Djo: de hacer música como hobby a convertirse en una de las voces más interesantes del indie actual

Si hubiera que describir a Joe Keery en una palabra, sería polifacético. En el fútbol, el término se usa para ese jugador capaz de rendir en distintas posiciones; en el entretenimiento no es muy distinto: define a quienes logran destacar en más de una disciplina artística. En el caso de Keery, para estas alturas ya es un actor consolidado, recordado por gran parte del público por su icónico papel de Steve Harrington en Stranger Things, pero que también ha participado en producciones independientes como Spree y en proyectos de tono más serio como Fargo, demostrando un rango actoral poco común estos días.

Con esa sólida carrera actoral a sus espaldas, en los últimos años ha desarrollado en paralelo un proyecto musical propio que ha crecido de forma progresiva y que, hasta hace poco, pasaba desapercibido para muchos. Su travesía musical comenzó como un simple hobby, pero con el paso del tiempo —y su evolución tanto como compositor como productor— han consolidado a Djo, su alias artístico, como una de las propuestas más refrescantes y propositivas del indie contemporáneo.

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Joseph David Keery nació el 24 de abril de 1992 en Newburyport, Massachusetts (Estados Unidos). Es el segundo de cinco hermanos y, desde muy joven, mostró interés por las bellas artes. Tras concluir sus estudios básicos, ingresó a la Escuela de Teatro de la Universidad DePaul, donde pudo explorar a fondo su curiosidad por la actuación y la música, esta última de forma independiente.

“Fue probablemente en la universidad cuando comencé a sentir que la música podía ser algo más que un hobby, cuando empecé a hacer canciones y melodías por mi cuenta”, explica Joe. “Descargué una versión ilegal de Logic porque no tenía dinero para pagarlo, y simplemente comencé a anotar ideas y a experimentar, como cualquiera. Realmente me divertía creando canciones. Ahí fue cuando siento que empecé a tomármelo un poco más en serio, porque, en cuanto a tocar en bandas antes de eso, era algo que ya había hecho, pero por alguna razón la grabación tuvo ese efecto en mí”.

Antes de consolidar su proyecto en solitario, Keery pasó por una etapa clave tocando en Post Animal, una banda de rock psicodélico de la cual hizo parte entre 2014 y 2017, un proceso que describe como fundamental en su desarrollo creativo. “Fue un buen periodo de incubación: yo había estado en esa banda y aprendí muchísimo de mis amigos; ellos ampliaron mi gusto más allá de donde estaba y me enseñaron lo que se puede hacer con el grupo de personas correctas, incluso rompiendo las reglas”, recuerda.

Ese aprendizaje colectivo, marcado por la amistad y una constante apertura a nuevos sonidos, daría paso a una transición hacia un proceso más íntimo y personal. Mientras su carrera actoral comenzaba a despegar con Stranger Things, el cantautor empezó a trabajar por su cuenta, lejos del foco mediático. “Estaba trabajando en la serie, así que me enfocaba en eso, pero al mismo tiempo, en la sombra, seguía grabando y creando cosas. Con el tiempo, acumulé suficiente material como para trabajarlo y sacarlo”.

Esa etapa formativa no solo marcó el momento en el que comenzó a tomarse la música en serio, sino también la manera en la que la entiende hoy. Retomando la importancia de estar bien acompañado, Keery destaca el papel de las personas que lo rodearon durante ese proceso, especialmente aquellas con las que ha colaborado a lo largo de los años. “Junto a mi amigo Adam, con quien he trabajado durante mucho tiempo, siento que nos hemos moldeado mutuamente, especialmente en este proyecto, y nos hemos impulsado a ser mejores”, explica. Según cuenta, su influencia fue clave para elevar el nivel de su propuesta musical, particularmente desde su primer álbum, en el que ambos trabajaron de cerca en la mezcla.

Sin embargo, ese lanzamiento estuvo lejos de responder a una estrategia tradicional dentro de la industria. Keery asegura que, en ese momento, su relación con el circuito musical era prácticamente inexistente. “En cuanto a mi relación con la industria musical, realmente no tenía ninguna. Lo hacía todo por mi cuenta y, cuando finalmente publiqué este primer trabajo, fue a través de la distribuidora AWAL. No es que tuviera un plan claro de lanzar esto y empezar una carrera; simplemente sentía que no quería hacer la música y nunca sacarla. Así que pensé: ‘bueno, la publico y vemos qué pasa’”. Lo que siguió fue un crecimiento paulatino pero constante. “Poco a poco empezó a ganar algo de tracción. Ha sido un camino poco convencional y sorprendente, por el que me siento bastante agradecido”, concluye.

Pero su formación no se limita a ese círculo cercano. A lo largo del tiempo, Keery ha ido construyendo su identidad artística a partir de distintas obsesiones musicales que han marcado épocas específicas de su vida. Desde referentes como Bruce Springsteen, hasta periodos más introspectivos influenciados por Nick Drake, o incluso el redescubrimiento de Led Zeppelin, su sonido es el resultado de una exploración constante. 

Esa exploración encontró su punto máximo en su disco más reciente, The Crux, que ha sido interpretado por muchos como un álbum conceptual que gira en torno a la idea de un hotel habitado por personajes que atraviesan distintos momentos de quiebre en sus vidas. Sin embargo, es el propio Keery quien matiza esa lectura: al menos desde su concepción, no se trata de un álbum conceptual en el sentido tradicional.

“Ese concepto surgió después de que toda la música ya estaba escrita, así que técnicamente no es un álbum conceptual. Pero sentí que esa imagen era una forma muy interesante de resumirlo todo, así que terminó convirtiéndose en la iconografía del álbum, sobre todo en la portada. Queríamos crear algo que diera una sensación de continuidad entre los visualizers, el arte y la carátula. Entonces ese fue el universo en el que decidimos situarlo”, explica.

Más allá de la estética visual, hay un eje que atraviesa todo el proyecto: la honestidad emocional. Para Keery, este aspecto no es accesorio, sino central en su forma de hacer música. “Ser honesto a nivel de lo que siento es súper importante. Lo es todo prácticamente. Siento que ese era un gran objetivo: tratar de expulsar tus emociones y usarlo como una herramienta para lograr cierta catarsis sobre lo que pueda estar pasando en tu propia vida”.

Esa búsqueda emocional también define lo que espera provocar en quienes escuchan su música. “Supongo que es la conexión: sentir de alguna forma que una parte de la música te ve o te entiende. Eso es lo que más me gusta de la música. Me encanta escuchar algo que, musicalmente, me sorprenda, que me retuerza un poco la mente y me deje impactado, como pensando ‘no sabía que se podía hacer eso’”. 

En cuanto a las letras, comenta que “simplemente me gusta conectar con algo y tener esa sensación de ‘yo me siento así, esto me ha pasado’. He tenido grandes experiencias escuchando álbumes que parecen estar cantando sobre tu propia vida, y supongo que la idea es que, si como artista puedes ser realmente transparente, entonces quizá otras personas puedan verse reflejadas en eso, de la misma manera en que a mí me pasó con otra música”.

Ese universo se expande aún más con la edición deluxe del álbum, en la que Joe abre una ventana al proceso creativo detrás del trabajo original. Las canciones incluidas en esta versión corresponden, en su mayoría, a material que quedó por fuera del corte final del disco, pero que sigue formando parte de ese mismo momento creativo.

“Supongo que quería darle a la gente un poco más de contexto sobre lo que estaba pasando alrededor de la creación del álbum. Había muchas canciones que no llegaron a entrar en el disco. Entonces, para mí, como fan, pensé que era interesante mostrar un pequeño vistazo de todo lo que también estaba ocurriendo en ese periodo”, explica.

Más allá de complementar el proyecto, esta decisión también refleja un cambio en su forma de relacionarse con su propia música. “Siendo honesto, también es simplemente divertido sacarlo. Fue una buena lección, y además estoy intentando no ser tan perfeccionista con todo”.

Tras el lanzamiento de The Crux y su posterior edición deluxe, Joe Keery se embarcó en una de las etapas más exigentes —y a la vez más gratificantes— de su carrera musical: su gira por Sudamérica, un recorrido que no solo ha puesto a prueba su proyecto en vivo, sino que también le ha permitido conectar con nuevas audiencias en un contexto completamente distinto al que estaba acostumbrado.

“Los conciertos por acá están a otro nivel en cuanto a la participación de la gente. Siento una conexión emocional muy fuerte, y la gente parece estar realmente emocionada por la experiencia de estar en un show en vivo, de una forma que no creo que sea igual en Estados Unidos, por ejemplo. Así que ha sido muy divertido, y no había estado en muchos de estos lugares”, cuenta.

Para Keery, esta gira también representa una especie de primer encuentro real con el público latinoamericano desde su faceta musical. “No había tenido muchas oportunidades de tocar mi música aquí, así que ha sido una experiencia fantástica”. Sin embargo, más allá de la euforia del escenario, el proceso previo a cada presentación sigue siendo un reto constante. “Sigo aprendiendo cómo prepararme para los shows. Es bastante difícil. Me pongo muy nervioso. Siento bastante ansiedad y una sensación de angustia antes de salir a la tarima. No es por nada en particular, simplemente quieres hacer un buen trabajo, quieres que la gente conecte con lo que vas a hacer”.

Esa presión no recae únicamente sobre él, sino que forma parte de un engranaje más amplio que sostiene cada presentación. “La banda es solo una pequeña parte de todo esto. Tenemos un equipo increíble, así que creo que todos estamos muy enfocados en hacer un buen trabajo y, ojalá, ofrecer algo que realmente tenga valor para los fans. Tomo mucha agua” concluye entre risas.

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Tras un inicio de año marcado por el reconocimiento del público y una intensa gira por Latinoamérica —que terminó en su paso por el Tecate Pa’l Norte—, el siguiente paso para Djo parece, en esencia, el mismo que lo trajo hasta aquí: seguir haciendo música. Sin grandes planes rígidos ni fórmulas prefijadas, pero con una inquietud creativa constante. “Definitivamente estoy trabajando en música, en cosas nuevas. No estoy seguro de qué será exactamente, pero sí, tengo muchas ganas de seguir con eso”, comenta.

En el corto plazo, ese camino también lo llevará de vuelta a los escenarios, esta vez en una serie de presentaciones que marcan nuevos hitos en su carrera. “Vamos a tocar en algunos shows en verano; seremos teloneros de Tame Impala, lo cual es una locura, algo así como tachar un sueño de la lista, un logro increíble en la vida”. A esto se suma una serie de fechas junto a Pond, una banda con la que, más allá de la admiración musical, mantiene un vínculo personal. “Conocí a varios de mis amigos en un concierto de Pond en Chicago, así que eso también es una locura”.

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Sin duda, Joe Keery ha construido un proyecto genuino en el que, más que perseguir reconocimiento o fama, lo que prima es la necesidad de expresar algo a través de su música y sus letras, buscando que quien escuche pueda sentirlo también. Esa forma de avanzar sin certezas absolutas, pero con una dirección clara, dibuja a un artista que, lejos de encasillarse, ha encontrado en el arte un espacio de exploración, honestidad y conexión. Es precisamente ahí, en esa búsqueda constante y sin artificios, donde Djo termina por consolidarse como una de las propuestas más importantes de la actualidad, dejando siempre la sensación de que aún hay más por descubrir.

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